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48 HORAS. CAPÍTULO 3: LA PUTA
Varios |
13.05.18
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Sinopsis

Tercer capítulo del libro 48 horas.

Tras una larga caminata con el resto de la piara, el suidokro que iba en cabeza olfateó la arena con su largo hocico. Con un chillido advirtió a los suyos de que se acercaban a las preciadas balsas de salmuera donde podrían alimentarse, lo cual era un alivio ya que habían pasado varios días sin comer las algas que crecían en el agua salada.

La piara aceleró el paso, moviéndose con agilidad a pesar de su pequeño tamaño gracias a sus largas patas. Pasados unos minutos, el suidokro de antes avisó con un gruñido de que habían llegado a las saladas balsas. Se acercaron al agua para empezar a meter su largo hocico, espantando a su paso enjambres de millares de moscas de salmuera, de las cuales unas cuantas desafortunadas fueron capturadas por los pacientes lagartos cresta de red.

 El festín de los cerdos fue interrumpido por un grito estrepitoso: uno de los suidokros más jóvenes había caído en una de las infames trampas de las tarántulas gigantes. La piara giró su cabeza, vio como la cría se iba hundiendo poco a poco en la trampa hasta que sus chillidos se ahogaron, y siguieron comiendo como si nada pasara.

Una vez hubieron terminado, se refugiaron a la sombra de una gran roca cerca de las salinas para dormir un poco.

Sin embargo, su descanso fue interrumpido al poco rato por un ruido estrepitoso. Los machos se levantaron y se pusieron alrededor de la piara; dispuestos a defenderla con sus largos colmillos de cualquier depredador, ya sea un banco de skualos de piedra o una cobra hidra solitaria.

De poco les sirvió su estrategia defensiva cuando vieron al monstruo que se les echaba encima. Se deslizaba por la arena como un skualos; sin embargo, expulsaba humo por lo que parecían ser sus fosas nasales, extrañamente situadas en algo similar a una aleta dorsal. Con su poderoso cuerno situado en la parte frontal, el monstruo destruyó la roca, tras lo cual los suidokros huyeron despavoridos. Por desgracia, unos cuantos fueron atrapados en unas redes que tiraba el monstruo por los ojos.

-¡Jefe, la captura ha sido un éxito! ¡A ver si el cabrón del cocinero se esmera esta vez y no nos pone la comida para ratas del otro día! ¡Fritz se pasó tres días cagando y por poco se muere!

-Subidlas.-Ordenó un anciano patizambo de nariz roja y redonda- Y como te vuelva a oír lloriqueando y criticando a Alexandro, te cuelgo de los pulgares y le digo que sólo te ponga de comer tus propios cojones. ¿Me he expresado con claridad?

-Sí.-Gruñó el marinero, mientras arrastraba la captura con sus fuertes brazos bronceados por el sol.

-Sí, ¿qué?

-Sí, mi segundo oficial.

-Que no se te olvide, escoria. Y ahora, degollad a esos cerdos antes de que con sus gritos le jodan la siesta al condestable y se crea que hemos entrado en combate. Yo iré a avisar a la capitana.

-En realidad va a espiarla en su camarote, el muy viejo verde.-Cuchicheó el marinero con su compañero- ¿Has visto la bronca que me ha echado? Sólo defiende a ese inútil de Alexandro porque es su hermano.

-¡Soy viejo, no sordo! ¡Una semana limpiando letrinas por ese insulto!

Obviamente, el oficial no estaba para bromas. Y aun así,-pensó mientras subía por la escala de metal hacia el camarote de la capitana- ha tenido suerte de que hubiera dado conmigo y no con la capitana. ¡Habría acabado degollado junto a esos cerdos!

El oficial abrió la puerta del camarote. En contraste con el barco, donde no había ni un solo lugar donde el suelo no fuera de acero forjado, las dependencias de la capitana parecían sacadas de un dojo de artes marciales. En los mamparos de falsa madera había varios expositores con diversas armas: bos, catanas, shais, nunchakos, y una multitud de espadas compartían espacio con rifles de cerrojo y arcabuces. Sobre los expositores, colgaban de la sala cabezas de suidokros, fenecs colmillo de cristal,  cobras hidras y buitres de hueso disecadas. En el centro de la sala, una armadura de aspecto intimidante coronada con un yelmo con forma de gallo sostenía un mandoble con la punta apoyada en el suelo.

Pero lo que impresionaba de esa sala, no era esa colección de armas-que aunque de poco servían en una batallar real, eran dignas de admiración-; si no una cabeza humana conservada en un tarro con formol situada en el escritorio de la capitana. Y ahí, contemplándola con sus ojos de color miel y con una sonrisa siniestra entre unos labios negros azabache, estaba Nadia “La Puta”: la temible capitana de los piratas Dunasangre.

-Con permiso, mi capitán.-Anunció el oficial su presencia.

-Adelante, Heimch. Te veo nervioso, ¿un poco de grog para calmarte?- ofreció sacando una botella de debajo de su escritorio.

Al anciano le sorprendió la amabilidad de la capitana. Lo normal es que nada más entrar le hubiera tirado la botella a la cabeza. Eso le hizo desconfiar, pues durante su vida de pirata de arena siempre había oído que “cuando al marino le dan de beber, o le han jodido o le van a joder”.

-Gracias, capitana- aceptó el oficial por no ofenderla.

-¿Alguna novedad sobre la caza?

-Fue todo perfecto. Veinte suidokros capturados. Ahora mismo los marineros están sacrificándolos.

-Bien. Aprovechemos también que estamos en estas balsas de salmuera para aprovisionarnos de sal. Siempre viene bien curar algo de carne para posibles emergencias.

-Sí, mi capitán.

-¿Qué hay de los rehenes que tomamos hace dos días? ¿Saben algo sobre las demás caravanas?

Heimch recordó la emboscada que tendieron a la caravana de mercaderes. Fue rápido y fácil. El grupo que fue asaltado sólo contaba con un par de guardias. Uno estaba durmiendo y el otro estaba tan borracho que, cuando quiso darse cuenta, un virote de ballesta le perforó la garganta. El otro guardia fue acribillado con un disparo de revólver en la cabeza. Los mercaderes despertaron al oir el estruendo del disparo, viendo que un grupo de veinte piratas les rodeaban apuntándoles con rifles de asalto y pistolas de plasma. Sus localizadores GPS podrían haber detectado cualquier amenaza, pero el “Lanza del Sol Negro” permanecía invisible gracias a sus inhibidores de señal.

 Mientras sus compañeros vigilaban a los mercaderes, otros piratas se ocuparon de saquear la mercancía: una docena de barriles de agua, dos fardos de harina, cinco botellas de aguardiente y veinte latas de refresco cuya etiqueta estaba borrada. Una pequeña fortuna. Una vez terminaron, liberaron a todos los rehenes excepto a dos, quedándose con sus motos. Al resto les dejaron marchar con sus vehículos con gasolina suficiente para llegar a la ciudad más próxima.

Desde entonces, los dos rehenes permanecían encerrados en la bodega del barco, siendo interrogados sobre una supuesta caravana que iba a partir desde Graad cargada de agua y kits fertilizantes en una semana. Pero se negaban a hablar, por mucho que se les amenazase, se les golpease o se les intentara sobornar.

-Ni una palabra, capitán.-Respondió Heimch, temiendo la ira de Nadia ante el fracaso de los interrogatorios. Sin embargo, ante su sorpresa, la capitana se limitó a pasarse la mano pensativa por su corto pelo negro.

-¿Recordais haber visto algo interesante entre sus objetos personales?

-Sí, capitán. Uno de ellos, el más viejo, llevaba una foto en su bolsa de viaje. Parece ser que con su hija o algo así. El otro, llevaba una cadena de hierro con un colgante de dos manos estrechándose rodeadas de cadenas.

-Un puto mercader de esclavos haciendo horas extra con otros mercaderes, ¿eh?-Sonrió Nadia con desprecio.-Torturad a ese cabrón delante de su compañero. No sé, un hierro al rojo, clavos entre las uñas… Lo que os venga en gana. Y decidle al otro que eso es lo que le espera si no habla. Y si aun así calla, amenazadle con tener una agradable conversación con su hija: seguro que así está más locuaz.

-Como desees.-Contestó Heimch con una breve inclinación de cabeza, tras lo cual se dio la vuelta y volvió hacia la puerta. Pero cuando estuvo a punto de salir, se detuvo y se dirigió a la capitana.-Antes de irme, ¿puedo hacerte una pregunta?

-Por supuesto.

-¿Por qué estás tan contenta y tranquila hoy?

Nadia se mantuvo en silencio unos segundos, tras los cuales esbozó una sonrisa heladora.

-Ay, mi buen Heimch.-Contestó, mirando la cabeza en el tarro.-Es que hoy hace cinco años que me divorcié de mi marido.

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