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4 min
31 de octubre
Reales |
09.01.18
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Sinopsis

Una carta que se tardo 18 años para escribirse.

Querido padre:                          

           Creo que esta carta te tomará por sorpresa. Ya me imagino tu cara de sorpresa en el momento que una de tus pacientes-discípulos te esté entregando esta carta. Me he obligado a hacerlo de esta manera ya que no sé dónde residís en estos momentos. Podría haberte mandado un email pero creo que este formato de carta es el más apropiado para estas situaciones.

            Te aviso con antelación, para no darte falsas esperanzas, que esta carta no tiene palabras lindas hacia ti.  Esto es una respuesta de aquella carta que escribiste a máquina hacia finales de 1999. Aquellos meses en que mi mente infantil pensaba que vendría el fin del mundo producto de una hecatombe producido por algo que llamaban Y2K. Meses en que quería ser grande para votar a De la Rua como presidente. Meses en que tu querido Hugo Chávez comenzaba a gobernar a Venezuela.

            No puedo especificar fielmente en que mes, en que día, fue que el cartero, cosa vetusta para estos días,  le entrego a mi madre la carta, esa que mandaste con buen tino. Lo que sí puedo especificar fue la escena luego que ella la leyera.  Ella se sentó en el sillón, comenzó a llorar unas lágrimas gordas y a sollozar por largo rato. En ese momento no entendí la razón de ese llanto hasta aquel día en que por casualidad o simple destino, o por alguna decisión inconsciente, o no, de mi madre encontré aquel sobre en el aparador del lavadero. La leí a escondidas, revisando que en ningún momento aparezca alguien. Me acuerdo de esas palabras que hablaban de sueños premonitorios, de no sé qué cosas místicas, etcéteras. Pero la palabra que más recuerdo era esa palabra, homosexual. Tal vez esa palabra sin un contexto que la acompañe no significa nada, incluso para un niño. Pero lamentablemente esa palabra estaba rodeada por otras. “Nicolás puede tener tendencias homosexuales cuando sea adulto sin la presencia de una figura paterna”. Al leer esto ya venía a mi cabeza la idea de yo de adulto vestido de rosa, con shorts de flores,  besando a un hombre con un bigote a lo Freddie Mercury, o incluso vistiéndome por las noches, como el vecino de enfrente, en bombacha y corpiño. Yo no quería ser como  esos seres amanerados, que aparecían en esos programas cómicos de la noche, yo no quería ser un trolo como ellos.

            ¿Por qué te cuento todo esto? Te preguntaras. La respuesta es: para que seas consciente de la reacción que puede producir un papel con letras impregnadas que es enviada a un destino a miles de kilómetros. Para que tengas dimensión de las palabras que emitís.  Para que evidencies que estas pueden afectar a alguien que en aquellos tiempos solo recordaba de su padre: los brazos velludos que lo habían agarrado cuando casi se ahoga en la playa; o esas manos que lo sostenían en aquel paseo por la calle Florida.

            Aquí estoy dieciocho años, casi rozando la mayoría de edad,  después respondiendo de alguna forma a esa carta. Podría contestarte, evidenciar si seguí esas tendencias o no, pero prefiero no hacerlo. Quisiera que te carcoma la incertidumbre. Que reflexiones un poco de tus más íntimos temores que ocultas tras tus mensajes de espiritualidad.

            Me despido, con la calma más profunda, tal como vos expresas en algunas redes sociales “Desde que aprendí a oír a la voz de mi ser interno, siempre estoy en el lugar adecuado”. Este es mi lugar aquí redactando esto.

            Saludos y que tus temores te lleven a sitios mejores.

         

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