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36 min
A solo cuatro días
Históricos |
25.07.18
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Sinopsis

A solo cuatro días del golpe de estado, cuatro anarquistas intentaron matar a Franco en Canarias, pero.....¡fallaron!

A SOLO CUATRO DIAS


- ¡No me jodas, Manolo! Pero…¿es que te vas a quedar así, de brazos cruzados?
- ¿Y qué puñetas quieres que haga? ¿Acaso ha cometido algún delito por el que lo pueda arrestar?
- ¡Aún no, pero todo se andará!...y será tarde, ya lo verás.

Me llamo Antoni Vidal y sí, soy anarquista ¿qué pasa? Hoy, en los tiempos que corren, lo de ser anarquista es de las mejores cosas que le pueden pasar a uno. Y este, el que tengo enfrente, Manolo, es Manuel Vázquez, a la sazón Gobernador Civil, con más miedo en el cuerpo del que se puede guardar, que no es poco.

- A ver, Antoni: apenas lleva aquí unos meses; no se le puede señalar por haber cometido delito alguno y, encima, ha renovado recientemente su juramento de lealtad y compromiso con el Gobierno de la República. Dime ¿Qué quieres que haga?

Hice señas a Martí para que cerrara la ventana, no para que no entrara el aire caliente –que lo había, espeso, pegajoso, polvoriento por la calima-, no, sino para que no se escuchara desde en medio de la calle la conversación que tenía visos de convertirse en una discusión, con subidas de tono incluidas que ya se dejaban sentir entre aquellas paredes.
Eran poco más de las siete de la tarde –acababa de dar la hora el reloj que hay en la fachada del Gobierno Civil, la que da a la plaza, justo encima de donde nos encontrábamos nosotros; por eso lo sabía- y estábamos allí, en el despacho de Manolo, Antonio Tejera, Martí Serasols y yo intentándolo convencer de que poca alternativa había para reconducir la situación, más que la que le estábamos proponiendo.

A esas horas de la tarde ya no quedaba personal en el edificio, aparte de los guardias que custodiaban la entrada, ocupándose más de no quitarle el ojo a las señoritas que elegantemente se contoneaban a lo largo de la plaza de La República, desde la fuente hasta la esquina del casino, que de cualquier otra cosa. Era por eso por lo que nos reuníamos allí a esas horas, fuera de la mirada indiscreta de curiosos y chivatos, porque haberlos, habíalos. Además ¿Dónde mejor podíamos ir que nos ofrecieran un oloroso como este y un lugar tan cómodo para reposar nuestros huesos?

El despacho era muy grande, con cómodas sillas tapizadas en piel marrón alrededor de una mesa alargada donde cabían bien holgadas ocho personas; ahí era donde se hacían las reuniones formales de trabajo. La mesa de despacho también era grande y labrada, de madera de caoba –imagino, por el color oscuro que tenía-, con un hermoso sillón de respaldo alto, que dejaba pequeño a Manolo cuando se sentaba en él, y un mueble que cogía toda la pared de atrás, del mismo tono que la mesa, donde –además de gruesos volúmenes y algunos archivadores- tenía colocados varios portarretratos pequeños con fotos de su mujer, sus hijos y de él mismo. El cuadro grande que había tenido decorando la pared de enfrente con el retrato del Presidente del Gobierno decidió no colgarlo porque –ya le pasó en una ocasión- cuando le llegó la foto enmarcada que le enviaron desde el Ministerio de la Presidencia, ya habíamos cambiado de Presidente de la República….¡otra vez!

Lo mejor del despacho era el balcón que asomaba sobre la plaza; daba gusto salir a coger aire y observar el movimiento de la gente paseando desde la calle del Castillo hasta casi la entrada del puerto, donde el trasiego de vehículos, bestias cargadas y gente que no dejaba de transitar le procuraba a Santa Cruz un aire de metrópoli, aunque sólo fuera en aquellas pocas calles.

Con lo bien que estábamos allí sentados, en aquellos mullidos sillones –del mismo color que la tapicería de las sillas- en torno a la mesita de patas torneadas donde reposaban las cuatro copas y la botella de vino –algún regalo, seguramente, que, al paso que íbamos, la dejaríamos vacía- y ese hombre que no entraba en razón, o al menos no quería dárnosla, porque seguro que para sus adentros pensaba como nosotros, aunque en su situación ¿Qué podía hacer para que no lo trataran como traidor?

- ¡Joder, Manolo! No me digas que a ti no te han llegado los rumores. Bueno, por llamarlo rumores….; verdades diría yo más que rumores; si es que hasta los suyos, los más allegados no se cortan un pelo en decirlo en sus círculos de confianza; pero si es un secreto a voces del que presumen sin esconderse; alardean a cara descubierta de lo que están preparando; que ese general, ese tonelete con galones, y otros cuantos de su misma calaña, o quizá peores que él, no tienen más objetivo en la vida que acabar con la República y con la democracia.
- Sí, sí; si yo también tengo orejas y escucho cosas, pero entiéndeme tú; intenta ponerte en mi posición –decía Manuel bajo la mirada atenta de mis acompañantes-: ahora mismo ¿de qué cargos se le puede acusar? Si es que no ha hecho nada, al menos por ahora.
- ¿Y a qué vamos a esperar? ¿A que lo hagan? ¿A que el golpe que anuncian a bombo y platillo se haga realidad? ¡Pues estamos buenos entonces!

Manuel se levantó, rodeó la mesa de despacho casi arrastrando los pies, empujó con la cadera su enorme sillón hacia atrás y se quedó de pie delante de él, apoyándose sobre la mesa con los brazos estirados y los puños cerrados. Bajó la cabeza durante unos instantes y al levantarla hinchó los pulmones y dijo:

- ¡Vamos a ver!,….lo más que puedo hacer es mirar para otro lado si preparáis algo, pero…¡no me lo digas! No quiero saberlo.
- No fastidies….¿y si nos sale mal? ¿Cómo vamos a escapar? ¿Cómo vamos a salir de aquí? Nos hará falta documentación nueva y tú eres el único que puede facilitárnosla.
- Lo siento, Antoni. Otra cosa no puedo hacer, de verdad. Ya quisiera, pero sabes que no puedo; es lo que tiene este puesto: estoy de acuerdo vosotros, al menos en parte, pero no puedo saltarme la ley así como así sólo por unos rumores.
- ¡Manolo, por tu madre, Manolo! Que son más que rumores y lo sabes –dije levantándome con brusquedad del sillón, aún con la copa, vacía ya, en la mano.

Mis compañeros, el otro Antonio – Antolín le llamábamos- y Martí, se levantaron también del sillón, animándome con un leve empujón en la espalda en dirección a la puerta para que nos marcháramos; la reunión había terminado. Visto lo visto, parece que ya poca cosa podíamos hacer allí. Nuestra mejor baza, la complicidad del Gobernador Civil que pensábamos que teníamos, se nos esfumó en lo que tardamos en tomarnos aquel exquisito oloroso de Jerez, que sí, estaba bueno, pero no era eso lo que habíamos ido a buscar al despacho de Manolo.

Con cara de pocos amigos, medio refunfuñando para nuestros adentros, maldiciendo a Manolo por no querer ver lo que estaba ante los ojos de todo el mundo, caminamos hasta el bodegón de Servando, en la Plaza de la Madera, entre el teatro y la recova.

- Pues seguiremos adelante con lo planeado –dije, mientras Martí le hacía señas a Servando para que nos pusiera unos vasos de vino, aunque no fuera tan bueno como el de Manolo.
- ¡Pues claro! ¿Qué vamos a hacer si no? –comentó Antolín-. O acabamos con ellos o ellos acaban con nosotros, porque seguro que también tendrán a más de un desgraciado indagando quienes son los que les pueden hacer cara y entre esos, entre los apuntados en la lista, estaremos nosotros, seguro.
- Esta noche me pasaré por la cantina de Maruca a que me cuente como están las cosas por allí –dije yo.

Maruca era una mujerona, grande, hermosa, guapa –un poco entrada en años ya, eso si-, con una frondosa melena morena que se recogía en una coleta con gracia, unas contorneadas caderas, unos pechos…¡ufff, tremendos! y un  desparpajo que la hacía simpática a todo el que la trataba.

Tenía un restaurante, el restaurante Odeón –de los mejores de Santa Cruz en esa época-, donde se daban cita casi a diario empresarios, políticos y militares, porque estaba en muy buen sitio, en la Rambla, muy cerca de la Comandancia. Allí, con tan selecta clientela, siempre escuchaba comentarios de interés a poco que se lo propusiera, pero además –y por eso nos interesaba tanto- llevaba la cantina de la Comandancia, por donde pasaban todos los soldados y mandos –unos afines y otros no tanto-, de forma que tenía confianza con todos ellos y le daba fácil acceso al edificio. Bueno, por eso y porque sacaba todo lo mejor de mí la jodida: cuando estaba con ganas….¡me dejaba seco como a una pasa!

Después del tercer vaso de vino decidimos que ya era hora de levantarnos, antes de que se nos subiera más de la cuenta y fueran otros los que tuvieran que ponernos en pie.

- Bueno señores: nos vemos mañana entonces –dijo Antolín.
- Sí, aquí mismo a las nueve, para aprovechar el día –contestó Martí.

Habíamos quedado que al día siguiente iríamos hasta Bocacangrejo a probar las armas. Nos las vendió un cambullonero que, según él, las había comprado a un oficial de un buque alemán, pero lo cierto es que aún no las habíamos probado y esto a pocos días del golpe que pretendíamos dar.

- Yo me voy a ver a Maruca; ya os cuento mañana –dije cuando me despedía.
- ¿A verla o a tocarla? – escuché a Martí mientras nos separábamos, despidiéndonos con unas carcajadas.
- ¡A ti te lo voy a contar, con lo envidioso que eres!


- ¡Hola hermoso! – fue el saludo de aquella salerosa mujer cuando me vio entrar, empujando la puerta de vaivén- ¿Qué haces por aquí a estas horas?
- ¿Qué voy a hacer? Venir a verte ¿Acaso hay mejor motivo para entrar en este garito? Si no estuvieras tú no entraba la mitad de la clientela.

Varios de los presentes –soldados en su mayoría- giraron el cuello dirigiéndonos sus miradas, asintiendo con la cabeza y dejando ver una sonrisa picarona en sus caras, mientras yo avanzaba hacia donde estaba Maruca, que recogía unos vasos vacíos de una de las mesas. Soltó el trapo y me abrazó –aplastando sus enormes senos contra mi pecho- dándome un sonoro beso en la mejilla ¡vamos, como el beso de una abuela!

- ¡Niña! – le gritó a Clara, la chiquita que tenía allí trabajando-, acaba con esto, que me voy a tomar un chato con este golfo que tengo por amigo.

Clara, su sobrina, era una muchacha joven que no llegaría a los veinte, con un cuerpo de revista, unas delicadas curvas, el pelo ondulado de color castaño claro que le llegaba hasta la cintura, casi rubio, un poco desvergonzada, como su tía, que tenía a todos los reclutas –y a más de un oficial- tontos perdidos y no era para menos. Disfrutaba, igual que a Maruca, cuando le ponía los dientes largos a todo el que se pasaba con palabras soeces o miradas guarras y ellas, que lo sabían, pues peor lo hacían. Esa tarde sin ir más lejos estaba haciendo sufrir al grupito –tres soldados y un cabo- que estaban al final de la barra: llevaba desabrochados los botones de la falda hasta por encima de las rodillas, con lo que a cada paso que daba se abrían las dos piezas de tela dejando entrar el aire –y las miradas- hasta casi la mitad de los muslos, que no es poco; ¿y la blusa? ¡otro tanto! la blusa de hilo fino dejaba intuir los redondos pechos y casi ver el marrón de los pezones; eso y que por el escote quedaba al aire un bonito canalillo…..¡como tontos los tenía a los cuatro!

- ¿Tienes alguna novedad? –pregunté a Maruca después de que sirviera los chatos de vino y nos sentáramos en la mesa del fondo.
- No. Se escuchan comentarios a cuenta de lo revuelto que está el ambiente por Madrid, que sí tendría que haber un cambio de gobierno, que si estos del Frente Popular son unos ineptos,…, cosas de esas, ya sabes, lo de siempre; nada nuevo.

Maruca, aunque no se metía directamente en política –a su negocio iban clientes de todo tipo y todos se dejaban sus buenos cuartos-, no simpatizaba con los militares y estaba dispuesta a ayudarnos –en la sombra- con lo que estuviera en su mano.

- Estoy preocupado porque esto parece que se está complicando por momentos, pero no podemos quedarnos quietos; tenemos que hacer algo.
- Bueno, pero lo que me contaste….seguís adelante ¿no?
- Sí, sí, pero es que las noticias que llegan de Madrid no son buenas y no sé si llegaremos a tiempo para evitar una tragedia.
- Verás que sí; anímate –dijo acariciándome el mentón -. ¡A ver, ustedes! –voceo al grupo que aún quedaba en la cantina, al final de la barra, los que no le quitaban ojo a los movimientos de Clara- Vayan terminando esos tragos que vamos a cerrar, que va siendo hora.

Se escucharon unos leves murmullos de protesta, pero rápidamente dejaron los vasos sobre la barra y se encaminaron a la puerta, con un apagado “buenas noches” de despedida.

- Clara, anda, márchate tú también, preciosa, que el día ha sido largo y has tenido que aguantar mucho –le decía a su sobrina, cruzándose las miradas y echándose a reír, pues ambas sabían cuál era el aguante al que se referían -. Ya me ocupo yo de terminar esto.
- Que no tía, que lo recogemos en un plis-plas
- Que no, de verdad ¿para qué crees que ha venido Antoni a estas horas? A ayudarme; ya te lo digo yo.

La muchacha no insistió. Se abrochó los botones que dejaban ver aquellas largas piernas y el canalillo más allá de lo que podía ser normal; cogió su bolso y el pañuelo estampado que se solía poner al cuello.

- Hasta mañana tía; buenas noches Antoni –dijo cerrando la puerta tras de sí.
Me senté a la barra mientras Maruca terminaba de recoger lo poco que quedaba por en medio. Cuando acabó cogió una botella de ron-miel y dos vasos pequeños; los llenó y ofreciéndome uno brindamos; “¡Por nosotros!” dijo.

 Yo permanecía sentado en aquel taburete alto, con los codos apoyados sobre la barra y agarrándome la cabeza con las manos –como para no dejarla caer al suelo-, medio suspirando, intentando imaginar lo que se nos encimaba. Ella se me acercó por detrás y me abrazó cogiéndome por la cintura; apretaba mi espalda contra sus pechos; me giró sobre el taburete, se metió entre los muslos y me miró a los ojos con dulzura, con cariño.

- ¡Oye! No me gusta verte así ¿eh? Tienes que levantar ese ánimo –decía mientras me volvía a abrazar con fuerza, besándome en el cuello, acariciándome la espalda.
Fue entonces cuando bajó la mano hasta mi entrepierna y empezó a reír con fuerza.
- He dicho que tienes que levantar el ánimo, pero….¿desde cuándo a esto se le llama “ánimo”? –decía entre carcajadas, al notar como se me endurecía el miembro.

Nos besamos con ansia, le mordí los labios suavemente, estos labios carnosos y dulces que tiene, le lamí el cuello mientras intentaba desabrocharle los botones de la blusa, haciendo hueco para meter la mano entre sus hermosas tetas y pellizcarle los pezones, escuchando a la vez como se aceleraba su respiración hasta casi conseguir un suave gemido,….
Nos acariciamos como si estuviéramos faltos de cariño, que probablemente lo estábamos; nos sobajeamos con lujuria sobre una de aquellas mesas, que se movía más que nosotros, y acabamos empapados en sudor; normal: en pleno mes de Julio y sin una pizca de aire, con todo cerrado para que nadie nos escuchara; pues eso ¡empapados!

Encendí un cigarrillo y Maruca llenó nuevamente los vasos con aquel ron-miel que entraba….como un caramelo, pero se subía como el aguardiente.

- Enséñame otra vez el respiradero –le dije.

El váter tenía un ventanuco que daba a un estrecho respiradero –de no más de ochenta por ochenta - que llegaba hasta la azotea y por donde, además, pasaba un tubo pegado a la pared que era la chimenea que salía de la campana que estaba sobre los fogones de la cocina; no era muy grueso, pero quitaba espacio. Después de sacar la cabeza por aquel hueco y hacerme una idea de la distancia que había hasta la cubierta, bajé de la silla a la que me había subido, introduje la mano en el bolsillo interior de la chaqueta que tenía colgada en el perchero de pie y saqué el papel en el que había dibujado un croquis –sin anotaciones, por si acaso- extendiéndolo sobre la mesa.

- Este respiradero llega hasta aquí –dije señalando una parte del dibujo.
- Sí.
- Y desde este punto, por la cornisa se puede llegar hasta la galería del primer piso ¿no es así?
- Sí, eso es.
- Y una vez en la galería, la puerta del fondo, la de doble hoja, es el dormitorio principal.
- Muy bien. Veo que te lo has aprendido –decía Maruca dándome unas palmadas en la espalda, a modo de chanza. Yo le respondí con una ligera nalgada, de cariño, claro está.
- Y para salir –continué señalando otra parte del plano- pasamos este murete, bajamos apoyándonos en la reja del ventanal de abajo, llegamos a esta parte del jardín y saltamos la verja que da a la calle de atrás.
- Yo creo que con el revuelo que se montará arriba, todo el mundo irá corriendo a la planta alta y dejarán esa parte del jardín trasero más desatendido, creo yo.
- Sí, eso sería  lo normal; a ver qué es lo que nos encontramos en realidad.

La abracé nuevamente cogiéndola por las nalgas; nos besamos y volví a apretar los brazos sobre su espalda, sintiendo una vez más esas acolchadas tetas que me volvían loco.

- ¡Vámonos ya, que va a resultar muy extraño este movimiento en la cantina a estas horas –dijo Maruca, zafándose del abrazo y cogiendo sus cosas para salir.


Eran poco más de las ocho cuando cogí La Prensa y me senté en una de las mesas a ojear las noticias del día que, para no variar, no traían nada bueno que destacar.

- ¡Servando! Un café por favor.
- ¿Algo para comer?
- No, gracias. Quizá más tarde.
- ¡Niño! Prepara un café, corto, para Antoni y acércaselo a la mesa –le escuché decir al camarero que, a esas horas, no daba avío con la cafetera.

Poco después llegaron Antolín y Martí haciendo amago de sentarse pero, antes de darles tiempo, me levanté dejando el periódico sobre la mesa.

- ¡Anda! Vámonos ya que se nos hace tarde.
- Pero…¿ni un café siquiera?
- Haber llegado antes –contesté a la vez que me despedía de Servando con la mano y bajaba los escalones de la plaza de la Madera que dan a la calle Barranquillo.

A Bocacangrejo llegamos cerca de mediodía, con un soletón que pegaba tremendo. Podíamos haber escogido otro sitio más cerca –alguno de los barrancos que hay camino a San Andrés-, pero, con tanta montaña, seguro que resonaría con más fuerza y podrían descubrirnos. Allí, en aquel erial al que no llegaban ni las cabras, teníamos todo es espacio que necesitamos para practicar. Nos sentamos sobre la tierra haciendo un corro, a la sombra de una pared de piedra que nos resguardaba. Martí sacó del morral un hatillo y empezó a desliarlo; dentro habían otros tres más pequeños y dentro de ellos lo que estábamos esperando ver: dos pistolas Astra-400, de fabricación española, muy fáciles de utilizar, y un revolver Nagart, ruso, con tambor de seis balas, al igual que el cargador de las pistolas. Las tres estaban limpias y engrasadas; las Astras tenían muy buen aspecto; el revólver, limpio y engrasado también, lucía mucho más viejo; a saber cuántos años tenía y si funcionaría bien. En un momento saldríamos de dudas. Cada arma traía, envuelta en el mismo hatillo, una caja de balas –tres docenas tendría cada una-, con las que íbamos a practicar el tiro. Aunque cueste creerlo, ninguno de los tres había disparado en la vida otra cosa que no fuera una escopeta de cartuchos para cazar conejos.

Con el primer disparo de una de las Astras, la que cogió Antolín, dio un brinco hacia atrás del susto y casi se le cae la pistola al suelo.

- ¡Agárrala con fuerza, joder! –dijo Martí con cara de enfado que, inevitablemente, acabó en risas al ver la cara temerosa que se le quedaba al pobre hombre.

Él, Antolín, ni una escopeta de caza había disparado hasta entonces.

La puntería, la de ninguno, era buena, pero se supone que cuando tuviéramos que utilizarlas lo haríamos contra un objetivo grande y casi a bocajarro, por lo que en ese momento lo que nos interesaba era perderle el miedo a disparar y el respeto a llevar encima un arma con la que librarnos de ese mal bicho que teníamos por presa. Después de gastar más de la mitad de las balas, con más torpeza que puntería, saqué del bolsillo el plano que había revisado la noche anterior con Maruca para repasarlo con mis compinches.

- Tenemos que aprenderlo de memoria, ¿oyeron?

Antolín cogió el papel entre las manos y le dio vueltas, intentando colocarlo con la orientación correcta.

- Saldremos por aquí ¿no? –dijo señalando una de las esquinas del dibujo que correspondía con la parte de atrás de los jardines interiores del edificio.
- Sí, eso es, pero primero tenemos que poder entrar –contesté, con una sonrisilla.
- ¡Bah! Eso lo tienes tú más que visto ¿o no?

Repasamos los pasos planificados para acceder al edificio; imaginamos los posibles obstáculos que podíamos encontrar y como librarnos de ellos; pensamos en si nos podía hacer falta alguna cosa para la retirada;….

- Y una vez fuera, cada uno por su lado, sin correr y sin llamar la atención.

Acordamos que la huida sería mejor por separado; un hombre solo podía pasar desapercibido; en grupo podíamos resultar sospechosos si nos daban el alto.

- ¿Ya tenéis asegurado el escondite? –pregunté, a lo que ambos asintieron con la cabeza.

Habíamos decidido también que cada uno se procuraría su propio escondrijo. Ninguno sabría donde se escondían los otros, por si alguno caía. Esos hijos de puta seguro que te lo sacaban a palos si caías en sus manos; así al menos tendríamos más posibilidades de escapar.


Esa mañana de mediados de Julio, el catorce para ser más exacto, como muchos días cuando voy de camino a la marmolería que tengo en la calle del cementerio, entré en la bodega de San Sebastián, a un par de calles del taller, a tomar un café y echarle un vistazo a La Prensa. “Pero…es que no me lo puedo creer; estos tíos están locos echando más leña al fuego” pensaba mientras leía aquellas líneas.

- ¿Has leído las noticias? –me preguntó Martí cuando entró desgañitado en el local, escandalizado, asfixiado por el esfuerzo de la carrera.
- ¿Lo de Calvo Sotelo? Si, lo estaba leyendo ahora.
- ¿Pero esta gente qué quiere? ¿Qué salga la tropa a galope a por nosotros? Es que les estamos dando argumentos ¡Joder!
- Eso mismo estaba pensando yo; están como cabras. Oye….busca a Antolín; no puede pasar de hoy. Nos vemos en la cantina de Maruca esta tarde, sobre las siete y media estará bien.
- ¿Estás seguro?
- Sí, sí; no podemos esperar más. Lo del asesinato de Calvo Sotelo sólo servirá para que se pongan más nerviosos y adelanten los planes. No nos queda más remedio que hacerlo ya.

 

Cuando llegaron Martí y Antolín yo estaba sentado en la mesa del fondo –la misma cada vez que iba por allí- ojeando La Tarde que, como era normal, también llevaba en primera página lo del atentado de Madrid.

- ¿Qué van a tomar los señores? –preguntó Clara desde la barra.
- Unos vinos, guapa.

Maruca no estaba. Algunos días, dependiendo del trabajo que tuviera en el Odeón, llegaba a última hora, prácticamente para cerrar. Así fue; apareció por allí al poco rato, dirigiéndose directamente al interior de la barra, saludando a los jóvenes que estaban sentados en una de las mesas cerca de la puerta y a una pareja que, apostada en la barra, hacía comentarios sobre el atentado, el tema del día. A nosotros nos ignoró; mejor así.

- ¡Vamos señores, vamos terminando que tenemos que cerrar! –dijo Maruca cuando apenas pasaban de las ocho, la hora de cierre según marcaba el horario del local, aunque en muchas ocasiones estaba abierta hasta ya entrada la noche.
- ¿Nos echas ya? ¿Tan temprano? –protestó uno de los mozos sentados a la mesa.
- Lo siento mi’jo, pero es que tengo a la chiquilla mala y tengo que irme temprano a casa –se disculpó ella, poniendo cara de lástima.

La pareja de la barra salió casi de inmediato dejando unas monedas junto a los vasos vacíos, pero aún tuvo que decirlo un par de veces más para que los de la mesa se levantaran. Nosotros hicimos intención de ponernos en pie en varias ocasiones hasta que no quedó más remedio, si no queríamos llamar la atención. Martí se acercó a la barra a pagar; Antolín se sentó de nuevo para atarse los cordones; yo me disculpé para ir al váter;…todo ello intentando hacer tiempo para que aquellos reclutas levantaran las posaderas de una vez. Cuando salí del váter los vi bajar los escalones que dan a la plaza Weyler, mientras mis compañeros, haciendo amago de salir detrás de ellos relajaron el paso quedando junto a la entrada, a cubierto de la vista desde el exterior. Maruca, que ya había despedido a Clara minutos antes, se acercó rápidamente para cerrar las puertas.

- ¡Joder! Pensé que no se iban nunca –dije echando un suspiro.
- A ver…..,lo mejor es que se metan ahí, en la despensa, que aguanten hasta pasada medianoche y después ya verán ustedes lo que tienen que hacer –comentó Maruca encaminándose al almacén, que más que almacén era un rincón donde guardaba algunas botellas y garrafones de vino detrás de una cortina, indicándonos donde podíamos mantenernos a cubierto-. Tenéis que guardar silencio, porque los centinelas tienen llave y si escuchan algo….
- Sí, no te preocupes por eso.
- El general se suele acostar sobre las diez y últimamente, según he escuchado, aunque no me hagáis mucho caso, hacen una ronda por la galería de arriba cada par de horas.
- ¡Pufff! No me extrañaría que, con lo que ha pasado ayer, le pongan una garita en la puerta –comenté, generando unas risas sordas.
- ¡Suerte! –dijo Maruca cuando se alejaba, dejándonos a cubierto tras aquella cortina, en la oscuridad del estrecho rincón al que llamaba despensa.

Se nos hizo larga, muy larga la espera, casi sin movernos, encogidos en apenas unos pocos palmos, con los músculos agarrotados, contando el paso de los minutos. Pasadas las doce nos pusimos en pie, nos desperezamos, estiramos piernas y brazos.

- ¡Vamos allá! –musitó Martí.

Antolín propuso desmontar el ventanuco para dejar más hueco, pero, si algo fallaba, descubrirían que Maruca nos había ayudado.

- Nos apañaremos así; además…a ninguno nos sobran las carnes ¿o sí?

Yo fui el primero en subir después de ponerme el overol y el pasamontañas –que casi no me dejaba respirar-, imprescindibles para intentar pasar desapercibidos en medio de la penumbra. No fue fácil escalar aquellos pocos metros, apoyando la espalda en una de las paredes del respiradero, los pies en la de enfrente y las manos en los lados, deslizándonos a duras penas como perenquenes. Era tan estrecho el hueco que podía apoyarme por todos lados, aunque lo de subir era otra cosa. Más de una hora tardamos –ya ves tú, para poco más de diez metros- hasta que pudimos reunirnos los tres en la azotea. Nos deslizamos hasta un extremo, detrás del parapeto, desde donde podíamos ver parte de la galería a la que daban las puertas de las habitaciones. Por el borde de la fachada –frente a donde estábamos- lucía el leve resplandor de las farolas de la plaza, pero allí, detrás del parapeto, pasó un largo rato hasta que acostumbramos la vista a aquella oscuridad. Con el oído estirado todo lo que podíamos intentamos identificar cada sonido de lo que nos llegaba; apenas un breve murmullo desde la planta baja, donde estaba el cuerpo de guardia.
Pasado un rato escuchamos como alguien subía las escaleras; “la ronda que mencionó Maruca” pensé, mientras asomaba levemente la cabeza con la intención de ver algo más. La sorpresa llegó cuando el sonido de las botas llegó hasta el final de la galería, justo debajo de donde estábamos, a donde no nos llegaba la vista, y pudimos escuchar:

- ¡Anda! Levanta de ahí que ya te llegó el relevo.
- ¡Menos mal! Estoy que me duermo a rajas –dijo el soldado que se levantó de la silla, encaminándose ya a la escalera.
- ¡Oye! Dile a Perdomo que no se olvide de relevarme; que le toca a él el próximo cambio.
- Descuida; se lo diré –contestó cuando ya iba media escalera abajo.

Nos miramos, haciendo gestos con la mano. “Joder con la garita; al final resultó ser verdad” pensé. Con esto no habíamos contado y, la verdad, nos complicaba mucho las cosas para los planes que traíamos. Les hice una seña con la mano para movernos hasta la otra punta de la azotea, la más alejada de donde estábamos y lo más lejos que podíamos de aquel soldado.

- Y ahora….¿qué hacemos? –preguntó Martí con tono de preocupación, hablando con un susurro casi inaudible.
- Primero tranquilizarnos ¿estamos? Bien; tenemos dos opciones: volvernos por donde hemos venido, rezando para que sea Maruca quien abra la cantina mañana, o pensar en cómo librarnos del guardia y terminar con lo que hemos venido a hacer.

Se hizo el silencio –aún más intenso-, nos miramos unos a otros con los ojos todo lo abiertos que nos daban los párpados durante unos segundos hasta que Antolín explotó:

- Yo ya di todo por perdido cuando me metí en esto; así que si ya estamos subidos en el burro, pues….¡arre burro!
- Yo estoy de acuerdo –dijo Martí-; prefiero correr el riesgo a quedarme de brazos cruzados.
- De acuerdo; entonces tenemos que pensar en cómo lo vamos a hacer.

Desde donde estábamos veíamos toda la galería, con media docena de lámparas incandescentes de poca potencia distribuidas a lo largo, dándole una pobre iluminación, y al fondo, a un par de metros de la puerta del dormitorio principal –nuestro objetivo-, una mesa pequeña y una silla donde estaba sentado el centinela que, al poco de llegar apoyó los brazos cruzados sobre la mesa y la cabeza sobre ellos. Observamos durante un rato los movimientos del muchacho, aunque, a simple vista al menos, parecía dormido.
Volvimos a la posición original con la intención de seguir el plan trazado, ahora con este muchacho como obstáculo, algo que no estaba previsto. Nos descolgamos por la parte exterior del parapeto, a la espalda del guardia pero lo más próximos que pudimos; saltamos sobre la galería; el tenue ruido que generamos al golpear la goma de las alpargatas con las losetas hizo que el muchacho, medio adormilado, levantara la cabeza sin ver nada al frente, volviendo a apoyarla sobre los brazos. Martí, el más bruto de los tres, se acercó de puntillas hasta que cogió el fusil del soldado, apoyado en un lado de la mesa, pero ahora sí, ese sonido hizo que levantara la cabeza, alerta, y nos llegó a ver aunque, antes de que le diera tiempo de articular palabra recibió un leñazo, fuerte, con la culata en la nuca, dejándolo inconsciente, apoyado sobre la mesa otra vez. Ese golpe, el de la cabeza contra las tablas de la mesa, sonó seco y alto para el silencio de la noche. Azuzamos el oído poniendo atención por si se escuchaba algo desde abajo, pero parece que hasta allí no llegó el ruido, porque lo único que se oía era el murmullo generado por una conversación de muchachos.
¡Bien! Ya estábamos delante del dormitorio del general ¿y ahora? Nos acercamos a la puerta y, con delicadeza, moví el picaporte intentando abrirla pero,…¡estaba cerrada!

- ¡Me cago en….!
- ¡Quita! Déjame a mí –dijo Antolín, separándome con un manotazo-. ¡Joder! Está cerrada –dijo mientras movía una y otra vez el pomo, pero nada.
- ¡Aparta! Déjame probar –inquirió Martí intentando girarlo con fuerza, por si estuviera atrancada, pero no: estaba cerrada-. ¡Joder, joder, joder! –maldecía.
- ¡Calla! Que nos van a descubrir
- Pues que me descubran; si es que ya me da igual –decía a la vez que le daba una patada a la puerta, que no se movía un ápice.

Empuñe la Luger-400 y apunté a la cerradura; disparé dos veces y le di una patada en el centro, a la altura de las marcas de las balas, pero aquella puerta debía de ser de gruesos tablones y con varios anclajes, porque es que….ni se astillaba.

- ¡Socorro, pistoleros, ayuda, a mí la guardia,…! –se escuchaba gritar desde dentro.
- ¡Hay que joderse! Este cabrón está ahí y no vamos a poderle pegar un par de tiros –decía Martí, visiblemente cabreado.

Abajo, en el cuerpo de guardia –alertados por los dos disparos que di y los gritos del general, que se desgañitaba pidiendo ayuda-, se escuchaba a los centinelas dar la alarma y encaminarse a la escalera empuñando sus armas.

- ¡Vámonos! ¡Déjalo ya! –le dije a Martí, tirándole del brazo.

Saltamos al jardín descolgándonos por las balaustras de la balconada de la galería, cayendo detrás del seto que lo delimitaba de la zona de cemento que servía de aparcamiento. Corrimos agachados, protegidos por el follaje, hasta el muro de atrás mientras veíamos como los centinelas llegaban a la puerta de Franco con los fusiles cargados entre las manos. Saltamos la verja, alta, de por lo menos tres metros, protegidos por el tronco de una gran palmera que nos cubría de la vista de los soldados, o eso creíamos porque cuando ya sólo quedaba Antolín por saltar –estaba casi arriba, a falta de pasar las piernas por encima del enrejado- se escuchó el estruendo de un disparo.

- ¡Ahí van, ahí van! Detrás de la palmera –se escuchó a uno de los guardias que, nuevamente, apuntaba su fusil con la intención de disparar, a la vez que a la puerta, la  que no logramos abrir, se asomó aquel general regordete gritando enfadado “¡coged a esos mal nacidos! ¡que no escapen! ¡rojos, asesinos, hijos de puta!,….!.

“Que lástima no haberle visto la cara a este cabrón, cagado de miedo como estaría, seguro” pensaba mientras corría. Cada uno, según habíamos planificado, corrió en una dirección. Me pare un par de esquinas más adelante para mirar hacia atrás, pero mis compañeros ya no estaban a la vista; “al menos hemos logrado escapar” pensaba cuando bajo la farola que estaba justo en la esquina de la Comandancia que da a la Rambla vi pasar a un grupo de soldados corriendo hacia arriba, en dirección a la plaza de La Paz. Está claro que buscarnos nos buscarían; a ver si logramos que sea en balde. Corrí entre las callejuelas del Monturrio, me metí entre las plataneras de Duggi y allí me despojé del overol y del pasamontaña; crucé el barranco de Santos y escalé la otra vertiente, a oscuras, por en medio de los surcos de la finca, llenándome las alpargatas de barro, hasta llegar a San Sebastián. Tenía que darme prisa porque, de aquí a nada, el alba haría presencia y no sería seguro andar por la calle con lo que acababa de suceder. Aceleré el paso, a pesar de que iba asfixiado ya, hasta llegar al cementerio de San Rafael y San Roque. Allí, en la penúltima calle, antes de llegar a las filas de nichos, estaba la tumba, grande, de don Herminio Lafuente, un buen hombre que murió hacía ya seis años y que no tenía quien lo visitara porque sus hijos, la única familia que le quedaba, emigraron a Venezuela en cuando él murió. Esa tumba, controlada como la tenía desde hacía tiempo, sería mi escondite durante unas horas.

Unas horas pensé yo, que al final se convirtieron en casi dos días porque, sin saber qué estaba pasando allí afuera, temía salir y que me detuvieran. El hambre y la sed no daban más tregua cuando al tercer día, dieciséis de Julio, salí de aquel agujero, moviendo apenas unos centímetros la losa que me cubría para confirmar primero que aún era de noche. Ya fuera coloqué nuevamente la lápida y corrí entre las tumbas y los cipreses hasta llegar al taller, justo en la calle lateral del cementerio. Allí me pude asear y cambiar de ropa a la espera de que el día hiciera su aparición. Cuando ya se escuchaba el movimiento de los camiones y los carros que cada día se dirigían a la recova abrí la puerta, respiré la brisa de la mañana, como si me faltara el aire, y caminé hasta el bodegón de Servando, en la plaza de la Madera, donde muchos días tomaba café y leía La Prensa.

Sentado a la barra, con el periódico abierto y disfrutando del café –hacía más de dos días que no tomaba nada igual- escuché como Leopoldo y Agustín, vecinos de la plaza, comentaban con Servando el incidente que, según contaban algunos –al menos eso decían ellos-, había pasado en la Comandancia un par de noches antes. Todo rumores, porque la prensa no decía nada de aquello. Yo, sin entrar en la conversación, no perdía palabra, con los ojos en el periódico que descansaba junto al café, pero con los oídos puestos en medio de aquel grupete de presuntos informados. No pude disimular –seguro que ellos también la notaron- la cara de sorpresa que tuvo que dibujarse en mi semblante cuando, en medio de la cháchara, uno de ellos dijo –Agustín si no me equivoco- que acababan de detener al Gobernador Civil y que los militares habían entrado y ocupado el edificio de la plaza de la República.

- Pero ¿qué ha hecho ese hombre para que lo detengan? –decía uno.
- Nada que yo sepa; si parece un bendito, siempre poniendo paños calientes –contestaba otro.
- Es que….estos jodidos militares van por libre y no sé a dónde vamos a llegar –apuntaba Servando.

Yo, a unos metros de distancia, escuchaba con la vista perdida entre las letras del periódico, con un nudo en la garganta que casi no me dejaba tragar y pensando para mis adentros “¡Hay que joderse Manolo! tú, que nos negaste ayuda por no encontrar motivos, vas a tener el honor, más bien la desgracia, de ser el primer prisionero de esta guerra que está por llegar”

 

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