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A propósito de la enfermedad de los relatos actuales
Reflexiones |
12.01.18
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Sinopsis

Cuando la gente lee ¿que es lo que lee? Sin duda no será a SANTO TOMÁS DE AQUINO ni las Pandectas. En los países anglosajones algunos hacen como que leen la Biblia, pero nadie les cree. Tres o cuatro, entre cada millar, leen a los poetas, y a éstos se les mira con la misma sorpresa teñida de recelo con que suele mirarse a los poetas mismos. Lo que se fabrica al por mayor y es aclamado por una publicidad ensordecedora y ampliado hasta la deformación por la crítica, son las novelas.

Hoy la imprenta hace estragos y el mundo corre el peligro de perecer ahogado bajo una avalancha de libros. Cada año se publican tres mil tomos en Francia; en tiempo de LUIS XIV se publicaban setenta y dos.

¿Hay alguien capaz de imaginarse, sin sentir vértigo y náuseas, los millares de millones de palabras (ya que los periódicos cuentan por ellas) que cada domingo por la mañana inundan los pueblos norteamericanos? "Escojan ustedes, nos dirán los periodistas culpables, indique qué le hace falta y se lo proporcionaremos". Consejo prudente, en verdad, ya que resume todo el Arte de Pensar; pero lo malo es que solamente es capaz de seguirlo el que ya piensa por sí mismo. Los demás, los millones de hombres restantes, quedarán atemorizados o deslumbrados ante el formidable montón de papel impreso, Y en semejante confusión, las aprensiones y los complejos germinarán como los microbios en un caldo propicio. El peor de todos esos fantasmas es el de la imposibilidad de tener una opinión sobre todos los libros y, sin embargo, la necesidad de parecer que se la tiene. Ese fantasma abre un vasto campo a lo que la lengua norteamericana llama slogans, esto es, las fórmulas, resumen a la vez de ideas, partidismos y convencionalismos, con las cuales se empuja a las muchedumbres. La gente hace ver que ha leído ciertos libros, cuando en realidad los ha mirado apenas, y dice de ellos lo que oye decir. Y nada es tan fatal como esto al pensamiento y a la capacidad de pensar, pues constituye el método infalible para separar a un hombre de su propia alma.

Cuando la gente lee ¿que es lo que lee? Sin duda no será a SANTO TOMÁS DE AQUINO ni las Pandectas. En los países anglosajones algunos hacen como que leen la Biblia, pero nadie les cree. Tres o cuatro, entre cada millar, leen a los poetas, y a éstos se les mira con la misma sorpresa teñida de recelo con que suele mirarse a los poetas mismos. Lo que se fabrica al por mayor y es aclamado por una publicidad ensordecedora y ampliado hasta la deformación por la crítica, son las novelas.

Las novelas llenan las librerías y ahogan nuestras bibliotecas. En el campo, donde se tiene un poco de tiempo para la lectura, se leen novelas; y lo que se recorre con la vista, saltando capítulos enteros, cuando se regresa a la ciudad, donde no tenemos tiempo para nada, son también novelas. Y tales novelas no consisten en las grandes novelas imaginativas, que desde el siglo XVI hasta hoy han venido ampliando nuestro conocimiento del hombre, o aquellas de sus sucesores actuales que más se acercan a la verdadera literatura, sino la quincallería literaria que no podrá vivir ni quince días. "¿Qué está usted leyendo?, preguntamos un día a una amiga inglesa, mujer de admirable carácter, demostrado a lo largo de toda su vida. -Una novela- ¿De quién? -De Fulano." (Una sonrisita de niño cogido en una picardía, de la que no piensa enmendarse).

Se leen novelas "para matar el tiempo", que es la expresión más sacrílega de todas las lenguas. Y la palabra "leer" no solamente ha perdido su antigua majestad, sino que además ha cambiado de sentido. Hoy figura entre fumar y jugar, en la lista de los pasatiempos que el hombre moderno no se atreve a calificar entre las diversiones espirituales. La idea de un plan meditado en el hombre que abre un libro, parece excluída de la palabra leer. La verdadera finalidad que se esconde bajo la acción gregaria de emprender una lectura, es la de NO PENSAR. Esto se ve claramente cuando el que mata el tiempo se sirve para ello de un periódico. No me refiero a las revistas, ni siquiera a los "magazines". El que en trance de procurarse algo que leer ha descubierto un día en el campo un polvoriento legajo de números de la Revue des Deux Mondes, la Atlantic Monthly o siquiera Les Lectures pour Tous o la Saturday Evening Post, sabe que en esos ligeros folletos puede hallarse algo sustancioso. En la tercera parte de este libro tendré ocasión de referirme aún a la capacidad que ciertos periódicos de la mañana tienen para transformarse en instrumentos mentales de primer orden. Pero es preciso una necesidad especial, un talento especial o una formación especial también, para elevar un periódico a ese nivel. Lo más frecuente no es leer el diario, sino tan sólo hojearlo. Muchas veces, al atardecer, el periódico aparece todavía plegado sobre una mesa, intacto, esperando que los criados lo quiten de allí. Y la manera como sus desperdigadas hojas cuelgan de los brazos de un sillón, revela a menudo el caso que se le ha hecho.

Sin embargo, ocurre a veces que se le lee, y entonces, si observamos al lector, especialmente en los ferrocarriles, veremos de cuánto el periódico es capaz para debilitar el pensamiento. Recuerdo que un día estuve espiando, por decirlo así, entre Filadelfia y Nueva York a un caballero que viajaba sentado en la butaca frontera a la mía. Los dos teníamos sobre las rodillas sendos ejemplares del Philadelphia Ledger. Hice en el mío algunas señales con lápiz rojo, y luego fijé mi atención en el caballero.

Estaba éste leyendo la reseña de una hazaña natatoria realizada por una dama en el río Hudson. Era una historia bastante larga, por lo cual se interrumpía al finalizar una columna, y allí se indicaba que la continuación seguía en la página once, columna tercera. Pero mi compañero no se sintió con la fuerza necesaria para volver las grandes páginas. Leía, más sin fatigarse. En lugar de seguir, pues, la estela de la ninfa pringada de sebo por el río Hudson, el caballero pasó bonitamente a la parte superior de la columna siguiente, donde se leía el interrogatorio a una vendedora de puercos, en el Tribunal de Nueva Jersey. Era un verdadero tiroteo de esas preguntas sin contenido alguno, en las que son maestros los abogados de Norteamérica. "Todo eso no son más que cuentos chinos", había replicado la vendedora de puercos, con harta razón. Mientras tanto, el caballero seguía leyendo, bostezando y moviéndose de un lado para otro, pero sin saltarse una sola línea. Las treinta y dos páginas del Ledger fueron así ingeridas por un hombre que oscilaba entre el cansancio y el sueño. De cuando en cuando tenía una especie de cortos y enérgicos sobresaltos, irguiendo el busto y lanzando por la ventanilla una mirada de águila. En la página once la nadadora reapareció, infatigable, luego la vendedora de puercos, en tupidas columnas, después un mensaje presidencial, más adelante los artículos de fondo, y finalmente las noticias bursátiles, la última hora deportiva y el movimiento del puerto. Todo esto fue leído con atención idéntica, con una falta de interés absoluta, hasta que nos acercamos al túnel del Hudson.

En aquel momento el caballero, agotado y con la lengua pastosa, arrojó al suelo, barajadas y manoseadas, las grandes hojas del periódico, se puso de pie sobre ellas y buscó tabaco por todos sus bolsillos: había acabado la lectura.

Imagínense los efectos que a la larga produce una operación llamada intelectual que consiste en presentar a la mente cien objetos distintos y ninguno de ellos interesante. ¿Qué ocurre cuando tomamos un libro o abrimos una enciclopedia, con la urgente necesidad de hallar un dato determinado, es decir, cuando nos encontramos en las condiciones ideales para realizar una perfecta lectura? ¿Estamos seguros, siquiera en este caso, de no distraernos? De ningún modo: la subconsciencia continúa enviándonos sus imágenes, y ya podemos darnos por satisfechos si para nuestra lectura podemos disponer al menos de las dos terceras partes de nuestra atención. De ahí resulta que el método practicado por el caballero del Ledger y por las innumerables personas que sólo leen para pasar el rato, es un método para no pensar. Al cabo de cierto tiempo de seguirlo se reblandece el cerebro, y esto es lo que precisamente les ocurre a la mayoría de los hombres, incluso los cultivados. Salen del colegio a los diecisiete o dieciocho años, y de las escuelas superiores o facultades a los veintidós o veintitrés. Hasta entonces la obligación de rendir los exámenes les fuerza a leer sobre todo libros sustanciosos, y a leerlos en serio. Este es el buen camino. Pero llega la libertad, y la primera cosa que el mundo pretende inculcarles es que las obras maestras son fastidiosas, los manuales y libros de texto, soporíferos, y que la libertad sólo consiste en poder leer la literatura de pasatiempo. Desde aquel momento, el acto de leer constituye para el joven ex estudiante una fuerza destructora más, añadida a las que ya de ordinario minan la inteligencia. En especial los periódicos, con su frivolidad, introducirán el desorden en su mente y le conducirán, por medio de sus contradicciones, a un triste escepticismo.

Representémonos, un instante, el rostro cansado y pensativo del hombre de múltiples negocios, para quien la cultura intelectual es un paraíso perdido, y que se tiene por dichoso si puede robar media hora cada día a sus ocupaciones, para emplearla en releer a un filósofo, a un poeta, o la Imitación de Cristo. ¡Qué noble y conmovedor es ese rostro! ¡Cuántas veces nos han maravillado lo que pueden valer esos treinta minutos redimidos para el pensamiento! Pero ¡cuán raros son esos hombres, en comparación con los que se arrojan de cabeza y alegremente a su aniquilamiento! Y abruma pensar que a él puedan contribuir los impresores y los libros.

Otro derroche -tan conocido y desgraciadamente tan inevitable, que bastará dedicarle cuatro palabras- es la conversación. "La conversación nos hace agudos", decía BACON. ¿Agudos para qué? Los antiguos, lo mismo que muchos orientales de hoy, parece que sólo hablaban cuando tenían algo que decir. Y su medida para determinar lo que valía o no la pena de ser dicho, no debía de ser muy distinta de la que guiaba a sus escritores. Esto explica por qué nosotros citamos tantas frases famosas de la antigüedad. Cuando a un escritor, aunque no sea de los mejores -GALSWORTHY por ejemplo-, se le ocurre reducir los diálogos a las dos o tres frases por las cuales dos personas bajo la influencia pasional terminan una conversación, produce un efecto tan desacostumbrado que nos parece estar en presencia de un poder literario excepcional.

Y ahora pensemos en la charla insustancial de todos los días, en las habladurías de las peñas, en los maliciosos chismes salpimentados con un poco de gracia, de los salones franceses, o en el placer que eternamente encuentran los anglosajones en oír o contar anécdotas resobadas, y dígase si no es burlarse de la realidad el considerar la palabra como el vehículo del pensamiento, cuando lo cierto es que se ha convertido en la simple satisfacción de una necesidad física. Si BACON pudiese escribir de nuevo, a la luz actual, las dos frases que citamos, diría que la lectura despoja al hombre de su personalidad, y que al hablar con sus semejantes demuestra que, en efecto, la ha perdido.

La conclusión general de esta segunda parte tiene que ser, por fuerza, melancólica. Venimos al mundo libres de aprensiones y complejos, con una natural inclinación a preferir las imágenes que engendran el pensamiento. Dura ello algunos años. La vida, reforzada por influencias como la educación y la literatura, que deberían ser preciosas, destruye esta tendencia, con la misma seguridad con que una helada de abril mata las flores del cerezo. La imitación y el innoble conformismo se instalan donde brotaba la originalidad. A semejanza de Herculano, la humanidad está cubierta por una dura costra, bajo la cual se halla escondidos y olvidados los despojos de la vida. Los poetas y filósofos encuentran siempre el camino de esas misteriosas moradas donde la infancia vivía libre y feliz, sin saberlo. Pero la multitud sólo conoce la espesa lava de la rutina y la costumbre. Algunos hombres le dicen lo que hay que pensar, y entonces ella lo piensa.

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  • Otro extracto de El arte de pensar, Segunda Parte obstáculos para el pensamiento, Cap3 El pensamiento debilitado por la vida, apartado c) el gran despilfarro. Muy bien y si lo escribió Ernst Dimnet, Carlos Higgie.
    Lo escribió el propio Ernst Dimnet? Si viviera tendrá que actualizarse, el mundo virtual, de cierta manera, invadió nuestras vidas. Abrazo.
  • La lectura, para la mayoría, es un modo hipócrita de matar el tiempo, disfrazado con un nombre antiguo, lo mismo que un ladrón bajo un título nobiliario. Jugar de esta manera con la letra impresa disminuye rápidamente la elasticidad de la inteligencia y es cosa que se contradice con el arte de pensar. Si quiere que los libros sean para usted los auxiliares del pensamiento, es preciso que no se trate de libros que diviertan o adormezcan su espíritu, sino que, por el contrario, lo mantengan despierto y vigilante.

    Cuando la gente lee ¿que es lo que lee? Sin duda no será a SANTO TOMÁS DE AQUINO ni las Pandectas. En los países anglosajones algunos hacen como que leen la Biblia, pero nadie les cree. Tres o cuatro, entre cada millar, leen a los poetas, y a éstos se les mira con la misma sorpresa teñida de recelo con que suele mirarse a los poetas mismos. Lo que se fabrica al por mayor y es aclamado por una publicidad ensordecedora y ampliado hasta la deformación por la crítica, son las novelas.

    ¿Qué escritor osaría apropiarse el verso de VOLTAIRE en El Pobre Diablo, y decir de su lector: Il me choisit pour l'aider à penser? (Me ha escogido para ayudarle a pensar). Sin embargo, es un hecho que hay millones de hombres y mujeres ansiosos de aprender a pensar, hasta el punto de que otros hombres y mujeres, aun a riesgo de parecer pedantes, se ofrecen a enseñarles ese arte.

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