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6 min
Agua saborizada
Amor |
29.12.15
  • 5
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Sinopsis

La soledad de a dos

Escondo mis alas y hago danzar tu recuerdo por las sangre de mis venas- no duele- Abro los brazos y allá voy, a tu trampa, a tu nido, a tus huesos, a tu boca que respira. Eterna. No mueras para mí jamás. Voy hacia vos como alguien que nunca pero que siempre. Un pájaro que necesita un rey para su tristeza.

Nunca tuvo miedo aunque al fin y al cabo, ¿quién era él? Lo poco que lo conocía era suficiente pero podría ser que no. Un túnel de veinte cuadras hasta sus brazos y se aguantaba el frío pensando en eso. No era amor. Y sin embargo sus manos le encantaban y la forma de respirar como un felino debajo de ese cuerpo perfecto. A lo mejor, seguro y tal vez el enigma era lo que más la seducía y siempre que estaba con él no preguntaba. Ese era el pacto y la magia que había entre los dos.

—No importa quién soy, importa lo que soy cuando estoy con vos.

Su frase remanida, la detestaba. Se lo decía sin decírselo.

Jugaba a que era una película, otra forma de hacer ficción, la acción definiendo al personaje. El es:

—Oscuro y luminoso al mismo tiempo.

Sabía alternar luces y sombras mostrando poco y escondiendo mucho. Lo que él no decía la llenaba de felicidad. Lo que no sabía de él.

Cuando llegó la estaba esperando en la puerta, tenía una sonrisa de bienvenida, una sonrisa “welcome” brillando en los dientes blanquísimos. Completamente adorable. Entró en cuadro. Luz, cámara… anda. El cerró la puerta y la abrazó.

—Personaje… ¿cómo estás personaje?

Le gustaba decirle personaje, como a la protagonista fugaz de una historia que nunca iba a conocer. La apretaba entre sus brazos, le hacía sonar los huesos de la espalda, la besaba en la boca.

—Estás linda.

No: estás hermosa, no: me gustás, no: te amo. Estás linda.

—Me gusta el perfume.

Sí. A ella también le gustaba el perfume de él y ese espacio enorme que se abría delante de ellos como un lugar desconocido, amenazante. Todo en él era “yo te cuido” y al mismo tiempo “no significás nada para mí”.

Dejó la cartera sobre el largo mostrador, se desnudaron los pies. La condujo con dulzura, los pies- de ella- sobre los suyos, un juego que la llenaba de risas. El sonido sobre el piso impecable: sim… sim.. sim…

—Música…

El fondo del local le dio miedo y se acurrucó sobre su cuerpo.

—No me sueltes- pensó.

Ilusionado, los ojos como estrellas. O los dientes como estrellas. Los ojos interminables.

—Mirá lo que preparé para vos.

Tinelli de fondo, acababa de notarlo.

— ¿Te gusta?

Si. Le encantaban los hombres seguros de sí mismos, que saben lo que quieren, que no les tiembla el pulso. Que no se enamoran.

—Mirá.

El espacio inmenso, alumbrado apenas con una luz tenue, una insinuación, algo para ver y no ver. Palabras para arrojar al vacío y escaparse.

—A vos que te gusta jugar al gallito ciego.

Se ríe y su risa se rompe en mil pedazos sobre los espejos. El la desnuda como si le desdibujara la ropa.

—Hermosa hembra.

Eso le dice y también:

—Te hice una isla.

Y un mar de espejos muriendo en la orilla de una isla virgen.  Construye una isla para retenerla a su lado. El es el dueño de todo y la bandera debería ser del color de sus ojos: turquesas. Y como los de ella: felices. Eso siente.

— ¿Te gusta?

Lo imagina preparando el espacio para el personaje, pasando la aspiradora, apurando a los alumnos para que se vayan, pensando que ahora viene el personaje y voy a armar el decorado, una isla desierta perdida en el océano Pacífico,  perdida como ella, sin dueño.

—Besame.

No había dejado casi de besarla ni de acariciarla desde que puso un pie sobre la isla. Su isla.

—A eso vine.

Y él también se desnuda. No hay otro plan que el sexo y es un gran plan.

Puede mirarlo en los espejos tal como es, un cuerpo navegando su cuerpo y algún murmullo, frases inconclusas, otro idioma, uno desconocido con el que se entienden a la perfección. El idioma de la isla.

 Ella una trapecista demencial a la que le gusta hamacarse en su mente: la de él.

La besa desde donde nace hasta donde muere. Sonríe ante sus espasmos y la espera, hasta que se recupera. Nadan juntos, hay olas enormes y tempestades, hay detrás de la rompiente. Ella cabalga sobre su lengua y él sobre todos sus músculos. Todo es cadencioso con sutil violencia en el reverso.

—Personaje. Mujer.

Terminan de hacer el amor.

El la sopla como a una pluma. Sopla su espalda, su cuello, sopla sus manos. No me dejes volar.

— ¿Estás bien?

—Tengo sed.

Se visten, vuelven sobre sus pasos, deshacen todo el recorrido hasta los zapatos. El la vuelve a tomar entre sus brazos, cierra los ojos, huele su pelo, como para no olvidarla.

— ¿Qué es?

—Agua saborizada.

Más allá la persiana metálica de un extremo al otro, altísima, un inmenso telón.

—Me voy.

—Yo también. Vamos.

Apaga las luces de la isla, del local y del amor.

Frente a la persiana metálica recita el número de la alarma y recorre el teclado como si quisiera que ella la recordara dice en voz alta:

—1… 4… 23…

No logra retener los demás números ni le interesan. No quiere saber cómo se entra a ese lugar cuando él no está.

—Nos vemos.

—Dale.

La mira irse hasta que se la traga la noche.

En su casa no prende ninguna luz y fuma en silencio. No piensa en nada. A las dos de la mañana y por el quinto cigarrillo un pájaro se refugia en la ventana, por detrás pasa la sombra de un gato enorme.

—Ojalá lo atrape.

Se queda quieta, pasan varios minutos, el cigarrillo se consume entre sus dedos. Deja que se apague solo. El pájaro levanta vuelo, el gato se va. Se queda sola.

Le dan ganas de llorar. Pero no llora.

 

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