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12 min
La fiesta en el bosque de Gerard Gómez y los habitantes músicos multi-colores
Infantiles |
27.04.20
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Sinopsis

Capítulo de mi cuento "Narración de lo que le ocurrió a Gerard Gómez en un caluroso y soporífero día de abril".

La música encendía llameante el ambiente en aquella casa en medio de la foresta espesa. Gerard Gómez estaba lleno de emoción chispeante, y vio como unos peldaños, colocados a manera de escalera, subían a aquella casita de madera.

Los subió con prisa, codicioso de presenciar el acto en la casa del árbol, fundada entre las gruesas y entrelazadas ramas. Era una vivienda muy grande, y Gerard pudo ver, a su entrada sin puerta, una casa muy espaciosa, vacía, con ventanas sin cristales y sólo albergando a unos graciosos habitantes. Ellos no se dieron cuenta de su llegada, pues al inicio Gerard sólo se mantuvo a escondidas, presenciando la orquesta, para luego animarse y adentrarse en esa excéntrica morada.

Los vio y escuchó con sus instrumentos de materiales como de madera, tocándolos con una impresionante habilidad. Algunos sostenían una especie de melódica fabricada de madera pulida. Otro tocaba con una delicadeza calculada las notas de un raro xilófono, y otros soplaban graciosamente en una especie de silbatos de madera.

Lo que más había captado la atención de Gerard era una pequeña batería de madera flexible, con platillos resonantes metálicos. Uno más, el que se dio cuenta de que Gerard estaba allí, tenía entre sus manos una pandereta de cascabeles, que eran los que habían resonado para atraer su oído hacia esa morada.

En verdad, aquellos habitantes, le recibieron con muy buen agrado. Tenían el aspecto de graciosos animales parlantes. El que tocaba con un acelerado compás aquel tambor raro, era un oso de tamaño reducido, que saludó con alegría a Gerard y que él fue el primero en dar la bienvenida, una vez concluida la melodía.

-¡Miren! ¡Tenemos a un visitante! - dijo el pequeño oso.

-A decir verdad, es el primero que hemos recibido.- agregó el alce que sostenía el pandero.

-¿Quiénes son ustedes?- preguntó Gerard muy asombrado.

-Yo soy el Señor Arknowald- dijo el alce de nuevo. Te presentó al Sr. Reynald Okwaski, nuestro músico de las percusiones, el Sr. Kowlask, a cargo del kazoo junto con…

-¡Qué chistosos nombres tienen!- exclamó Gerard nada respetuoso.

Pero no les importó a aquellos extraños personajes. Gerard notó que en su mayoría eran animales de aspecto caricaturesco, mientras que otros no tenían parecido alguno con cualquier otra criatura que él reconociera, sino que parecían una mezcla de muchas otras. Gerard tenía muchas dudas.

-¿Qué es un kazoo, y qué son esos instrumentos estrafalarios? ¿Y por qué tienen una casa del árbol en medio del bosque?

-Nuestro nuevo amigo tiene muchas preguntas, Arknowald- dijo el que tocaba el peculiar xilófono.

-Así es, y yo pienso responderlas, pequeño.- dijo Arknowald guiando a Gerard con su brazo.

-¡Genial! - contestó Gerard emocionado.

- Ese es un kazoo, una especie de silbato divertido que hace éste sonido- y en eso sacó un silbato de quién sabe dónde y lo sopló, produciendo un chiflido que encantó al pequeño Gerard.

Y entonces él lo sopló también.

-Y estos otros son también geniales. Éste de aquí es un piano de tabla, - dijo llevándolo hacia éste, y mostrándole el sonido que emitía.

-Suena como un xilófono- contestó Gerard.

-¿Qué es un xilófono?- preguntó ahora Arknowald el alce.

-Mmm… no sabría decirlo… la verdad.

-Bueno, supongo que no has visto ésta armónica traviesa. Produce un sonido muy particular – contestó Arknowald desviando su atención hacia el pesado instrumento.

Y entonces el músico la sopló, mediante un orificio que ésta tenía en su parte anterior.

- Parece un piano en miniatura… - agregó Gerard.

-¿Y qué tal éste? Es una batería de madera resinosa. Aquellas baquetas de madera pulida producen los sonidos que el músico desee.

Gerard había quedado tan impresionando con ella desde el principio, que estaba a punto de pedirle a Arkowald si podía tocar ese artefacto. Pero en ese preciso instante se oyó una voz aguda proveniente de abajo, de otro personaje que parecía un lagarto emplumado, que decía:

-¡Es tiempo del festival!

-¿El festival?- preguntó Gerard algo desconcertado.

-Así es- dijo Arknowald, - todos los días llevamos a cabo una pequeña celebración acompañada de música y comida. Es como una pequeña fiesta de bocadillos. ¡Ven, únete a nosotros!- exclamó al final- ahora tendremos como motivo de celebración el tenerte como invitado especial.

-¡Eso suena grandioso!- dijo Gerard aceptando, y bajó del árbol muy deprisa, al tiempo que una docena de risueños habitantes de todo tipo de formas y colores, de plumas de todos los tintes, algunos peludos, de aspecto amigable venían en procesión de todos los recovecos del bosque café.

Gerard permaneció impasible y sonriente bajo el árbol, y observó como uno a uno se colocaban en una gran mesa de madera que él antes no había visto, en la que había visto todo tipo de bocatas deliciosos, panecillos, nueces, y demás alimentos sabrosos. Se sentaron todos, y el silencio se convirtió en júbilo, en parloteos incesantes, en un ambiente impresionante de fiesta. En un instante el silencio del bosquecillo otoñal se había transformado en una festividad bulliciosa.

Gerard no lo dudó y se sentó a la mesa junto a sus demás compañeros, que no estaban para nada extrañados por su presencia. Más bien, cada uno de los curiosos y alegres meseros, le venían a servir un buen trozo de gelatina espumosa.

-¡Esto sabe delicioso!- exclamó Gerard.

En otro segundo los músicos de antes ya estaban posicionados alrededor de la mesa gigantesca alegrando el ambiente con sus maravillosas tonadas ingenuas. Gerard los observaba mientras comía un delicioso panecillo untado de crema de lo que al parecer eran avellanas. Quiso unírseles, pero él no sabía nada de música. Y, precisamente, en aquel momento, Arknowald le dijo a Gerard:

-Hey, ¿por qué no vienes con nosotros, para que pruebes tú mismo cómo funcionan los instrumentos?

Y Gerard se alejó de la mesa, y, entre el ambiente jubiloso, Arknowald lo ubicó en el asiento de la batería móvil.

-Pero no sé nada acerca de tocar música – dijo cuando Arknowald le dio las baquetas.

-Oh, no te preocupes por eso. Tú solo déjate llevar por el ritmo y por nuestra melodía. El resto se hará sólo.

Entonces, la melodía de Arknowald y su banda empezó, y Gerard, esperando su llamada, comenzó a dar golpes azarosos a los tambores de aquel conjunto; otros acá y otros allá, en los platos metálicos, y a manejar con increíble soltura aquel aparato de sonidos mágicos. Pronto empezó a dominarlo, y a producir una genial canción con sólo sus manos y pies, golpeando el bombo y las cajas y riendo a carcajadas a cada golpazo. Los habitantes del bosque encantado bailaban cada cual o en parejas, o en círculos tomados de las manos.

Gerard no se quería detener, aunque la melodía de kazoos y resoplidos duró solamente algunos minutos. Cuando terminó, Arknowald le dijo:

-Estamos muy impresionados con tu habilidad- le felicitó. .

-¿Puedo seguir tocándolo?

-Oh no, porque ahora estamos por darles la bienvenida a todos al festival de hoy. Cada celebración la comenzamos con una canción y con un baile, y, a continuación, el banquete. Ven, toma asiento.

Y se sentó al frente de la mesa con él.

-¿De qué son estos panecillos?

-Oh, son del delicioso chocolate que sale de las avellanas de nuestros árboles. Es sumamente agradable. Puedes comer todo lo que quieras.

Luego,Arknowald alzó la voz en medio de todos los asistentes y pronunció un discurso, aunque los presentes tardaron en prestarle la atención debida:

-En la ocasión que sucede al festival de hoy, tengo el honor de presentar a un invitado entre nosotros. Y luego levantó a Gerard de su asiento.

-Parece que gusta de la musicalidad de nuestros habitantes y de la deliciosa comida que hoy hemos traído.

Por un instante se interrumpió el bullicio, enseguida todos aplaudieron. Más tarde el señor Arknowald le preguntó frente a todos:

-Por cierto, disculpa que no lo haya preguntado antes, pero, ¿cuál es tu nombre?

-Me llamo Gerard.

-¡Oh, muy bien, Gerard! ¿Y de dónde nos visitas?

-Pues, de mi casa- contestó simplemente.

-¿De tú casa?- dijo asombrado Arknowald

Todos los comensales se sorprendieron entonces al unísono frente a su respuesta y dejaron de comer en seco. Gerard estaba confundido.

-Explícanos, por favor- continuó el señor Arknowald.

-Bueno, pues vengo de mi casa, lejos de este bosque. Estaba ayudando a mi mamá a limpiar el ático de la casa, cuando hallé un misterioso espejo de colores, que, no sabría cómo explicarlo, se abrió en una esquina, y decidí tocarlo, y luego… aparecí en éste sitio, con ustedes. Bueno, hubo otros árboles más antes de llegar aquí…

-¿Estás diciendo que no eres residente de aquí?- dijo Arknowald.

-No, creo que no- respondió Gerard.

-¿Cuánto tiempo has estado aquí? Tienes que regresar a tu hogar antes de que sea tarde.

-¿Tarde? ¿Por qué? No lo entiendo-. Gerard comenzó a alarmarse.

-Sí, verás, es algo difícil de explicar. No puedes regresar a tu hogar, por la misma puerta por la que llegaste. Tienes que tomar otra puerta. Y tienes que hacerlo antes de que tu mamá en tu casa se dé cuenta.

-¿Otra puerta? No lo entiendo…

-Sí, no muy lejos de aquí, se abre una puerta blanca que te llevará a tu hogar. Pero aquí el tiempo no pasa igual de lento que allá. Tienes que ir a esa puerta, antes de que se cierre, y te conducirá a otra, que tiene el verdadero camino para llevarte a tu casa. No perteneces aquí, y si no llegas a esa puerta a tiempo, no volverás a tu casa en mucho tiempo…

Gerard Gómez por primera vez en su vida se sintió no asustado, sino más bien abrumado. No entendía mucho de lo que le decía Arknowald, y no se sentía de capaz de hacer por él mismo todo lo que le había dicho. La situación había tomado un giro tan brusco, de ser jovial y alegre a muy tensa.

-Definitivamente Gerard, tienes que irte de aquí. Supongo que tus amigos te están esperando al otro lado- dijo uno de los asistentes de la comida, que era de color verde.

-Sí, debes regresar Gerard… - dijo otro de los personajes de la mesa.

Y todos, uno a uno, le instigaron a que lo hiciera, antes que el tiempo fuera a acabarse. Gerard se infundió de algo de ánimo, pese a lo confuso del escenario.

-Pero, ¿qué debo de hacer? - preguntó.

-Debes atravesar un portal que se encuentra por aquí cerca. Yo, personalmente te guiaré hacia allá. Luego, deberás cruzar esa puerta y llegarás a ese otro lugar. Allí deberás buscar, así mismo, la otra puerta que te llevará a tu hogar. Llegaste de la puerta luminosa que está en el lago, a unos metros de aquí, supongo. De manera que deberás encontrar, allá, otra puerta igual de luminosa, que te llevará a casa.

-¡Sí, así es!- dijo Gerard.

-Pues no hay manera de llegar a esa puerta del inicio. Ya no debe estar. Así, que, ahora date prisa. ¡Vamos!

-Pero, antes de eso, le debes decir a Gerard que el sitio a donde va no es tan agradable- interrumpió uno de los personajes, al parecer el más viejo de ellos, pero también el más sabio, de largas barbas y color azulado, sentado a la mesa.

-Ese lugar al que vas es uno desértico – continuó- inhóspito, y deberás pasar por toda una serie de obstáculos en el camino. El lugar, sí, es ciertamente un gran desierto. Pero nosotros no podemos cruzar esa puerta para ayudarte. Deberás ir solo, y tienes tiempo limitado para llegar hasta allá.

-Oh no, no estoy seguro de hacerlo- dijo por fin preocupado y con tono lloroso Gerard.

-Puedes hacerlo- le dijo Arknowald- eres nuestro amigo, y queremos que regreses a donde perteneces. Sé que hace un rato eras alegre, y convivías con nosotros, pero ahora tienes que tomar la decisión de moverte. Eres pequeño, y será difícil llegar a salvo, pero yo, yo sé que lo lograrás, pequeño Gerard. Quizás algún día podamos visitarte, para recordarte lo gracioso que será este suceso, será una graciosa anécdota para todos nosotros. Porque es una lástima que ese pequeño rato feliz que pasaste con nosotros se termine, de pronto, así nada más.

Gerard se quedó callado, y con algunas lágrimas corriendo de sus ojos.

-Ahora, te tienes que despedir de cada uno de tus amigos. Fue sensacional hacer música contigo, y divertirte con nosotros.

Gerard lo entendió, pero quizás no cabalmente. Se despidió de todos los músicos de colores que le habían hecho compañía, y de solo un saludo de despedida de todos los demás. ¡Ojalá se pudiera haber quedado con ellos! Era algo increíble, inexplicable.

Se llevó unos cuantos emparedados de avellana para el camino, y, armándose de valor, Arkonwald lo condujo a un rincón de maleza del bosque, no muy lejos de allí, debajo de unas intrincadas ramas, y cruzó la puerta que lo llevaría hacia el próximo pasaje.

Gerard se despidió de su querido amigo, a lo lejos, dejando atrás toda esa divertida experiencia, quizás para siempre, quizás no, y se introdujo al fin entre toda esa maraña de hojas y ramas que ocultaban el espejo.

 

 

 

 

 

 

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Soy el escritor transparente. Tengo 21 años de edad.

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