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4 min
A la tercera señal
Varios |
01.10.14
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Sinopsis

La frialdad a la que puede llegar una mujer en sus actos no dejará de sorprendernos jamás.

A la tercera señal de llamada, ella descolgó el teléfono y escuchó al otro lado la voz varonil que esperaba. Su boca de labios carnosos se estiró horizontalmente en su rostro, mostrando tímidamente sus blancos dientes. Sin embargo, la conversación con su interlocutor fue muy breve porque en unos minutos se verían y no convenía perder tiempo. Colgó y se dirigió a su cuarto, extrayendo primeramente un maletín de debajo de la cama. Lo colocó encima de ésta y lo abrió. Contempló durante unos segundos su contenido mientras pensaba en el gran trabajo que le costó conseguirlo, pero no le suponía ningún dolor desprenderse de él.

 

Cerró el maletín de golpe y sacó de su armario un vestido y un par de zapatos elegidos previamente para la ocasión. No tardaría en vestirse; su hombre la esperaba. Se pintó los labios y se atusó su rizada melena. A continuación cogió el maletín y abandonó el piso en dirección al sótano, donde en su plaza tenía aparcado el vehículo que la llevaría al encuentro con aquel hombre. Encendió las luces de la planta y miró atentamente a su alrededor. No quería que nadie le viese salir portando aquel maletín. Tenía noticias de que, últimamente, se habían producido algunos robos amparados en la oscuridad del recinto, y sus sentidos permanecieron alerta a cualquier movimiento en las sombras.

 

Se introdujo rápidamente en su vehículo y cerró todas las puertas de golpe con un simple pulsar el interruptor de bloqueo. Entonces vio a un hombre acercarse y el corazón le dio un vuelco. El coche no arrancaba y el tipo se acercaba cada vez más. Su corazón le latía a más de cien. No lo conocía de nada, lo cual no era extraño, porque prácticamente lo era nadie en su bloque pero, finalmente, él se introdujo en un vehículo próximo y fue entonces cuando el suyo arrancó. Salió despacio, sin dejar de mirar por el retrovisor las intenciones del otro, y asomó a la calle, incorporándose a la circulación. Vio que el otro vehículo salía y se dirigía en la misma dirección ¿La estaría siguiendo? Rápidamente lo comprobaría, aunque esto le llevase a perder algo de tiempo en acudir a su cita.

 

En la siguiente bifurcación, ella giró a la izquierda y redujo la marcha sin dejar de mirar la entrada de la calle para ver lo que el otro hacía. Aparentemente el tipo siguió por la principal, y ella continuó su marcha más tranquila. No se había fijado en el modelo, color o matrícula del coche, por lo que dudaba si terminaría por alcanzarla dando un rodeo por otras calles. No obstante, procuró tomar direcciones que dificultaran su encuentro. Después aceleró para llegar cuanto antes al punto de encuentro.

 

Era en la zona portuaria. A esa hora todavía las enormes grúas trabajaban portando los contenedores en los amarrados buques. Sin embargo, se veía a muy pocos operarios en los muelles. La tarde caía, pero la visibilidad aún era buena. Él la esperaba junto a una de las vacías naves, en su lateral, oculto a la vista aunque apeado del coche, con las piernas cruzadas, las manos en los bolsillos y un pitillo entre sus labios. Ella aparcó su coche justo detrás, paró el motor y bajó. La vio acercarse y sonrió. Ella devolvió la sonrisa, adelantando levemente el brazo en el que portaba el maletín. Depositó éste en el capó y lo entreabrió, dejando ver los ordenados fajos de billetes que contenía. Él lo cerró con una señal de aprobación y lo introdujo en el maletero de su coche.

  • Ha sido un placer hacer negocios con usted, señora.

  • Usted no me conoce de nada y, por supuesto, tampoco conocía al tipo que ha matado, mi marido. Esto compra su silencio. Adiós.

 

Los coches siguieron direcciones opuestas, mientras el cielo se pintaba de tonos rojizos con el sol poniéndose en el horizonte.

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