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3 min
¿A quién insulta?
Reflexiones |
12.11.17
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Sinopsis

¿Se ha preguntado usted por qué los humanos, cuando queremos denigrar a un congénere, acostumbramos a proyectar en las demás especies nuestras odiosas proclividades? ¿Por qué les endilgamos a ellos, a los animales, las fragilidades que tanto repudiamos en nosotros?

 

Me explico: al hombre vil o mujeriego lo llamamos “perro” y a la dama de conducta sexual ligera, “perra”; a la persona burda y pedestre, “cerdo”; a la esposa posesiva, arbitraria y agresiva, “culebra”; a la mujer chismosa y mal intencionada, “cacatúa”; al delator sin rostro, “sapo”; a los guardaespaldas de un jefe de la mafia, “gorilas”; de la serpiente ni se diga, la pobre fue arbitrariamente condenada desde tiempos bíblicos”… En fin, para la mala fortuna de los mamíferos vertebrados que no hacen política, religiones y guerras, la lista es prolija.

 

Habrá que preguntarle a un semiólogo por tan curioso y ofensivo fenómeno. Yo, por mi parte, durante un instante fugas de fertilidad racional concebí mi propia hipótesis: esta actitud es solo una más de las mezquindades humanas que, siendo tantas y tan sombrías, nos desbordan y por ello nos vemos obligados a verterlas en otros.

 

Si resultara cierta aquella teoría de la antropología filosófica que plantea el dualismo de la naturaleza humana (cuerpo y alma), ampliamente difundida y aceptada en Occidente y que, dicho sea de paso, Platón tomó de Pitágoras, entonces, sin lugar a dudas, es verdad: el cuerpo es el habitáculo más oscuro en el que se pudo insuflar esa minúscula parte del infinito a la que los antiguos eruditos llamaron “alma”.

 

Por lo anterior, tenga usted en cuenta lo siguiente, cuando con vehemencia quiera descalificar alguna de esas actitudes tan reprobables como comunes y que se replican a diario en nuestra manada (o sociedad, si se quiere utilizar un eufemismo):

 

Si, por ejemplo, después de leer la columna política del periódico es tal la indignación que se desata en usted por culpa de la conducta de un alto y siniestro funcionario del gobierno de su país, o de otro del mundo, que no puede menos que llamarlo “perro”, quiero decirle que con ese mal empleado sustantivo no está describiendo el carácter del susodicho político ni lo está ofendiendo… efectivamente, está insultando al “perro”.

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