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12 min
18 La Hermandad de los Abderrahim. El rescate.
Suspense |
26.05.13
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Sinopsis

Y sigue la historia.

El rescate

Vladimir

    Igual podía vigilarla desde el garaje, aún tardaría un rato en despertar. Si le sorprendía Bermúdez siempre podía alegar que la había escuchado toser, pero quería volver a sentir ese ramalazo de placer que le había sacudido al meterle la mano bajo el sujetador y acariciarle las tetas. Sabía lo que la esperaba, había visto a alguna de las víctimas del Diablo Blanco en la selva. El bosque de Ituri devolvía a las sacrificadas, los Mbuti al principio no se atrevían a reclamar justicia, no sabían quién era el responsable pero suponían que se trataba de alguno de los guerrilleros y dejaban los cuerpos junto a sus campamentos al amparo de la noche. Algunos estaban medio destrozados a causa de la acción de las fieras, pero aquellos a los que llegaron antes los pigmeos mostraban la tortura infligida por el monstruo. El holandés se compadeció de la rumana, no era un destino que le deseara a nadie. Bajó las escaleras y accedió al garaje, el foco de luz iluminaba el cuerpo semidesnudo de Daniela, se la veía tan hermosa...

    Él mismo había cometido barbaridades durante las incursiones a los poblados enemigos, no era ningún angelito y había recurrido a la violencia como método de terror, pero en el contexto de una guerra implacable en la que caer prisionero era sinónimo de muerte la mayoría de las veces. Lo de Bermúdez era distinto, le gustaba torturar a las mujeres, hacía salvajadas con sus cuerpos después de violarlas. Estaba desquiciado, siempre había asomado aquella luz de locura a sus ojos. Aún ahora, tan lejos de la selva y arriesgándose a que los atrapasen, no dudaba en exponerse para saciar al monstruo que lo dominaba. Se acercó hasta la mesa y le acarició el pelo y el rostro lamentando el infierno que le esperaba. La contempló mientras palpaba su piel desnuda, indefensa, tentadora. Estaba fría, la temperatura del garaje era fresca y ella solo llevaba puesta aquella seductora ropa interior de lunares y puntillas, deslizó la mano bajo el sujetador y sintió como los pezones reaccionaban, aún dormida. Había leído en alguna parte que las mujeres podían lubricar durante una violación, independientemente de lo que estuvieran sintiendo, que era una reacción corporal. Ahora tenía la oportunidad de comprobarlo. Entonces ella abrió los ojos, le vio e intento moverse, sus ojos se llenaron de miedo cuando fue consciente de que estaba medio desnuda y maniatada en todas sus extremidades junto a un tipo enorme de piel negra que le tocaba los pechos. Vladimir no se inmutó.

    —Vaya, es una pena que te hayas despertado. Mejor sería para ti no haberlo hecho. Y no lo digo por mí, que solo quiero un poco de sexo, sino por él. Es a él al que debes temer cuando regrese —a Bermúdez no le haría ni pizca de gracia que hubiera desobedecido sus instrucciones, pero en esos momentos como que le daba un poco igual, él también tenía derecho a divertirse.

    Empezaba a gustarle eso de verla inerme ante su voluntad, tenía su morbo y le estaba provocando una erección. Ella comenzó a agitar todo el cuerpo cuando el descendió la mano por su vientre, pero poco podía hacer por evitar la determinación de manaza negra. El cañón de la pistola que se apoyó sobre la mejilla del holandés sí que consiguió detenerla.

    —Quita tus sucias manos de encima o te vuelo la cara. Y ni un movimiento brusco. De rodillas, despacito.

 

    Bermúdez

    El frigorífico estaba casi vacío y necesitaban alimentos para las próximas horas, después compraría algunas herramientas en la ferretería. Aparcó junto a la plaza del pueblo. El monstruo reclamaba su presa, tendría que darse prisa. Le gustaba su nombre, Daniela. Toda la situación tenía un aire como de primera vez, una excitación parecida, nunca había liberado al monstruo dentro del territorio español. Las imágenes de su primera víctima en el bosque de Ituri invadieron sus pensamientos.

    Había utilizado esparadrapo para taparle la boca y para sujetarle los párpados. Sobre el altar de madera, unas estacas para atar manos y pies formando una equis con el cuerpo. Mientras esperaba a que despertase estuvo bebiendo whisky, había visto el miedo en sus ojos cuando despertó, pensaría que la iba a violar, en aquella guerra las mujeres que caían en poder del enemigo eran violadas sistemáticamente. El monstruo quería divertirse y no la sacó de su equivocación, acarició su cuerpo atento a sus reacciones y a su mirada de cervatillo asustada, las pupilas totalmente dilatadas. Movía la cabeza hacia los lados negando aquellas caricias invasoras, aunque su naturaleza respondió al contacto de otra piel endureciendo sus pezones. Cuando vio el cuchillo brillar a la luz de la hoguera su miedo se convirtió en terror. El monstruo trazo dos líneas sangrientas por debajo de sus senos, no demasiado profundas pero lo suficiente como para que la sangre manara, sintió el estremecimiento de ella al contacto del aire con las heridas, luego embardunó sus manos en la sangre y se las mostró. Ella comenzó un llanto silencioso y derrotado, empezaba a intuir el horror.

    El monstruo le practicó un par de incisiones más, en un costado y en lateral de la pierna, hasta tener suficiente sangre como para tintar toda su piel, terminó pareciendo un engendro rojo danzando alrededor de las llamas. Ya no necesitaba del whisky, aquella sensación de poder aumentaba a medida que la víctima incrementaba su terror. Él no podía comprender su sufrimiento, carecía por completo de empatía y en el ritual ella no tenía mayor importancia de la que pudiera tener un insecto, uno de esos asquerosos mosquitos que le revoloteaban alrededor al olor de la sangre, pero el saberse señor de la vida y la muerte le acercaba a la categoría de dios manejando el destino de los hombres, le colmaba y daba sentido a su vida. Lejos ya los tiempos en que ocupaba un lugar inferior y era tratado con desprecios y golpes, con violaciones. Los colobos gritaban y las fieras rugían, inquietas, excitadas por el olor que les llegaba desde el altar.

    Comprobó que efectivamente era virgen y la violó durante la siguiente media hora, alimentándose del horror de su mirada, de su confusión ante aquel caudal de percepciones nuevas manchadas de espanto. No llegó a correrse. Ella se desmayó cuando le cortó los pezones, aprovechó para restañar las heridas abiertas, no quería que se desangrara antes de tiempo.

    Estaba deambulando entre las estanterías de encurtidos cuando el sonido que anunciaba un mensaje en el móvil le sacó de sus recuerdos. Reconoció la melodía, pertenecía al teléfono guardado en una bolsa de plástico y del que no se desprendía, era un mensaje de Roth. En los estantes de limpieza buscó unos guantes, se los puso y buscó el texto de entrada: “Van hacia la casa, sal de ahí. Documentación A comprometida, recurre a la B. Aquí también tienes una selva a tu disposición y trabajo que realizar. Utiliza el piso franco que usaste la vez anterior, está limpio, te llamaré cada tres días para ver si has llegado. Destruye primero el mensaje y luego el teléfono”.

    El monstruo rugió, quería a su víctima, pero no podía arriesgarse, lo tranquilizó con la promesa del regreso a los buenos tiempos. ¿Acaso no había pensado en la posibilidad de perdonar la vida de Houari para que Roth requiriese sus servicios en la selva? Era una pena lo de Daniela, no podría vengarse del detective pero finalmente se libraría de su presencia, de su amenaza. Tenía que darse prisa, si se cruzaba con él en el pueblo podía reconocerlo. Cazarían al holandés y terminaría cantando pero eso tampoco era trascendente, no existía un vínculo con su pasado a través el cual pudieran alcanzarle. Tan solo se trataba, una vez más, de un cambio de identidad.

 

    Peña

    Nos acercamos con sigilo, tratando de no hacer ruido y buscando la ubicación de cámaras que pudieran delatarnos. Nos descalzamos al llegar al patio adoquinado y rodeamos la casa en busca de posibles entradas que no encontramos, todas las puertas de acceso estaban cerradas. Me planteé la posibilidad de romper un cristal y entrar a saco, pero eso podía poner en peligro la vida de Daniela. Aicha me señaló una ventana en la planta superior, abierta, se podía acceder a ella encaramándome al tejado del porche. Una escalera de jardín me permitió ganar la suficiente altura para acceder a él, me impulsé ayudándome de la cornisa y valiéndome de una tensión en los antebrazos que hacía tiempo que no ejercitaba, pero la adrenalina me dio alas para alcanzar mi propósito. En la habitación encontré un ordenador con la imagen de Daniela en ropa interior sobre una mesa, dormida o drogada, atada de pies y manos. Un suelo de cemento, posiblemente el garaje. El negro grandote que había intentado acabar con Houari la contemplaba de cerca. Mi primer impulso fue bajar corriendo para liberarla, pero apenas lo inicié me detuve, no sabía en qué parte de la casa se encontraba Bermúdez. Necesitaba a Aicha.

    Al rodear la casa me había hecho una idea de su disposición, le facilité la entrada por la puerta de la cocina. Ni rastro de Bermudez hasta ese momento. Temí encontrarme la puerta de acceso al garaje cerrada y que su apertura produjese algún ruido que alertase a la mole que vigilaba a Daniela, pero tuve suerte, estaba entreabierta. Le escribí a Aicha en una libreta para no tener que hablar, de la imagen que había visto en el ordenador y que no tenía ni idea de dónde podía estar Bermúdez, acaso en el mismo garaje. Asomé la cabeza a ras del suelo, el tipo estaba solo y manoseaba a Daniela, me dieron ganas de descargarle el cargador. Le indiqué a Aicha que me cubriera las espaldas y me pegué al marco para no tener que tocar la puerta, Daniela había despertado e intentaba en vano librarse del manoseo del que estaba siendo objeto, avancé agachado, no quería que ella me viera y que él pudiera alertarse en su mirada. Pero la estaba sobando a conciencia y no se percató de mi llegada. Apoyé el cañón de la pistola en su jeta asquerosa.

    —Quita tus sucias manos de encima o te vuelo la cara. Y ni un movimiento brusco. De rodillas, despacito.

    Sin duda no me esperaba, la sorpresa frustró cualquier tipo de reacción violenta, tampoco sabía cuántos éramos. Obedeció. Aicha se aproximó sin perder de vista la puerta, para apoyarme y quitarle cualquier idea de rebeldía. Una vez que le tuve de rodillas y a mi merced le engrilleté las manos a la espalda.

    — ¿Dónde está Bermúdez? —preguntó Aicha mientras liberaba las ataduras de Daniela.

    —Salió, no tengo ni idea.

    — ¿Cómo te llamas? —presioné con el cañón de mi pistola sobre su sien.

    —Vladimir. Pero esto no fue idea mía —intentó excusarse.

    —Ya, Por eso la manoseabas con tanto entusiasmo. ¿Dónde está Bermúdez? —insistí.

    Daniela comprobó que sus ropas estaban destrozadas, fue a acercarse hacia mí pero le indiqué con un  gesto que se apartara.

     —Dijo que tenía que comprar unas cosas en el pueblo —confesó Vladimir, que había decidido mostrarse colaborador.

    Eso significaba que iba a intentar cargarle el muerto a Bermúdez. Seguramente que con toda la razón, pero era cómplice y de ninguna manera iba escaparse de rositas. Lo atamos a la mesa con los restos de ligaduras y las ropas destrozadas de Daniela, asegurándonos de que no fuera un peligro a nuestras espaldas. Dejé a Daniela con Aicha y recorrí cada habitáculo de la casa, la mole no había mentido, Bermúdez no estaba. De un armario tomé una camisa y unos pantalones para Daniela, no quería que los hombres de Harrelson la encontraran semidesnuda cuando llegaran. Me reuní con ellas y llamé a Muñoz-Seca, habíamos rescatado a Daniela pero el depredador seguía suelto. Desde la ventana del piso superior podíamos vigilar el camino de acceso, por si llegaba antes que la policía. No pensaba dejar la caza hasta que lo atrapase, el secuestro de Daniela lo había convertido en personal.

 

   

Registro de la propiedad intelectual en safecreative

en Twitter @enderJLduran

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  • Anticipé con tanta ansiedad el secuestro de Daniela, el encuentro del escóndite de Bermudez y el rescate a punta de pistola de Peña que me ha parecido algo demasiado rápido y poco trepidante. Imaginaba un clímax de acción, pero supongo que no es tu estilo jugar de esa manera. Aunque Daniela vive, Bermudez y Roth siguen siendo peligrosos... Además me quiebro la cabeza para tratar de imaginarme los motivos de la Hermandad y aún no le doy
    Aunque culmina la historia del secuestro, este capítulo es más reflexivo que el nº 17; salvo Peña, que bastante tiene, los otros dos protagonistas, en actitud relajada, recuerdan situaciones pasadas y reflexionan sobre la situación (mientras manosean o hacen la compra). Peña es un señor juicioso y prudente y no se le pueden pedir locuras. Felicidades.
    Me imaginaba un rescate más espectacular, con muchos disparos, acción trepidante y todo eso, pero ahora que lo pienso hubiera sido caer en algo bastante manido, de modo que ha sido una buena maniobra por tu parte desarrollarlo de una forma tan “tranquila”. Bien. Y Daniela sigue viva. Bien también. Aunque Bermúdez aún parece que tiene mucha lata que dar. El suspense continua… Saludos.
    Como siempre, los buenos llegan en el momento más oportuno y el príncipe logra rescatar a la doncella de las garras del dragón. Viendo como se las gasta el angelito de Bermúdez de buena se ha librado la bella Daniela. Sería bueno que introdujeras algún giro inesperado y sorprendente, pues la historia se está volviendo bastante previsible.
    Supense poliédrico bien narrado, como siempre. Nos dejas eperando -deseando- que cacen a Bermudez y lo despellejen a ser posible. La narración del horror que se oculta en la mente sociopata agita algo en el lector... vete a saber qué. Un saludo, amigo ender. Josep (z)
  • Pues continúa la historia. Gracias a Boy por las correcciones, que me ahorrarán trabajo después.

    Pues con un ERE sobre mi cabeza, igual luego me queda todo el tiempo del mundo para escribir. Otra cosa es como llenaré la olla de lentejas. Bueno, al mal tiempo buena cara, seguimos con la Hermandad. Ya llevo corregido hasta el 15 y añadidas las incorporaciones de Zaza antes del 21, que no están aquí.

    Y comenzamos el año.

    No quería que pasara el año sin despedirme, y que mejor forma que con otra entrega de la Hermandad. Estos tres últimos meses he tenido que alejarme de la pluma. No puedo prometer nada, pero a ver consigo estirar un poco el tiempo.

    La historia sigue.

    Una de las opciones posibles.

    Tiene su encanto la rutina, nos afianza a sensaciones conocidas y agradables. Recordemos que las vacaciones son la excepción a lo largo de todo un año. Por eso el resto del tiempo tenemos que construirlo de manera que nos conforte. Leer es uno de esos rituales deliciosos que nos alegran los días y nos llevan de vacaciones sentados sobre el sillón o la silla. La Hermandad regresa también. Leer, escribir...de nuevo en Septiembre.

    Los que se van y los que vienen, la vida sigue en un sentido u otro. No releguéis el amor, que se enfria si no se toma calentito. Para los que tenga tiempo para leer, el ebook ·El otro lado de la supervivencia" os lo podéis bajar gartuitamente durante unos días. Ofertas de verano. "El secreto de las letras", "La vida misma" y "Sin respiración", se han quedado también en oferta a 0.98 euros. Yo sigo liado con la novela, que pienso terminar durante este mes. Por un lado estoy terminándola y por el otro corrijo. Pero el día es largo, asi que aprovecharé también en estos días para pasar unos rato leyendo por tr. Vacaciones literarias a tope. Os dejo un poema fresquito, un poco de pasión y una sonrisa, como no. Saludos y abrazos. Y no corrais, que es peor (Como en el sexo)

    Bueno, ando dándole vueltas al título en el blog. Cambié el nombre de Peña por el de Briones pero finalmente se quedará Peña, porque en su primera aventura, "Atrapando a Daniela", uno de los once relatos de "El secreto de las letras", ya se quedó con Peña. Aquí llega el 25, tengo próximas ya las vacaciones y entonces concluiré la novela. No sé, igual al final también dejo el título, pero es que no termina de convencerme.

    Toca dar las gracias a los que leen una novela por entregas. A todos en general por su aliento, bien se yo que uno quiere leer de tirón y no a trozos, o al menos que el momento de parar o continuar lo decida el lector. Para mí lo que empezó como experimento por el formato ha terminado siendo un deleite. A amets tengo que agradecerle sus correcciones, siempre bienvenidas. A Paco además de eso su comentario en el capítulo 18 en el sentido de que la trama se estaba volviendo previsible, lo que me hizo plantearme la necesidad de terminar de definir el argumento, ya se a dónde conduce y como acaba. Y a J.M. Boy por sus recelos ante la Hermandad, que me hicieron modificar el final, para nada quiero transmitir complicidad con entidades de cualquier tipo que se crean poseedoras de una verdad que esté por encima de la libertad de elección de los individuos. Si tuviera que decidir sobre los tres males que aquejan al género humano uno de ellos sería el de aquellos que se creer en posesión de verdades irrefutables, el segundo la mezcla de avaricia y egoismo y el tercero ese fuerte sentimiento del "yo" que empleamos a todos los niveles en nuestras relaciones con el prójimo y que aflora en un amplio abanico que cubre desde los celos hasta el menosprecio.

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A los doce años leía “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, de Ramón J. Sender, haciendo de lector para mi hermano, corrector tipográfico y de estilo, así conocí a muchos autores que alterné con las aventuras de “los cinco” y las de “Oscar y su oca”. Soy escritor tardío, mi primer relato lo publiqué en esta página en el 2007. Mi madre enfermó y en su lecho de muerte le mentí diciéndole que me iban a publicar en papel. En realidad no le mentí pero en ese momento yo no lo sabía. Y desde entonces no he parado de escribir.

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