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11 min
7 lingotes de oro ( CAP. IX )
Suspense |
13.02.19
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Sinopsis

HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

CAPÍTULO  IX: LA SIMBOLOGÍA DEL NÚMERO  7

 

Si Villamañe hubiera tenido que apostar antes de ver la foto, sobre cuál sería la última instantánea escogida por Oliveras, habría pensado en dos o tres decenas de rincones de Castropol antes que en éste.

Por un momento, se le ocurrió la peregrina y loca idea de que Oliveras había escondido los lingotes dentro de una tumba. Luego, razonando con más calma, decidió que la temeridad de El Uruguayo no llegaría hasta ese límite, pero que, sin duda, allí en el Camposanto hallaría la pista definitiva.

Diez minutos después, se hallaba delante de la puerta enrejada contemplando las blancas sepulturas adornadas con ramos de flores, mustias la mayoría, entre los setos pulcramente recortados.  

Un ocaso tranquilo teñía el horizonte hacia la ermita de Santa Cruz y hacía arder la ría con llamas doradas y silenciosas. Entre los eucaliptos, impasibles guardianes de los muertos, que crecían a la vera del cementerio, discutían con calor una pareja de palomas torcaces. Un cuervo de fiero y respetable aspecto graznó tres veces desde su atalaya en lo alto del castaño sin hojas, habitante de un perpetuo invierno, en la finca de la antigua casa de los Cancio.

La voz cascada y gruñona del pájaro enlutado espantó a las palomas que levantaron vuelo con un estruendoso aplauso alado y tomaron rumbo hacia la playa de Fontelas.

Villamañe, estremeciéndose involuntariamente, miró al ave de mal agüero, preguntándose si se trataría de un sicario a sueldo de Oliveras, enviado por su jefe para entorpecer su desembarco en la isla dónde un cofre con 7 lingotes de oro aguardaba paciente su desentierro.

Bueno, y ¿ahora qué?, se dijo Villamañe, ¿qué se supone que debía buscar, si ya no había más sobres rojos? O, ¿a lo mejor, sí los hay?

No tardó en salir de dudas. Obedeciendo a una intuitiva y repentina corazonada, se aproximó hacia dónde se hallaba el cuervo, el cual volvió a graznar y levantó pesado vuelo en dirección a la ría.

Halló lo que buscaba en las entrañas del árbol muerto, en el oscuro interior de la fea herida que rasgaba su tronco pétreo.

Al final, resultó que sí que había otro sobre rojo. El noveno de la serie.

Lo cual quería decir, pensó Villamañe, que aún no se habían terminado los enigmas.

Abrió el sobre con el ceño arrugado, esbozando un gesto de franca contrariedad.

Dentro, halló otro sobre, éste de color azul, con la imagen de un sol desplegando sus rayos sinuosos sobre la totalidad del celeste polígono. El astro rey lucía una enorme sonrisa. Bueno, al menos, un nuevo color entra en escena, algo es algo. El maestro sonrió complacido sintiendo renacer su optimismo.

En su interior albergaba una tarjeta azul marino con unas cuantas frases en artísticas letras doradas.

                                       

                              EL NÚMERO 7

7 son los enanitos de un cuento muy conocido

7 son los cabritillos por el lobo apetecidos

7 son los colores de un arco muy colorido

7 son las moscas que mató el sastrecillo

7 son las leguas recorridas del camino

7 son los Sacramentos en la vida recibidos.

7 días de la semana, desde el lunes al domingo

7 enigmas ha tenido el presente desafío

7 lingotes valen si lo rematas con tino

 

Pues si esta es la pista definitiva, la que señala el lugar dónde se encuentra el tesoro, apañados estamos, discurrió un perplejo Villamañe.

Y otro orden de cosas, hay que ver con el número 7. A simbólico y cabalístico no le gana nadie.

Buscando nuevos e inspiradores escenarios, montó en el Peugeot y condujo hasta el campo de La Paloma, otro rincón de Castropol que también le traía muchos y gratos recuerdos…

…El maestro rural dejó vagar su mirada llena de melancólico pesar ante el irreconocible aspecto que presentaba el solar desnudo y abierto allí donde antaño se ubicara el viejo y entrañable recinto deportivo.

Luego, se dijo que mejor olvidaba el pasado y se concentraba en el presente, si quería terminar la tarea que se traía entre manos.

Villamañe consultó la hora.  Las 20.30.

¡Media hora menos!...Ahora el tiempo parecía volar. Le quedaba una 1 hora y 27 minutos. Si fuera un partido de fútbol ya habría consumido 3 minutos de la primera parte. Y en esta ocasión el árbitro, juez implacable, no descontaría ni un miserable segundo.

Después de 7 enrevesados enigmas y 11 horas y media de notable esfuerzo mental y físico, ¿el éxito o fracaso de la titánica empresa dependía de La singular letanía del número 7? ¿Acaso, no tenía nada más…?

¡¡¡Las 7 fotografías…por supuesto…ahí estaba la clave!!! No eran un fin en sí mismo, sino las piezas de un rompecabezas cuya resolución supondría conseguir la llave del cofre o al menos una indicación clara y definitiva sobre su paradero.

José Villamañe regresó al Centro de Mando, cogió las 7 fotos y las extendió en la sala de estudio sobre la mesa del profesor, disponiéndolas de izquierda a derecha en el mismo orden en que había ido encontrándolas.

Es posible que Oliveras las hubiera repartido al azar, pero, conociéndolo, no lo creía. Sin duda, su aparición temporal obedecía a un itinerario con un principio y un final, algo así, como una especie de festivo Vía Crucis con 7 estaciones. Descubrir la verdadera naturaleza de ese singular camino de Pasión, le permitiría alcanzar su anhelado Gólgota, el último puerto, corto, pero duro, en cuya cima se encuentra la ansiada línea de meta.

A continuación, quitó unas cuantas mesas para abrirse paso hacia el encerado, donde esbozó un croquis que iría completando con todo lo que se le ocurriera.

 

 

 

Foto número 1: El puente de El Esquilo.

Foto número 2: La Granja-Escuela de Piñera.

Foto número 3: La ventana enrejada del patio del Palacio.

Foto número 4: El libro del Minotauro en la Librería Ardura.

Foto número 5: El hotel del Peñamar.

Foto número 6: El Casino.

Foto número 7: El cementerio de Castropol.

 

 

Lo primero que se le ocurrió es que algunas mostraban una realidad objetiva y otras, en cambio, podrían ser símbolo de algo, del mismo modo que una S cruzada por dos barras significa riqueza y un corazón atravesado por una flecha se interpreta como amor.

En este sentido, le llamaba especialmente la atención esa ventana con rejas de la foto 3. Así como las otras mostraban un todo completo, en esta aparecía una parte de ese todo. Esa ventana podía simbolizar varias cosas. Vista desde fuera nos señalaría un lugar al que está prohibido entrar; por ejemplo, un área militar, una central nuclear o, sencillamente, cualquier propiedad particular, dónde si te pillan te pueden detener por allanamiento de morada. Y aún se podrían poner más ejemplos. Demasiadas posibilidades. Ahora bien, la foto está hecha desde dentro. Eso no puede ser simple casualidad; no, tratándose de Oliveras.

Desde esa perspectiva interior se reducen notablemente el número de posibles candidatos simbolizados.

Obviando algunos tan exóticos como un barco en cuarentena o similares, se reducen básicamente a dos: un convento de clausura y una cárcel. Ni las monjas ni los presos pueden abandonar su encierro: las primeras por sus votos; los segundos, por sus delitos.

Ahora bien, hay una diferencia importante entre ambos: las primeras han entrado voluntariamente y los segundos de manera forzosa. Por lo tanto, en sentido estricto, sólo estos últimos están retenidos contra su voluntad.

Terminado su complejo y laborioso proceso mental, Villamañe anotó la palabra cárcel al lado de la foto número 3. En todo caso, no se podía descartar que simbolizara un convento, sobre todo, si tenemos en cuenta que en la Escuela Hogar hubo unas cuantas monjas y, que se sepa, ningún preso.

Esto le dio una idea: identificar cada foto con un par de palabras, si fuera posible; en todo caso, no más de tres.  Eso simplificaría las cosas: se trataba de hacer el resumen de un resumen, sintetizar al máximo buscando la esencia, podar lo accesorio para poner de relieve lo primordial, talar los árboles para poder ver el bosque.

Villamañe rehízo su valioso esquema.

 

 

 

FOTO 1:  Puente—Río.

FOTO 2:  Granja—Escuela.

FOTO 3:  Cárcel—Convento.

FOTO 4:  Minotauro—Ariadna—Laberinto.

FOTO 5:  Hotel—Turista—Viajero.

FOTO 6:  Casino—Juego—Ruleta—Dinero—Dados—Bingo.

FOTO 7:  Cementerio—Muerte—Flores—Tumba.

 

El maestro rural, entre aquel mobiliario escolar dónde se movía como pez en el agua, contempló su trabajo y sonrió satisfecho. Se sentía lúcido y despierto, cuerpo y mente pletóricos de energía. Tiembla Olivares, ya veía la meta a lo lejos; un par de revueltas más abriéndose paso entre el gentío que lo vitorea entregado, y apoteósica entrada en meta con los brazos en alto, después de abrochar el maillot.

De todas formas, aún había demasiadas palabras, en las dos últimas fotos había sobrepasado el límite marcado; de hecho, en la sexta lo había doblado. Por otra parte, aquello no le preocupaba demasiado: intuía que lo importante era el tema o, mejor dicho, el campo semántico, y éste quedaba bien delimitado en ambos casos.

Consultó su cronómetro.

 20:55

Le quedaban 1 hora y 2 minutos. Tiempo suficiente, pero no debía descuidarse. Se concentró en el esquema de la pizarra.

Algo se agitó en algún oscuro rincón de la mente de Villamañe, algo pequeño, esquivo y resbaladizo como un pececito de colores. Aparecía fugazmente y se ocultaba tras las rocas y los corales, o se sumergía en la arena, antes de que pudiera asirlo. Todo lo más que consiguió fue rozarlo con la punta de los dedos en un par de ocasiones.

La cabeza empezaba a dolerle impidiéndole razonar con claridad.

Salió al balcón abierto hacia la Huerta. La fresca brisa que soplaba desde la ría despejó su mente y serenó su espíritu.

Tornó a analizar el esquema que había elaborado en la pizarra.

El esquivo pececito reapareció de nuevo, ahora durante mayor tiempo. Villamañe intentó atraparlo, llegó a asirlo brevemente por la cola, pero terminó por escapársele otra vez.

Invadido por una sensación de creciente frustración, el maestro dio un puñetazo sobre la mesa, perturbando el reposo de las 7 fotos que se agitaron temblorosas.

Villamañe respiró hondo para serenarse. Tenía que mantenerse tranquilo y dueño de sí mismo porque si no lo echaría todo a perder.

Salió al pasillo con intención de acceder al patio, pero luego cambió de idea y se dirigió hacia las habitaciones del ala izquierda.

Obedeciendo a un repentino impulso penetró en la estancia ubicada al final del pequeño pasillo. Antiguamente había sido la habitación de los mayores, recordaba haber dormido allí los últimos cursos, y posteriormente se usó como biblioteca y sala de costura. La pálida luz vespertina que penetraba a través de las dos ventanas, una daba a la Huerta y otra al Peñamar, revelaba un variopinto mobiliario.

Toda la pared de la derecha estaba ocupada por una estantería atestada de libros, algunos bastante deteriorados. Villamañe no les prestó demasiada atención porque ya los conocía de anteriores visitas y además no disponía de tiempo. El oro se le estaba agotando.

Al lado de la estantería y enfrente a la ventana se apostaba una mesa alargada provista de robustas patas torneadas. Sobre la misma, veíanse un globo terráqueo y tres tableros, ajedrez, parchís y damas, bien colocados, uno al lado del otro, con sus fichas y piezas correspondientes.

Para sorpresa y admiración de Villamañe, resultaron ser el cebo perfecto. Esta vez el pececito de colores, la huidiza intuición que germinara en el cerebro del maestro, aumentó de tamaño y se dejó atrapar con facilidad.

Nuestro hombre regresó a la carrera a la sala de estudio, contempló las 7 fotos asintiendo con una sonrisa de profunda satisfacción, y se dispuso a corregir el esquema realizando la poda definitiva.

 

FOTO 1: Puente.

FOTO 2: Oca.

FOTO 3: Cárcel.

FOTO 4: Laberinto.

FOTO 5: Posada.

FOTO 6: Dados

FOTO 7: Muerte.

 

El juego de la Oca.

 

Hace un par de minutos en la sala de juegos José Villamañe se había sentido como San Pablo cuando se cayó del caballo. El tablero de parchís había sido su particular luz divina cegadora.

Había estado jugando a la Oca. Eso sí, había tenido el gran honor de participar, sin ninguna duda, en la mayor y más original partida nunca antes vista. Su admiración por el ingenio, el genio, de Oliveras subió varios enteros.

Pero aún no había terminado. Miró el reloj de pared.

 

                              21: 15

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  • De oca a oca y tiro porque me toca. La verdad es que este juego con sus múltiples personajes y escenarios funciona muy bien a nivel literario como fuente de inspiración.
    Joder Paco, sin duda el que más he disfrutado, has dejado buenas pistas y no sobraba ninguna, excelente has hilvanado todos los enigmas en uno, pero no tengo ni idea adónde quieres llevarnos con el juego de la oca, y el tiempo sigue su curso....
  • Desde siempre, las noches de Luna llena han sido escenarios abonados donde germinan las historias más singulares...

    42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    José Villamañe, maestro jubilado con mucho tiempo libre, acude al palacio de Valledor en Castropol respondiendo al reto lanzado por su compañero de la infancia, el millonario Juan Oliveras. Dispone de 777 minutos exactos para resolver 7 enigmas, encontrar 7 fotos y desenterrar el cofre con los 7 lingotes de oro, cuyo valor aproximado en el mercado es de 252.000 euros.

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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