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4 min
Absurdos
Amor |
16.11.07
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Sinopsis

Abro la puerta del piso, la cierro, y en el pasillo de entrada tropiezo con una pantalla de ordenador que hay en el suelo, que hace dos horas no estaba ahí. Pienso: joder, Clara. Tener un piso pequeño siempre conlleva algunos problemas, pero esto es demasiado. Si abriera el cuarto trastero, teclados de ordenador y batidoras y televisiones se me vendrían encima. El comedor también está lleno de trastos por los suelos. En la cocina hay una colección de microondas, unos encima de otros. El lavabo tiene la bañera llena de lamparitas y pisapapeles y todo lo que es material de oficina. Todo lo que hay, todos los aparatos y objetos, todos, funcionan. Caminar de noche por este piso sin encender la luz es inviable. Y aquí vivo yo, con mi novia. Con Clara.

Cuando caminamos por la calle ella mira a un lado y a otro. Normalmente la gente no depara en esos containers agrupados en dos o tres. Pero mi novia sí. Clara se detiene en frente de los containers, y da un paseo alrededor de ellos. Esto es a lo que se le ha puesto como nombre: “síndrome de Diógenes”. Sencillamente, si hay algo abandonado en cualquier sitio, y aparentemente funcional, por muy viejo y roñoso que sea, mi novia se lo va a llevar a casa. Si coges y te deshaces de tu viejo televisor de veinte pulgadas, si lo dejas al lado de unos containers y mi novia lo ve, pues bien, tu televisor acabará en mi piso bloqueando el paso del comedor a la cocina.

Cuando ella vivía con sus padres, en una casa, con sótano, el sótano era de ella; si su padre bajaba las escaleras a buscar su bicicleta estática, iba a tener que caminar por encima de muebles viejos y todo tipo de aparatos y desperdicios de segunda y tercera mano. Al paso del tiempo, todo estaba tan amontonado allí abajo que a mitad de camino por las escaleras te frenaban los objetos que ya rellenaban la mitad del lugar. Y cuando yo la conocí, si ibas a su casa y abrías la puerta de acceso a las escaleras de ese sótano, ya no se podía ni entrar. Ya era un cuarto trastero gigante y lleno; los desperdicios de todo el barrio.

Hoy íbamos de paseo, y la muchacha ha visto una lavadora abandonada. Me he negado en rotundo a cargarla y hemos discutido y ahora mismo estamos subiendo la lavadora escaleras arriba hasta el piso. Lo que argumenta ella siempre es que la gente tira cualquier cosa, cosas que funcionan; dice que no es justo que haya gente que no tiene nada y nosotros cambiemos nuestra tele porque está pasada de moda. Así que mi piso está lleno de monstruos analógicos; televisiones con tubos de imagen inmensos, relojes de cocina enormes, carritos de bebé plegados con vómitos resecos de hace años. Mi piso es el cobijo de las cosas que la gente ha apartado de sus vidas porque ya no daban la talla, ya no les definían como personas; esas cosas ya no eran dignas de seguir con familias de tanto nivel adquisitivo. Lo que ha sido substituido por Ipods y pantallas planas y tecnología puntera, todo, va llegando a mi piso. La lavadora pesa como un demonio. Cuatro pisos no son una broma. Cuatro pisos sin ascensor, según cómo, son una putada. En cada rellano nos paramos a respirar. Los vecinos nos ven como a mendigos de alto standing. Si lo piensas bien, hay mendigos que sobreviven durante años en la calle. A base de ese derroche de carácter tan occidental, y de rebote, los sin techo sacan tajada. Lo mismo que condena a tanta gente a vivir en la calle es lo mismo que los salva de morir en cuestión de días. Aplica lo de los objetos con la comida. Gracias a tantos días de ver a mi flamante novia revolver en la basura de la calle, sé que el derroche de la gente es desorbitado. En serio, es fascinante.

Ya no siento los brazos. La lavadora abandonada
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