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14 min
7 lingotes de oro ( CAP. X, y último )
Suspense |
13.02.19
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Sinopsis

42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

CAPÍTULO  X : EL TIEMPO ES ORO

 

Le quedaban 42 minutos.  

 

Muy bien. El juego de la Oca. ¿y ahora, qué? Al final, en la séptima jugada había caído en la casilla de la Calavera, lo cual no era de extrañar con la accidentada racha de juego que había llevado: cárcel, laberinto, posada y, finalmente, la Muerte.

Lo cual quería decir, reflexionó un lúcido Villamañe, que había terminado la partida. ¿Qué se suponía que debía hacer, entonces…?

Estaba muy claro: Volver a la Casilla de Salida.

Así pues, si el razonamiento era correcto, y creía que sí, los 7 lingotes estaban escondidos en el lugar dónde empezó La Búsqueda del Tesoro.

El lugar en el que se hallaba ahora mismo.

El palacio de Valledor.

21: 20…Le quedaban 37 minutos.

Regresó a la sala de juegos y revisó los tableros de la mesa. Nada. Descubrió un par de tableros más, camuflados entre los libros.

Pegado en uno de ellos, halló lo que buscaba.

Se trataba de un sobre dorado, buen toque alegórico, en cuyo interior descubrió una pequeña llave y otra tarjeta con el enigma final.

 

  EL TIEMPO ES ORO. EL BUEN TIEMPO ES UN TESORO

 

Desde el umbral de David, 5 pasos al frente, 5 a la izquierda, 10 a la derecha, 2 a la derecha, 3 a la derecha, 2 al frente.

 

Parecía que los enigmas no se iban a terminar nunca. Imaginó que la llave abriría el escondrijo del cofre. Ahora, sólo le faltaba encontrarlo.

Por una parte, su significado estaba meridianamente claro, especialmente la primera parte. Nadie duda de que el tiempo es muy valioso, sobre todo si se trata de un Rastreo, un factor a tener muy en cuenta tanto en el aspecto cronométrico como meteorológico. Hasta el presente, discurrió Villamañe, el segundo había acompañado y en el primero iba sobrado. Al menos, hasta ahora, claro, porque el último as de Olivares, que tenía en sus manos, igual resultaba un hueso duro de roer.

Se supone que la enigmática frase hacía referencia a algún objeto que se encontraba dentro del palacio.

Tenía media hora escasa para buscarlo.

 

 EL TIEMPO ES ORO. EL BUEN TIEMPO ES UN TESORO.

 

Desde el umbral de David, 5 pasos al frente, 5 a la izquierda, 10 a la derecha, 2 a la derecha, 3 a la derecha, 2 al frente.

 

Tardó 10 minutos escasos en descubrir, comprender, que en toda la inmensidad del palacio de Valledor sólo había una cosa, un artilugio, fruto del ingenio humano, que encajaba a la perfección con la frase, fusionando totalmente los dos conceptos de la palabra tiempo: el cronométrico y el meteorológico.

Unos segundos más tarde, contemplaba, con una sonrisa de triunfo, el Reloj de Sol situado bajo el alero del tejado sobre la puerta de la capilla.

A esta hora, 21:33, lógicamente, ya no marcaba nada. El astro rey, fiel acompañante a lo largo de la jornada, se había ido hacía un buen rato.

Estaba claro que el umbral de David se refería al de la puerta de la capilla. Primero, creyó que Oliveras hablaba del David bíblico, lo que parecía bastante lógico, dada su ubicación a la entrada del sacro recinto. Luego, dedujo que más bien tenía que referirse al Reloj de Sol.

La pieza metálica del mismo se conoce como gnomon. La célebre canción resonó en los oídos de Villamañe:

…” Soy… 7 veces más fuerte que tú…”

Formidable, Oliveras, realmente formidable. Y el número 7 que vuelve a aparecer. El Uruguayo no dejaba de sorprenderlo. Había ideado un Rastreo fuera de serie. Cada pieza encajaba con inesperada suavidad y asombrosa precisión para que todo funcionara como un reloj.

                     21: 40…Faltaban 17 minutos.

José Villamañe se colocó bajo el dintel de David, el Gnomon, y comenzó a caminar contando los pasos.

Los 5 primeros lo llevaron hasta los tres escalones que conducen al piso inferior del patio; los 5 siguientes lo situaron en el centro del mismo; otros 10 más a la derecha, y Villamañe se encontró delante de la puerta del despacho de doña Matilde; los 2 siguientes lo adentraron en la pequeña estancia;  3 más y se halló frente a la ventana que daba al patio; finalmente, los 2 últimos lo apostaron delante del enorme aparador de castaño, bellamente labrado y con patas torneadas, que ocupaba todo el espacio entre las dos ventanas.

Con la llave de mayor tamaño abrió una de las puertas inferiores, la única que estaba cerrada.

 Dentro, halló un cofre de tamaño mediano tallado en una sola pieza de oscura madera.

Villamañe prorrumpió en aullidos de triunfo liberando la tensión largamente contenida. Luego asió el cofre por las dos agarraderas doradas, sorprendiéndose de su notable peso, y lo depositó sobre la mesa, también antigua, a juego con el aparador, que ocupaba el centro de la habitación.

Se dispuso a abrirlo, usando la llave pequeña, sintiéndose como los personajes de Stevenson cuando, después de innumerables peripecias, localizan el tesoro enterrado por el cruel capitán Flint.

Ante sus ojos entusiasmados, tanto o más que cuando era un niño, se reveló el botín prometido.

Los 7 lingotes se le antojaron incomparablemente bellos. Villamañe apostaría 1000 a 1 a que nunca había contemplado nada tan hermoso.

Las 7 piezas brillaban con un resplandor dorado de tal intensidad que tal pareciera que albergaran en su interior un sol de juguete, más o menos del tamaño del que aparecía en el sobre azul que hallara en el cementerio.

Villamañe miró el reloj.

Las 21:50. Le habrían sobrado 7 minutos exactos.

No podía ser de otra forma, teniendo en cuenta los antecedentes.

El maestro rural nunca había creído que el destino estuviera escrito. Después de lo vivido hoy, ya no estaba tan seguro.

Se dispuso a fotografiar el cofre. Sería la última de la serie. Oliveras estaría a punto de cantar triunfo. Tuvo que hacer varios intentos porque su mano temblaba, y la de quién no, y le salían desenfocadas.

A las 21.51 se la envió a Torres.

 

GAME OVER.

 

Tomó un lingote en sus manos. El peso del noble metal le generó una sensación única, intensa y reconfortante. Aquello era real, no era un sueño, y era todo suyo. Los ojos se le empañaron, en el fondo era un sentimental. Se hizo un selfie sosteniendo el lingote. Era el primero que se hacía, pero la ocasión lo merecía. Luego, cerró los ojos, y viajó lejos, en el espacio y en el tiempo, hasta una isla en el Caribe de arenas finas y blancas, transparentes aguas turquesa y selvática vegetación.

Acompañado por Jim Hawkins y John Silver, El Largo, con su pata de palo y el loro sobre su hombro, el pirata José Villamañe contemplaba, agotado y sudoroso, pero radiante de dicha, el cofre abierto al lado del enorme boquete excavado en la arena, custodiado por un simpático esqueleto. Un sol en el cénit arrancaba destellos deslumbrantes de las piedras preciosas y monedas de oro obligándoles a mirarlas con los ojos entornados. 

 Un momento después, el suave ronroneo de un potente motor que le llegó desde la puerta del Palacio arrancó a Villamañe de su placentera ensoñación.

Supuso que sería Torres.  Vaya, pues sí que se había dado prisa. Villamañe miró su reloj y parpadeó asombrado. Consultó la hora en el móvil.

Las 22:45. Le parecía realmente increíble que hubiera transcurrido tanto tiempo. Si le hubieran preguntado hubiera jurado que no habían pasado más de 7 u 8 minutos, 10 a lo sumo. Mucho había oído hablar el maestro rural del poder de fascinación del dorado metal. Ahora había podido experimentarlo en carne propia, o, mejor dicho, en espíritu propio: a él lo había hechizado hasta hacerle perder la noción del tiempo…e, incluso, del espacio. 

Se asomó a la ventana que daba al patio y comprobó que no se había equivocado. El fiel y eficiente abogado con su rizosa cabellera gris, su juvenil vestuario y su sempiterna y franca sonrisa, lo saludó alegremente desde la puerta de entrada.

Villamañe lo invitó a entrar, pero el abogado le dijo que mejor saliera él con el cofre para hacerse unas fotos allí en aquel marco incomparable, y que se diera prisa porque la noche se les echaba encima. El maestro se apresuró a atender sus indicaciones.

Depositó el cofre con cuidado sobre el banco donde había comenzado todo hacía casi 14 horas. Torres le dio un fuerte apretón de manos, manifestándole su más entusiasta enhorabuena y le palmeó ruidosamente la espalda. A Villamañe le sorprendió su repentina efusividad, creía recordar que antes se mostraba mucho más comedido.

Le preguntó sobre Oliveras, extrañándose por no verlo, pues creyó recordar que El Uruguayo le había asegurado que regresaría cuando finalizara el Rastreo.

Torres, exhibiendo una enigmática sonrisa, le garantizó que su jefe era un hombre que siempre cumplía su palabra, y esta vez tampoco había sido una excepción, pero que en realidad no tenía que volver porque nunca se había marchado.

Villamañe lo comprendió todo un instante antes de que el supuesto abogado se presentara como Juan Oliveras Gallardo, al tiempo que le tendía su carné de identidad y un ejemplar de La Nueva España en la que el millonario aparecía en una foto a toda página, con motivo de la reciente inauguración de un Centro Cultural con su nombre.

Los dos viejos camaradas se fundieron en un estrecho abrazo felicitándose mutuamente por lo bien que se encontraban a pesar de haber sobrepasado con creces el medio siglo de existencia.

Villamañe hubo de reconocer que Oliveras presentaba un aspecto de lo más saludable.

Luego, después de recordar brevemente los viejos tiempos, cada uno mostró su sincera admiración hacia el otro por la extraordinaria capacidad demostrada para crear enigmas, en el caso de Oliveras, y descifrarlos, en el caso de Villamañe; teniendo la certeza, además, de que, si cambiaran los papeles, el resultado sería el mismo, saliendo ambos airosos de la prueba.

Y ya, sin más dilación, Oliveras, Míster Previsor, montó la cámara en el trípode y se hicieron la foto enfrente de la puerta del Palacio por el lado de dentro con el cofre en medio y los lingotes asomando del mismo.

Cuando Oliveras se disponía a retirar el trípode, Villamañe le rogó que aguardara un minuto. Cogió del coche el pequeño cofre y la novela de Stevenson y se hicieron otra foto. Previamente, a petición de Villamañe, un emocionado Oliveras, cuarenta años después, sostuvo por primera vez el libro en sus manos, su codiciado objeto de deseo, que, una vez más se le había vuelto a escapar. 

Media hora más tarde, rematarían la jornada a lo grande cenando en Casa Vicente. Villamañe volvería a apostar 1000 a 1 a que su colega sudamericano ya se la había encargado al bueno de Avelino al menos con un mes de antelación. En el transcurso de esta se contarían, qué duda cabe, mil historias del pasado, comentarían mil aventuras del presente, la inolvidable jornada de hoy, y forjarían mil planes para el futuro.

Y es muy posible, 1000 a 1, que diría el maestro, que después de los postres y el café, mientras paladean con satisfacción unos chupitos del licor del fraile, Oliveras le proponga a Villamañe la revancha de la revancha, en la cual el maestro inventa los enigmas y el millonario los resuelve, propuesta que aquél acepta al instante.

Y, aún, apurando al máximo mis dotes de privilegiado clarividente, puede ver con absoluta nitidez en mi bola virtual como a eso de las tres de la madrugada, con la Luna llena y las luces del puente de los Santos incendiando la ría en calma, los dos viejos amigos, retrocediendo cuatro décadas en el tiempo, se arrancarán con su grito de guerra favorito:

“¡¡¡Ingenio e Imaginación al poder!!! ¡¡¡Bucaneros, al abordaje!!!”

Pero todo esto, ya digo, será después. Ahora, en este preciso momento, a las 23:05 del día 20 de junio del año 2018, Oliveras y Villamañe, el maestro y el millonario, abandonan la Escuela Hogar, montan en el Peugeot y son engullidos por la noche de Castropol.

El palacio de Valledor se queda otra vez sólo. Tampoco es que le importe demasiado, desde unos cuantos años a esta parte ya se ha acostumbrado a la soledad. Lo cual no quiere decir que le moleste la compañía humana, en absoluto. Hoy, por ejemplo, ha sido una jornada memorable, la mejor que recuerda en mucho tiempo, escrita con letras doradas, nunca mejor dicho, y guardada en un lugar preferente en su nutrido Almacén de Memoria.

Esta noche, la histórica casona, con más de 4 siglos de existencia, se siente tranquila. El presente es razonablemente bueno, y el futuro promete ser aún mejor.

Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo, no muchos años atrás, en que el histórico Palacio, abandonado por todos y dejado de la mano de Dios, se encontraba en un lamentable estado físico y moral.

En esa aciaga época, llegó a temer seriamente por su vida. Su agotado corazón de piedra amenazaba con rendirse en cualquier momento.

Y entonces, ocurrió…llegó el día de la Resurrección…

…Un buen día llegaron los hombres y las mujeres. Todos vecinos de Castropol, todos con ganas de trabajar. Desinteresadamente.

Vinieron cargados de herramientas y buenas intenciones.

Cortaron las zarzas y las hiedras, limpiaron el patio y despejaron la Huerta.

Libre de la maleza opresora y asfixiante, el palacio de Valledor respiró aliviado ensanchando sus pulmones de piedra.

El color de la vida retornó a sus paredes grises y a sus ventanas verdes, tras largos lustros sepultadas y a merced del invasor.

Un hondo sentimiento de bienestar y gratitud infinita se adueñó del alma de la vieja casona.

El vigor juvenil de antaño pareció animar de nuevo sus músculos y huesos, varias veces centenarios.

La sangre de la memoria fluyó con renovados bríos a través de las ancianas arterias e irrigó las agostadas neuronas haciendo reverdecer los recuerdos.

El palacio de Valledor volvía a nacer.

Como un ave Fénix colosal resurgía de entre las cenizas del olvido, desplegaba sus alas ciclópeas y muy pronto, pletórico, surcaba de nuevo los cielos.

Al fin se marcharon los obreros y aparecieron los músicos.

La banda de gaitas “El Penedón” estableció allí su cuartel general.

Los acordes festivos retumbaron entre las paredes aletargadas y estremecieron los cimientos enmohecidos.

Las familiares melodías espantaron la tristeza y barrieron la melancolía que, como pátina desolada, rocío funesto, sudario invisible, habían recubierto por entero la maltratada piel del palacio.

La arrolladora cascada de notas verbeneras se derramó, impetuosa y exploradora, reverberando hasta el último y adormecido rincón, reventando la burbuja del silencio, enclaustrado y polvoriento.

Y con la música llegaron los niños.

Armados con tizas de colores, tomaron el patio y lo llenaron de nombres y risas.

El familiar bullicio infantil, largamente añorado, rompió las barreras del tiempo y tendió puentes a través de los abismos de la memoria fusionando pasado y presente…

…Desde entonces, el enfermo ha continuado mejorando hasta recuperar la salud perdida. Así, hoy por hoy, encara el porvenir con ilusión y optimismo, presto para continuar acrecentando su historia de siglos.

Pensando en todo esto, el palacio de Valledor se durmió tranquilo.

Y podríamos apostar, 1000 a 1, a que esa noche soñó con tesoros y piratas, con lingotes y acertijos.

 

                                                   FIN

 

 

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  • Muchos troles dando 5 stars
    Bueno, amigo Chus, pues ya despierto tu interés y habiendo paseado literaria y virtualmente por Castropol y su palacio, ya sólo te queda visitarlo cuando se te presente la ocasión. Seguro que sus pintorescos escenarios te inspiran alguna historia original como esas que tú escribes. Te reitero mi enorme gratitud por tus lecturas y comentarios. Si los anteriores ya eran de categoría, en este último te has superado elaborando un perfecto resumen, no sólo por lo que cuentas sino también por lo bien que sabes expresarlo. Un fuerte abrazo.
    Terminado. Acabo no solo de leer tu gran relato sino también de bucear el mundo de Wikipedia. A lo largo de viaje he sentido un interés creciente por los escenarios que no dejas, la villa marinera de castropol Me, el palacio de Valledor, así que lo he visitado virtualmente, y he de decir que coincide con lo que he visto a través de tus ojos. Has recreado muy bien los escenarios, has hecho tangibles a los personajes, el ritmo de los enigmas han mantenido mi interés y el final, aunque esperaba algo más truculento, lo has resuelto muy bien encajando todas las piezas... Excelente amigo Paco, has conseguido crear una buena historia y despertar mi interés por un pequeño pueblo que hasta hace unos días no existía para mí... :)
  • Desde siempre, las noches de Luna llena han sido escenarios abonados donde germinan las historias más singulares...

    42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    José Villamañe, maestro jubilado con mucho tiempo libre, acude al palacio de Valledor en Castropol respondiendo al reto lanzado por su compañero de la infancia, el millonario Juan Oliveras. Dispone de 777 minutos exactos para resolver 7 enigmas, encontrar 7 fotos y desenterrar el cofre con los 7 lingotes de oro, cuyo valor aproximado en el mercado es de 252.000 euros.

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  • 4.6
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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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