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10 min
2 La Hermandad de los Abderrahim
Suspense |
10.11.12
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Sinopsis

Pues no sé en que lio me estoy metiendo. Desarrollar las incógnitas de "La biblioteca del Diablo" me puede llevar muchas páginas tratando de salir airoso y no cometer una chapuza. Y no se si este es el lugar adecuado. Si pudiera lograr que cada capítulo fuera independiente y a la vez formar parte del conjunto...Pero me temo que eso sería rizar el rizo y necesitaria de mucho más tiempo de elaboración. Pues nada, que sigo dudando.

En la selva misionera

Aicha

 

    La mayor fumaba apoyada en el tronco de un palo rosa, su mano izquierda para el tereré. Se acercaban los meses de calor, pegajosos y agobiantes. Aborrecía la selva misionera. Aunque la culpa de continuar allí se debía en gran parte a ella misma, en su versión neófita de concejala arrebatada por el entusiasmo juvenil. Entusiasmo que le había costado la perdida de su estatus de investigadora para servir a la causa política de la Hermandad. Añoraba el laboratorio, no era justo que después de tantos años siguiera adherida al estamento político, ni que tuviera que soportar las tribulaciones del cargo de mayor responsabilidad. Pero ella se lo había buscado al sugerir que se adentraran en la selva y volviesen a utilizar el artilugio de espejos para ocultar la entrada mientras se decidía la ubicación del nuevo enclave. Así se había zanjado la Crisis Almendros. Veinticinco años después el Consejo aún deliberaba sobre el lugar idóneo al que desplazar la sede de la Hermandad. Los Cárpatos rumanos, el desierto australiano y la estepa kazajistana habían desplazado al resto de ubicaciones inicialmente propuestas, ya solo quedaba decidirse por una de ellas.

    El estridente llamado de los guacamayos rojos sobrevoló la selva. Un mono aullador les respondió, desafiante. La humedad le pegaba las ropas al cuerpo, incomodándola como si fueran  manos sebosas. A veinte metros se distinguía la colmena de abejas, hacendosas, peligrosas también. Toda la selva era un sobresalto, apenas hacía dos días que una yarará inoculó su veneno a un químico despistado, suerte de antídotos prestos siempre para ese tipo de incidentes. Maldita humedad, malditos bichos, todo por culpa de Schuman, imbécil resentido pasándole uno de los anales a Almendros. Las hojas del dosel arbóreo no paraban de gotear, detuvo su mirada en los racimos de claveles del aire, luego en las orquídeas.

    Los peligros no habían desaparecido, por supuesto. El mismo Almendros no había cejado en su búsqueda y diez años atrás le había seguido la pista al grupo que se desplazó para evaluar el posible enclave australiano. Su antecesor en el cargo había resuelto reclutarlo para la Hermandad y desde entonces redactaba los anales con un fervor que rallaba en la idolatría. Su “Biblioteca del Diablo” se hallaba a salvo de curiosos en una de las propiedades de los Almendros. Pero de España seguían llegando amenazas desde el rastro dejado por Horacio, o acaso fuera que la Hermandad de los Abderrahim había dejado la estela de su esencia prendida en la Sierra de Cazorla durante los siglos que pasaron anclados en aquellos parajes. Al-Ándalus, tierra de sus antepasados.

    Desde que había accedido al cargo, dos años antes, se había visto obligada a tomar decisiones dolorosas. La eliminación de Schuman fue una de ellas, el alemán de pasado nazi había desatado la boca en su vejez y se negó a pasar sus últimos días acogido por la Hermandad, habiendo alertado a un espabilado reportero que acudió a escuchar sus desvaríos. Roth, su antecesor, le había recomendado que utilizara a Bermudez, el español, un individuo al que la Hermandad recurría para solventar asuntos delicados. Lo que ella no había imaginado es que fuera a ejecutarlo. “Daños colaterales”, había dicho Roth cuando se lo echó en cara. Había sido su bautismo de fuego como Mayor y no estaba orgullosa de ello.

    Que se decidieran de una vez, quería dejar la selva. Ella prefería los Cárpatos, o como mucho las estepas kazajistanas próximas a Siberia, para nada el desierto. Echaría de menos Buenos Aires, pero Europa sería próximamente foco de acontecimientos importantes y quería vivirlos de cerca. Apuró el tereré y aplastó una araña con la bota, no las soportaba. Ni a los dichosos mosquitos. Desde la espesura los animales de la selva interpretaban una inquietante cacofonía.

    Y pese a sus recelos había tenido que recurrir de nuevo al español para el asunto Carbonell. Bermudez juraba que no había tenido nada que ver con el atropello pero no terminaba de creerlo. Al menos Aguirreche sí que había llegado sano y salvo hasta la Hermandad, de lo contrario habría acusado ante el Consejo a Roth por contratar los servicios de un asesino. Ahora vigilaba al amigo de Aguirreche, el arquitecto, otro al que le había dado por curiosear. Ojalá que desistiera y se acabara allí la cadena, bastantes problemas tenía ya rodándole la cabeza.

    Aicha había nacido en el seno de la Hermandad, su padre era, aún, un importante neurólogo en activo. Guardó la colilla en el bolsillo de su camisa, estaba prohibido dejar huellas de presencia humana en las  proximidades de la entrada. Se sentía como si estuviese realizando un viaje a través del universo con destino al planeta prometido. No finalizaría el viaje, no llegaría a tiempo, su vida concluiría antes. Le dolía, estando tan cerca de la meta. La selva la contemplaba, aparentemente impenetrable. En cierto modo era como ella, necesitada de apariencias y temerosa de las excavadoras.

    De vuelta a sus aposentos fue hasta la habitación y se contempló en el espejo. Cuarenta y cinco años, que lejos de aquella joven de veinte que irrumpió en el Consejo para proponer la solución de los espejos. No los aparentaba, la Hermandad cuidaba bien a los suyos. Pero los dos últimos años si que estaban dejando su huella. Aun así más de treinta y cinco ni el más misógino sería capaz de echarle. Necesitaba una escapada a Buenos Aires, unos brazos abrazando su talle. Consultó el reloj, cinco minutos para la videoconferencia con los corresponsales.

 

    Bermudez

 

    Realmente deseaba que cometiera un error. Al diablo la mora, esa argelina que había sustituido a Roth. Asustado estaba, eso seguro, porque se levantaba a media noche y se asomaba a la ventana. Casi podía sentir el escalofrío que recorría su espina dorsal cuando le encontraba allí, una sombra emboscada acechando sus movimientos, podía mascar su miedo. Lo extraño es que apenas se moviera de casa, solo a las tiendas de alimentación cercanas, el mercado y el autoservicio. Era arquitecto, con la que estaba cayendo en la construcción igual estaba en paro. Pero no parecía que pasase necesidades, debía estar bien cubierto.

    El puto dinero, con lo bien que estaba él en el Congo. Allí es donde había conocido a Roth, que viajó para hacerse con una remesa de coltan y uranio que pudiera eludir las aduanas. No sabía muy bien a que se dedicaba la Hermandad, cuando había que entrevistar a los tipos que le encargaban que vigilase siempre enviaban a alguien y nunca estaba él presente. Y del viejo chiflado nazi que tuvo que eliminar cualquiera se fiaba, no decía más que gilipolleces sin sentido. Pero de lo que no había duda es que eran importantes y poderosos. Y que parte de sus actividades eran ilegales, mucho secretismo por medio. Pero bueno, tampoco eso era tan extraño, muchas de las empresas que se anunciaban en televisión enviaban a sus representantes para negociar el coltan y los diamantes que les esquilmaban a los congoleños tanto las diferentes guerrillas como los países vecinos de Uganda y Ruanda. Bien conocía él todos esos trapicheos, los había presenciado. Gran parte del tráfico lo organizaba la hija del presidente kazajo, eslabón de unión entre los expoliadores y los destinatarios, todas empresas importantes. El codiciado coltan, empleado en la industria aeroespacial, la nuclear y todo tipo de aparatos tecnológicos: móviles, ordenadores, consolas, armas teledirigidas...Que nadie le hablara del bien y del mal, conocía de sobra todos los rostros de la hipocresia. Él era tan solo, un soldado más.

    Del Diablo Blanco nadie debía saber nada, era su otro rostro, la sombra oculta. El motivo que le había llevado hasta el Congo, en cuanto se enteró de que las violaciones y los asesinatos formaban parte de la conducta cotidiana de las diferentes tropas implicadas en el conflicto, que ya arrojaba un balance de más de cuatro millones de muertos. La guerra ignorada, un guante para sus instintos. Allí pudo realizar sus sueños prohibidos, patente de corso para violar y torturar, noches de sangre y sexo a la luz de las antorchas, comunión con la naturaleza, hasta los animales del bosque lluvioso se sumaban al rito con sus estridencias. Carnaza para el monstruo. Hasta que Ituri lanzó a los espíritus en su contra, los mbuti le denunciaron a la guerrilla y aunque no les hicieron caso empezaron a prestar atención a sus movimientos. El monstruo tuvo que hibernar.

    La llegada de Roth a la selva había sido providencial y su oferta de trabajo la ocasión para cambiar de aires. Cierto que la muerte de Carbonell se podía considerar accidental, había tratado de increparle cuando le vigilaba desde el coche y como no había nadie a la vista le atropelló para que no armara un escándalo. No la del nazi, ni la del periodista que lo había entrevistado, al que había seguido hasta Buenos Aires para que Aicha no se enterase. Hasta se permitió disfrutar un poco, que en Ciudad Oculta cualquier cosa podía pasar. Ahora Aicha era su jefa, pero Roth seguía manejando los hilos desde las sombras. Las órdenes recibidas, en consecuencia, contradictorias. Aicha no permitía las ejecuciones y Roth entendia los daños colaterales como un mal menor. Pero ambos estaban lejos, era él quien decidía.

 

    Peña

 

    No esperaba aquella llamada, el tipo del 607. Le había conocido durante el caso de Daniela, un gerifalte de Interior de la Comunidad de Madrid. Pero cuando ganaron las elecciones habia subido de rango, ahora era un gerifalte de Interior del mismisimo Ministerio, un halcón. Pero como el panorama se presentaba delicado no deseaba usar sus privilegios en vano, por aquello de la prevaricación, que para asuntos importantes seguro que si echaba mano de ellos. El arquitecto era amigo de la familia y no podía desairarlo, pero su petición encerraba varias actuaciones y no quería correr riesgos innecesarios. Que me ocupara yo, tendría manos libres y la poli me dejaría en paz. La factura al arquitecto, por supuesto, que tenía pasta larga.

    Llamé al número que me dio y me presenté a Raúl Losada, que estuvo encantado con que alguien le prestará atención a su problema. Me invitó a comer a su casa. No era lo habitual pero acepté.

La hermandad de los Abderrahim 2

 

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  • Desde la selva a Siberia y desde los Cárpatos a Sevilla: trama compleja y escenarios variopintos y narración impecable, como siempre. Esto me recuerda las antiguas novelas que se publicaban por entregas. Mañana, seguramente, iré a por la tercera.
    Continuamos leyendo...
    Ahora ya no va tan disparado. Seguro que disfrutaste más escribiendo este. Es cierto que publicar toda esta historia en TR es un experimento, pero ya que se hace, hazlo de verdad: Si es una historia larga, pues que lo sea.
    genial , aunque un poco confuso al principio, te sigo leyendo, saludos
    Ender, qué triste historia la que pusiste en tu perfil. Tú mereces ser publicado amigo, eres el mejor escritor de estos lares, bueno por ahí hay otros buenos como Stavros, Zenón o Berríos, pero si alguien merece los laureles eres tú
    Se va espesando, espesando, espesando y espesando tanto que deja de fluir
    Al principio me confundí un poco pero después me centré bien en la historia. A mí y para mi gusto es buena la trama, los personajes y las descripciones, no necesariamente tienen que ser independientes los capítulos. Puedes hacer que el lector vaya leyendo de poco en poco, la gente te sigue porque es bueno, manejas el misterio, las investigaciones y todo con un buen estilo. Sigue escribiendo sobre esto ender, ya quisieran muchos escritores famosos tener tu talento. Espero la siguiente entrega, pero te digo, echale ganas, si estás pensando escribir una historia algo larga y con muchos detalles (novela), date tu tiempo, no hay que publicar todos los días o cada tres. Lo harás bien. Seguimos aquí y muchos saludos.
    Ya me perdí, pero igual, leeré los anteriores que hasescritos, son buenos, no lo dejes.
    A estas alturas no queda más por decir. Me divertí leyendote
    Pues nada ender. Tu sigue dudando. Mientras el resultado sea este...
  • Pues continúa la historia. Gracias a Boy por las correcciones, que me ahorrarán trabajo después.

    Pues con un ERE sobre mi cabeza, igual luego me queda todo el tiempo del mundo para escribir. Otra cosa es como llenaré la olla de lentejas. Bueno, al mal tiempo buena cara, seguimos con la Hermandad. Ya llevo corregido hasta el 15 y añadidas las incorporaciones de Zaza antes del 21, que no están aquí.

    Y comenzamos el año.

    No quería que pasara el año sin despedirme, y que mejor forma que con otra entrega de la Hermandad. Estos tres últimos meses he tenido que alejarme de la pluma. No puedo prometer nada, pero a ver consigo estirar un poco el tiempo.

    La historia sigue.

    Una de las opciones posibles.

    Tiene su encanto la rutina, nos afianza a sensaciones conocidas y agradables. Recordemos que las vacaciones son la excepción a lo largo de todo un año. Por eso el resto del tiempo tenemos que construirlo de manera que nos conforte. Leer es uno de esos rituales deliciosos que nos alegran los días y nos llevan de vacaciones sentados sobre el sillón o la silla. La Hermandad regresa también. Leer, escribir...de nuevo en Septiembre.

    Los que se van y los que vienen, la vida sigue en un sentido u otro. No releguéis el amor, que se enfria si no se toma calentito. Para los que tenga tiempo para leer, el ebook ·El otro lado de la supervivencia" os lo podéis bajar gartuitamente durante unos días. Ofertas de verano. "El secreto de las letras", "La vida misma" y "Sin respiración", se han quedado también en oferta a 0.98 euros. Yo sigo liado con la novela, que pienso terminar durante este mes. Por un lado estoy terminándola y por el otro corrijo. Pero el día es largo, asi que aprovecharé también en estos días para pasar unos rato leyendo por tr. Vacaciones literarias a tope. Os dejo un poema fresquito, un poco de pasión y una sonrisa, como no. Saludos y abrazos. Y no corrais, que es peor (Como en el sexo)

    Bueno, ando dándole vueltas al título en el blog. Cambié el nombre de Peña por el de Briones pero finalmente se quedará Peña, porque en su primera aventura, "Atrapando a Daniela", uno de los once relatos de "El secreto de las letras", ya se quedó con Peña. Aquí llega el 25, tengo próximas ya las vacaciones y entonces concluiré la novela. No sé, igual al final también dejo el título, pero es que no termina de convencerme.

    Toca dar las gracias a los que leen una novela por entregas. A todos en general por su aliento, bien se yo que uno quiere leer de tirón y no a trozos, o al menos que el momento de parar o continuar lo decida el lector. Para mí lo que empezó como experimento por el formato ha terminado siendo un deleite. A amets tengo que agradecerle sus correcciones, siempre bienvenidas. A Paco además de eso su comentario en el capítulo 18 en el sentido de que la trama se estaba volviendo previsible, lo que me hizo plantearme la necesidad de terminar de definir el argumento, ya se a dónde conduce y como acaba. Y a J.M. Boy por sus recelos ante la Hermandad, que me hicieron modificar el final, para nada quiero transmitir complicidad con entidades de cualquier tipo que se crean poseedoras de una verdad que esté por encima de la libertad de elección de los individuos. Si tuviera que decidir sobre los tres males que aquejan al género humano uno de ellos sería el de aquellos que se creer en posesión de verdades irrefutables, el segundo la mezcla de avaricia y egoismo y el tercero ese fuerte sentimiento del "yo" que empleamos a todos los niveles en nuestras relaciones con el prójimo y que aflora en un amplio abanico que cubre desde los celos hasta el menosprecio.

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A los doce años leía “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, de Ramón J. Sender, haciendo de lector para mi hermano, corrector tipográfico y de estilo, así conocí a muchos autores que alterné con las aventuras de “los cinco” y las de “Oscar y su oca”. Soy escritor tardío, mi primer relato lo publiqué en esta página en el 2007. Mi madre enfermó y en su lecho de muerte le mentí diciéndole que me iban a publicar en papel. En realidad no le mentí pero en ese momento yo no lo sabía. Y desde entonces no he parado de escribir.

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