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8 min
A buen ritmo.
Fantasía |
06.11.19
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Sinopsis

Nada que contar.

Sonaba buena música, no lo voy a negar, pero no me interesaba escucharla en mi estado. El día, para mí, estaba nublado, gris y con posibilidades de que lloviera.

Desde la cafetería podía ver la melé de gente sin nombre que iba de un sitio a otro, ensimismados en sus pensamientos, hablando con sus móviles. La mitad de los que pasaban junto a mi ventana llevaban gafas de sol. Era como si supieran lo mío, como si estuvieran esperando ese momento que está por llegarme. Pero no, no era eso, era el magnífico día que hacía en el exterior. El sol calentaba el habiente, las chicas llevaban faldas cortas y mangas que dejaban a la imaginación. Los hombres, para no descompasarse a un tiempo cambiante, dejaban ver la misma cantidad de piel que ellas entre sus piernas. Fuera, aunque yo intentara lo contrario con mi cara, había vida y radiaba una felicidad supuesta.

La camarera me trajo el café tal y como yo no lo había pedido, un café con leche, azúcar y con una cucharilla oxidada. Miré fijamente aquella decepción, lo único que pido es tomar un buen café expreso, sin azúcar ni cucharilla. Esta claro, las cosas no son como uno quiere, las cosas son como quieren los demás que sean. La chica me sonrió, contemplé que estaba feliz, aquello me provocó un vomito interno. ¿Cómo puede estar tan feliz cuando sabe que va a morir? No quise ser muy grosero con ella, pero creo que lo fui. Antes de que se marchara le extendí la taza de café y le pedí que se lo tomara ella. Me miró con un intento de ser amable, pero creo que no lo fue. Le expliqué el motivo del por que no me iba a tomar el café, lo entendió y se marcho con él. Seguramente, en el corto trayecto de la mesa a la barra me maldijo unas miles o millones de veces. Es lo que se suele hacer, es lo que yo haría, es lo que yo estaba haciendo en ese preciso momento. Maldije la estupidez de la chica, no es por que fuese una chica, si hubiese sido un chico, un viejo o un perro, lo habría hecho igual. Menos mal que la comanda era simple, estaba dudoso entre pedirme una tostada de tomate y aguacate, suerte para mi que no lo hice.

Volví a reclinarme en el asiento incomodo viendo pasar aquellos transeúntes sin nombre, viendo entrar a hombres y mujeres en establecimientos, autobuses y pisos. Todos tenían algo en común, no tenían nombre. Felices, que bien, pensando que la vida es eterna. No tardó la chica en volver con el café expreso, sin azúcar ni cuchara. Me lo ofreció con amabilidad, perdón, mejor dicho, con un intento de amabilidad.

El humo ascendía desde la superficie de la pequeña taza y se mezclaba con la nada, desapareciendo. Desapareciendo, siendo café incandescente y llegando a ser vaho de si mismo para terminar mezclándose en la nada, llegando a ser nada. Ese es mi destino, llegar a ser nada, perderme en el olvido una vez muerto. Lo sé, el médico me va a diagnosticar una muerte lenta y dolorosa, lo siento en la piel, lo siento en cada uno de mis órganos. Mi cuerpo se deteriora y mi mente la acompaña. Mi humor está gangrenado, un parasito interno me impide marcar algún tipo de sonrisa, ni siquiera una sonrisa que ofrezca un desprecio. El tumor se ha apoderado de mi por completo, ahora, mis miedos se están volviendo más palpables.

La encargada del establecimiento se acercó, me pilló desprevenido, por supuesto que no lo ofrecí una sonrisa, no tenia ganas de hacerlo. Ella, en cambio sí que lo hizo.  Pero por que me tiene que sonreír la gente, parece que tuviera un letrero en el que pusiera: sonríame por favor.

Dejó la sonrisa unos instantes en su boca, era una chica realmente fea. Seré sincero, no estoy seguro de si era o no fea, para mí, una sonrisa en un rostro ya es bastante horrendo. No es entrar en rasgos o en cánones de belleza, es más seguir unos patrones de estados de ánimo. Odio a la gente feliz, odio a la gente que ignora que va a morir. Es más, odio el doble o el triple a aquellas personas que saben y son conscientes de su muerte futura, y aún así marcan una sonrisa, como si no pasara nada, como si no les importase nada perder su nombre, ser olvidados, que nadie los recuerde.

Estaba un poquito alterado, llevaba un rato esperando a mi acompañante, pero este se estaba retrasando. La encargada depositó en el diminuto plato de mi taza una cuchara, y enseguida, una excusa le salió de sus labios. No pienso meter esa cucharilla en el café, se llevará todo el sabor; se lo dije en un tono enemigo, un autentico tono despreciable e inhumano. Como si dentro de mi hubiese un demonio de esos que salen en las películas de terror tras haber realizado un no aconsejable juego de la ouija. La chica se quedo completamente sorprendida de mi buen estar. No tiempo para perder el tiempo con tonterías, le extendí un billete de diez euros y la cucharilla. La encargada se fijó en mi durante un rato, pensé que se iba a tirar encima de mí para golpearme. Yo lo habría hecho, me habría tirado encima de mí, me golpearía y me sacaría los ojos, la lengua y el corazón; así adelantaría mi final.

Finalmente se marchó, le dio el billete a una joven que había tras la barra, junto a la caja. Toda la vida cociendo mi propia existencia, creando una tela de araña en la que pueda atrapar mis sueños. Vaya decepción, esfuerzo y sueños para terminar muriendo. No importa lo que hagamos, terminaremos en el mismo hoyo. Lo tenemos todo y cuando estás tranquilo, cuando has cumplido un sueño o cuando por fin puedes dejar de luchar y trabajar, al hoyo.  La vida es una autentica mierda.

Volvió con el cambio del billete, monedas, cientos y cientos de monedas cobre. Seguro que lo había hecho para joderme, su rostro reflejaba unas cejas encorvadas y una boca apretada que no decía nada. Ahora descubrí su belleza, estaba maldiciéndome. Levantarme todas las mañanas para tener que aguantar a gente como esta, seguro que se estaba diciendo aquellas mismas palabras en su mente.

Levante un dedo para que se detuviera, saqué un bolígrafo, cogí una servilleta y le apunte mi nombre y mi numero de teléfono. Si escribo mi nombre en papel, cuando muera, al leerlo la gente recordará mi nombre, lo dirá, no moriré del todo. La chica lo observó, me observo y miró de nuevo el papel. Se hizo con él y lo envolvió en un puño, se alejó de mi para tirarlo a una pequeña papelera que había junto a la puerta. Quizás todo sea mejor así.

La puerta se abrió, entró un tipo con sombrero y con esmoquin bailando al ritmo de la música que sonaba en ese instante. Sus pies se movían al son de los platillos que marcaban el compa para un virtuoso Johnny Griffin. Unos brillantes zapatos de charol giraban, sus punteras se miraban y se repelían en un desplazamiento lateral que marcaba una amplia experiencia en baile. Llegó a mi mesa sin perder cadencia y extendió una mano huesuda y con largas uñas, no me lo pensé y la agarré. No me había tomado el café, pero no importaba, era hora de irnos. La siguiente canción que sonó lo hizo con más fuerza, con más ímpetu; como si la banda de Jazz se encontrara en la mismísima cafetería.

Bailé, parecía que lo había hecho toda la vida. Parecía el auténtico Billy Elliot, mi cuerpo era uno con la música, no conseguía ver el rostro de mi acompañante, el sombrero de copa me lo impedía. Pero no importaba, estaba todo decidido, no iba a cesar de bailar con aquel hombre hasta que todo me importara una mierda. ¿Qué tengo que morir? No importa, yo habré bailado antes con ella. Tantos años temiendo su llegada y sin saber que morir era tan divertido. El baile final de mi película, un gran baile para un personaje idiota, como en todas las películas. Toda la película siendo un imbécil, y ahora, mientras los créditos pasan, el protagonista se da cuenta de todo y decide cambiar. Pero bueno, nunca es tarde para sufrir una mutación siempre y cuando la música que se baila sea buena.

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