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13 min
7 lingotes de oro ( CAP. I I I )
Suspense |
07.02.19
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Sinopsis

José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

CAPÍTULO   III : EL SEGUNDO ENIGMA

 

Fotografió el sobre verde, con la foto asomando, y el sobre rojo, y se los mandó a Oliveras. Otra vez le repetía la jugada, haciéndole creer que había avanzado menos, pero le debía una por haberle mareado con los cuadros de la realeza. A partir de ahora, procuraría enviar sus hallazgos en tiempo real, no fuera a fastidiarlo todo por una tontería así.

 Abrió el sobre.

 

                               ENIGMA  NÚMERO  2:

 

“La memoria tiende puentes sobre los abismos del tiempo”

“A veces, el pasado, disfrazado de Ave Fénix, sobrevive entre las cenizas”

 

Jolín, menudas frasecitas. Oliveras se nos ha puesto poético. J.V. admitió que eran dos frases formidables: profundas y evocadoras. Decían mucho con pocas palabras. Y, además, enlazaban muy bien con todo lo que sugería y significaba aquel viejo tramo de carretera fuera de servicio, y encajaban como un traje hecho a medida con el suceso del pasado que había desencadenado aquella aventura y con todas las referencias al ayer que iban apareciendo a lo largo de la misma.

Comprendía, en líneas generales, el significado de la primera; la segunda, le parecía más enigmática, valga la redundancia.

Regresó a Castropol y decidió ir al bar Antón a tomar un café para despejarse y, ya de paso, aprovechar para hacer algunas pesquisas.

Paco, el barman, lo saludó efusivamente con su acostumbrado chorro de voz, el mismo que le permitía lucirse en el grupo coral “Aires de Castropol”, celebrando volver a verlo por allí después de su larga ausencia.

Después de responderle en parecidos términos, asegurándole que él también había echado de menos todo aquello, y tras una agradable charla sobre lugares comunes en la cual la gran campaña del Real Madrid ocupó un lugar prominente, Villamañe fue preparando el terreno para formular la pregunta que tenía en mente.

Necesitaba averiguar quiénes eran los vecinos más viejos del pueblo, aquellos que, aún sanos de mente, atesoraban un mayor volumen de recuerdos. Almacenes de Memoria, era la expresión que se le había ocurrido justo cuando, unos minutos antes, ascendía la calle Vior; necesitaba encontrar el mayor Almacén de Memoria del pueblo de Castropol.

Diez minutos después, no había tiempo que perder, se encontraba delante de una pintoresca casita con pinta de antigua, con las ventanas y la puerta pintadas de un llamativo color verde. A Villamañe le recordó la Escuela Hogar, lo cual le pareció un buen presagio. Incluso la escalera de la entrada, con su robusta baranda labrada, le resultó familiar. Allí vivía Manuel Barrios, más conocido como “Polizón”. El marinero apodo le venía de una aventura que protagonizó en su juventud. Con 15 años recién cumplidos se embarcó de incógnito en un barco pesquero. Fue descubierto en altamar, y, tras la bronca inicial, incorporado a la plantilla del barco. Hoy en día, a sus 97 años, no perdona el habitual paseo diario que incluye ascender la calle del Campo hasta la entrada al parque, descender por Vijande, recorrer el túnel bajo las acacias, y regresar, finalmente, a través de la calle Acevedo. Paco le garantizó, además, que sus facultades mentales no le iban a la zaga a las físicas. Pedro, el lotero, estuvo de acuerdo, refiriéndose a él como un libro abierto. El barman abundó en el tema hablando de una auténtica enciclopedia andante.

Villamañe había encontrado su almacén de memoria, el hombre con la capacidad suficiente para construir puentes sobre los abismos del olvido, del tamaño del de Los Santos o, incluso, el Golden Gate.

Descartó entrevistarse con él. No creía que Oliveras lo hubiera hecho tampoco. Sería mucho riesgo para el secretismo que pretendía mantener.

Tampoco creía que El Uruguayo hubiera escondido allí el sobre verde: demasiado sencillo para una mente tan retorcida como la suya. Pero sí pensaba que podría encontrar alguna pista, alguna señal que lo guiara en la dirección correcta.

La casita se levantaba a la vera de la gran explanada que se extendía por detrás del Casino. Era curioso, pero nunca había estado allí en sus múltiples visitas a Castropol. El descampado era mucho más vasto de lo que parecía visto desde el parque. Aguardaba paciente la próxima construcción de apartamentos, tal como rezaba el cartel sujeto a una estaca, desde hacía una década más o menos.

Tras una atenta inspección ocular, Villamañe desistió. Allí no había nada o, en todo caso, él no era capaz de verlo. Había perdido un tiempo precioso, pero, bueno, había que intentarlo; eso era el juego: ensayo y error.

De todas formas, nunca había visto demasiado claro el asunto. La bien nutrida memoria de “Polizón” parecía cuadrar bien con la primera parte del enigma, pero costaba encajarla en el posible significado de la segunda frase. Esas cenizas lo tenían bastante mosca. Si la casita hubiera ardido con su inquilino dentro y éste se hubiera salvado, el enigma estaría resuelto. Por un momento, contempló la vetusta construcción imaginándola consumida por voraces llamas. Después meneó la cabeza, sintiéndose vagamente culpable, y miró hacia el parque.

En el cielo habían aparecido unas cuantas nubes que se perseguían, juguetonas, en dirección a Ribadeo. El viento arreciaba por momentos retorciendo las pobladas ramas de las acacias. Sobre ellas, como perenne guardián o centinela, descollaba el ángel con su barca de juguete coronando el monumento a Villamil. Otro símbolo del pasado, testigo de un tiempo difícil y violento, cuando la Historia se escribía a golpe de sangre y fuego. 

En Castropol había un buen puñado de edificios y monumentos, el palacio de Valledor como flamante abanderado, que oficiaban como eficaces trasmisores de una época, más o menos lejana, evitando que el abismo del olvido se la tragara para siempre.

Estos también eran Almacenes de Memoria. Lástima que no pudieran hablar.

Un poco más allá del Monumento a Villamil, oculta por las frondosas acacias, se levantaba la capilla del parque. Villamañe reparó en un detalle curioso: desde la posición en la que él se encontraba en el extremo opuesto de la explanada, la mano extendida del ángel parecía señalar hacia la vieja edificación, como invitándole a reparar en su disimulada presencia.

Se trataba, como él muy bien sabía, del edificio más antiguo del pueblo, construido por un tal Diego Moldes en 1464, el único superviviente al gran incendio de 1547 que arrasó con el resto de las casas de Castropol construidas en madera.

Algo, una pálida luz, destelló en el cerebro del maestro jubilado.

“El pasado, disfrazado de Ave Fénix, sobrevive entre las cenizas”

El débil destello se convirtió en una cegadora Supernova.

Villamañe, con el rostro radiante por el inesperado resplandor, cruzó la explanada a la carrera, sorteó la baranda con un ágil brinco y recorrió el parque en un santiamén hasta llegar a la puerta de la capilla. Se detuvo un momento para recuperar el aliento, mientras miraba, emocionado, las tres máscaras grabadas sobre el dintel, las cuales, a su vez, parecían contemplarlo a él con sus grandes ojos de piedra.

Máscaras…disfraz de ave Fénix…el único edificio superviviente.

Villamañe hizo además de quitarse un imaginario sombrero: Oliveras se lo había currado. Había estado inspirado. Y al final, pensó dirigiendo la vista hacia donde se encontraba hace un momento, “Polizón” y su casita de cuento le habían sido de inestimable ayuda.

Sin más demora, se aplicó en la búsqueda del sobre verde. Lo localizó en apenas unos minutos, encajado entre las tupidas ramas del ciprés que crecía a la izquierda de la capilla y que, a juzgar por su grueso tronco, tenía pinta de ser casi tan viejo como ésta. Ya parecía tener unos cuantos lustros a sus espaldas cuando los colegiales de la Escuela Hogar se divertían en el parque jugando al escondite y columpiándose de dos en dos, o de cuatro en cuatro, en las dos barcazas ancladas en el imaginario puerto situado justo enfrente del histórico edificio.

Esta vez, Villamañe hizo la foto a tiempo y se la envió a Torres. Imaginó que Oliveras esbozaría un gesto de contrariedad al ver como caía otro de sus bastiones defensores del fortín dorado, incluso, puede que fuera uno de sus favoritos. A él, al menos, lo había fascinado.

 

                                                   VERDE—2—¡¡¡!!!

 

La foto que contenía mostraba unos cuantos edificios bajos y alargados, pintados con alegres colores y rodeados de una pradera en la que crecían varios árboles frutales. En la puerta de uno de ellos veíase un carro de labranza con grandes ruedas radiales y cubiertas de goma.

En la finca de exuberante verdor pastaban dos caballos, y varias cabras y ovejas. Había, además, numerosas aves de corral, picoteando y correteando por todo el recinto, el cual se hallaba cercado por una valla metálica verde oscuro de unos dos metros.

Gracias a estos domésticos inquilinos, Villamañe reconoció el lugar, no muy lejos del cual había andado esa misma mañana mientras rastreaba, cual sabueso entusiasta, por la zona de El Esquilo.

Estaba contemplando, sin ninguna duda, la Granja-Escuela de Piñera.

Montó en el Peugeot que aguardaba paciente, apostado en el aparcamiento junto a la gran escalinata de acceso al parque, enfiló la calle El Campo, y en Salas torció por la calle Vior. Al salir del cruce del Peñamar, tomó la pista que arrancaba a la izquierda del nuevo bloque de apartamentos, otra ruta habitual en las caminatas de la Escuela Hogar. La estrecha vía rural, hoy negra de asfalto, ayer roja de fértil tierra, ascendía retorciéndose hasta la cima de la planicie y, una vez allí, se estiraba surcando en línea recta sembrados de maíz y patatas, y también campos de trébol y ballico.

La impresión de retroceso en el tiempo que experimentaba Villamañe en cualquier rincón de Castropol, era aquí más fuerte que nunca. Tratábase de una sensación singular y única; tan intensa, a veces, que al maestro jubilado le parecía oír, como una música fantasmal, las risas y las voces infantiles, llegando casi a creer que en cualquier momento se toparía con la bulliciosa comitiva colegial de camino a la estación de El Valín.

Aferrada a la tierra, disuelta en el aire, encaramada a los árboles, la Memoria del Ayer persistía, omnipresente, como una presencia viva que latía y respiraba.

A ambos márgenes se abrían perpendiculares rutas alternativas. Villamañe tomó la primera a la izquierda. Continuó circulando en llano un centenar de metros, para descender bruscamente al atravesar una pequeña aldea con media docena de casas apiñadas. Allí la pista se estrechaba un poco más y volvía a retorcerse en una doble curva. Una vez superado el antiguo lavadero, con el año 1957 grabado en grandes letras sobre el oscuro cemento, el camino volvía a ascender antes de embocar la última recta, flanqueada por gigantescos olmos, que conducía a la Granja-Escuela.

Tras estacionar en el amplio prado adyacente, se aproximó al portalón de hierro forjado, de gruesos barrotes rematados en punta, con un artístico rótulo taladrado en la parte superior.

A ambos lados crecía una muralla de cipreses enanos, pulcramente recortados. El panorama contemplado desde la entrada le resultó bastante familiar. Al compararlo con la foto, llegó a la conclusión de que Oliveras, o tal vez Torres, chico para todo, habían tomado la instantánea desde aquella perspectiva exacta.

Hace unos años, realizando una visita con sus alumnos, la primera y última hasta hoy, el maestro había averiguado que la Granja comenzó a funcionar en 1987, curiosamente, el mismo año en que había echado el cierre la Escuela Hogar. Villamañe, dejándose llevar por su, en ocasiones, surrealista imaginación, fantaseó con la idea de una singular y atípica reencarnación.

Entonces, cayó en la cuenta de que encontrar un sobre en aquel enorme recinto sería una tarea de chinos. De muchos chinos, vaya, tantos como los que jugaban al fútbol en la cabina del famoso chiste. Menos mal que el sobre era rojo, discurrió un melancólico y ceñudo Villamañe, si llega ser el verde, apaga y vámonos. En ese caso tendría que recurrir al daltónico de guardia.

Para su sorpresa, en ese momento, una chica morena, de armoniosos rasgos, acudió a su encuentro con una carpeta en la mano. Lo saludó muy sonriente, informándole de que habían dejado algo para un tal José Villamañe Lastra y que él tenía todas las pintas de ser esa persona. Aun así, nuestro buscador de tesoros tuvo que identificarse formalmente mostrándole a la chica su DNI. La simpática morena, sin dejar de sonreír, se apresuró a declarar que no dudaba de su palabra, sencillamente se limitaba a cumplir instrucciones.

Mientras se despedía muy cordialmente de la joven monitora, Villamañe se preguntó cuánto habría pagado Olivera por el servicio granjero de mensajería, seguramente, una cantidad nada despreciable; y qué historia les habría contado para justificar tan inusual proceder. Es muy probable que eso no le supusiera mayor problema: si algo le sobraba al Uruguayo, además de talento, era creatividad.

Ingenio e imaginación al poder… ¡Al abordaje, mis valientes bucaneros!

Una fuerte ráfaga de viento zarandeó el muro de cipreses y rugió en las copas de los olmos.

                   

                                             ROJO—3—¿¿¿???

 

Una vez dentro del Peugeot, Villamañe hizo la foto de rigor y abrió el sobre. Miró la hora en la pantalla del GPS.

 

HORA: 12:15…Transcurrido: 195 min… Restante: 582 min.

SALDO: +27

 

José Villamañe sonrió satisfecho. Había ganado 23 minutos. La hormiguita hacendosa comenzaba a almacenar grano a grano para que el duro invierno no la cogiera desprevenida.

 

                   ( CONTINUARÁ... )

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  • Celebro que lo sigas disfrutando, Chus. Vaya, hombre, ¿de qué errores me hablas? Yo veo un comentario inmaculado, y en todo caso, como para no perdonarte, siendo el único de la página que se toma la molestia de leer y comentar. Muchas gracias, amigo, un abrazo.
    Qué bueno Paco. Muy entretenido y bien escrito. "En el cielo habían aparecido unas cuantas nubes que se perseguían, juguetonas, en dirección a Ribadeo. El viento arreciaba por momentos retorciendo las pobladas ramas de las acacias..." Me encantan las descripciones en las que vas ubicando los distintos escenarios de la trama, y el rltmo que imprimes..., cada minuto cuenta. Un abrazo y sigue perdonando los errores, escribo de vuelta a casa en bus...:)
  • 42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    José Villamañe, maestro jubilado con mucho tiempo libre, acude al palacio de Valledor en Castropol respondiendo al reto lanzado por su compañero de la infancia, el millonario Juan Oliveras. Dispone de 777 minutos exactos para resolver 7 enigmas, encontrar 7 fotos y desenterrar el cofre con los 7 lingotes de oro, cuyo valor aproximado en el mercado es de 252.000 euros.

    El pueblo de Castropol, con el histórico palacio de Valledor como protagonista estelar, es el singular y pintoresco escenario donde dos antiguos compañeros de estudios en la Escuela Hogar de Castropol se encuentran 40 años más tarde para revivir la emocionante "Búsqueda del Tesoro" en la que compitieron a finales de los años 70. Los enigmas y acertijos se suceden sin respiro en una lucha trepidante y sin cuartel contra el ingenio del retador y el tiempo límite para superar la prueba. José Villamañe dispone de 777 minutos para resolver 7 endiablados enigmas y encontrar el cofre con 7 lingotes de oro.

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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