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4 min
A primera voz (paralelamente)
Fantasía |
14.02.18
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Sinopsis

Qué sucedió con la mujer del taxi? No sabemos aún. Pero sí podemos saber qué le sucedió al conductor mientras la llevaba. Fantasía, amor o realidad? Juzgue usted. Esta es la segunda o primera parte de "A primera voz".

Que lluvia tan pesada, y eso que estamos comenzando la temporada, pensó. Y mientras esperaba que el semáforo cambiara a luz verde, miraba a los peatones que con sus paraguas de todos colores cruzaban por delante del automóvil. Sabía que tenía que pasar por una persona unas calles más allá. Le avisaría con un mensaje de texto al llegar, aunque le preocupaba encontrar un espacio para detenerse. Con lluvia las cosas se complican, se dijo. Apenas llegó a la esquina acordada, tomó el teléfono y envió el mensaje, advirtiéndole al pasajero de qué color era el auto que lo esperaba. Luego de unos instantes, vio que una mujer de impermeable azul claro y abundante melena arremolinada sobre la cara por el viento, caminaba en su dirección. Parece una leona, pensó. Ella abrió la puerta y se acomodó ubicándose hacia el centro, probablemente debido a los paquetes que llevaba. 
Aunque nunca prestaba demasiada atención a los clientes, esta vez sintió una extraña curiosidad, más aún cuando la escuchó decir buenas tardes y pudo ver por un segundo sus ojos claros mientras se desplazaba por el asiento trasero. A veces las mujeres que llevaba dejaban el auto impregnado a perfume, frecuentemente fuerte y desagradable. En ese sentido, él era un hombre que gustaba de lo simple, nada recargado, idealmente sólo olor a jabón. Sin embargo, ella olía a lavanda y eso le trajo a la memoria su tierra y como, cuando siendo un niño, se divertía rozando con la mano esos arbustos fragantes camino a la escuela. Ni siquiera se preguntó si su charla iba a ser bienvenida y comenzó a hacerle todo tipo de preguntas sobre su visita a la ciudad. Le agradó que ella no le respondiera con monosílabos, que sus frases fueran más largas, pues le daba tiempo para disfrutar de su poco común timbre de voz y para preguntarse de dónde era mientras la escuchaba. No tenía un acento que él pudiera distinguir con claridad, su hablar era armónico, sus palabras escogidas; pero de dónde venía esa mujer de pelo revuelto, era algo imposible de adivinar. La verdad es que casi nunca conversaba con sus pasajeros, a no ser que fueran habituales, pero había algo en ella que le intrigaba. Sentía ganas de darse vuelta a mirarla bien, pero claro, conduciendo era imposible y además no habría sido lo más apropiado. 
De pronto ese agradable aroma se hizo más penetrante, de modo que miró por el espejo retrovisor y vio que ella se había movido hacia adelante tratando de reubicarse. Diablos, pensó, cuando se cruzaron sus miradas. Era muy atractiva, una mujer hecha y derecha, se dijo. De dónde será, me gustaría conocerla, reconoció, pero muy a su pesar, ya que hace tiempo que prefería estar solo. Aprovechando una silenciosa pausa, acomodó levemente el retrovisor sin que ella se diera cuenta para así tener un mejor ángulo. Una mujer hecha y derecha, volvió a decirse, y que huele a lavanda. 
Avanzaban lento, pero él tampoco quiso apurar ese viaje. Por algún motivo sintió deseos de llevarla hasta el fin del mundo, para tener tiempo de escuchar su respuesta a tanta pregunta que se le iba ocurriendo a medida que conducía. 
Casi sin darse cuenta llegó a destino. Revisó cuánto tenía que cobrar y se volvió para recibir el dinero. Era su oportunidad. Le preguntó entonces su nombre. Que hermosa era, y como se sonrojó y desvió la mirada durante ese breve intercambio de datos. Gracias, hasta luego, hasta luego, dijeron, frases típicas de despedida en esos casos. Ella abrió la puerta y descendió.
El conductor se quedó inmóvil mirando el volante, los segundos se hicieron eternos y una sensación desconocida lo recorrió interiormente. Cómo iba a encontrarla otra vez? Quién era esa mujer?
Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta y se bajó del auto. La vio de espalda, su pelo ondulado al viento, detenida en la mitad de la acera como si hubiera olvidado algo. No supo qué fue lo que lo hizo sonreír de ese modo, pero cuando la vió girar sobre sus talones y volverse hacia él, un alivio indescriptible se apoderó de todo su ser al ver que ella comenzaba también a sonreír.

©Myriam O

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