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5 min
2 de Noviembre para recordar la vida
Varios |
27.10.15
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Sinopsis

Un cuento que recuerda nuestras tradiciones

Aquel invierno había entrado con una melancolía espesa.

Recordé que hace años no había vuelto a pisar aquella casa en la que algún día había sido feliz. Pensé que era el momento de volver, por una última vez. Sin pensar en más, salí hacia el Banco Central y retiré lo suficiente para el viaje. En la central estaba esperándome el autobús, un enorme vagón metálico para una treintena de pasajeros.

Estaba cansado. El asiento se me antojó como para una siesta.

Una sensación gélida atravesó mi cuerpo y desperté encontrando una oscuridad liquida. Solo se distaban las siluetas de los pasajeros. Había dormido aproximadamente unas siete horas.

El frio era más intenso.

Una hora más tarde el autobús detuvo por fin su marcha, corrí la cortina y vislumbré la vieja Central de mi pueblo. Cuando la puerta se abrió se coló un frio atroz. Todos se enfundaron en gruesas gabardinas, yo había salido de improviso que no recordé llevar un abrigo.

Fuera del autobús, el frio gobernó cada una de mis extremidades, y a cada paso el frio parecía debilitar mi fuerza.

 

Las calles parecían estar cubiertas por una soledad pétrea.

Una luz tiritaba en el trasfondo de una ventana.

Una vela.

A la luz de esa vela sentí caerme como una masa de plomo y sentí un inexplicable peso sobre mi cuerpo, pero seguía de pie, inmóvil. Di un paso y sentí la ligereza de cuando niño e incluso sentí como el frio se redujo a nada. Después de esa extraña sensación caminé a toda prisa. Sentí volar.

Unos minutos más tarde llegué a mi antigua casa.

Todo estaba cubierto por un polvo denso.

Abrí el armario y me enfundé lo primero que cogí.

Dormir parecía inútil, una triste melancolía se respiraba en el aire como motas de polvo. Me  acerqué a la ventana esperando ver la soledad, pero… me alejé tan rápido como pude, tropecé con unos cachivaches y caí al suelo. No pude creer lo que vi. Me quede azorado en el suelo por unos minutos. Era inconcebible lo que había visto. Miré la hora, dos y media de la madrugada. Era inexplicable. Trémulo, volví a la ventana, eran cientos de personas vagando como una especie de peregrinación, lo que más me sorprendió es que todos iban sin abrigo, ninguno parecía tener frio.

Salí a la calle tan rápido como pude. −¿A dónde van? – pregunté a un anciano. Con una cálida sonrisa me dijo “A recordar la vida”. Su respuesta era inconclusa. De pronto un niño se acercó a mí. Sonreía fascinado y sorprendido, me incliné y le pregunté al pequeño a donde iban, y con un gran entusiasmo me respondió que iban a casa. El niño se fue al llamado de su madre. Me dio curiosidad y quise seguirlos, pero, decidí ir en dirección opuesta.

Me sobresalté al ver unas mermadas luces rojas y azules y tuve la sensación de correr y dirigirme hacia ellas. Era como un llamado. Me sentía imantado hacia las luces y miraba siluetas entorno a ellas.

Mientras iba avanzando llego un momento que me quede inerte; por el rabillo del ojo vislumbré a una mujer y su hijo.

Volteé lentamente.

Era ella.

Quise correr pero no pude. Estuve inamovible, viendo cómo se alejaba. Llego a una distancia que apenas la distinguía. Cuando pude moverme corrí a toda prisa, y vi de lejos como ella entraba con su hijo a mi vieja casa.

No pude moverme más.

Era ella.

Inexplicablemente me sentí jalado como si tuviera una cuerda atada a mi cuerpo, puse resistencia pero fue inútil.

Cerré los ojos y la oscuridad se apoderó de todo. Cuando volví a abrir los ojos miré las intensas luces de un hospital.

Enseguida acudió a mí una enfermera.

−¿Qué ha pasado? –pregunté. La enfermera me tendió una sonrisa y me explicó que me encontraron tirado en el suelo. Los paramédicos habían acudido al llamado de una persona que reportó que yacía en el suelo, y que las causas de mi arribo al hospital habían sido por una hipotermia que casi me cobra la vida.

Ese día después de salir del hospital, regresé a mi vieja casa.

No había señales de que alguien hubiere entrado, incluso el abrigo seguía estando donde mismo, cubierto por esa espesa masa de polvo. Me senté frente a la ventana y reflexioné lo que había pasado. Los médicos señalaron que estuve al borde de la muerte e irónicamente ese día era dos de noviembre, y comprendí las palabras del anciano y del niño.

Actualmente regreso cada año y venero con un altar a mi esposa e hijo, y me pongo a recordar mientras observo la fotografía de ellos juntos en la sima, a veces la nostalgia me hace llorar y a veces me alegro por los momentos que vivimos, porque ahora sé que ellos me visitan cada año para “recordar lo que es la vida”.

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