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6 min
Afuera el cielo caía
Drama |
08.09.18
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Sinopsis

Cuando terminaba de llover mi abuela decía que habría una buena temporada de flores. Eso, a su vez, quería decir que pasaría gran parte de su día en su jardín haciendo ramos de gladiolas y tulipanes. Entonces cuando hubiese llenado su camioneta, y las nubes en el cielo se desvanecieran, echaría andarse por las calle de piedra que conectaba nuestra vieja casa con todo lo demás.

   Las flores habían sido su fascinación desde que puedo recordar.  Cuando pienso en ella siempre la veo en medio de un campo; frondoso y soleado, que se extiende en las llanuras sobrepuestas en los riscos de roca y se vislumbra a lo ancho con brillosas hebras verdes que acaban en lo infinito del bosque.

   Y la veía partir.

   Su mirada desgastada por el tiempo vio malos días. La guerra le había traído penas, hambre y enfermedad. Ella nunca lo había dicho, pero estoy seguro de que cuando extendía un brazo sobre la moldura de la ventana, y se quedaba viendo el horizonte hasta que pedía la hora, las únicas cosas que pasaban por su mente eran las sombras de sus hijos que se perdieron en el humo de explosiones y dispararos. Pero no había nada en sus mejillas. Aquellos que podían ver sus lágrimas sólo eran sus hijos porque ellas eran fantasmas.

   Lo que la tenía distraía también era cortejado por abejas. Sus flores atraían distintos insectos, pero el único que estaba presente, ahí, metido todo el tiempo, era un enorme abejorro que ponía sus patas negras en las hojas para llevarse el polen. Y mi abuela se enojaba. Se desencadenaba una batalla campal para desterrar a esos bichos, a los que se posaban en el palpitar de sus tulipanes que se inclinaban hacia un costado al sentir la presión liberada de sus cuerpos.

   Llegó el día que tomó la decisión de esconder las flores que recelaba. Sólo eran dos tulipanes que había conseguido en el mercado. Cuando los sembró no supo si las raíces se podían adaptar a la tierra, pero cuando lo hicieron, las dejó crecer hasta otorgarles el permiso de ser visitadas sólo por colibrís. El simple hecho de dejarlos ahí, plantados en la tierra, la hizo esconderse bajo una sombra y contemplar las matas desde lo lejos, como si ella se hubiese convertido parte del ambiente, como si fuese una flor.

    A pesar de sus esfuerzos, se dio cuenta de que aquel invasor de líneas negras y amarillas sólo podía ser evitado sí sus tulipanes morían o si los mantenía en un lugar secreto. Sin embargo, eso le produjo disgustos a la hora que nos sentábamos a comer, y desde la quietud de la cocina, y desde la penumbra, sus labios se arqueaban levemente hacia arriba para luego dejarlos caer sin ninguna intención de llevarse de nuevo la cuchara a la boca.

  Ella pronto moriría de hambre sí seguía así.

   La guerra había durado bastante tiempo, y sus hijos se habían ido a recibirla en cuanto comenzó. Cualquier hombre, ya fuese viejo o joven, debía de partir hacia el frente, a ras de las trincheras, a mantener a los alemanes fuera de la frontera de la Gran Bretaña para al fin encontrar algo de paz. Pero todo se volvió más eterno, de modo que yo sólo podía ver mis piernas raspadas, ella el fin del día con las manos llenas de tulipanes, y ambos el cielo cayéndose en pedazos después del crepitar de las bombas al ocaso.

   Mi padre y mi tío volvieron anunciados en una carta con el sello del país. En ese entonces mi abuela estaba enferma, así que no quiso abrir el sobre a pesar de que los dos sabíamos qué era lo que significaba. Sólo se limitó a fingir que el correo había cometido un error, y que el día en el que partieron sus hijos fue un día que no existió.

   Al cabo de unos años, cuando mi abuela fue al mercado, se enteró de una noticia mientras ataba los tallos de las gladiolas con un cordón.

   «El fin de la guerra ha llegado: Japón por fin se ha rendido»

   Las personas festejaron en el pueblo. Las calles se inundaron de banderas, de la conmoción que se creó desde un inicio, de todo. Hasta era posible oír al mundo gritar al conjunto, montado sobre los tanques que alguna vez destrozaron, vertiéndose en copas de vino para luego estirar los brazos y gritar al futuro por todos los que se habían quedado en el pasado.

   Fueron dos hijos los que ella perdió, fueron dos bombas que estallaron las ciudades.

   Nos contaron historias del cómo acabó la guerra: fueron las explosiones. El cielo se tornó espeso y las aves fueron tragadas por dos hongos de fuego. Los aviones, ahí en lo alto, escaparon viendo desde arriba el sitio que pronto se esparció en recuerdos, siluetas y escombros. Así que aquello podía vérselo en sus ojos. La expresión de su desdicha que caía, que reía, que volvía a emerger, siempre fue lo que se le escapó de este mundo en la metralla.

   Los años que vinieron fueron casi iguales incluso con la victoria. Ella removió sus tulipanes de su jardín, y en cambio, los plantó en una maseta para verlos desde su ventana cada vez que los colibrís venían y en las mañanas al despertar. Por fin había terminado, y por fin nos quedamos en la terraza para ver las nubes volverse grises en el cielo.

   Y ella quiso ver a sus hijos.

  Y yo quise ignorar la guerra.

  E intentamos ver las plantas sedientas en la tierra crecer.

   Sin embargo, por más que esperamos y vimos el cielo, no volvió a llover.

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  • Gracias Roluma. Sos una persona muy gentil. Esas imágenes que puse por aquí tal vez son sólo recuerdos de otra vida, o tal vez la respuesta de una pregunta en mi cabeza que me hace dormir por las noches. Cualquier interpretación de aquello me da en qué pensar. Un abrazo.
    Ey, Nubis. ;) Hola, amigo de letras.
    Bienvenido Giovanni. Me lograste emocionar con los personajes, las imágenes, la historia y con las frases que avisaste para la ocasión. Un verdadero relato de principio a fin muy interesante y bien contado. Un abrazo. Continúa escribiendo y compartiendo.
    Ey, Gio :)
    Gus, eres extremadamente generoso con ese comentario. No sabes cuanto me entusiasma que te haya gustado, que la hayas encontrado formas y sabores que no sabría explicar de otra forma sino es por medio de la escritura. Recibo tus saludos y te mando un abrazo hasta Argentina. Noah, gracias, eres muy gentil con eso lo que dices, abrazo. Sebastian, gracias por darme la oportunidad de conocerte. BLUESS, gracias por tu visita y tu lectura. Un saludo a todos.
    Peibol, yo estoy más que alegre de que me brindes de tu tiempo, y claro, seguiré colgando por aquí alguno que otro pensamiento que se suceda en la temporada de lluvias. Carlos, bien me has entendido. En cuanto a que hay cosas que se dan por sí solas, como el brote de una flor, y cosas que no como aquellos hongos de fuego. Espero no equivocarme o me pondría muy triste. Saludos a los dos.
    Gracias Chus, eres realmente amable con todo lo que dices. Tenía en mente desde un principio la esencia de las flores, pero creo que conforme fui avanzando en el texto de cierta manera improvisé y las demás cosas llegaron de la nada. Un abrazo.
    Muy buena historia. La disfruté
    Guau, menuda historia nos regaló. Barbaro
    Guerra y flores se mezclan en este excelente relato. Una realidad cruel, creada por el hombre y otra agradable fuera de su acción. Saludos

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