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4 min
2. Afortunadas rebeldías
Amor |
11.02.18
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Sinopsis

Mientras se lo llevaban detenido al regimiento, Alzú se dirigía al duelo del bar, con su cara de indomable bromista:

-Soy un prisionero de guerra –decía con su rostro de pícaro indomable.

Fue llevado detenido, por infracción al toque de queda, por bien veinte veces, y todas rigurosamente documentadas.

El lugar de detención de bohemios y borrachines varios, no resignados a terminar con sus pequeños espacios de juerga, diversión y olvido, el mencionado hotel Sheraton era el amplio patio del regimiento de la ciudad. Un enorme espacio abierto, al centro del cual habían construido un pequeño campo de concentración bastante particular, porque en él se detenían a los ciudadanos inofensivos, principalmente a los que se les pasó la hora con el toque de queda. Dicho lugar estaba circunscrito o rodeado de alambres de púa, y arriba sólo las estrellas. Ahí se quedaban toda la noche, los rebeldes adoradores de Baco, atravesados por el frío y los alaridos de los torturados, que no lejos de ahí sufrían los interrogatorios interminables que desgarraban cuerpos y el alma, dejando heridas invisibles y definitivas por toda la vida de estos desafortunados.

Sin embargo, se comprobó que aún en plena dictadura militar, como la chilena, donde los mismos instructores de tortura extranjeros, confesarían más tarde, que se asombraron de los grados inéditos de crueldad de que fueron capaces sus “alumnos” chilenos. Decía, se comprobó que un espacio idéntico, pero en dimensiones diversas, como si fueran mundos paralelos, coexisten y circulan destinos, existencias humanas que no se tocan. En ellos la vida y la muerte adquieren significados diversos.

Para los rebeldes afortunados como Alzú, la detención terminaba en las primeras horas de la mañana, cuando ya la noche había evaporado los últimos efluvios de alcohol de sus mentes. Persistía, esos sí, un hálito tenaz y pestilente en sus bocas.

Pero el asunto no terminaba aquí, porque había que pagar un precio a la desobediencia a través de la filosofía inspiradora de la dictadura. Es decir: orden y disciplina para educar al pueblo y a la particular libertad proclamada con bombos y platillos. Filosofía antimarxista, anticomunista y anti todo, pero libertaria.

Es así que tenemos a nuestro Alzú, muy temprano, escoba en mano, barriendo la interminable vereda fuera del regimiento. La cabeza dando vueltas y con su hálito de ave carroñera.

Para las nuevas autoridades, era importante que la ciudadanía observara la reeducación de los bohemios impenitentes, hijos rebeldes de la noche. Castigar educando, era la idea. Con su alma entumida de vergüenza, abandonado por el dios del vino y su goliárdica euforia, Alzú se sentía inmensamente desolado en su penosa actividad -pero orgulloso de su rebeldía-, de aseo y ornato de la vereda pública, vigilado por jóvenes soldados con casco y fusil en ristre, marcando así la evidencia de su condición de detenido.

El espectáculo era cómico y grotesco, ya sea desde la experiencia directa de Alzú, escoba en mano, milico al lado, como también desde los ojos de la ciudadanía que a esas horas se dirigía a sus trabajos y actividades cotidianas. Los ciudadanos, al inicio observaban perplejos el extraño espectáculo que después se haría una costumbre social. En la vida todo cambia.

El momento más difícil para el “prisionero de guerra”, era cuando pasaban por esa vereda las estudiantes universitarias, irradiando frescura y gracia al caminar. Miraban a esos jóvenes dedicados al ornato de la ciudad, quizás con una cierta secreta admiración, considerando los tiempos que corrían.

Alzú, cabeza agachada, vista clavada al suelo, sentía esas miradas y trataba de concentrase en el movimiento de la escoba. La sensualidad de esos pasos, y el ligero aroma que dejaban en el aire la frescura de esos cuerpos, confundiéndose con su propia pestilencia trasnochada, mezclaban extrañas sensaciones en su espíritu. Algo funcionaba mal en este carnaval de extrañas máscaras, modeladas por una época extraña y tenebrosa, que cancelaba costumbres antiguas, simples y sencillas, de aromas a barrio de provincia, con un presente y futuro de no existencia, de tiempo suspendido.

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