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3 min
Ad Mortem
Drama |
11.09.18
  • 3
  • 1
  • 292
Sinopsis

Preséntase el médico ataviado de negro. Su mano fría, que haría palidecer a un muerto, sostiene firme un maletín. Realiza, breve, un ademán a través del cual explica su deseo de ver al paciente. Es entendido; dásele la venia convenida y es guiado por un criado de la casa. Juntos recorren los largos pasillos que extienden su manto sobrecogedor en forma de inusitada profundidad, postergan eternamente el quejido que revela sus humanas inquietudes, el cual pesa sobre sus corazones como una piedra y se encogen ante la indiferente frialdad que los acompaña en la que pareciera una interminable travesía.

El criado:

—A esto no hay quien se acostumbre.

El médico:

—Concedo.

La puerta les sale al encuentro. Tratáse, en efecto, del fin del camino. Y en tanto que el médico observa con solemnidad religiosa la entrada a la morada del ente que agoniza, adelantándose, como a tientas, da el criado con la perilla y aparta de ésta las tinieblas que se conglomeran en su superficie áurea.

El médico, sereno:

—Entro.

—Espero que con Dios.

Asiente. Enseguida se precipita dentro; diríase que hay un vórtice. Entonces siente, cree percibir un olor a burlas o súplicas. Su nariz no tarda en protestar contra la pestilencia que abunda. A los pocos segundos (que bien podría uno considerar siglos) distingue una suerte de bulto en posición cefálica en la esquina encima de un lecho pegado a la pared. Tal cosa le indigna: «Como si las sombras fueran a dar a luz». Quédasele mirando. Luego avanza. Desconoce por qué, pero en su interior es conocedor de que crecen la bondad, la esperanza, dos cosas que hará décadas había abandonado. ¡Por fin siente deseos de salvar un alma humana! ¡Honrar a la vida luchando contra la muerte! 

El enfermo, el leproso, el que apesta, del que rezuma la peste, el que repugna a los videntes, cobra valor, e incluso sentido a sus ojos. Dios no hace movimientos al azar. Sí, encarécese. El médico realiza un juramento para sus adentros: «Este hombre verá la luz del alba».

Aproxímasele; toca su hombro derecho. Le dedica, afable, palabras tranquilizantes. Y le habla, le habla, le habla. Y ocurre. Quédase inmóvil, por no decir petrificado. Tarda en percatarse. Ya recompuesto, tras un minuto, ríe malsanamente, en vista de que sólo puede reír. No hay más. El hombre estaba muerto. 

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Estudiante de secundaria. 16 años. Interesado en baloncesto, historia, artes e idiomas. Seré Voltaire.

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