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7 min
ADOLFO Y ROLFO
Humor |
20.11.15
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Sinopsis

FRAGMENTO DE CUENTOS CUANTICOS

~~En su época adolescente, la tía Jennifer, había permanecido ocho años internada y muchas noches para que su sobrino Pedro se quedara dormido le narraba historias supuestamente verídicas de su paso por el correccional. La mayoría de estas historias eran de miedo y Pedro recordaba una de ellas de manera especial.
“Escucha bien querido sobrino, hoy te contaré la historia de Adolfo y de Rolfo:
Ellos dormían en la habitación contigua a la mía y los habían recluido en el internado yo creo que únicamente por ser mari…, bueno, por ser cada uno un poquito gay. Todas las noches, al acostarse, la parejita se ponía a charlar y como los tabiques eran muy baratos conocí, carente de intención, cada detalle de sus respectivas vidas.
Adolfo había nacido en Priego, un pueblecito de Cuenca y durante un tiempo vivió feliz en casa de su prima Eulalia.
Cuando en el pueblo se enteraron de que a Adolfo le gustaban los muchachos mucho más que las muchachas, todos le rechazaron. Especialmente duro fue su padre que alentado a su vez por su padre, el abuelo de Adolfo, lo echó de casa. El pobre chico estuvo tres noches durmiendo en la entrada del zoológico debajo de un baobab que habían traído desde Togo para que el cachorro de león se sintiera como en casa. En total había seis animales en aquel mini zoo: una hiena, cuatro búhos y un cachorro de león —“poco a poco”, decía el alcalde.
Adolfo pasó allí tres noches horribles. Los ronquidos del joven león lo desvelaban y al abrir sus ojos se encontraba de frente con los ocho ojos de los cuatro búhos perfectamente alineados y refulgiendo en la oscuridad de la noche, lo que le causaba pavor. Apenas podía dormir unos minutos y en la mañana al despertar siempre encontraba a la hiena riéndose a carcajadas mientras lo observaba desde su jaula.
Tuvo suerte de que su prima Eulalia fuera bohemia a la par que una insumisa social, pues lo acogió sin prejuicios ni reproches.
El padre del padre de Adolfo nunca encajó bien que la sobrina de su hijo tuviera en casa al “desviado”, y siempre que se encontraba con ella discutían acalorados y con furor.
En una ocasión llegaron a las manos y se mataron el uno al otro. Adolfo se puso muy triste pues adoraba a su prima y en el fondo quería mucho a su abuelo, pero por suerte dos días después un extraño turista italiano llegó al pueblo. Se trataba de Rolfo.
Adolfo y Rolfo se conocieron en un bar de dudosa reputación. “Que feo eres —le dijo Rolfo a Adolfo— Tú sí que eres feo —le contestó Adolfo a Rolfo”. Diecinueve minutos más tarde estaban manteniendo relaciones sexuales en la entrada del zoológico y decidieron hacerse novios. Los búhos, el león y la hiena contemplaron atentamente la escena sexual. Todos tenían la cabeza inclinada hacia el mismo lado y guardaron un respetuoso silencio mientras los muchachos consumaban el acto.
La intención de la pareja era seguir viviendo en la casa de Eulalia, pero todos culpaban al desviado de la muerte a puñetazo limpio de su prima y de su abuelo y por otro lado tampoco iban a permitir que dos jovencitos vivieran en pecado en medio del pueblo. El padre de Adolfo inició acciones legales y consiguió recluir a su hijo en un alejado internado andaluz. Rolfo que había viajado solo desde Florencia, ya que tampoco lo quería nadie por motivos similares a los de Adolfo, pero que no expondré, mi querido Pedro, porque si no estos preámbulos se van a hacer interminables, Rolfo, digo, se fue con él. Dijo que era huérfano y problemático y también lo acogieron.
Durante un año la pareja fue feliz en el reformatorio, iban juntos a todas partes y se les veía siempre sonrientes y juguetones. “¡Qué bonito es el amor!”, decía la señorita Juárez cada vez que pasaba junto a ellos.
El caso es que un día Rolfo tropezó mientras bajaba las escaleras y se desnucó. Desde entonces Adolfo se pasaba el día llorando pues no era capaz de asumir el terrible suceso. Comenzó a leer libros de espiritismo ya que estaba decidido a contactar con su amado muerto.
Empezó a emplear un radio-casete y a efectuar extrañas grabaciones en lugares insólitos.
— ¿Qué haces ahí escondido debajo del armario con esa radio? —le dijo una vez la Srta. Juárez.
— ¿Acaso no ha oído hablar nunca de las psicofonías, Señorita?
— ¿Qué haces colgado de esa lámpara, y con esa enorme radio?, ¿no ves que te vas a caer? —le dije yo una vez que venía de pintarme el pelo de amarillo porque me dio por ahí.
— ¿Acaso no sabes que las voces de los muertos se quedan grabadas en estos cacharros? Espera Jennifer que bajo y te lo cuento todo.
Y así fue como Adolfo me explicó que si ponías un radiocasete con una cinta virgen a grabar, a veces, al reproducirla, se oían voces extrañas. Según él, esas voces provenían del más allá.
—No lo creerás pero ya tengo varias grabaciones de mi Rolfo, me dice que está bien que no me preocupe…que con lo de la muerte no se le ha “pasao” el amor.
El día de Navidad tuvo lugar un suceso horrible en el internado. Con los primeros brotes del alba hallaron a Adolfo con el cuello atado a un leotardo rosa suspendido de la baranda de la escalera. En el suelo encontraron su radio-casete con varias cintas a su alrededor y con su diario bermellón.
Tras sacar del caso al teniente alcalde del pueblo, que además de ser el prometido de la Sta Juarez era medio gilipollas, la policía científica pudo al fin desvelar el misterioso suceso.
Adolfo tenía anotado en el diario todo lo que suponía que Rolfo le decía en sus grabaciones desde el mundo de los muertos. La última de ellas, la que lo empujó al suicidio quedaba escrita del siguiente modo:
“Cuanto antes sube, esto es lo mejor. Hasta tu abuelo se ha arreglado con la prima de Priego”.
Semanas más tarde, después de analizar cuidadosamente cada una de las cintas, tan solo pudieron descifrar una de las grabaciones, precisamente la última.
Confirmaron que se trataba de una interferencia con una emisora local de radio especializada en economía. Desde dicha emisora entregaron a la policía aquel fragmento en el que un periodista hablaba de los problemas que tenía Grecia y de cómo la Unión Europea debía cederle fondos para rescatarla.
Esto era lo que realmente había grabado Adolfo en aquella cinta mortal:
“Cuanto antes se les ayude, mejor. Hay recelo en los mercados con la prima de riesgo”
 

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