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A propósito de la enfermedad de los relatos actuales
Reflexiones |
10.01.18
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Sinopsis

¿Qué escritor osaría apropiarse el verso de VOLTAIRE en El Pobre Diablo, y decir de su lector: Il me choisit pour l'aider à penser? (Me ha escogido para ayudarle a pensar). Sin embargo, es un hecho que hay millones de hombres y mujeres ansiosos de aprender a pensar, hasta el punto de que otros hombres y mujeres, aun a riesgo de parecer pedantes, se ofrecen a enseñarles ese arte.

El escritor es un hombre cuya vida interior está destinada a la publicidad. Cuando no tiene alma suficiente para afrontar esta necesidad profesional, piensa de continuo en lo penosa que es, y esta molestia consciente se convierte en una aprensión. Nadie sabe tan bien como el literato que no debe pensarse nunca en dos cosas a la vez y, sin embargo, nadie tampoco lo olvida tan fácilmente. Incluso VARRÓN, aquel consumado coleccionista de hechos, encarnación del erudito puro, lo hizo notar diciendo, en su latín nervioso, que si un hombre se instruye con el único fin de revender al detalle su sabiduría, sin duda alguna acabará siendo víctima de un complejo.

El escritor está de continuo asediado por aprensiones fantasmales. A TAINE le hostigaba el deseo de inventar una fórmula capaz de resumir el mundo entero, hasta que el estudio de la historia lo hubo descargado de esta preocupación imponiéndole una tarea tan modesta que al principio casi le avergonzaba. Otro fantasma semejante es el temor de ver únicamente un aspecto parcial del objeto que estudiamos. CARLYLE experimentó esta obsesión, y sólo gracias a un esfuerzo violento consiguió librarse de ella. El escritor no teme a los críticos, que son, al fin y al cabo, cofrades suyos, y a quienes no le importa combatir con toda clase de armas profesionales, incluso el desdén; lo que le hace temblar es la sonrisa de sus lectores imaginarios, hombres o mujeres, a quienes jamás ha visto y que tal vez no existen, pero que se presentan a su imaginación como verdaderas encarnaciones de su propio ideal, inteligencias gigantescas que dominan el tema por él escogido.

La obsesión se hace más modesta cuando el literato sabe que ese lector formidable existe en carne y hueso.

Muchos discípulos de ANGELLIER han publicado libros. Pero yo no he conocido ninguno de ellos que no se estremeciese a la sola idea de las observaciones críticas que a su obra podría hacer el viejo maestro: críticas sonrientes, pero burlonas, implacables por lo justas, y desalentadoras a causa de lo que exigían. No obstante, el propio ANGELLIER tampoco era tan olímpico como parecía. Cuando su espíritu crítico se ejercitaba sobre sus propias obras, el hombre estaba ansioso y casi deprimido, preguntándose cuál era el verdadero nivel en que su inspiración le colocaba; dirigiendo desoladoras miradas no solamente hacia los poetas supremos, sino incluso a talentos menores, pero cuya delicadeza le llenaba de admiración; temiendo siempre quedarse por debajo de su primera obra, A la amiga perdida; dudando si el poema que traía entre manos correspondía a lo mejor de su vena poética; y durante muchos años, hasta que logró recobrar un poco de su perdida fe religiosa, cifró todas sus esperanzas de inmortalidad en la precaria supervivencia de algunas de sus estrofas.

Son muchas las vocaciones literarias indudables que naufragaron bajo la idea de que es inútil repetir lo que se ha dicho ya mil veces. Un AMIEL, un JOUBERT y un DOUDÁN, sólo lograron escapar de este fantasma escribiendo únicamente para sí mismos. Las raras veces en que tuvieron que escribir para el público, quedaron literalmente maniatados por sus habituales obsesiones.

La lista de las influencias que traban las ideas de un hombre de talento podría alargarse mucho. Recordemos que JULES LEMAÎTRE, espíritu alado como pocos, reconocía que el mero esfuerzo empleado en resucitar lo que fue se convierte en obsesión muy fácilmente. El que es víctima de ella, inútilmente irá escrutando la fisonomía misteriosa de las viejas callejuelas de París: donde la realidad le muestra dos encuadernadores vaciando su botella de vino blanco, bajo el calor de la tarde, su obsesión le hará ver a los obreros revolucionarios de Les Dieux ont soif, y ambas visiones se neutralizarían mutuamente. No pocos franceses han procurado en vano revivir la impresión deliciosa de su primer contacto con París, después de haber leído las obras del marqués de ROCHEGUDE, el historiador de la capital de Francia. Y ocurre lo mismo si invertimos los términos: cuando RENÁN o GUILLERMO FERRERO ven el presente proyectado en lo que fue, y nos hablan de un eques romano, del mismo modo que hablarían de un financiero actual, es indudable que por un instante iluminan la historia, pero el secreto que diferenciaba a un eques de un banquero, es decir, el encanto de un pasado remoto, queda desvanecido en el acto.

La misma acción de escribir puede ser productora de fantasmas y trabar el pensamiento. Unicamente deben escribir los que lo hacen con alegría. Expresarse es un placer incomparable. No obstante, muchos escritores profesionales experimentan más bien la sensación de esfuerzo que la de gozo. ¿Por qué razón? No siempre es debido ello a las dificultades por dominar un idioma, al escaso interés que se siente por el tema, o a cualquier otra de las causas más arriba indicadas, El verdadero culpable es una aprensión que se formó hace muchos años, en el colegio: la aprensión constituida por esas blancas cuartillas que era preciso llenar, una tras otra, y cuyo tamaño, lo mismo por su altura que por su anchura, les horrorizaba durante el bachillerato.

Hay quienes se creen en el deber de escribir un libro, de buena o mala gana, tal como a los quince años escribieron un tema de gramática; y, efectivamente, lo escriben. Parece que sólo deberían preocuparse del capítulo que traen entre manos. Nada de eso: la ansiedad respecto de los capítulos futuros, de los cuales no saben ni siquiera el título, les agarrota y ensombrece todas sus frases. Mientras los escritores no adquieran la costumbre, como decía JOUBERT, "de no escribir sus libros hasta que estén hechos", y no puedan decir como RACINE: "mi tragedia está lista, no me faltan más que los versos", serán víctimas de su obsesión de doctrinas. Nada apasiona tanto como la caza de las ideas o de los hechos que han de resolvernos un problema vital. Nada satisface tanto al alma como escribir después de estas cacerías fructuosas. Pero es una tortura hacerlo bajo el apremio de la necesidad.

Muchos que piensan con independencia y de una manera agradable mientras puedan hablar, en cuanto se ponen a escribir parece que les hubieran puesto la camisa de fuerza. El hombre más ingenioso que yo he conocido, y que además era rico, aristócrata, y gozaba de una independencia absoluta, escribía unas cartas soporíferas que le costaban largas horas de esfuerzo. He conocido también a un profesor de literatura que constituía un caso semejante. Sin tener la menor preparación filosófica demostraba, no obstante, una afición extraordinaria a la metafísica y tenía ideas originales sobre todos los problemas de peso. Uno de nuestros amigos le llamaba "el Robinsón de la filosofía". Pues bien, este hombre, a quien escuchábase con placer durante horas enteras, era incapaz de tomar una pluma sin retrotraerse al estado de espíritu en que se encontraba veinte años antes, cuando estudiaba en la Sorbona y escribía con penas y fatigas sus composiciones de examen. Parecía asustado de su propia originalidad, y el resultado de tantos esfuerzos y torturas era un cúmulo de páginas yertas, áridas, como prefacios de diccionario.

La mayoría de los escritores adoptan, casi sin darse cuenta, ciertas fórmulas de expresión. En todos los idiomas se cuentan por millones las frases que podrían descargarse de alguna proposición final que empieza con una y conjuntiva, puesta con el único objeto de redondear el período y ahorrar puntos y apartes. La costumbre de acumular tres verbos o tres adjetivos donde bastaría uno solo, se contrae de la misma manera.

Más bien que guiado, el escritor sin talento se ve como arrastrado por una suerte de ritmo de la frase tan indispensable para él como lo era para el orador antiguo el tocador de flauta. El pensamiento sufre lo indecible en medio de estos estorbos.

Incluso temperamentos mejor dotados que los antedichos no pueden despojarse de la idea de que su instrumento verbal es fatalmente inferior al idioma clásico de las generaciones pasadas, y que por tanto sólo serán capaces de construir una obra de decadencia. Estos deberían acordarse de las palabras de GOETHE: "Quien es de su tiempo, es de todos los tiempos" Tal reflexión debería abrirles la puerta de su jaula; pero, como no se la hacen, continúan estrellándose contra los barrotes.

El escritor moderno más embarazado por preocupaciones advenedizas, el menos sincero incluso cuando desearía serlo, es el crítico de arte. Comparemos los Discursos de Reynolds o los Pintores modernos de Ruskin, o el Diario de Delacroix, con los artículos que sobre arte leemos en los periódicos. ¡Qué galimatías, qué enrevesamiento, qué falsa profundidad! Esos presuntos especialistas no saben nada de nada, aunque aparenten que lo saben todo, y no hacen más que añadir a la nada su artificiosidad. ¡Cuántas veces un buen novelista resulta un crítico insoportable en materia artística! Lo cierto es que ha dejado de ser lo que era, gracias a la pretensión de ser un hombre que quiere entender de dos cosas a un tiempo.

Es necesario, pues, que, como dice el Evangelio refiriéndose a los ojos, nuestro espíritu sea sencillo y esté exento de complicaciones. Los niños, los hombres de vida natural, los santos y los artistas, cuantos están dominados por un ideal supremo que barre toda preocupación inferior, los reformadores, apóstoles, caudillos y verdaderos aristócratas de todas clases, nos sorprenden con sus visiones directas y exactas. Por el contrario, los tímidos y débiles, que se desconciertan fácilmente y han nacido para obedecer y no para conducir; los sensitivos preocupados por la impresión que producen, inseguros del vigor de sus facultades y en eterna busca de algo que les dé firmeza, tienen una funesta capacidad para albergar pensamientos extraños. Estos parásitos intelectuales estorban y, poco a poco, obsesionan su espíritu, enturbian su manera de ver y finalmente les hacen víctimas de ese sentimiento de insuficiencia crónica que hoy todo el mundo designa con el nombre de "complejo".

Aunque FREUD y ADLER no hubiesen hecho más que dar un nombre a tales fenómenos y popularizar la certidumbre de que un tratamiento adecuado puede desvanecerlos, bastaría para poder decir que la influencia de estos maestros ha sido bienhechora.

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  • Mrs. Hyde, correcto. Sólo extraigo la pulpa de sus esplendidas divagaciones. Saludos.
    La sinopsis es del prefacio; el resto está extraído de la Segunda Parte: obstáculos al pensamiento. 1)obsesiones aprensiones o complejos.
    Lo voy a buscar ne mi biblioteca, pero estoy casi segura que una parte viene de ahi. Igual el texto sea de quien fuere es muy bueno. Si me equivoco obvio me retractare
    perdón por los errores de tipeo *principio *comunique. y thank you again, and again, and again
    Tengo que agradecerte profundamente este texto. Lo disfruté muchísimo cuando lo leí en la universidad para la cátedra de Literatura norteamericana, cosa extraña porque su autor era francés. . Es el prefacio de The art of thinking, de Ernst Dimnet. Reconozco que al princiio me resultó un poco complejo para mis 17 años. GRACIAS TOTALES quien quieras que seas (obvio Dimnet no, salvo que se counique desde el más allá)
    Siempre es agradable e interesante leer textos relacionados con la literatura, el texto, autor, lectores, transductores. Materiales de la literatura, en suma. Tu amplia y fundamentada exposición me dejó la impresión que el asunto no cerraba, no llegaba a una conclusión efectiva. Me explico, insistes en lo arduo y difícil que resulta el oficio de la escritura, casi desde un punto de vista mental, de los límites de los escritores al momento del escribir, que pareciera que son asaltados por sus complejos freudianos, por esa aprensión en la que pones tanto énfasis, por una especie de parálisis ante el lector imaginario que los mantiene prisioneros en la jaula y chocando contra sus barrotes, sin alzar el vuelo hacia los espacios límpidos del espíritu que escribe desde sí mismo. Me dejó esa sensación de pantano, de arenas movedizas donde los escritores están en sufrimiento permanente ante un hecho tan necesario, impelente, grandioso como es el ser visitado por la escritura y, en el caso de los grandes, dejar una huella imperecedera en la historia literaria. No ce todos estén maniatados, bloqueados freudianamente ante la invención, la creación literaria, y el arte de la escritura como fundamentos de sus vidas y de la propia concepción del mundo, del rechazo, del ir contra la corriente, del buscar vías y estilos nuevos, en el manipular el lenguaje hasta descubrir esa voz interior original que lo exprese, nunca satisfactoriamente, y los haga visibles desde la página escrita. Muy interesante tu texto.
    El texto me hizo pensar bastante, a pesar de mi gran ignorancia sobre tanta cosa.
  • La lectura, para la mayoría, es un modo hipócrita de matar el tiempo, disfrazado con un nombre antiguo, lo mismo que un ladrón bajo un título nobiliario. Jugar de esta manera con la letra impresa disminuye rápidamente la elasticidad de la inteligencia y es cosa que se contradice con el arte de pensar. Si quiere que los libros sean para usted los auxiliares del pensamiento, es preciso que no se trate de libros que diviertan o adormezcan su espíritu, sino que, por el contrario, lo mantengan despierto y vigilante.

    Cuando la gente lee ¿que es lo que lee? Sin duda no será a SANTO TOMÁS DE AQUINO ni las Pandectas. En los países anglosajones algunos hacen como que leen la Biblia, pero nadie les cree. Tres o cuatro, entre cada millar, leen a los poetas, y a éstos se les mira con la misma sorpresa teñida de recelo con que suele mirarse a los poetas mismos. Lo que se fabrica al por mayor y es aclamado por una publicidad ensordecedora y ampliado hasta la deformación por la crítica, son las novelas.

    ¿Qué escritor osaría apropiarse el verso de VOLTAIRE en El Pobre Diablo, y decir de su lector: Il me choisit pour l'aider à penser? (Me ha escogido para ayudarle a pensar). Sin embargo, es un hecho que hay millones de hombres y mujeres ansiosos de aprender a pensar, hasta el punto de que otros hombres y mujeres, aun a riesgo de parecer pedantes, se ofrecen a enseñarles ese arte.

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