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4 min
Afinidad II
Amor |
09.04.19
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Sinopsis

Lo que más te gustaba en él era que lo daba todo, al igual que tú.

Hacía que tus mañanas nubladas se convirtieran en soleadas.

Si llovía sobre ti sacaba su paraguas y te sorprendía con alguna canción para que dejara de llover. No era ningún virtuoso pero le ponía empeño y sentimiento, sonaba dulce y te relajaba escucharle en silencio. Si nevaba en tu corazón te escribía cálidos poemas para encender la hoguera que derritiera la nieve. Te encantó conocer a un hombre tan cercano, tan romántico y tan especial. Pero él también se quiso sincerar contigo. Desafortunadamente estaba casado con una mujer a la que respetaba sin correspondencia, sin complicidad marital. Le había pedido su ansiada libertad varias veces pero no se la concedió. Convivía encadenado a ella y a sus propios principios morales.

Demasiados años esperando un milagro, un regalo del esquivo destino que le permitiera compartir el amor tal y como él necesitaba, en su máxima expresión, con alguien por quien morir, con una mujer dispuesta que le pudiera entregar su ser, su cariño, su verdad. Imaginaba que había pocas probabilidades de encontrar a alguien así, por ello tenía espejismos contigo. No eras perfecta pero te acercabas a lo que simplemente soñaba.

Si lo hubieras adivinado, tampoco lo habrías considerado un agravio, porque como él, interpretabas que soñar no era pecado.

Llegó tarde a vuestra primera cita en pleno mes de las flores.

Ambos la deseabais y los nervios cosquilleaban tu estómago,

paralelamente le ocurría algo similar, aunque lo disimulaba.

Detuvo su negro corcel en la esquina y por el camino hacia el bar se fue quitando los guantes y el casco con paso ligero y seguro.

Hizo aparecer su mejor sonrisa y tú iluminaste la mesa donde le esperabas con mirada felina y alegre. Al detenerse frente a ti te levantaste de la cómoda silla para recibirle con un par de besos cercanos a su boca. Te sedujo su cuello perfumado y la aterciopelada tez de su rostro recién afeitado.

Te sorprendió que alabara tu belleza alegando que tus fotos no te hacían justicia al tiempo que su mano rozaba tu mejilla. Consiguió ruborizarte y arrancaste a reir. Él se llevó tu apelativo de "loco" sin dejar de mirarte, embaucado por tu sencillez.

Vio tu media clara sobre la mesa y pidió otra a la joven camarera. Luego dejó el casco sobre una silla y arrimó otra para sentarse muy cerca de ti. Te pidió disculpas por haberte hecho esperar. Le restaste importancia porque sabías que salía del trabajo.

Te preguntaste si intentaría seducirte aquel atardecer primaveral. Se lo inquiriste con tus indagantes y preciosos ojos mientras te hablaba y bromeaba entre sorbo y sorbo. Se percató de tu señal, de tu inquietud y posó su mano sobre la tuya.

Le sucedió un "díme" con un ápice de temor en su susurro, y leyó el fuego del deseo en tu expresión. No pudiste pronunciarte al respecto porque el embrujo de aquel momento acalló el verbo hablar e inconscientemente querías mostrarle el verbo sentir.

Te estremeció su poder de atracción pues tampoco lo habías catalogado de don Juan por su físico, pero había algo que lo hacía diferente y magnético. Y sin saber porqué aproximaste tu cara a su misterio y lentamente le ofreciste tus labios a los suyos, cerraste los párpados y te dejaste llevar por el impulso de tu alma inquieta. Fue un beso breve pero consciente. El mundo a vuestro alrededor se detuvo. Eras la protagonista de su sueño hecho realidad y te agradeció en su infinita pureza aquel acto sincero y valiente que él no se habría atrevido a protagonizar.

Unisteis vuestros rostros unos segundos con los ojos cerrados y vuestros pensamientos bailaron abrazados una melodica canción. Después colocaste con ternura tu mano en su nuca erizando su vello y volvisteis a besaros con intensidad, entregando la llama de la melancolía, bajo un universo de sensaciones que recorrían vuestro ser.

Habías cerrado el círculo. Habías hecho feliz a un simple mortal y una voz dentro de ti te decía que aquel acto impulsivo formaba parte de vuestra afinidad.

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