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4 min
Afinidad III
Amor |
17.04.19
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Sinopsis

Izaste los párpados y percibiste el color y el sabor de la miel en sus dulces ojos.

Eras la capitana que gobernaba su intrépido barco a la deriva en busca de la Tierra Prometida. Te habías encargado de coger su timón y poner rumbo a tu paraíso. Era una locura besarle porque sus labios te creaban adicción. La sangre coloreó sus mejillas, mitad por la excitación y mitad por la duda de traspasar los límites de lo permisible. Pero te sonrió complaciente y le correspondiste con el candor relajante de tu bendición.

En su expresión leíste sus ansias de abrazarte, de fundirse con tu piel, de hacerte entender que te pertenecía, y le concediste ese privilegio.

Lágrimas de felicidad se acumularon en vuestros ojos pero no dejasteis que se derramaran. Respirabais al unísono, saboreando el momento, pensando que tal vez fuera el último abrazo que la vida os concedería, que quizás no habría un mañana posible alejados el uno del otro, rogando que el sol nunca se ocultara en el horizonte.

Inevitablemente aquel día tuvo su noche y regresaste a tu monótona lucha, intentando sobreponerte a las difíciles jornadas en las que forzabas tu sonrisa y escondías tu apatía para aparentar, para hacer creer a tú hijo que tenía una familia.

En el fondo si que necesitabas que te rescatara.

La mala suerte en tus relaciones con los hombres te había acompañado durante demasiado tiempo, pero la diosa fortuna había dado señales de vida cuando la desesperación nublaba tu cielo al presentarte a un ser tan compatible, aunque lamentablemente estaba comprometido. Estabas a merced de un incierto sino.

Él también ansiaba tenerte entre sus brazos. Aquella tarde lo leíste en su mirada ígnea, en sus temblorosas manos, en su sincera entrega. No le hicieron falta palabras para demostrarte lo genuino que era y que podría llegar a ser contigo.

Por las noches llenaba tus pensamientos antes de dormirte y ocultabas celosamente su presencia junto a a ti a tu complacido compañero de alcoba, por el que habías perdido todo interés. Acurrucada en la penumbra bajo las sábanas, su recuerdo te hacia sonreír y le enviabas tu mejor deseo, que viajaba hasta su lecho y se fundía con sus íntimos anhelos, arropando su fría soledad.

Una rojiza mañana de otoño fuiste a verlo de nuevo. Hacía viento y levantaba las solapas del negro abrigo que te guardaba. Tus cabellos ondeaban su brillo azabache como un bélico estandarte y te abrias paso entre el ejército de ráfagas que parecía ocupado en querer ralentizar tu marcha.

Al llegar a la habitación del hospital te detuviste unos segundos en la puerta, vio tus ojos llorosos y no supo descifrar si la causa era el fenómeno meterlológico exterior o tal vez la visión de su maltrecho cuerpo vendado tendido en la cama. Tapaste la boca con los dedos y reprimiste el lloro. Le despejaste la duda.

Estaba sólo. Su hijo había salido a comer algo. Su mujer había salido de viaje, sin equipaje a un lugar muy lejano, sin billete de vuelta. El coche quedó marcado por la muerte y de él resucitó un hombre libre, marcado por un final cruel aunque indecentemente codiciado.

Su pronóstico era favorable y se recuperaría físicamente, aunque también le ayudarías en lo que fuera necesario.

Muy pocas veces la vida brinda la oportunidad de poder respirar el aire que el gris destino se ocupa de negar tan insistentemente.

Su mano extendida te ofrecía una promesa.

Sus ojos suplicaban tu gracia.

Sólo tenias que recoger aquella mano para aceptar tu ilusión y dejarte llevar por vuestra innegable afinidad.

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