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6 min
Abraham
Reales |
09.12.13
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Sinopsis

El muchacho de los ojos tristes es sombrío.

Era lunes. Normalmente los lunes después de clases estaría en mi casa. Pero un lunes tuve que quedarme a reponer una clase de la semana pasada. Me quedé a mi taller de escritura literaria pues el martes anterior no había asistido. Mi taller era los martes; era obligatorio. Al inicio del semestre escogías tu taller después de clases, una vez a la semana. Sólo había dos que no eran al aire libre: de escritura literaria y guitarra. Aquellos que tenían pereza de comprar una guitarra nos inscribíamos al literario. Retraídos, antisociales e introvertidos en su mayoría.

En el taller nos dedicábamos a leer cuentos de nuestra autoría. Podía ser poema, capítulo de novela, cuento, etcétera. El tema era libre, pero al parecer todos los inadaptados tenían la misma la creatividad, sobre cosas de fantasía.

Yo ya conocía el estilo de cada compañero de los martes. Duendes, gnomos, hadas, hobbits, unicornios. Eran siempre las mismas historias, la misma trama y las mismas situaciones fantasiosas. Excepto yo. Mi estilo era completamente diferente, escribiendo sobre dramas familiares, misterio, todo menos fantasía.

Sin embargo era lunes. Y yo tenía la esperanza de que esos compañeros escribieran diferente. Entré y vi las mismas actitudes con diferentes caras. Me senté sola como siempre, lo más sola que se puede estar cuando se sientan formando un círculo, esperando el timbre para que iniciara la clase. Todos estaban sentados en grupos de más de dos. Sólo yo y otro chico estábamos solos. La clase inició y los cuentos eran iguales. Duendes, gnomos, hadas, hobbits y unicornios. Me hundí en mi silla, cruzando los brazos con resignación. Cada cuento era más aburrido que el anterior.

Entonces fue el turno de leer su cuento al chico solitario. Suspiré. Creí que si escuchaba otro cuento que terminara en “entonces desperté del sueño” moriría. Decidí prestar atención por solidaridad a su soledad. Pensé que los demás tenían a alguien que les prestaba atención excepto nosotros dos. Lo miré con atención. Sentado frente a mí, del otro lado del círculo, no sonreía. Abraham era su nombre. Aclaró su garganta y comenzó a leer. Se veía pálido, ojeroso y desganado. Ni una pizca de felicidad. En un principio creí que era indiferencia, pero sus ojos eran más profundos y claros. No era un muchacho atractivo. Era rubio, ojos verdes y con palidez inusual. Llamó mi atención, por ese conjunto de detalles.

Escuché con atención poco a poco. No era un cuento normal. Era el inicio de una novela, de seis páginas, con descripciones tan detalladas que me decían lo observador que él era. El personaje principal estaba reflexionando sobre la vida, el dinero, la religión y pensaba exactamente lo mismo que yo. Para estar en una escuela católica pensé que ese niño tenía valor para decir su opinión bastante en contra de la iglesia. Yo no había tenido tanto coraje, por eso nunca decía a nadie sobre mi ateísmo. Él lo hacía a través de su personaje. Me dejé entrar tanto en la historia hasta el final. En  seis páginas el personaje lo único que había hecho, además de reflexionar, fue fumar un cigarro. Era un texto demasiado denso para un adolescente. Se notaba que era un poco oscuro. Terminó de leer y me miró a los ojos. Sólo fue un segundo sin embargo fue como si quisiera decirme algo. Sus ojos me transmitieron tristeza, una tristeza inmensa.

Seguí hundida en la silla, sin opinar, pensando en la historia. El pesimismo de ese personaje era extremo. La maestra, sin embargo, habló.

-Lo importante es qué hará el personaje. Esas seis páginas son reflexiones que lo harán cometer una acción…-siguió hablando y yo dejé de escuchar.

“Se va a suicidar.” Pensé. Fue un pensamiento fugaz pero nítido. Él se suicidaría y yo estaba segura. Todo el capítulo que escribió tenía sentido si él se suicidaba. Lo miré con más atención y me convencí más. Su semblante sombrío me daba la razón. La clase siguió igual que mis ojos siguieron en él. Él tenía la misma cara aburrida que yo tenía antes de su lectura. Aburrido e indiferente. Suspiraba muchas veces, mirando al techo. No comentaba ni tampoco yo.

Terminó la clase en menos tiempo de lo pensado. Todos se levantaron y se marcharon inmediatamente. Excepto nosotros dos. Su mirada fija en el suelo reflejaba lo poco que le interesaba los demás. Su indiferencia era absoluta pero en vez de ser cínica era lúgubre. Tomé valor, me levanté y caminé hacia él.

-Sofía, ¿puedes venir un momento?- me llamaron en la puerta. Volteé inconscientemente. Mi profesor de matemáticas. Fruncí el seño y salí con él.

Mientras mi profesor me comentaba detalles de uno de mis trabajos yo no dejé de mirar a Abraham. Él guardó sus cosas, impasible, y se levantó con tranquilidad. El maestro no dejaba de hablarme, quizás ya había cambiado de tema, no lo estaba escuchando; decidí que cuando él terminara la conversación yo saldría corriendo a hablar con él.

Pasaron probablemente veinte minutos cuando el profesor dijo “bueno, nos vemos mañana en clase.” Salí corriendo pero ya no lo vi. No lo alcancé. Caminé media hora por la cuadra sin ver ni su rastro. ¿Cómo se apellidaba? ¿En qué salón iba? Yo no sabía; lo ignoraba. Sin embargo me angustiaba de manera inconmensurable. Cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas que Abraham no se suicidara. Deseé creer en algún dios para poder pedirle que Abraham no se lastimara. Me arrepentí por no haberle hablado, por no haberlo notado antes de ése día.

                                                                       ****

Al otro día estuve a la espera de verlo. Paseé por todos los pasillos, asomándome en las puertas para ver su rostro. Pero no estuvo ahí. Ni al otro día, ni al siguiente ni al siguiente.

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