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9 min
A la deriva
Drama |
03.06.22
  • 5
  • 4
  • 901
Sinopsis

salir y no encontrar lo que uno busca

Encontré la bicicleta con las dos gomas en llanta, la había usado un mes antes y no se me ocurrió controlar el aire en esos treinta días. ¡Qué pelotudo! me reproché (siempre hago lo mismo tropiezo mil veces con la misma piedra) y aunque me prometo dejar la desidia paradójicamente la desidia me derrota. Hoy que pensaba salir a pasear en bicicleta, tengo primero que ocuparme de comprobar si solo están desinfladas o por el contrario están pinchadas, lo que me impondría la tarea de desarmar las ruedas y proceder a emparcharlas. Afortunadamente solo estaban desinfladas. Cambié los “gomines” de las válvulas, las inflé  quedo lista para salir a pasear, de todas formas me retrasé como una hora y media. Salí cerca de las 12.00 del mediodía, dispuesto a transpirar y cansarme al límite. Tomé cualquier rumbo, no tenía el mínimo plan. Empecé a pedalear sin pensar en nada más que sentir el placer del aire que me daba en la cara y del sol que en ese día invernal daba algo de tibieza. Me gusta el invierno, me genera la idea de sobriedad, las calles menos pobladas, imagino la intimidad dentro en las viviendas, las familias buscando el calor y el abrigo; claro es cierto que también hay familias sin techo, que deben buscar la tibieza acurrucándose, juntándose, abrazándose a la intemperie. Es irónico que yo que vivo en un hogar confortable, disfrute del aire fresco en mi rostro. Pensando en estas cuestiones, pedalee y pedalee. Mi bicicleta es de las mejores, tiene cambios que permiten afrontar subidas, bajadas, tiene una excelente suspensión, para transitar los peores caminos. Recorrí barrios enteros con calles sin asfaltar. Avancé sin rumbo, a tientas sin importarme el destino ni el retorno. Oscureció temprano —esa costumbre invernal—  desconocía donde estaba y a esa altura del recorrido deseché la idea de regresar a  mi casa. Ahora el frio se hacía sentir. Tome una ruta nacional o provincial, no me interesaba saber en dónde estaba. Llegué hasta una estación de servicio ya noche cerrada.  Afortunadamente allí vendían bebidas y algunas comidas. Compré un café grande y un sándwich de milanesa. Luego busqué refugiarme bajo un alero; el frio era atroz. Uno de los playeros me dijo que no iba a soportar toda la noche sin abrigo adecuado y me acercó un capote plástico que usan ellos, le di las gracias y me acurruqué lo mejor que pude. Desperté duro de frio. Entré al comercio y pedí un café grande y dos medialunas. En algunos minutos resucité y me dispuse continuar con mi viaje. Antes de subir a la bicicleta revisé los neumáticos. —Estaban bien— al salir a la ruta un camión  a gran velocidad pasó tan cerca de mí sacudiéndome y llenándome de esa especie de polvo y tierra que se acumula en los bordes de las rutas. Me detuve un rato al costado esperando que el corazón bajara sus latidos, el susto había sido grande y el descuido mío. Pensé que debería ser más cuidadoso, las rutas son muy peligrosas y sobre todo para los ciclistas  un tanto negligentes como yo. Tomé por una calle transversal a la ruta porque estaba asustado, la ruta me atemorizaba, pero como no me importaba llegar a algún lugar en particular, ir por donde fuere, me daba lo mismo.  En esta oportunidad mi condición de desorganizado integral resultaba muy conveniente, entonces tomaba cualquier dirección sin el menor prejuicio. Las calles de tierra siempre me causan atracción, serán reminiscencia de mi niñez cuando vivía en el barrio con calles  sin asfalto. En aquellos días salía a caminar con algún amigo, y transitábamos calles embarradas, anegadas, imposibles de caminar excepto para nosotros que éramos muy jóvenes y ágiles, saltábamos, esquivábamos charcos y nos reíamos con las dificultades que sorteábamos. Hoy como en  aquellos días adoraba lo imprevisto. Soy lo contrario a muchos que  hacen lo que sea para que sus deseos se cumplan, yo solo espero y voy transitando los días aceptando lo que se presente, lo paradójico es que no creo en el destino, no creo que todo esté escrito, que  haya un plan divino. En definitiva esperar que las cosas transcurran también es una decisión —no sé si la mejor— pero una decisión al fin. Es una contradicción propia en  mí. Creo que en lo social es importante la decisión de realizar; pero en lo personal es lícita la espera de lo eventual.

La calle por la que  voy desemboca en un caserío humilde, allí frente a una casita de paredes descascaradas, compruebo que la bicicleta tiene la rueda delantera pinchada y no tengo repuesto, pienso entonces en las eventualidades. Estoy en un lugar alejado, desconocido y con mi medio de transporte averiado. Luego seguí un tramo a pie llevando la bicicleta a mi lado.

Molesto por el percance de la pinchadura, pensé que lo bueno para los que creen en el destino es poder deslindar la responsabilidad propia, en ese caso la rueda averiada y la imposibilidad de arreglarla no se debería a mi estúpida idea de salir sin repuestos y a la no prevención de que estas cosas suelen pasar la mas de las veces. Pero lamentablemente era muy consciente de que esta situación no podía adjudicársela a Dios o a los cielos. Me senté un momento junto a la bicicleta, aún era bastante temprano y se me antojó que podría descansar un rato.

Apoyé la espalda en el alambrado de un gran campo sembrado, allí estaba plantada una casa pequeña y sencilla, prolija, bien cuidada aun en su humildad. De su interior salió una mujer muy mayor, que me preguntó en tono amable — ¿Se encuentra bien hijo?—

—Sí, gracias solo estoy descansando, la bicicleta está averiada; si molesto me voy. La mujer no me  contestó, en cambio llamó a alguien que estaba en la casa.

—Voy abuela— una voz de mujer joven llego desde el interior, unos segundos después apareció en la puerta una mujer tan hermosa que me consternó, mi admiración nació de inmediato, me sentí mareado.

La mujer le pidió a la joven que me ayudara. La chica entonces me acompañó hasta la casa de un hombre que arreglaba bicicletas, el tipo revisó la rueda y me dijo que no tenía arreglo porque la pinchadura en realidad era un gran tajo, y la llanta estaba deformada, habría que cambiarla pero recién estaría para el día siguiente. Yo casi me alegré porque esto me daba la oportunidad de seguir un rato más con la chica, que además era muy amable y simpática. La acompañé de vuelta a su casa y aproveché para preguntarle por el lugar, me extrañaba esa humilde vivienda en ese gran campo.

No me contestó inmediatamente. Pedí disculpas por mi indiscreción, pero me dijo que en realidad su padre, ya fallecido había sido el dueño del campo, que por una mala inversión lo perdieron y su abuela y ella quedaron en la calle y desamparadas, el nuevo dueño les permitió ocupar ese pequeño espacio. Sin embargo no era generosidad desinteresada, ya que alimentaba la idea de casarse con ella. La diferencia de edad era enorme y la joven rechazaba la idea fervientemente.

 El relato me hizo recordar esas historias de época en las cuales los padres de familias venidas a menos arreglaban matrimonios por conveniencia con hombres ricos, desatendiendo cualquier deseo o decisión de las hijas.

La historia me causó un profundo malestar, siempre hay personas que se aprovechan de los caídos en desgracia.

Me sentía muy atraído por la joven, pero desestimaba tener oportunidad de profundizar algún tipo de relación.

Cuando llegamos la oscuridad de la noche nos envolvía; la abuela estaba esperando junto al alambrado. Le explicamos lo sucedido y les pregunté por algún transporte que pudiera acercarme a mi domicilio; no sabían. Las saludé, les di las gracias y comencé a caminar hacia la ruta que se encontraba bastante lejos. Apenas lograba ver donde pisaba; noche sin luna, las estrellas brillaban frías y lejanas, mirar el cielo nocturno siempre me fascinó, esa sensación de inmensidad infinita, la certidumbre de lo inabarcable y la incertidumbre del sentido de nuestra experiencia como humanos.

Pensé en la chica que acababa de conocer, me reproché no haberle preguntado el nombre, estuve dos o tres horas con ella y ya añoraba esos minutos.

Tuve la esperanza de verla al otro día, cuando fuera a buscar la bicicleta.

Volví ansioso, en realidad la bicicleta ya no me importaba, pero era una buena excusa para verla.

Tomé el camino de tierra con el corazón latiendo a todo lo que daba. Recorrí la distancia velozmente; llegué al lugar en el cual debería estar la casilla pero no la encontré. Ningún rastro, nada. Pensé que tal vez estaría más adelante; seguí con el espíritu derrumbado.

El bicicletero se alegró al verme, me dijo que ya estaba lista. Casi no le presté atención.

— ¿Qué sabe de la chica? Le pregunté con la voz debilitada por la angustia.

—¿Cuál chica?.

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