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7 min
Adiós boy
Varios |
13.04.19
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Sinopsis

Esto que seguidamente leerás, amigo lector, es el fiel relato de lo que le sucedió a mi amigo Juan, según él me lo contó una tarde, mientras tomábamos unos mates amargos en una plaza de Buenos Aires.

Esto que seguidamente leerás, amigo lector, es el fiel relato de lo que le  sucedió a mi amigo Juan, según él me lo contó una tarde, mientras tomábamos unos mates amargos en una plaza de Buenos Aires. 

Juan trabaja como enfermero en una clínica céntrica de la ciudad y en otros dos lugares. Es uno más que si no fuera por el multiempleo estaría pasando peor. Sin embargo, como todo ser humano, se adapta o muere.

Una noche, Juan, después de su turno como enfermero fue a acompañar a un paciente a una clínica cercana. Llegó sobre las 21, 30 horas. El paciente tenía la cena servida pero no había tomado ni un bocado. Juan se lo ofreció y el paciente lo miró por un minuto y luego respondió que sí; pero sólo si también lo afeitaba.

Sobre las 22,30 el paciente había cenado y lucía su rostro recién afeitado. Sonreía al ver su rostro en un espejo. No dijo nada, sólo sonrió. Fue el gracias que aceptó Juan como recompensa.

El paciente era el único ocupante de la habitación. Esto le brindaba una mayor comodidad. La empresa de salud cuenta con un sector bip, para determinados pacientes que pagan por ese servicio diferencial. Las habitaciones como ésta cuentan con   una pequeña heladera con bebidas que puede ingerir el paciente, además del clásico televisor con señales de cable. Para el acompañante un cómodo sillón reclinable y mullido, y claro, el aire acondicionado. Un placar que cuenta con luz interior y un baño muy cómodo, con limpias toallas, casi como un hotel.

Juan dejó encendidas unas pocas luces después de la cena. El paciente le pidió una almohada más. Se acomodó, miró a Juan y le dijo: “De la juventud a la vejez” Juan no entendió nada, pero se acomodó también al lado del paciente y esperó a que Marcos –el paciente- diera el siguiente paso.

Marcos, efectivamente, dio el paso y empezó a relatar -como quien cuenta un cuento- su propia historia. El relato de cómo llegó a la gran ciudad para trabajar.

Juan estaba encantado de poder ayudar a su paciente, de ser el interlocutor de alguien tan locuaz, que al principio parecía hasta apático. Como que la cena, la afeitada le dio el envión, necesario, para sentirse bien y compartir sus historias.

Un sin número de historias fueron surgiendo, una a una, creando una atmósfera de recuerdos, sueños concretados y un claro ambiente de camaradería, pues Juan reía tras el término de algunas aventuras revividas por Marcos. En más de una oportunidad Marcos exhibía una sonrisa también, pero en otras se colaba una expresión de pesar. Como cuando recordó el sacrificio que significó para su esposa, que en la primera semana de recién casados, vio partir a su flamante marido a la capital. Por motivos de trabajo Marcos debió partir a la ciudad a fin de suplir a un colega por una semana, pero esa suplencia se volvió efectiva y ella debió trasladarse a la capital, junto a Marcos. Lo que no estaba en los planes de la pareja.    

Así el tiempo fue pasando, y llegó la una de la mañana. Juan, aunque veía animado a Marcos, entendió que era prudente que intentara descansar. No era un hotel, sino un sanatorio, y seguramente a la mañana siguiente, vendrían con los exámenes de rutina, la visita de los médicos, etc., etc., etc. Fue llevando el relato hacia el final, pues al tiempo que entusiasmado notó que Marcos lucía algo cansado. En casi tres horas Marcos hizo un recorrido a lo largo de su entretenida vida. Hacía diez años que se había jubilado, pero cada tanto pasaba a saludar a la gente de su antiguo trabajo, donde pasó más de treinta y cinco años.    

Marcos, cansado de tanto recordar, pidió a Juan que dejara encendida sólo las luces más tenues que iluminaban la habitación a la altura de los sócalos. Un chiche más de la habitación bip.

Marcos miró a Juan y le dijo: “Adiós boy”. En tanto Juan le respondió. “Hasta mañana”.

Media hora después el paciente parecí dormir, con una sonrisa en los labios. Sin embargo Juan notó lago peculiar. Se acercó y miró la piel del paciente. Notó la piloerección, palpó la piel fría, sudorosa y notó que el tórax no se expandía regularmente. De inmediato tocó el timbre de aviso a enfermería. No venían. Volvió a tocar. Se inclinó sobre el paciente y levantó los parpados de Marcos y observó que sus pupilas estaban dilatadas. Eran claros signos de que el paciente había entrado en shock. Marcos estaba haciendo un infarto.

Llegó la auxiliar de enfermería y miró al paciente por arriba y se fue. Marcos volvió a tocar el timbre.

Finalmente, tras un tiempo que parecía interminable largo, apareció la enfermera jefe, la nurse. Miró al paciente, levantó la pupila del paciente igual que lo había hecho antes Juan y le dijo a la auxiliar: “El acompañante tiene razón, está entrando en paro”. La auxiliar de enfermería no lo había notado, quizás por su poca experiencia.

Llamaron urgente a los médicos, y una hora trabajaron en el proceso de reanimación de Marcos. Finalmente lo trasladaron al Centro de Tratamiento Intensivo, adonde Juan no pudo ingresar, pues estaba en calidad de acompañante y no era enfermero de ese centro médico.

Tuvo que dirigirse a la sala de espera para acompañantes, en el piso intermedio, escaleras abajo, al final de un largo corredor. Desde el recinto se veía la calle, el pasaje de autos desde un enorme ventanal, sin embargo, adentro reinaba el más profundo silencio. Una máquina de gaseosas tenía unas pocas luces encendidas que apenas iluminaban el lugar.

Diez minutos después de acomodarse Juan notó que los otros dos acompañantes que estaban, dos mujeres, se estaban durmiendo. La mujer mayor que estaba a su derecha, roncaba suavemente. La joven que estaba a su derecha, si bien tenía los ojos cerrados, no dormía.

A las 2:15 horas Juan -lo supo porque lo miró en el celular- notó una luz pálida, como una figura erguida al lado de la máquina  expendedora de refrescos. Permaneció allí unos segundos, un minuto o dos, no supo estimar adecuadamente, ni atinó a consultar la hora en el reloj nuevamente. Miró a las otras personas allí, tenían los ojos cerrados. Ellos no pudieron ver lo que él. Una representación como alguien de pie allí, justo al lado de la maquina. Apareció y luego se esfumó, tan simple como eso.

A las 4 de la mañana Juan se dirigió al CTI. Deseaba conocer sobre el estado de Marcos, el paciente a quien acompañaba esa noche. El enfermero que lo atendió le dijo: “Se fue… murió a las 2:15. Se avisó a la hija. Ella vino, pudo verlo y luego el cuerpo se derivó a la morgue. Buenas Noches.”

  A Juan le cayó la ficha, como a la máquina de refrescos. Todo quedó claro: Marcos no dijo: “Adiós boy”; sino: “A Dios voy”. A las 2:15 volvió a despedirse. Era “Marcos”, al lado de la máquina de refrescos.

Walter Rotela

2015

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  • Gracias francesc por el comentario y por la lectura.
    Conozco varios casos como el de tu amigo Juan. Y en Delpasse se han hecho pruebas en enfermos terminales a la hora del óbito. También he hablado con enfermeras que han visto cosas en los hospitales. Tu relato está muy bien contado, y es muy preciso.
    Gracias por leer y comentar Carlos Lecha Olive. Gracias.
    Buen relato Walter. Marcos vino a despedirse...no sabemos si hay nada al otro lado de la vida, pero en muchas ocasiones lo deseamos. Saludos
    Me alegro que te haya gustado y que haya provocado una reacción. Gracias por comentar. Me anima eso.
    Me gustó tu relato, cierto o no, estremece! Saludos!
  • Esto que seguidamente leerás, amigo lector, es el fiel relato de lo que le sucedió a mi amigo Juan, según él me lo contó una tarde, mientras tomábamos unos mates amargos en una plaza de Buenos Aires.

    <<Y todo parece indicar que hay más y más cosas extrañas que, de algún modo, se encuentran relacionadas con nuestra naturaleza, con nuestros montes vírgenes. Y, quizás, don Clodomiro tenga razón: Podría haber otros a quienes importan nuestros montes vírgenes, nuestros campos, más que a nosotros mismos>>.

    "...un medio de prensa informaba que la casona estaba siendo usada para albergar a menores y que ellos, los chicos, estaban asustados porque dentro del enorme lugar, un cuarto específico, estaba habitado por un fantasma".

    Salvatore es un joven que está a punto de casarse. Fue un criado de don Abelino y su familia desde los cinco años y trabajó desde los seis. Le solicita a su actual empleador que lo ayude a encontrar a su familia. Por intermedio de un sacerdote, amigo de su empleador, se entera que su padre, don Estanislao, aún vive.

    Cuando entré miré en derredor, busqué con la mirada algo que me indicara dónde preguntar por el paciente, a quien iba a acompañar, esa noche.

    "...El campo fue barrido por un gigante. Ellos lo vieron."

    En este cuento sobresale el perro compañero, amigo, que cuida a su humano de las inclemencias del tiempo.

    Hace un par de años atrás, un poco más un poco menos, se dio un fenómeno meteorológico de impacto profundo y de muy corta duración. Sucedió en un poblado de pocos habitantes. Ese día desarrollaban sus habituales rutinas. Todo parecía normal. Sin embargo, repentinamente, sobre el medio día casi, algunos pobladores vieron aproximarse, de modo extraño, un grupo de nubes. Hasta donde era posible ver, la ciudad y el campo, quedaron casi a oscuras.

    En este cuento titulado “Oro al final del tornado” un matrimonio de campesinos logra hacerse de un puñado de lingotes de oro en medio de un inesperado tornado. Es parte del libro <<Variaciones sobre vientos>>.

    “Remolinos en la siesta” es un cuento donde el viento y el calor son protagonistas que inciden sobre la naturaleza y sobre los habitantes de una tierra marcada, a la hora del medio día, por el sonido de las chicharras.

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Me considero un escritor pues parte de mis días están dedicados a esa actividad. Crear o recrear situaciones y personajes es un trabajo que disfruto realizar. Firmo, generalmente, bajo el seudónimo de Pedro Buda.

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