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8 min
7 lingotes de oro ( CAP. IV )
Suspense |
09.02.19
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Sinopsis

Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

                    CAP. IV :  EL  TERCER  ENIGMA

 

          ENIGMA NÚMERO 3

Los animales de la Granja están felices

Los animales del Zoo están tristes

El humo de las chimeneas perfuma el patio

El humo del tabaco perfuma la estancia

 

Bueno, unas frases aparentemente sencillas, lo cual no sabía si era bueno o malo, reflexionaba Villamañe mientras retornaba a la carretera general en dirección al pueblo de Piñera. Atravesando éste, recordó el museo de maquetas de barcos que visitara el verano pasado. Su artífice, Pacho, el carpintero de ribera, había fabricado no menos de 80 maquetas, auténticas maravillas de fidelidad al modelo real, de las cuales parecía sentirse más orgulloso que un padre de sus hijos; o incluso más, aventuró Villamañe, sonriendo con ironía: los barquitos de madera no daban disgustos. Lo que habían dado, eso sí, era trabajo, mucho trabajo. Pacho le confesó haber empleado unas 45.000 horas en su confección. A 10 euros, más que un Gordo de Navidad. Tendría que presentárselo a Oliveras, seguramente harán buenas migas.

En el Peñamar giró a la derecha tomando el paseo marítimo. Circulando a la altura de la Casa Rectoral, asomada al abismo de La Mirandilla unos 30 m. más arriba, recordó cuando se había desprendido parte del barranco sepultando la carretera y llegando hasta la ría. El gigantesco mordisco a punto estuvo de tragarse la casa, de tal forma que al señor cura le faltó muy poco para amanecer entre las salobres aguas del Cantábrico.

En el espigón de la cerrada curva, allá por el año 75, vivió su primera, y última, experiencia como pescador. Ocurrió durante la semana de vacaciones que disfrutaron por la muerte del Caudillo.

Paró en El Risón, se sentó en la terraza y pidió un café bien caliente   para que le despejara la cabeza y estimulara la imaginación.

En el cielo, continuaba el tráfico fluido de nubes bien dirigido por el cálido viento del suroeste. Mientras saboreaba a pequeños sorbos el reconfortante brebaje, miraba complacido el mar erizado y las barcas amarradas meciéndose cual colosales cunas de vivos colores.

Allá a lo lejos, apenas una mancha blanca entre el verde de los pinos, veíase la ermita de Santa Cruz, a donde habían ido de excursión al menos en un par de ocasiones.

Villamañe colocó la tarjeta ante él y puso a trabajar sus células grises.

 

Los animales de la Granja están felices

Los animales del Zoo están tristes

El humo de las chimeneas perfuma el patio

El humo del tabaco perfuma la estancia

 

Así, a primera vista, había dos detalles que llamaban la atención: la repetición de la estructura gramatical creando un paralelismo elemental, y la aparente simpleza de las frases en contraste con las crípticas expresiones de los enigmas precedentes.

Además, el hecho de que estuvieran en cursiva no podía ser fruto del error o la casualidad, no tratándose de Oliveras. El Uruguayo no daba puntada sin hilo, eso ya le iba quedando claro a estas alturas.

Villamañe tenía la impresión de que, al menos en las dos primeras frases, era más importante la forma que el fondo; de las dos últimas, ya no estaba tan seguro, es posible que tuvieran algún tipo de conexión con la realidad.

Frases sencillas…palabras repetidas…en cursiva…frases dirigidas a una persona con pocas entendederas…o… a un niño.

Una veloz asociación de ideas le hizo dar con la clave. Supo, o creyó saber, a que se refería Oliveras con las chimeneas, el patio y el aroma del humo de tabaco. Por el humo se sabe dónde está el fuego, proclamó un eufórico Villamañe.

Un par de minutos después, el tiempo seguía siendo oro, al volante del Peugeot, reducía para tomar el camino del cementerio, y aceleraba, de nuevo, rumbo a la esquina del parque. Tras un doble giro a la derecha, enfilaba la calle Vijande, para detenerse, finalmente, en el pequeño descampado que se extiende delante de las Escuelas Viejas.

Villamañe descendió del vehículo y estudió atentamente el singular edificio de ladrillo, bajo y alargado, con grandes cristaleras cuadriculadas en su parte frontal, custodiadas por un pelotón de viejas macetas conteniendo floridos y raquíticos geranios.  Las resistentes plantas, todo un ejemplo de supervivencia en condiciones adversas, ya crecían allí cuando se cerró la escuela en el Curso 74-75. El antiguo alumno las recordaba perfectamente, incluso recordaba su peculiar aroma.

Se acercó hasta los ventanales. Estaban sucios y había algunos cristales rotos. Dentro se amontonaban las viejas mesas escolares. Supuso que una de aquellas habría sido la suya hasta cuarto de EGB. Allí seguía también la histórica pizarra, verde pálido, agrietada y llena de telarañas, de la cual había copiado en su cuaderno el texto “Los animales vertebrados” en su primer día de clase. Es curioso como algunos episodios nunca se olvidan.

En el aula de la izquierda impartía clase doña Visitación con sus peculiares métodos de enseñanza. El autor de la famosa sentencia “la letra con sangre entra”, debía estar pensando en ella. En la derecha estaba Don Antonio, sempiterno fumador en pipa que a veces usaba como arma arrojadiza para castigar al díscolo de turno. Como muy bien apunta Oliveras, “el fuerte aroma del tabaco perfumaba la estancia”.

Las chimeneas de que habla, sin duda, se corresponderían con las de las dos casitas situadas a la izquierda, cada una con su jardincillo delimitado por un tupido seto. De la casona que se levantaba a la vera del Palacio, rodeada por una extensa finca cercada por un alto muro de piedra, sólo quedaba hoy en día la pared de la fachada emergiendo entre una maraña de silvas, con una puerta cegada y una pequeña ventana en la parte superior. Por encima de ésta aún se yergue, orgullosa e inhiesta, desafiante al paso del tiempo, una espigada chimenea de hierro. Esta sería la tercera en discordia, eficaz y aromática ambientadora del patio colegial.

Y, por cierto, pensó Villamañe mientras contemplaba con cierto pesar las ruinas de la casona, ya podían haber abierto antes el camino desde la calle Acevedo. Les hubiera ahorrado un fatigoso rodeo a los internos de la EH, especialmente en las inhóspitas mañanas de invierno. Contemplando el prado que décadas atrás hacía las veces de patio, Villamañe rescató de su particular Almacén de Memoria un traumático episodio que allí le aconteciera…

…En un rincón del campo, unos obreros algo descuidados habían abandonado a su suerte un voluminoso montón de piedras rebozadas en tierra, y provistas de agudos y peligrosos cantos. Un infausto día, fruto de una alocada carrera, el colegial Villamañe había aterrizado sobre ellas abriéndose una bonita brecha en toda la frente. La pequeña cicatriz constituía un imborrable recuerdo más de aquellos gloriosos días…

…Estudiando atentamente los históricos geranios, el avezado ojo del maestro rural no tardó en descubrir que la maceta de uno de ellos era mayor y mucho más nueva que las demás. Aquí Oliveras no había estado muy afortunado, no podía suponerlo tan miope como para no reparar en ese detalle. Había introducido la maceta vieja dentro de la otra.

Encontró el sobre verde encajado en el espacio que quedaba entre las dos macetas.

 

                                                VERDE—3—¡¡¡!!!

 

En este caso, el rincón fotografiado quedaba a tiro de piedra. Mostraba una ventana enrejada de la Escuela Hogar vista desde dentro. Se trataba de la ventana de la derecha, la que se encuentra al lado de la puerta de la capilla, fotografiada desde la escalera de acceso al interior del Palacio.

Un par de minutos más tarde, ya se hallaba buscando el sobre entre las robustas calas, compañeras supervivientes de los geranios de marras, que crecían al pie de la ventana.

Lo localizó enterrado, a no excesiva profundidad, dentro de la habitual carpetilla de plástico grueso.

 

                                         ROJO—4—¿¿¿???

 

Hizo las fotos de rigor y se las envió a Torres. Después, abrió el sobre.

Previamente, había consultado la hora en el reloj de sol, situado sobre la puerta de la capilla, aprovechando que el astro real reapareció entre las nubes calentando con fuerza.

Parecía señalar cerca de las dos. No podía ser tarde. Su Casio se lo confirmó.

 

HORA: 13:30…Transcurrido: 270 min…Restante: 507 min.

SALDO: +63

 

Villamañe levantó los brazos en un gesto de triunfo, seguía recuperando tiempo. Disponía de un saldo favorable de 63 min. Lo cual estaba muy bien, pero no debía echar a volar las campanas. A partir de ahora, seguramente, vendrían más curvas y más cuestas, cada vez más cerradas aquellas y más empinadas estas.

 

                          ( CONTINUARÁ...)

 

 

 

 

 

 

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