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6 min
40 segundos en rojo
Reales |
03.06.14
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Sinopsis

Pequeña historia de pequeños detalles que algunos ignoran. Las personas que llegan a tu vida por un momento suelen hacerte pasar momentos que recordarás por siempre.

  ¿Alguna vez sentiste dos veces la misma felicidad? Digo, cuando te sucede nuevamente algo que ya pasó y que te hizo sentir bien, algo así como un Deja Vú, con la diferencia de que ambos momentos fueron reales. Bueno, esta noche me pasó esa rarísima pero placentera casualidad.

  Camino a mi casa venía por las calles llenas de automóviles; había mucho movimiento, más de lo normal, pero era comprensible pues comenzaba el fin de semana. Me cruzaba de brazos de vez en cuando para evitar que se me congelaran las manos. Es lo único que cambiaría del invierno para que sea del todo perfecto.

  No tenía apuro alguno de llegar, era viernes y podía descansar de tanta rutina enloquecedora. Caminaba sin prisa ni pavor a la noche, intentando distinguir mis pasos del ruido de la ciudad.

  Lo de siempre, por la misma ruta que vuelvo a casa, cruzandome con los señores en el café o en el pool, a las mujeres y estudiantes en la biblioteca, el peluquero que siempre está con clientes, al farmacéutico completando y acomodando papeles, también a las coreanas de la casa de ropa tomando mates y cómo ignorar al caniche que, encerrado, me ladra cada vez que paso por su vereda.

<< Todos tenemos nuestro lugar aquí >>-me dije -<< hasta yo misma, caminando pasivamente por estas calles >>

  Aparentemente el frío que caía sobre nosotros no me preocupaba. Fue entonces que pasé por una esquina del semáforo donde ví a alguien arrodillado, buscando algo en su mochila que estaba en el suelo. Al pasar por lado suyo se dió vuelta y alcancé a ver, entre sus rizos de mentira, una narizota roja de payaso. Me sonreí sin querer, me simpatizan los actores de semáforo, siempre me tomo un tiempo para observarlos en las grandes ciudades, porque aquí son poco comunes.

  Sacó de su mochila tres pelotitas verdes, la dejó a medio cerrar, se paró y pronunció con cierto tono poético "lo sencillo siempre fue bonito" y agregó una sonrisa cuando el semáforo se ponía en rojo, lo que indicaba que era hora del show.

  No sé qué fue aquello o a qué se refería, pero de una u otra forma me hizo sentir bien.

  Quise continuar caminando, pero me detuve al escuchar tras de mí:

-"¡BIENVENIDOS A LA PRESENTACIÓN DEL SHOW EN VIVO Y EN DIRECTO DEL MALABARISTA MARTÍN!"

  Automáticamente me dí vuelta y estaba él lanzando y atrapando las pelotitas con una gran sonrisa, tarareando una canción de circo de fondo. Si se equivocaba comentaba algo como "no estuvo tan mal ¿verdad?" y continuaba, pero lo hacía más complicado agregándole giros y otras cosas. Me quedé mirándolo de lejos, hasta que la luz cambió a verde, entonces hizo una reverencia y se apartó. Fue entonces que en ese momento recordé algo similar que ya había vivido en el verano. Ocurrió en aquellos días en los que últimamente no me estaba llevando bien con las comidas, a cierto punto de tener fiebre y pocas ganas de levantarme, entonces recorrieron a llevarme al hospital más cercano.

  Mientras íbamos por la ciudad, yo miraba por la ventanilla del auto las calles cordobesas, repletas de los amantes del verano, y me encantaba ver tanta alegría en ellos, o tal vez deliraba por los 39° de fiebre que tenía.

  Entonces ocurrió, cuando paramos en un semáforo salió de mi derecha un jóven malabarista que hizo una reverencia y empezó a lanzar las pelotitas al aire. Con las pocas ganas que tenía me senté bien para poder espectar sin perderme de nada. Aquel malabarista era diferente, sus mejillas elevadas que tapaban sus ojos lo delataban que aquella siesta él se encontraba en ese lugar por voluntad suya y no por necesidad. Él estaba ahí por pasión a eso y lo demostraba usándolo como pasatiempo de vacaciones.

  Primero empezó con tres pelotitas, luego con cuatro y después añadió una más combinandola con juego de manos. No se equivocó ningún momento, esto es lo que más me sorprendió.

  Cuando terminó, hizo la reverencia nuevamente y con un poco de entusiasmo empecé a aplaudir en silencio. Sin embargo él alcanzó a oirme, levantó el rostro y me miró por primera vez, entonces se ruborizó, saludó nuevamente soltando una carcajada y comenzó a aplaudir junto conmigo, o simular aplaudir, porque tenía las pelotitas en las manos. Se podía decir que aplaudía con las muñecas.

  Las personas no comprendían al principio por qué él intentaba aplaudir, pues nadie sabía que yo estaba dentro del auto. Creyeron que era un muchacho feliz y esto les simpatizó, entonces ellos también aplaudieron uno a uno, desde donde estaban y le premiaban con una propina por el talento. El semáforo se puso en verde y con sus ojos contentos agradecía a las personas que se iban despidiendo de él.

  Me recosté nuevamente en el asiento, pero levanté la vista al presentir a alguien parado en mi ventanilla: era él quien pasaba a sonreirme. En ese momento no me salió la voz, pero él comprendía ese lenguaje que va más allá de las palabras, era la vacilación de mis labios entre la pronunciación y una sonrisa. Asentando con su cabeza dijo -muchas gracias- y agregando una sonrisa de brackets se apartó, volviendo nuevamente a la esquina de donde salió, sólo que esta vez miraba el auto alejarse de él.

  Ese día me sentí mejor, aunque sabía que no lo volvería a ver. Había dejado de pensar en aquello, pero lo sucedido esta noche me hizo volver a sonreir.

<< A veces la persona más inesperada puede hacerte feliz>> reflexionaba mientras caminaba bajo el frío invierno de la noche, << y el hecho de que sea una sorpresa te hace aún más feliz en el momento, que es cuando lo demás no existe, entonces, más se disfruta. Es también cuando pierde importancia el tiempo, ya sea una noche de invierno, una vida entera o simplemente los 40 segundos que dura un semáforo en rojo >>.

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