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23 min
7 lingotes de oro ( CAP. I I )
Suspense |
04.02.19
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Sinopsis

José Villamañe, maestro jubilado con mucho tiempo libre, acude al palacio de Valledor en Castropol respondiendo al reto lanzado por su compañero de la infancia, el millonario Juan Oliveras. Dispone de 777 minutos exactos para resolver 7 enigmas, encontrar 7 fotos y desenterrar el cofre con los 7 lingotes de oro, cuyo valor aproximado en el mercado es de 252.000 euros.

 

                                         CAP.  II: PRIMER ENIGMA

 

Puntual como un reloj, a las 18.45, el abogado Torres apareció en el extremo de la callejuela Amor, a la altura de la vieja zapatería, y se aproximó a grandes zancadas. Se trataba de un tipo más o menos de su edad, ligeramente más alto, con una buena mata de pelo rizado del color de la ceniza enmarcando un rostro bronceado de acusados rasgos. Vestía con un estilo informal, vaqueros y americana sin corbata, pero con ropa cara y de excelente corte.  Saludó efusiva y jovialmente a Villamañe con una sonrisa franca y radiante, felicitándolo calurosamente por haber aceptado el reto. Eso fue suficiente, fue el broche que faltaba, para que el maestro jubilado olvidara cualquier reticencia y tuviera la íntima y rotunda certeza de que el asunto iba realmente en serio. Había tomado la decisión correcta, posiblemente una de las más acertadas de su vida.

A continuación, penetraron en el interior del Palacio y accedieron al despacho situado al lado de la capilla. Allí, según pudo comprobar un Villamañe gratamente sorprendido, también se apreciaban reformas que hacían la estancia mucho más acogedora.

Habían puesto sofás nuevos y una mesa de despacho con ordenador. Le encantó que hubieran conservado el viejo armario estantería que ocupaba toda la pared derecha. El vetusto y entrañable mueble había sido restaurado con indudable acierto.

Además, habían cambiado las dos puertas de acceso a la capilla adyacente, así como los marcos y contras del balcón que permitía asomarse a la Huerta.

Eso fue, precisamente, lo que hizo Villamañe después de mostrar su aprobación con un par de comentarios apreciativos. El abogado Torres estuvo de acuerdo y aprovechó para alabar el buen gusto de su jefe.

La Huerta se veía, también, limpia y cuidada, nada que ver con la alborotada jungla de zarzas que el maestro encontrara varios años atrás. Incluso, el nogal parecía rejuvenecido, ocultas sus ramas centenarias por un espeso follaje veraniego. En el extremo opuesto, a la sombra del gran pino piñonero de la finca colindante, se levantaba una caseta de obra, y a su vera se divisaban tejas apiladas, así como ladrillos y varios sacos de cemento cubiertos con un plástico.

Villamañe preguntó sobre el particular y Torres le respondió que habían terminado las obras del tejado la semana pasada, y que las reanudarían a mediados del próximo mes de julio hasta completar la remodelación del Palacio en un plazo aproximado de medio año.

Villamañe celebró con un gesto elocuente el halagüeño futuro del histórico caserón, mientras Torres procedía a abrir el voluminoso maletín que había depositado sobre la mesa para entregarle todo lo que Oliveras le prometiera en su extensa carta.

El multimillonario uruguayo había cumplido fielmente su palabra.

Villamañe no pudo reprimir una sonrisa de enorme satisfacción, así como una exclamación de divertido asombro al contemplar los 4 objetos que Oliveras le había enviado como prueba inequívoca de su identidad. Se trataba de la medalla y la copa que aquel había ganado en el famoso Rastreo, un libro de Sociales de sexto curso, firmado por su jovencísimo propietario en la lejana fecha de 1975, y una libreta de Lenguaje correspondiente a octavo de EGB.

Aparte, en un maletín más pequeño, fabricado en piel de lujo, venían los 7 mini lingotes, cada uno en su estuche carmesí forrado de terciopelo. Villamañe no pudo resistir la tentación de tomar uno en sus manos, admirando el peso y la belleza del noble metal. Nunca había visto ninguno de verdad, y ahora ya poseía 7 nada menos, aunque fueran pequeñitos. Cada vez se alegraba más de haber aceptado el desafío de Oliveras.

A las 8.55 el abogado Torres se marchó no sin antes rogarle que lo llamara para cualquier cosa, sin importarle la hora del día o la noche. Con un guiño de complicidad le aseguró que su jefe no regateaba en gastos, y a él le gustaba ganarse el generoso sueldo percibido. Previamente, ya le había trasmitido las últimas instrucciones de Oliveras referentes a la obligación ineludible por parte de Villamañe de llevar a cabo la Búsqueda del Tesoro con la mayor discreción posible. En ningún caso podía comunicárselo a nadie, ni del pueblo de Castropol ni de otro lugar, y, ni que decir tiene, no podía recibir ayuda ninguna, porque eso implicaría la finalización automática del juego. Ante el gesto levemente ofendido del maestro, Torres se apresuró a añadir que su jefe en ningún caso dudaba de su buena fe, ya le había hablado de sus aventuras infantiles, haciendo especial hincapié en las grandes virtudes que los distinguían a ambos: ingenio, imaginación, afán competitivo y, por encima de todo, una inquebrantable mentalidad deportiva que juntamente con un orgullo y amor propio a prueba de bombas hacía de los dos, Oliveras y Villamañe, dos abanderados del espíritu olímpico absolutamente incapaces de  hacer la menor trampa.

Villamañe no pudo menos de reírse ante el apabullante discurso de Torres, y lo tranquilizó asegurándole que le había quedado perfectamente claro. La verdad es que ya tenía ganas de terminar de una vez con los preámbulos y comenzar la competición. Sentía una intensa emoción a flor de piel y el agradable cosquilleo interior que no había vuelto a experimentar desde aquellos lejanos días de finales de los 70.

Como todo buen abogado que se precie, Torres remató el asunto exhibiendo los papeles del contrato que Oliveras le mencionara. Villamañe los leyó a toda velocidad, constatando que estaba redactado en los términos exactos que su ex colega millonario le revelara, utilizando el estilo de redacción preciso pero un tanto barroco que Oliveras esgrimiera en su carta. Se vio obligado a reconocer que El Uruguayo parecía atesorar una amplia cultura junto con un nada desdeñable talento literario.

Así que, tomando la Parker que le ofreció Torres, estampó su firma al pie del valioso documento, después de hacer constar a requerimiento del abogado su nombre y apellidos, así como el número de su NIF. Torres hizo una fotocopia de éste que grapó al documento, del cual le entregó una copia a Villamañe.

El abogado fotografió el cofre y el libro de Villamañe, procediendo tal y como le había explicado Oliveras en la carta.

J.V. no pudo por menos que sentirse impresionado por la impecable capacidad organizadora de su retador. El Uruguayo había cuidado hasta el más mínimo detalle. Desde luego, no se llega a multimillonario, así como así, el hombre sabía hacer bien las cosas.

Entonces, Villamañe cayó en la cuenta de que el abogado no le había entregado el primer sobre rojo que daba inicio al juego. Creía que eso era lo que le había dicho Oliveras, pero, a lo mejor había entendido mal.

Interpelado al respecto, el abogado se palmeó la frente esbozando una mueca de cómica consternación. Después de proclamar elevando los brazos al cielo que ya sabía que se le olvidaba algo, y menudo olvido, pardiez, informó cumplidamente sobre el particular.

Oliveras le había dicho que la prueba comenzaba en el patio. Esa será la Casilla de Salida, fueron sus palabras literales, remarcó Torres, y que Villamañe ya sabría dónde buscar el sobre, y si no sabía, pues peor para él, pues mal comienzo sería.

Y con las mismas se despidió con un fuerte apretón de manos tras desearle a Villamañe toda la suerte del mundo.

El maestro jubilado salió al patio y respiró hondo. El sol calentaba con fuerza. Soplaba un ligero viento procedente del oeste. Los gorriones cantaban en el alero del tejado. Las chicharras los secundaban desde la finca colindante al lado de las escuelas viejas. Villamañe se sentó en los escalones de la entrada, experimentando una acusada e inquietante sensación de “deja vu”. De repente, pareció retroceder 7 años en el tiempo para retornar al instante inolvidable en que contemplara en la ventana del medio la fantasmal imagen de los huérfanos.

Unos días más tarde, había revisado la grabación y no encontró ni rastro de la perturbadora visión. En el centenar largo de fotos obtenidas con la cámara Sony HD tampoco había descubierto ninguna presencia sobrenatural ni nada por el estilo. Esto terminó por convencerlo de que se había tratado de una alucinación, causada sin duda por el torrente de emociones que lo había arrastrado aquella jornada.

Villamañe consultó su Casio y respingó sobresaltado.

 Las 9:05.

El maestro masculló en voz baja. Tenía que olvidarse del pasado de una vez y centrarse en el presente, si quería encontrar el tesoro a tiempo.

Bueno, veamos, se dijo, debía encontrar un sobre rojo. Echó un rápido vistazo alrededor. ¿Cuál es el lugar más lógico para depositar un sobre? El buzón del correo, por supuesto. Se situó al pie de las escaleras y con gesto triunfante señaló la puerta verde. Era la entrada reservada a las maestras y también a los padres cuando venían de visita. En mitad de la hoja diestra se abría una ranura con la leyenda Correos en letras doradas.

J.V. ascendió en dos zancadas los robustos escalones y se abalanzó sobre el doméstico buzón. Allí estaba, en efecto: un sobre de tamaño mediano, color sangre, con 6 signos ¿¿¿??? dibujados en la cara dónde debería figurar la dirección.

                   

                                                ROJO—1A—¿¿¿???

 

A Villamañe le resultaron familiares los signos de interrogación, relacionándolos casi al instante con los que aparecían en las tarjetas usadas por los 3 Investigadores, la famosa serie de misterio juvenil presentada por el mago del suspense.

Abrió el sobre con la emoción contenida. Hasta los gorriones parecieron callarse por un momento, y aguardar expectantes.

 

“Enhorabuena, amigo Villamañe. Si estás leyendo esto, es que has aceptado el desafío. Seguro que te vas a divertir. Te juro que yo lo he pasado pipa organizándolo. He rejuvenecido 40 años de golpe. Estoy convencido de que a ti te ocurrirá lo mismo. No te descuides porque “el tiempo es oro”. Ahí va el primer acertijo. Suerte, bucanero.

 

“7 lingotes de oro, ése es el tesoro. 252.000 euros es su valor, a día de hoy, en el mercado. ¿Dónde guardarías tanto dinero? Yo, desde luego, en un Banco cercano. “

 

Un Banco cercano, un Banco cercano. Veamos, se dijo J.V., si fuera un lego en la materia pensaría en la oficina de Cajastur, la única entidad bancaria de Castropol en la actualidad, o quizás en el antiguo Banco Herrero que se ubicaba en la plaza al comienzo de La Mirandilla. Sí, todo eso pensaría, si nunca se hubiera enfrentado con un acertijo; pero, como experto que es, piensa en otro tipo de banco. Ah, Oliveras, viejo zorro, esa B induce al engaño, pero a otro perro con ese hueso.

Con una sonrisa irónica, Villamañe miró, alternativamente, los dos bancos de hierro forjado y pintados de verde situados a ambos lados del patio, y que también habían sido restaurados.

Bien, ¿Cuál de ellos?

Un banco cercano. Podría ser éste. Señaló a su izquierda el situado bajo la ventana que daba al antiguo despacho de Matilde, a través de la cual, hace 40 años, les llegada el sonido espaciado de las teclas que aquella iba pulsando. Pero, en ese caso, hubiera sido más lógico decir el banco más cercano, para distinguirlo de su compañero;

Sin duda, ha de ser el otro, entonces.

Villamañe se acercó al segundo banco y lo estudió desde todos los ángulos. Lo separó de la pared. Se echó al suelo y miró debajo. Nada. Golpeó el respaldo. Sonaba a macizo. Golpeó un pie. Bingo. El sonido a hueco reverberó en sus oídos como la más dulce melodía celestial.

Sin pérdida de tiempo, tumbó el banco. El ruido que hizo al caer espantó unos cuantos gorriones que se habían aventurado hasta la puerta de entrada, al lado de las calas, con gran disgusto del gato negro que se había acercado sigilosamente dispuesto a tomarse un saludable desayuno. Menudo aguafiestas, debió pensar el minino.

Localizó el sobre, enrollado como un canuto, embutido dentro del hueco de la pata. Lo extrajo con diestro cuidado usando un trozo de alambre que, ¿casualmente?, localizó junto a la base de la pilastra más próxima, reposando en el escalón en dirección a la huerta.

Otro sobre rojo.                               

                          

                                        ROJO — 1B —  ¿¿¿???

 

En ese momento recordó algo. Raudo fotografió los dos sobres y envió las imágenes al móvil de Torres. Esbozó una sonrisa maliciosa pensando en que Oliveras, al no haber recibido aún nada, se estaría frotando las manos, imaginando que todavía no había sido capaz de encontrar el primer sobre.

Abrió el sobre.

 

 

                                     Enigma número 1:

 

                 “En este banco se sentaron las hijas del Rey”

 

Pues que bien, estarían muy cómodas, fue lo primero que pensó J.V.

¿Leonor y Sofía aquí…? Imposible. Eso es trampa, Oliveras, no tiene sentido. En los acertijos está permitido que aparezcan frases con doble o triple sentido, pero no mentiras evidentes. A menos que…

Villamañe se palmeó la frente y masculló entre dientes una sonora palabrota. Claro…eso era…le habían fallado los reflejos y había perdido unos segundos preciosos…la edad no perdona…

¡El acertijo se refería al rey Juan Carlos, no a Felipe! Debería haberlo visto enseguida.

En efecto, las infantas Elena y Cristina, entonces estudiantes universitarias, estuvieron de visita por la zona occidental de Asturias en el año 1983 y pernoctaron en el Palacio junto con sus compañeros de un Colegio Mayor de Madrid.

El rey Juan Carlos…Qué tenemos por aquí de Su Majestad…Ah, ya sé…la foto oficial, junto con la Reina… ¿Dónde demonios estaba? En la sala de la TV…Volvió a salir disparado, ascendió la escalera en tres zancadas y cruzó el vestíbulo y el pasillo para acceder a la reducida estancia. Se encontró con unas cuantas mesas y, sobre ellas, partituras y un par de instrumentos musicales. Le alegró saber que la banda de gaitas seguía ensayando allí. Bien por Oliveras.

El cuadro de Juan Carlos y Sofía se encontraba dónde había supuesto: colgado en la pared encima del aparato de TV que, otro detalle que le gustó, había retornado al sitio que ocupara durante unos cuantos años. Oliveras tenía buena memoria.

No creía que el primer sobre verde estuviera allí, eso sería demasiado fácil, propio de un acertijo de Tercera División. El Uruguayo jugaba en Primera; no sólo eso: acostumbraba, además, como él, a disputar la Copa de Europa. Pero, bien pudiera suceder que el retrato de los monarcas guardara alguna pista sobre el verdadero escondrijo.

Acercó una mesa a la pared y descolgó el cuadro. Lo revisó cuidadosamente. Ninguna leyenda, ningún papel, nada de nada.

Volvió a colocarlo en su lugar. ¿Alguna imagen más del Rey por algún sitio…? Hizo memoria, concentrándose intensamente, mientras contemplaba el antiguo lavadero y la torre-palomar adyacente a través del ventanal. Pues, claro… ¿Cómo no lo pensó antes?

Amagó con echar a correr, pero luego lo pensó mejor. Debía tomárselo con más calma. “Vísteme despacio que tengo prisa”. No fuera que por apresurarse se fastidiara un pie o algo peor. Y además que ya tenía una edad, ya no estaba para cometer excesos físicos. Así que, después de respirar hondo, Villamañe cruzó a buen paso el recibidor y recorrió el largo pasillo que rodeaba el patio, penetrando, finalmente, en la sala de estudios.

La última vez que había estado allí, se había topado con un revoltijo de mesas y un montón de trastos sobre ellas y en el suelo. Ahora, en cambio, habían despejado la parte central agrupando las mesas en ambos laterales, tal y como estaban dispuestas cuando los internos las usaron hasta 3 décadas atrás. Además, también había sido reparada la baranda del balcón y sustituidas las desvencijadas contraventanas.

Esto lo captó Villamañe al primer vistazo, aunque su atención se dirigió a la pared de la izquierda. Allí estaban, justo dónde él siempre los recordaba, aunque hubiera jurado que en sus últimas visitas los había echado en falta.

Dos históricos discursos enmarcados: el de Franco, de despedida; el del rey Juan Carlos, de bienvenida. Este era bastante más extenso que aquél, con la letra más pequeña y los renglones más apretados. Memorizarlo, todo o parte, era uno de los castigos predilectos que solían imponerles las maestras hacia finales del 75.

Villamañe trepó sobre las mesas y, apoyándose en la repisa de la pizarra, en precario equilibrio, consiguió descolgar el cuadro.

Nueva inspección atenta y resultados igual de desalentadores.

Mientras contemplaba la Huerta, apoyado en la rejuvenecida barandilla de hierro, Villamañe reflexionaba intensamente.

 

                    “En este banco se sentaron las hijas del Rey”

 

Pronto llegó a la convicción de que había seguido una estrategia completamente errada, más propia de un novato en estas lides que del curtido veterano que se supone era.

Le había seguido el juego a Oliveras y éste lo había engañado como un chino. Claro que no estaban allí los cuadros, ahora estaba seguro. El taimado Uruguayo los había colocado a posta.

A partir de ahora, se dijo Villamañe, tenía que meterse en su cabeza para ir un paso por delante, si no lo llevaba claro.

Salió del estudio, volvió al patio y se sentó en el banco. Allí, siguiendo los consejos de su admirado Poirot, puso a funcionar sus pequeñas células grises.

En este banco…en este banco…recordó la adivinanza…están sentados el padre y el hijo. El padre se llama Juan y el hijo…

Esteban…eso era, sin duda…Esteban Rey…un nombre muy literario, y, si lo ponemos en inglés, más literario es:

…Stephen King…

…uno de sus autores favoritos, sino el que más junto con la gran Agatha; y también el de Oliveras, por lo visto. Parecía que el tiempo no había pasado: seguían teniendo los mismos gustos literarios.

Una vez hallada la palabra clave, lo demás fue coser y cantar. Cómo todo el mundo sabe, uno de los personajes más famoso del rey del terror es el payaso Penywisse, protagonista de It; muy de moda, últimamente, por la película que, a su juicio, no le hacía justicia al libro.

En el palacio hay unos cuantos cuadros de payasos, parece que doña Matilde sentía predilección por ellos, pero todos tienen aspecto de payasos buenos, todos parecen auténticos payasos incapaces de matar una mosca.

Justo cuando se disponía a descolgar el primer payaso sonriente situado entre las puertas del estudio y el despacho, Villamañe vio la luz, o eso creyó al menos.

Había un payaso distinto a los demás. Y ese payaso sí que tenía algo en común con el asesino de niños.

Olvidando las precauciones de hace un momento, recorrió a la carrera el pasillo, cruzó el primer comedor, sala de ensayo de la banda de gaitas, y llegó al segundo. Allí también habían colocado algunas mesas con sus respectivas sillas, imitando la distribución original: mesas de seis comensales, con vajilla Duralex y robustas jarras para el agua y el chocolate.

En el centro de la pared del fondo veíase el cuadro, confeccionado a base de retales de vivos colores, de un alegre payaso sosteniendo un manojo de globos. Algo que también solían hacer los payasos. Penywisse los usaba como cebo para atraer a sus pequeñas presas.

Allí, en la parte de atrás, dentro de una funda de plástico sujeta a la madera con cinta aislante, encontró Villamañe el primer sobre verde con 6 signos de admiración, 3 en cada cara.

 

 

                                                         VERDE—1—¡¡¡!!!

 

Dentro halló una foto de gran calidad con un tamaño de medio folio. Representaba la imagen de una vieja y sinuosa carretera que discurría por encima de un riachuelo entre un puñado de corpulentos eucaliptos.

Villamañe reconoció el lugar al instante. El puente de El Esquilo.

Metió los dos sobres rojos en una carpeta y guardó ésta en un cajón de la mesa del despacho, su Centro de Operaciones. El verde, conteniendo la foto, se lo guardó en el bolsillo. Al final debería entregarlos todos, rojos y verdes, juntamente con las fotos. Oliveras, más conocido como el “El Gran Previsor” también había sido muy claro en este punto.

Consultó su cronómetro.

Eran las 10.35. Noventa y cinco minutos. Eso era lo que había tardado en resolver el primer Enigma. Tenía un saldo positivo de 16 minutos. La cosa no empezaba mal, pero no podía confiarse: la ley no escrita sobre los Rastreos decía que lo mejor era comenzar con pistas fáciles y luego ir aumentando la dificultad.

A continuación, se subió al Peugeot 2008 aparcado a la puerta del Palacio y arrancó, rumbo a su primer destino, no sin antes cerrar con llave el remozado portalón verde.

Villamañe condujo a la máxima velocidad permitida, tampoco era cuestión de empezar a descontar del premio antes de ganarlo. Hacía una mañana de sol radiante. La pantalla del GPS indicaba 20 grados a la sombra. Seguía soplando un cálido viento del oeste, que mecía con suavidad las pesadas ramas floridas de los eucaliptos. Una banda de nubes grises comenzaba a asomar hacia la Sierra de la Bobia. La ría se encontraba en calma apenas rota por pequeñas crestas de espuma aquí y allá. Hacía un día ideal para llevar a cabo una Búsqueda del Tesoro en las mejores condiciones. Villamañe se dijo que había tenido suerte en ese aspecto. Luego, mientras comenzaba a ascender la última cuesta a la altura del islote de El Turullón, se le ocurrió que, a lo mejor, la bonancible jornada no tenía nada que ver con la fortuna venturosa y sí con la cuidadosa planificación ideada por la mente privilegiada de Oliveras. Seguro que el millonario de juvenil espíritu había consultado la previsión del tiempo a fin de garantizar el éxito de su ambiciosa empresa.

En pocos minutos se encontró en el paraje que aparecía en la foto. Volvió a mirar esta, constatando que se había hecho en fecha reciente. No había sitio en los márgenes para estacionar, así que dejó el Peugeot en medio de la calzada justo antes de comenzar a cruzar el pequeño puente-viaducto. Se trataba de una vía casi muerta, por dónde circulaba el escaso tráfico 4 décadas atrás. Aparte el natural deterioro del firme, y lo mucho que habían crecido algunos árboles, todo estaba prácticamente igual que entonces. Villamañe tuvo la acusada sensación de retroceder en el tiempo. Oliveras tenía buen ojo para elegir los escenarios más adecuados. Allí seguían las señales que indicaban la distancia a los pueblos más cercanos: Tol y Las Campas, justo al inicio de una pronunciada curva; y también la que anunciaba el lugar en que se hallaba, El Esquilo, plantada al pie de un fornido castaño. Las placas oxidadas, los números pálidos y las letras desvaídas trasmitían una extraña sensación de desdoble temporal.

Por allí también venían a pasear de vez en cuando los colegiales de la Escuela Hogar, llegando, en ocasiones, hasta el cercano pueblo de Barres. El río que corría bajo el puente desembocaba en la ría un centenar de metros más abajo. En la pequeña cala que allí se abría tenían su taller los Pachos, carpinteros de ribera, que construían barcas de madera.

Al contemplar la vieja carretera entre los robustos eucaliptos, se vio a sí mismo, 42 años más joven, o por ahí, junto con dos o tres compañeros, no recordaba exactamente quienes, atravesando aquellos boscosos parajes cuando la noche ya había caído, guiados por el noble afán de recaudar dinero para el Domund…

…Villamañe estudió el pintoresco enclave, preguntándose dónde habría escondido Oliveras el tercer sobre rojo. Tras sopesar y descartar otras posibles ubicaciones, le pareció que el lugar más lógico serían las señales indicadoras. Si allí había algo que oliera a pasado, algún vestigio tangible de aquella época, sin duda, eran éstas.

Pero, cuál de ellas…Por fuerza, tendría que ser aquella cuya leyenda tuviera alguna relación con la dinámica o la estructura del Rastreo. LAS CAMPAS…el nombre tenía 6 letras…TOL…3 letras. Será EL ESQUILO, entonces: tiene la longitud adecuada, 7 letras, un dato que parece definitivo si consideramos las veces que ha aparecido ya en esta aventura.

Encontró el sobre rojo enterrado al pie de la señal, dentro de una bolsa de plástico grueso, bajo una losa disimulada con hojas.

 

                             

                                        ROJO—2—¿¿¿???

 

Miró el reloj.

 

HORA: 10:47…Transcurrido: 107…Restante: 670…SALDO: +4

 

No era un mal comienzo, pero tampoco para tirar cohetes. Necesitaba ir ganando tiempo, engrosando el saldo positivo, para cuando llegara el tiempo de las vacas flacas.

 

( CONTINUARÁ...)

 

 

 

 

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  • Celebro que la historia te haya enganchado, Commander. Ya te aviso, no te preocupes. Un abrazo.
    Muchas gracias, Chus, por tu motivador comentario. El apellido del bueno de Alfredo se las trae: lo mejor es referirse a él como "el mago del suspense". Un abrazo, amigo.
    Definitivamente superaste la primera parte de tu historia, más internaste, MUCHO más fluida, y la expectativa esta párrafo tras párrafo; ¿Qué se puede decir de la resolución de enigmas? Jajaja... Literalmente te sientes dentro de la historia, así como la desesperación por el tiempo perdido... MUY bueno, 5 estrellas bien ganadas. Mañana me leo la tercera parte de todas formas. (P.d.- Si puedes envíame un correo cuando publiques las nuevas partes por favor, estoy siguiendo muchos relatos y ya no me doy cuenta bien de las novedades)
    Espero que el corrector no haga enfandar al maestro "Hisckot"
    Qué bueno Paco. Veinticinco minutos muy bien invertidos. No solo le has imprimido un ritmo que te motiva a seguir avanzando, sino que se disfruta por las descripciones y matices que visten todo el relato. Las alusiones a maestros como King o Hickoc son un acierto, así como tú capacidad para implicar al lector en la resolución de los enigmas. Toda una contrarreloj en la que los segundos cuentan...Espero la continuación amigo. Muy bueno
  • Desde siempre, las noches de Luna llena han sido escenarios abonados donde germinan las historias más singulares...

    42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    José Villamañe, maestro jubilado con mucho tiempo libre, acude al palacio de Valledor en Castropol respondiendo al reto lanzado por su compañero de la infancia, el millonario Juan Oliveras. Dispone de 777 minutos exactos para resolver 7 enigmas, encontrar 7 fotos y desenterrar el cofre con los 7 lingotes de oro, cuyo valor aproximado en el mercado es de 252.000 euros.

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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