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6 min
A TRAVÉS DE LA VENTANA
Amor |
08.08.18
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Sinopsis

«A través de la ventana veo a Diana sentada  en un mecedor de mimbre  tejiendo un bolso de lana; teje y se mece, se mece y teje. Son ya varias semanas las que llevo viéndola haciendo esa actividad, no hace otra cosa sino tejer y mecerse; aunque debo aclarar que sólo se levanta de ahí para asearse y acostarse. La verdad no entiendo que es lo que le pasa a Diana, se ha encerrado en su casa a dedicarse como las viejas a tejer ese bendito bolso de lana; yo la observo desde este lado de la ventana, le hago señas para que salga y hablemos como antes pero ella me ignora, estaría dispuesto a llegar donde está mi princesa si no fuera por la prohibición que hace unos días me hicieron sus hermanos».

«Hace tanto tiempo que no veo a Mario que las horas sin él parecen eternas, no sé si ya han pasado días, meses o años desde la última vez que lo vi; pues me la he pasado aquí, sentada  tejiendo este bolso de lana, creo que ya lo he hecho cientos de veces  con las misma madeja. Cuando la veo que estoy terminando la destejo para luego volver a tejerla».

«Son tenues los recuerdos que tengo de ese día; de esa vez que hablé por última vez con ella. Lo único que recuerdo es que estaba dispuesto a enfrentarme a sus hermanos; la verdad era que estaba cansado de vernos siempre  a escondidas; yo quería que las cosas con mi novia funcionaran correctamente, es decir, como cualquier relación entre dos personas que se aman pero sus hermanos no estaban de acuerdo con lo nuestro, sus razones aún no las tengo. Ese día me pidió que esperara un tiempo más hasta que intercediera en su casa por mí, pues yo  me iba a enfrentar a sus hermanos aunque saliera muy malherido, lo digo porque sus hermanos son unas descomunales bestias de cargas, delante de ellos parezco un simple enano flaco y escuálido, que tal vez hasta el viento podría derrumbarme».

«El día en que ocurrió ese desagradable incidente, Mario y yo estábamos en el parque comiendo helado, comentábamos de nuestra relación y del gran problema que teníamos con  mis hermanos, yo le decía como debíamos actuar ante semejante situación. Mario se despidió de mí, y me dejó en la esquina de la calle de mi casa, dio la vuelta y caminó hacía su casa».

«Cuando dejé a mi princesa en la esquina de la calle de su casa quise regresar al parque donde había estado con mi novia para hablar y recochar con mis amigos de toda la vida, pero en el camino de vuelta hacia allá me tropiezo con los hermanos de Diana. Sentí un frío que heló todo mi cuerpo; quedé paralizado, las manos me sudaban, y las piernas me temblaban, intenté hablarles pero la voz se me cortó. En ese momento recordé la escena de aquella obra que había leído en la escuela, “Crónicas de una muerte anunciada”, ¡por Dios!, me vi  indefenso frente a esas dos monumentales columnas, que sentí miedo y quise huir; intente retroceder pero uno de ellos se interpuso en medio de mi retirada, los nervios los tenía de punta, por un momento me serené, así que mi mente cobró cordura; pensé: “que más voy a esperar, esta es la oportunidad de defender mi amor por Diana”. Dirigiéndome hacia ellos le dije: “aunque ustedes me lo impidan seguiré viéndome con ella”. Bueno, eso es lo único que recuerdo de ese día; desde entonces estoy aquí parado en este mismo lugar esperando a que salga a verme».

«Mis hermanos se portaron como unas bestias salvajes con el pobre Mario, lo hicieron trisas, tanto así que no tuvo tiempo de defenderse. Cuentan los que lograron ver aquella desgarradora escena que mi pobre Mario era un muñeco cargado por un toro, ellos confesaron que solo querían asustarlo y luego dejarlo ir con algo aprendido; que el que se metía con su pequeña hermana le iría muy mal en la vida, pero lo que ellos no sabían era que su pequeña hermana, esa la que tanto cuidaban y celaban ya se había convertido en “mujer”, en todo el sentido de la palabra. Cuando me avisaron, ya era demasiado tarde, a él se lo habían llevado en la ambulancia para la clínica, los médicos dijeron que tenía múltiples fracturas en el cuerpo y que su cerebro se había golpeado muy fuerte contra el graneo».

«Hoy le traigo a mi princesa un ramo de flores que corté en un jardín cerca de acá con la esperanza de verla salir por esa puerta radiando de alegría, y así poderla abrazar como lo hacía antes. Mira, si te das cuenta, ya se ha parado del mecedor, eso es que va a salir a la calle a verme, espera… ¿para dónde cogió? ¿Por qué no la alcanzo a verla?... ¡ah! Cómo así, ¿por qué me dices eso? Sabes, pensé que estabas aquí para acompañarme hasta que Diana saliera de su casa. Amigo no entiendo por qué me dices que se me acabo el tiempo, además, ¿Cuál tiempo?».

«Es el teléfono. Debe ser de la clínica, la hermana de Mario me prometió que me mantendría enterada de todos los pormenores y anomalías que le pasaran a mi novio. Yo estoy muy triste porque los médicos dijeron que ya habían perdido las esperanzas de que Mario reaccionara del coma en el que se encuentra».

«Está bien, entiendo, no tienes por qué repetírmelo dos veces. Comprendo que tu objetivo es venirme a buscar; solo te pido una cosa, déjame besarla así sea por última vez». 

-Aló- 

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KARLOZ MAGNUS es el seudónimo utilizado por Carlos Mario Mesa Mejía, quien nació el 26 de agosto de 1986 en Montería-Córdoba, Colombia. Estudió sus estudios escolares en la Normal Superior de Montería, luego estudió un pre-grado en Licenciatura en Educación Básica Humanidades Lengua Castellana en la Universidad de Córdoba - Colombia y después de esto realizó con la Fundación Universitaria Católica del Norte sus estudios de Maestría en Educación. Actualmente se desempeña como Tutor Docente y a escribir un poco de literatura en sus tiempos libres.

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