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12 min
7 lingotes de oro ( CAP. V )
Suspense |
12.02.19
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Sinopsis

Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

               CAP. V : EL CUARTO ENIGMA

 

         ENIGMA NÚMERO 4

 

  C A  S  T  R  O  P  O  L

 

Mirando por mi ventana

Vi que tú me mirabas

Nunca supe si yo venía

O eras tú quién te acercabas

Mirando tras mi ventana

Vi que tú me mirabas

Nunca supe si yo me iba

O eras tú quién te alejabas

Día tras día, siempre así

Así siempre, jornada tras jornada.

 

Sentado en el banco del patio, aquél donde encontrara el segundo sobre rojo, Villamañe leyó de nuevo el poético rompecabezas.

                                         Mirando tras mi ventana

Instintivamente, Villamañe miró el ventanal dónde hacía 7 años, otro 7 más, había visto, o creído ver, la fantasmal imagen. Desde el punto de vista de los huérfanos imaginarios que miraban desde el ventanal, algunas frases encajaban perfectamente, tenían todo el sentido. Oliveras había leído el relato de su aventura, tal y como le revelara en la carta. Otras frases en cambio eran más dudosas, y las dos últimas no coincidían en absoluto ya que su traumática experiencia sólo ocurrió una vez. Afortunadamente. Además, según la dinámica del juego vista hasta ahora, los sobres rojos y verdes de un mismo enigma nunca se hallan en el mismo lugar.

No, definitivamente, la solución al enigma debía buscarla fuera del Palacio. Viendo la hora que era, y teniendo en cuenta que no había comido nada desde las 7, otro más, de la mañana, decidió hacer un pequeño alto para reponer fuerzas.

Cinco minutos más tarde, se encontraba en el bar Antón dando buena cuenta de un apetitoso bocadillo de jamón serrano acompañado de un descafeinado. Con la misma excusa que había utilizado en sus pesquisas sobre “Polizón”, a saber, que estaba recabando documentación para un nuevo relato, interrogó al bueno de Paco sobre la posible existencia de algún balcón o ventana relacionada con alguna historia famosa en el pueblo. Este, al cabo de unos instantes de profunda reflexión, denegó con la cabeza, afirmando que lo único que se le ocurría era el balcón del Ayuntamiento desde el cual, en tiempos de la Guerra Civil, algún que otro encendido orador había lanzado entusiastas y patriotas proclamas. Dijo esto en tono de chanza y así se lo tomó Villamañe, celebrando la festiva ocurrencia. Algunos parroquianos presentes terciaron en la conversación esforzándose por complacer el interés del maestro, también con nulos resultados.

Un momento después, asomado al balcón de La Mirandilla, contemplaba el islote de El Turullón, allá a lo lejos, antojándosele un singular velero varado a la orilla del mar verde, mientras el viento, inmisericorde, inflaba sus velas de eucalipto.

Allí se le ocurrió que la ventana en cuestión debería estar situada en las afueras del pueblo a fin de tener una visión completa del mismo. Podría encontrarse en Figueras o bien en Ribadeo, o en cualquier caserío situado en los montes de alrededor…

Pero…un momento…el poema-enigma dice que se acerca y se aleja…por lo tanto, si Castropol está quieto, el espectador que lo mira a través de la ventana tiene que hacerlo desde algo que se mueva. Un coche, un autobús…o…una barca…

La barca que cruzaba la ría hasta hace unos años…no sabía si aún sigue funcionando…creía que no…

Recordó cuando, en más de una ocasión, mirando el movimiento del mar desde el muelle, uno tenía la sensación de que era la carretera la que se movía, y él con ella, mientras la masa marina permanecía inmóvil. Era una sensación inquietante, casi daba vértigo…Sí, por ahí debían ir los tiros…

Mientras seguía el descenso en picado de una juguetona gaviota, Villamañe tuvo la íntima convicción de encontrarse en la buena senda.

No le llevó mucho tiempo averiguar que la barca había dejado de prestar servicio regular hacía cosa de unos tres años, coincidiendo con la jubilación del barquero, pero aún se podía alquilar para dar un garbeo por la ría hasta más allá del Puente de los Santos. Según le informó Julio, el hermano de Paco, solía estar amarrada enfrente del Risón. Terminó por desechar la idea: Oliveras no podía haber escondido nada en la barca, y los alrededores eran demasiados amplios y con límites confusos.

Entonces cayó en la cuenta de que había un sitio, mucho más pequeño, acotado y definido, dónde la famosa barca se ubicaba de forma permanente, aunque, eso sí, a una escala 1:5, aproximadamente.

El museo de Pacho, el carpintero de ribera, en su casa de Piñera.

Por un momento, sentado en el bordillo que rodeaba la Huerta, Villamañe creyó haber encontrado la solución, y ya se disponía a dirigirse hacia allí, pero luego, pensándolo mejor, también descartó esta opción. Quedaba al lado de El Esquilo y la Granja Escuela: demasiada concentración en tan poco espacio. En general las excesivas repeticiones tanto en el tiempo como en el espacio, sea este literario o real, atentan contra la originalidad, la lógica y la estética distributiva, cualidades que ha de poseer todo organizador de Rastreos que se precie. Y Oliveras era de los que preciaban, anda que no.

Así que, descartada la barca, había que buscar otro medio de transporte regular cuyo recorrido diario incluyera el pueblo de Castropol.

Sólo había un candidato posible: el ALSA que hacía la ruta Oviedo-Vegadeo. Consultó en internet el horario. Había 3 en total, a lo largo de la mañana, con intervalos de hora y media, aproximadamente.

Demasiado complicado. El poema debía referirse a algo más concreto, perfectamente identificable, y que él, Villamañe, antiguo alumno de la Escuela Hogar, estuviera obligado a conocer. Otra norma de los Rastreos, dictada por el sentido común amén del juego limpio, imponía no recurrir a hechos u objetos que se hallaran fuera del alcance mental y/o físico del rastreador, de tal forma que este se encontrara con una absoluta imposibilidad de acceso a los mismos.

No, definitivamente, debía ser algo mucho más sencillo, algo que le resultara familiar.

El maestro rural volvió a estudiar el poema.

 C  A  S  T  R  O  P  O  L

Mirando por mi ventana

Vi que tú me mirabas

Nunca supe si yo venía

O eras tú quién te acercabas

Mirando tras mi ventana

Vi que tú me mirabas

Nunca supe si yo me iba

O eras tú quién te alejabas

Día tras día, siempre así

Así siempre, jornada tras jornada.

 

Descartado el ALSA como transporte regular y diario, sólo quedaba el tren, pero la vía discurría bastante apartada de la villa; de hecho, el punto más cercano…era la estación de El Valín, pero desde allí era materialmente imposible contemplar Castropol, ni total, ni parcialmente…a menos que…

…El detalle, aparentemente baladí, de la inusual separación entre las letras del título hizo que Villamañe variara el enfoque de su razonamiento deductivo.

…A lo mejor, lo que miraba el viajero no era la fotogénica estampa del pueblo de Castropol, uno de los perfiles más reconocibles entre todos los pueblos de Asturias, con la piña de casas blancas encaramadas sobre el promontorio y la torre de la iglesia descollando sobre ellas cual eterno guardián o centinela; Es más probable que lo que aquél contemplara tras el cristal de la ventana fuera…el nombre del pueblo…

…un nombre rotulado con grandes letras negras sobre 26 pequeños azulejos blancos…

Qué imbécil había sido…debería haberlo visto mucho antes…se lamentaba un contrito Villamañe mientras volaba por la recta ascendente de El Valín, a la altura de “Congelados Egea”.

Un minuto más tarde ya había estacionado el Peugeot al borde de las vías y contemplaba con aire de triunfo el histórico rótulo que nominaba el modesto apeadero ferroviario.

En ese momento le llegó un mensaje al móvil. Era Torres. El abogado le preguntaba si necesitaba algo o había tenido algún problema, aprovechando, de paso, para trasmitirle la enhorabuena de Oliveras por lo logrado hasta el presente, así como ánimos y suerte para el futuro, que seguro los iba a necesitar.

Villamañe tranquilizó al abogado respecto al primer punto: hasta ahora todo había ido sobre ruedas; y, últimamente sobre raíles, esto lo pensó, sólo, regocijándose por dentro. A continuación, dio las gracias al Uruguayo, se felicitó por sus buenos deseos, alabó sus indudables cualidades como organizador de Rastreos de alta categoría, y remató asegurándole que tras la, hasta el momento, venturosa travesía, se veía muy capaz de arribar a buen puerto dentro del tiempo marcado…

 

…Encontró el sobre verde al pie del inspirador rótulo, embutido dentro del canalón de desagüe. Sí, estaba claro que Oliveras había consultado la predicción del tiempo antes de organizar el rastreo: no podía ser casualidad que ya llevase 5 jornadas sin llover y se anunciase al menos una semana más de días secos y soleados. Qué duda cabe de que un potente anticiclón situado sobre la vertical del país garantiza una Búsqueda del Tesoro en óptimas condiciones.

 

 

                        VERDE—4—¡¡¡!!!

 

Villamañe realizó el protocolo de rigor. La fotografía número 4 mostraba el escaparate de la Librería-Estanco Ardura, situada al final de la calle Vior. En el mismo se exhibían una media docena de libros, entre ellos, el último de Stephen King, una reedición de las mejores historias de Agatha Christie y una selección de relatos de Roald Dahl; “Castropol en el recuerdo”, una obra de gran formato, se hallaba al lado del “Relatario” de Paco Castelao. 

Todos ellos flanqueaban a un llamativo volumen situado en el centro. Se trataba de una obra con la portada en rojo ribeteada de oro que mostraba al héroe Teseo luchando con el Minotauro en el interior del Laberinto, mientras Ariadna, hilando su tela, aguarda en la salida.  El título, en caracteres azules rezaba “La leyenda del Minotauro”.

Regresó a Castropol atravesando el pueblo de San Juan de Moldes. Aprovechando que iba bastante bien de tiempo, se detuvo unos minutos al lado del bar San Roque…

 

…En apenas cinco minutos se plantó delante del inmortalizado escaparate. La librería Ardura estaba regentada por Juan Manuel, un buen amigo suyo, miembro de la banda de gaitas “El Penedón”, más conocido como “Quirolo” en honor a sus antepasados, célebres animadores en las veladas del Casino castropolense.

Se ubica a la vera de la empinada escalinata dónde nace la callejuela Amor. Al otro lado de aquella existía hasta unos años un SPAR dónde los escolares hogareños solían adquirir botellas de sidra “El Gaitero” y pastas Reglero para celebrar los cumpleaños con animados guateques…

…En efecto, el libro del Minotauro destacaba sobre el resto por su colocación y también por el colorido diseño de su cubierta. Villamañe entró en la pequeña tienda donde las novelas de bolsillo convivían con el material escolar y los cartones de tabaco en amigable camaradería. Tras saludar calurosamente a Juan y charlar sobre algunos lugares comunes, entre ellos la próxima actuación de la banda y la compra del palacio de Valledor, el maestro le preguntó, así como de pasada, si no habrían dejado allí un sobre para él. Juan hizo memoria durante unos momentos, rebuscó debajo del mostrador, y terminó negando con la cabeza.

Entonces, Villamañe, obedeciendo la estrategia fijada de antemano adquirió el libro del Minotauro por el módico precio de 25 euros.

Juan le explicó que había llegado hacía dos semanas. Sí, aquello coincidía, pensó el maestro, el libro debía jugar un papel importante en aquel asunto.

Él conocía, a grandes rasgos, la fantástica historia de Ariadna y el Minotauro. Teseo luchó contra el Minotauro y le dio muerte en el interior del Laberinto. El joven logró encontrar la salida gracias al hilo del ovillo de lana que le había dado su amada Ariadna, quién, como era habitual, se hallaba tejiendo.  Vaya, nada nuevo bajo el sol, discurrió Villamañe acordándose del cuento de Pulgarcito. Al final, un Rastreo no dejaba de ser un laberinto, en el que debías ir descartando, evitando, las pistas o caminos falsos, hasta encontrar aquel que te conducía a la salida y al descubrimiento del tesoro escondido.

Cada vez estaba más convencido de haber hecho una buena compra, los 25 euros podría amortizarlos con creces.

Tardó escasos minutos en descubrir que no había ningún sobre dentro del libro. Bueno, en todo caso, aquél no podía andar muy lejos.

Echó un vistazo alrededor. El lugar más factible parecía ser la cabina telefónica. Nadie usaba hoy las cabinas, ya era raro que no la hubieran retirado. Sin duda, tenía toda la pinta de ser el escondrijo más idóneo.

No se equivocó. Lo localizó, sin mayor dificultad, debajo del prehistórico artilugio.

 

                                 ROJO—5—¿¿¿???

 

Envió la foto y miró el reloj.

 

HORA: 15.30…Transcurrido: 390 min…Restante: 387 min.

Saldo: +54 min.

Esta vez había sobrepasado en 9 minutos el tiempo asignado por enigma, pero el saldo continuaba siendo netamente favorable

 

                              ( CONTINUARÁ...)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  • 42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    José Villamañe, maestro jubilado con mucho tiempo libre, acude al palacio de Valledor en Castropol respondiendo al reto lanzado por su compañero de la infancia, el millonario Juan Oliveras. Dispone de 777 minutos exactos para resolver 7 enigmas, encontrar 7 fotos y desenterrar el cofre con los 7 lingotes de oro, cuyo valor aproximado en el mercado es de 252.000 euros.

    El pueblo de Castropol, con el histórico palacio de Valledor como protagonista estelar, es el singular y pintoresco escenario donde dos antiguos compañeros de estudios en la Escuela Hogar de Castropol se encuentran 40 años más tarde para revivir la emocionante "Búsqueda del Tesoro" en la que compitieron a finales de los años 70. Los enigmas y acertijos se suceden sin respiro en una lucha trepidante y sin cuartel contra el ingenio del retador y el tiempo límite para superar la prueba. José Villamañe dispone de 777 minutos para resolver 7 endiablados enigmas y encontrar el cofre con 7 lingotes de oro.

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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