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15 min
7 lingotes de oro ( CAP. VII )
Suspense |
12.02.19
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Sinopsis

Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

 

CAP. VII: EL SEXTO ENIGMA.

 

                  ENIGMA NÚMERO 6

 

Había una vez 5 hermanas

Una vez a la semana todas se juntaban

¿A qué hora quedaban?

Exactamente, a las dos y pico.

 

La primera usa peluca porque no tiene pelo

La segunda usa corona, pero no tiene reino

La tercera es el terror de las lenguas viperinas

La cuarta, muy valiente, con su espada luchaba

La quinta, vestida de luto, por sus hermanas brindaba.

 

Vaya, pensó un admirado Villamañe, hay que reconocer que el taimado Oliveras se reservó sus ases para el final.

Cinco hermanas…familia numerosa…veamos. El maestro rural comenzó a analizar las variopintas posibilidades del acertijo.

Entre las dinastías más numerosas en la Escuela Hogar, recordó que había alguna de 5 hermanos, y otras de más, incluso, sumando ambos sexos, pero de 5 hermanas solas estaba seguro de que no había habido ninguna. Lástima, podría ser una buena pista.

Se preguntó si habría algún caso en la historia presente o reciente de Castropol. Decidió ir a preguntarle a Ovidio, artífice de un famoso blog donde aparecen documentados gráficamente los más señalados acontecimientos en Castropol durante este siglo y buena parte del anterior.

Cruzando la calle Acevedo, se fijó en los geométricos dibujos hechos a tiza sobre el firme, recuerdo del Corpus recientemente celebrado. Villamañe se paró un momento a la altura del antiguo cuartel. Los pantanos de la memoria, llenos a rebosar, abrieron de nuevo sus compuertas…

 

…Ovidio se alegró de verlo, saludándolo con un cordial apretón de manos, pero la visita resultó infructuosa. Había unas cuantas familias con tres hermanas, incluso alguna con cuatro, pero ninguna con cinco.

Mientras tomaba un café en Casa Vicente, el barman Avelino, le habló de la panadería 7 hermanos, que hasta hace un par de décadas funcionaba en San Juan de Moldes. Villamañe ya la conocía y tampoco le servía por razones obvias. De todas formas, le extrañó que Oliveras no hubiera contado con ella teniendo en cuenta sus evidentes simpatías por el número 7, sin duda el de mayor carga simbólica y literaria con mucha diferencia. Supuso que no sabía de su existencia, lo cual tampoco era tan raro.

Decidió que las 5 hermanas no eran personas, así que se trataría de animales o cosas, lo cual cuadraba mejor con una cualidad básica de todo acertijo que se precie: su sentido figurado, dónde nada es lo que parece.

Pensó en los 5 días laborables, los dedos de las manos, una estrella de 5 puntas…y hasta en los 5 lobitos de la loba detrás de la alcoba. La verdad es que el número 5 no daba mucho juego. Dejando aparte el rey 7, si se hubiera tratado del 3, el 4, o incluso el 6, número de la bestia, habría muchas más posibilidades.

No eran lobitos, eso estaba claro. Villamañe pensó en otras especies animales. Alguna especie con 5 géneros distintos. Esa era la opción más probable. No debía haber muchas.

Se hallaba cómodamente instalado en la salita anexa a la capilla, más conocida como CORAE (Centro de Operaciones para la Resolución de Acertijos Endemoniados). A través del ventanal abierto hacia la Huerta le llegaba el ruido del tráfico y los alborotados trinos de los gorriones, apostados entre las frondosas ramas del nogal para protegerse de los ardientes rayos solares. Aulló un perro en la lejanía hacia la zona del muelle. La sirena de una ambulancia con prisa sonó como un eco extraño, formando un peculiar y cacofónico dúo con el alborotador cánido.

El maestro rural se centró en la primera parte del rompecabezas.

 

Había una vez 5 hermanas

Una vez a la semana todas se juntaban

¿A qué hora quedaban?

Exactamente, a las dos y pico

 

La última frase era rara, vagamente desconcertante, así parecía a primera vista; precisamente por eso, conjeturó un animado Villamañe, tenía que ser la frase clave.

¿Por qué decir las dos y pico y no las dos y cinco, o las dos y cuarto? Desde luego, es una forma habitual de hablar en la jerga popular, pero como hora para una cita suena bastante imprecisa. Lo mismo puede pasar un minuto de las dos, que 59. Pico, por tanto, era una palabra a tener muy en cuenta. Su variada polisemia hacía que fuera muy adecuada para fabricar pistas falsas jugando con la ambigüedad de su significado fuera de contexto.

Podía sugerir un pico de minero, pero Castropol era más bien tierra de marineros; también la cima de una montaña, aunque por aquí se estilaban más bien las colinas. El pico más cercano que aparecía señalado en los mapas con el correspondiente triangulito negro era el modesto Pousadoiro situado más allá de la vía del tren en el límite con Tapia.

¿Qué quedaba entonces? Pues, el más común y evidente: el pico de un ave. De repente, reparó en un detalle y se echó a reír. Pero, bueno, si estaba muy claro, era increíble que no lo hubiera visto antes.

 

a las dos y pico

O sea, dicho de otro modo: dos alas y pico. Tan sencillo como retorcido. Bien por ti, Oliveras: aquí también te has lucido.

Las 5 hermanas eran 5 aves. La misma especie y 5 géneros distintos.

A partir de ahí, ya fue coser y cantar; o, mejor dicho, despegar y volar.  

 

 

La primera usa peluca porque no tiene pelo

La segunda usa corona, pero no tiene reino

La tercera es el terror de las lenguas viperinas

La cuarta, muy valiente, con su espada luchaba

La quinta, vestida de luto, por sus hermanas brindaba.

 

Sólo necesitó resolver la primera, para que el resto fueran saliendo de forma natural por lógica deducción.

La primera hermana era calva. Que el supiera esta cualidad únicamente se podía corresponder con un tipo de ave.

El águila calva. No podía ser otra. El símbolo por excelencia de la nación americana.

Evidentemente la segunda era el águila real, o el águila imperial, cualquiera podría valer.

La tercera le costó algo más. Al principio, le desconcertó lo de lengua viperina, hasta que dedujo, acertadamente, que, en este caso, para variar, estaba dicho en sentido literal. La lengua bífida se refería no a una persona deslenguada sino a una auténtica víbora reptil.

La tercera se trataba, pues, del águila culebrera.

Con la cuarta se atascó un buen rato, hasta llegó a consultar internet. No había ningún águila que coincidiera o pudiera relacionarse, ni siquiera remotamente, con esas características. Entonces, cayó en la cuenta de que no estaba preparando un trabajo de Ciencias Naturales, sino resolviendo un acertijo. Villamañe resopló, esbozando una mueca de cómica desesperación. Se estaba haciendo viejo, se dijo con melancólico pesar, en sus buenos tiempos lo hubiera resuelto a la primera sin vacilar.

Es valiente y usa la espada. Si el nombre es águila, el adjetivo sólo puede ser roja. El Águila Roja. Una serie de enorme éxito que, a él, sin embargo, no había logrado engancharlo. Recordaba haber visto algún que otro episodio suelto. Muy buena la ambientación histórica y notables las recreaciones de algunos personajes.

Una vez cambiado el registro, de real a figurado, la quinta águila-hermana se cayó por su propio peso.

Vestida de luto y brindando, por fuerza debía ser El Águila Negra, la célebre marca de cerveza protagonista de los entrañables rótulos luminosos colocados en las puertas de tabernas y bares a lo largo y ancho del solar patrio.

Y tampoco le resultó en absoluto problemático saber dónde debía buscar el sexto sobre verde.

Cinco minutos después, José Villamañe, reputado enigmatólogo, se encontraba delante del célebre panel amarillo con las familiares imágenes del gordito y su espumeante jarra de cerveza, al lado del águila enlutada, colocado en la esquina del bar Antón.

Bajo él se halla un panel de corcho donde en la jornada de hoy, 20 de junio, encontramos tras la cristalera un par de carteles de fiestas, la próxima actuación de la banda “El Penedón” y un total de 6 esquelas. Contemplando estas últimas, Villamañe pensó que lo de vestida de luto quedaba plenamente justificado.

Inspeccionó ambos atentamente con nulos resultados. El sobre no se encontraba allí, lo cual le sorprendió bastante, por considerarlo el lugar más lógico e idóneo. No creía que Oliveras lo hubiera escondido dentro del bar, a menos que…

Después de preguntar a su hermano, y tras echar un vistazo debajo del mostrador, en el rincón de la lotería, al lado de la cafetera, y en los cajones situados a la izquierda de éste, Paco le confirmó que nadie había dejado ningún sobre para él, lo cual, por otra parte, había sido su primera y certera declaración.

Villamañe pidió una tónica del tiempo, mientras echaba un vistazo alrededor tratando de localizar algo que le llamara la atención, algo que no debería estar allí, que desentonara con el conjunto del mobiliario y la decoración.

En la pared del fondo colgaban varias fotografías enmarcadas representando diversas estampas del pueblo de Castropol a lo largo del pasado siglo: el paseo del muelle, la lancha, la torre de la iglesia…hitos de referencia para buscar en el Almacén de la Memoria. Al lado de la máquina del tabaco y la tele de plasma de 50 pulgadas, encontramos un póster gigante del Real Madrid, un balón autografiado sobre una repisa, así como un par de bufandas y una foto del barman, pletórico, al lado de Cristiano Ronaldo. Paco solía comentar que el astro portugués acostumbraba a presumir de ella delante de sus amigos. Finalmente, a la izquierda de la entrada aparecía un cuadro del grupo coral “Ecos de Castropol” del que Paco y su hermano Julio formaban parte, al lado de otro de menor tamaño en el que podía verse la banda de gaitas posando delante de la puerta verde del Palacio de Valledor. Villamañe reconoció, entre otros, a Juan Manuel, el involuntario guardián del Laberinto del Minotauro. El hecho de que allí figurara la única imagen de la Escuela Hogar en todo el recinto hizo que Villamañe concibiera alguna esperanza, que se esfumó rápidamente al comprobar que el cuadro no escondía nada.  Tampoco encontró rastro del sobre en ninguno de los otros cuadros, lo cual no le supuso una excesiva sorpresa. Villamañe había hecho una rápida comprobación aprovechando que no había nadie en el local y Paco salió a hacer un recado.

Observando la nutrida representación de símbolos merengues, Villamañe pensó, esbozando una mueca de irónica melancolía, que si se hubiera topado con un escudo del F.C. Barcelona o similar no tendría ninguna duda de hallarse ante una pista definitiva: ése sí que sería un objeto altamente sospechoso, absolutamente fuera de lugar.

Tenía la sensación de que había algo que se le escapaba, algo que él sabía, un dato crucial enterrado en el subconsciente que el maestro rural, frustrado, no conseguía hacer aflorar.

En ese momento, Paco regresó comentando que anunciaban un nuevo temporal de viento para el próximo martes. Aseguró que el de la semana pasada a punto había estado de arrancar el panel del Águila Negra.

Villamañe, agradeciendo la mención, comentó que aquello le parecía ciertamente extraordinario, teniendo en cuenta la cantidad de temporales que el histórico artilugio habría soportado a lo largo de su dilatada existencia.

El recuerdo que yacía en su subconsciente se removió inquieto, luego se dio media vuelta y continuó durmiendo, pero menos profundamente que antes. 

Paco asintió, asegurando que fueron muchos, en efecto, en los 40 años que llevaba en este local, inaugurado en el 75, a los que había que sumar otros 30 en el primitivo bar Antón ubicado en la plaza del estanco.

El recuerdo dormido despertó sobresaltado y se arrojó fuera del imaginario lecho.

El bar antiguo…claro…eso era…

Villamañe se encontró en serios aprietos para explicarle a su sorprendido interlocutor su repentina cara de pasmo, entre exclamaciones ahogadas y grandes aspavientos. Se escabulló a toda prisa, recordando, de pronto, que se había dejado la cartera olvidada encima del coche.

El lugar que antaño ocupara el bar Antón hasta el año 75, que él recordaba vagamente como un mostrador alargado en un local en penumbra, era hoy un solar invadido por la maleza. Del primitivo edificio apenas quedaba parte de la fachada en estado ruinoso.  Una señal colocada por el Ayuntamiento advertía del peligro de inminente derrumbe.

Encontró el sobre verde encajado entre las tablas rotas que impedían el acceso al recinto.

 

                                                   VERDE—6—¡¡¡!!!

 

Regresó al bar Antón blandiendo su cartera como un trofeo de caza, portando en el bolso interior de su cazadora la verdadera pieza cobrada. Antes de irse hizo ademán de pagar la tónica, pero Paco le dijo que invitaba la casa, aunque sólo fuera para compensarlo por el susto que se había pegado. Villamañe se marchó, finalmente, dándole las gracias y sintiéndose vagamente culpable. Se dijo que, si al final la cosa llegaba a buen puerto, le haría un pormenorizado relato de los hechos.

Mientras enviaba la foto para Oliveras, sonreía con la cara de satisfacción del gato que tiene al ratón a su alcance, imaginando además que El Uruguayo ya no las tendría todas consigo a estas alturas.

Apoyado, cual director en su atril, en el panel turístico de la Mirandilla, Villamañe se recreó unos momentos contemplando el panorama desde su privilegiada atalaya.  Las aguas de las Ría habían completado su repliegue y reponían fuerzas para retomar su periódica ofensiva.

A sus espaldas se levantaba el bar El Peñón, cuyo nombre hacía honor al promontorio rocoso sobre el que se asentaba. El local era otro clásico de los viejos tiempos. También aquí, José Villamañe había pasado muchos y buenos ratos…

 

El maestro rural esbozó un gesto de vaga melancolía, y a continuación abrió el sobre.

…La foto era una de las más artísticas de la serie hasta el presente. Mostraba una impresionante imagen nocturna del Casino refulgiendo cual colosal lingote bajo la luz dorada de las farolas, como si Midas también se hubiera pasado por aquí. A su vera, las negras siluetas de las acacias se cernían sobre el centenario edificio cual extraños moradores de las tinieblas.

Villamañe pensó que Oliveras mostraba cierta querencia por el parque, lo cual bien mirado era natural por la notable presencia de edificios y monumentos, Almacenes de Memoria, que habitaban en el arbolado recinto.

El séptimo—¡Viva y Bravo!—sobre rojo hizo su aparición en escena hábilmente camuflado en el doble fondo de una papelera, la más cercana a la entrada de la Biblioteca. 

Hablando de Almacenes de Memoria, pensó en ese momento Villamañe, la Biblioteca Popular Circulante de Castropol, inaugurada en el mes de marzo de 1922, ocupaba un lugar de honor en la inestimable labor de construir puentes sobre los abismos.

 

                                             ROJO—7—¿¿¿???

 

HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min.

SALDO: +86

Villamañe se frotó las manos y se animó a lo Rafa Nadal con el célebre “vamos”. El maestro rebosaba optimismo por los cuatro costados. De todas formas, seguía con la mosca tras la oreja.

Disponía de casi hora y media de tiempo extra y eso era mucho tiempo. No creía que Oliveras hubiera errado tanto sus cálculos, ni tampoco que lo hubiera subestimado hasta ese extremo. No, más bien pensaba que El Uruguayo aún le reservaba más de una desagradable sorpresa; seguro que guardaba, al menos, un par de ases en la manga. El final iba a ser de órdago. Estaba en el buen camino, pero en absoluto debía cantar victoria, vender la piel del oso y todo eso.

 

                                            ( CONTINUARÁ...)

 

 

 

 

 

 

 

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    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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