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Recogió los pedazos de vidrio, mientras lágrimas negras brotaban de sus ojos. Los gritos habían alterado la tenue tranquilidad de aquella casa. Sus labios aún temblaban después de las palabras que habían salido de su boca y sentía en su pecho un vacío después de haber liberado todas sus emociones.
Él había salido del lugar azotando la puerta con gran fuerza, sacudiendo el viento a su alrededor, tanto que aún sus oídos captaban algún zumbido, aunque ahora solo reinaba el silencio.
Si bien algo le decía que había hecho lo correcto, la confusión en sí misma le pedía que fuera tras él y no lo dejará ir. Sabía muy bien que una de las posibilidades y la más segura era no volverlo a ver.
Sabía que en algún momento iba a pagar por caer ante la locura y también lo difícil que era aceptarlo, pero era aún peor vivir con algo así en su conciencia.
Aunque su cuerpo desbordaba juventud y belleza en su interior había envejecido. La culpa había destruido al ángel que habitaba hace un tiempo en su alma y había consumido su cordura
Lentamente junto a sus lágrimas y su orgullo fue cayendo al suelo, sus piernas sin fuerza la hicieron caer de rodillas… Mirando el suelo pensó:
"Así que este, es el precio de quince minutos de placer"
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Un pequeño tributo, un pequeño pensamiento, palabras nada más, con la esperanza de alcanzarlo.
Hoy un miércoles de octubre empezaré con la planificación, sí como bien lee de mi muerte.
Héctor estaba desesperado, buscaba entre sus cosas y deshacía el orden de su cuarto, movía todo de un lado al otro y no encontraba aquel trozo de papel. Buscó entre su ropa, en la mesa de noche, en la chaqueta que había usado la anterior velada y nada lo hacía aparecer.
No te atrevas a culparme, eres tú la que ha fallado, pretendiste ser ajena más nunca dejaste de ser mía.