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4 min
30 Vueltas Al Flamboyán
Amor |
09.06.18
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Sinopsis

Abandonar el mundo de los vivos no se logra cuando el cuerpo va bajo tierra, se logra cuando se queda en paz con los lazos que se dejan en este mundo. Una chica universitaria logra currar sus heridas luego de 30 años y encuentra el camino hasta la luz.

El tiempo transcurrió como suero de miel de abejas, a cuentagotas, muy cuentagotas, luciendo una eternidad, haciendo de su estadía en este mundo de mortales una tortura de lágrimas necesarias de perdón y de una agonía eterna.

Así se sentía ella mientras seguía luchando por marcharse del campus, de ese mismo campus que siempre amo por regalarle el honor de conocerlo.

Tuvieron que haber pasado 30 años para que sus miradas volvieran a encontrarse. Tuvieron que haber pasado 30 años para que su alma encontrara en él, la paz necesaria para seguir su camino. Tuvieron que pasar  años para que él, su Negrito de Ojos Claros, como le decía en honor a los ojos azules que le adornaban, volviera a su lado para brindarle amor, como lo hacía en los años de juventud.

Cada vuelta al flamboyán la hundía en la nostalgia. Cada edificio tenía su propios recuerdos, noches de exceso y rock and roll, historias de engaño y cotilleo del bueno, alegrías del momento, ilusiones del tiempo.

A cada momento se iban tejiendo recuerdos. Fueron cuatro años de estudio, cuatro años de un amor que solo fue de ellos y nadie más.

Sumergida en los recuerdos deambulaba alrededor del flamboyán y le había pasado al tiempo, alimentado en la sola esperanza  de un reencuentro aquí, en ese mismo flamboyán que les había servido de escondite, donde ella y su Negrito de Ojos Claros, tirados sobre la grama hacían volar la imaginación y calculaban el que sería su futuro perfecto. La boda, la luna de miel, la casa, los hijos, las vacaciones en familia por el caribe, la boda de oro en la China. Tumbados al sol corrían las horas mientras el olor a césped se mezclaba con el de las hojas de los libros y todo era éxtasis, todo era placer.

Habían pasado 30 años y la corteza del flamboyán guardaba intactas las iniciales de sus nombres que él había dibujado aquel día, aquel maldito día en que por un maldito borracho ella perdió la vida en un accidente de tránsito y no pudo darle la gran noticia, fruto del amor que se tenían iban a ser padres.

Ella sumergida en los recuerdos de aquel día no se percató de su llegada, él había llegado en silencio y pensante.

Mantenía el mismo color de piel morena con un brillo que solo a él había podido conocer, unas canas adornaban su pelo como fiel muestra de la experiencias de sus años y sus ojos, sus ojos azules que tanto amaba ahí estaban, pero esta vez reflejaban tristeza, desilusión, nostalgia, dolor, mientras que los de ella al verlo llegar, gritaban pesar, arrepentimiento y unas lágrimas por no poder tocarlo, por no poder decirle que aún lo seguía amando, que se arrepentía de no haberle dicho que serían padres en ese instante que estaban juntos, pero no podía hablarle, no podía tocarlo, aunque lo tenía en frente.

El besa sus nombres y para ella fue detener el tiempo, el roce de sus labios en la inicial de su nombre fue para ella volver a sentir sus labios sobre los de ella y aunque no tenía cuerpo fue como si se le erizaba la piel. Las ganas de corresponderle besándolo la mataban, aunque ya estaba muerta.

El siguió inerte frente al flamboyán y por más que se contuvo no pudo evitarlo, unas lágrimas brotaron de sus ojos que como lluvia a ella le inundaron el alma y junto al peso de sentirse culpable por ser la autora de ese llanto, la ahogaban en un mar del arrepentimiento

Unos segundos eternos, tan eternos como los 30 años que había esperado para volver a verlo.

Te sigo amando mi Corazón andante, te amare hasta que nos encontremos en el mas allá y te perdono, fueron las palabras que de él salieron y para ella fueron más que un alivio, fueron un pasaporte directo al paraíso.

Una sonrisa en sus labios y había que marcharse, abandonando este mundo al que ya no pertenecía, el mundo de los vivos.

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