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5 min
A Eva, su psiquiatra la vuelve loca
Reflexiones |
13.01.21
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Sinopsis

Eva necesita examinar su vida. Nada mejor que una retrospección psiquiátrica. Pero tiene dudas. Recién ha leído “Más Platón que Prozac” de Lou Marinoff.

Eva está envuelta en una permanente angustia, desesperanza y tristeza. Esos sentimientos afectan su estamento biológico. Llora y le da por comer chocolates y otros endulzantes. Se siente gorda y piensa que su novio, el filósofo, la quiere embarazar. Eso le causa desvelos porque no promete nada.

¡Gorda y embarazada!

«¿Y si luego me abandona? Mi hijo será un acomplejado de un solo apellido. Andrés es moreno y peludo, quizás sea un buen padre y me depare los afectos y las cosas materiales que necesite. Pero ¿Y yo? A veces en mis rabietas, le aborrezco y me dan ganas de matarle.  No me queda más remedio que repetirle: ¡No te quiero! ¿Cómo repararás los destrozos que hiciste a mi viaducto? Andrés va y viene y también sube y baja por la autopista con los faros apagados y sus gametos enceguecidos que no me atrapan»

 

Por cierto que necesita programar una consulta con su psiquiatra. Piensa ocultarle, que además de mari-novio, Andrés es un consejero filosófico, que la ha medio convencido, que sus problemas no son cuestión de emociones por trastornos del pasado, sino falta de fe y confianza en sus valores actuales.

Pero aun así, considera que su filosofía del pensamiento analítico no ayuda a superar sus turbaciones. En cambio el psiquiatra es un profesional con mayor preparación. Llama su atención porque es rubio, ojos verdosos y destaca una pequeña mancha que tiene en la barbilla.

 

Eva sigue obcecada en su depre. Como siempre una cortina de lluvia nubla sus ojos y sigue fiel a su infelicidad. Tiene 25 años y siente que está envejeciendo. Duda si le está ganando o perdiendo vida al tiempo.  A veces olvida que ya lo ha hecho y siente que le urge verse al espejo. Pero al hacerlo nuevamente el maldito le guiña un ojo y sonríe. Y no descifra si el gesto es un aliciente o la simpleza de una burla. No hay peor celador que la propia imaginación. Siente la matriz llena y el peso la sustrae.

 

Andrés se ha ido hace más de un mes y su vida enviudó de su figura; pero sin enlutar la obscuridad de su sombra. Sólo un gato que le regaló alegra sus horas con la majestuosidad de sus vivos colores. En verdad que sigue igual. Aunque no le guarda rencores su ansiedad, no descansa. Estará mal de la cabeza. Será una vulnerabilidad genética, una frustración del pasado o una inseguridad reprimida. A veces siente pánico. Sufre de insomnio. Padece de trastornos obsesivos en su alimentación.

Considera que le urge un diagnóstico de su deplorable estado y piensa en Miguel su bello y querido psiquiatra. Quizás no deba, pero lo adora. Se siente flotar cuando se mira en sus ojos marinos. La picardía en esos dos mares la desinfla y se pregunta  «¿Será que puedo ahogar todo mi cuerpo en ellos?  Por favor, que por esas tentaciones no vayan ustedes a creer que son problemas de la libido, pues siempre he tenido control sobre ella»

 

Hoy es otro día de cita con el psiquiatra. Pero también es fecha de su cumpleaños. Sonríe a las galanterías del doctor y le solicita un regalo. El psiquiatra le guiña un ojo y casi que se desmaya cuando escucha que dice:

—Lo tendrás, no te preocupes

La hipnosis comienza. En su narcosis debe estar hablando pero no se oye a sí misma. En cambio percibe la tibieza de unas manos que descubren su cuerpo y llega a sentir un gran peso sobre sus muslos. Se opone y forcejea. Pero luego viene la calma y el éxtasis.

Se despierta el sonar del tac tac por contacto del dedo pulgar con el medio del psiquiatra. Ella Desliza las piernas hacia el piso. Calza las zapatillas y se levanta del diván alisando su traje para despejar las pocas arrugas. Mira al psiquiatra con inquisición y él solo sonríe, aunque algo extrañado. 

Va al baño y se palpa sin consideraciones. Todo está bien. Tan seca y salada como una galleta de soda en espera del solo contacto para crujir. 

Se siente extrañada del orgasmo sentido.

«Pero coño que es algo insólito, juro que lo sentí»                       

Al regresar del baño a la sala, escucha al psiquiatra

—Creo saber que tienes un deseo reprimido en el subconsciente, te medicaré el fármaco correspondiente. Mientras, te prescribiré un examen analítico de la sangre. No vemos para el registro de resultados dentro de un mes y diez días.

 

Regresa para la fecha indicada y se adelanta a hablar:                  

—Aquí tiene doctor los resultados del análisis de sangre, pero también el de mi ginecólogo. Tengo un mes de embarazo.

El psiquiatra Miguel pregunta pícaramente:

—Regresó Andrés o acaso cambiaste de modelo. En buena hora. Felicitaciones.

Ella responde

—Ni lo uno ni lo otro. Tiene que ver con las emanaciones de mi fantasía. El subconsciente me liberó del deseo reprimido. La preñez desencantó a mis pesares. Tengo días sin medicarme y me siento bien. 


Le da al psiquiatra Miguel un beso furtivo de despedida muy cerca de sus labios:

—Gracias Doctor. Mi hijo me hará recordarlo por siempre. Ojala y tenga sus facciones y sus lindos ojos.

Él la mira bastante extrañado con un gesto y la refiere

—Insisto en que debes seguir tomando las pastillas y regresar a consulta. No te noto del todo bien.

 

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