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7 min
Al acecho
Suspense |
26.07.20
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Sinopsis

Caminando por la calle uno puede encontrarse con historias sorprendentes. Esta, por su puesto es una de ellas.

Caminando por la calle uno puede encontrarse con historias sorprendentes. Esta, por su puesto es una de ellas.

El día de los enamorados del 2009 caminaba solo con los auriculares puestos con el cable enchufado a un ipod (Sí claro tenía un ipod). No recuerdo exactamente que canción sonaba, pero muy probablemente por mis gustos en esa época sería algo de rock alternativo.

El caso es que era tarde y yo salía de mis clases de inglés. Era una zona de oficinas, había un gran cine cerca y mucha gente salía de sus trabajos hacia las calles pues era viernes. Al cruzar la gran avenida y dirigiéndome hacia el metro decidí cambiar de ruta esta vez, esto significaba pasar por una zona de apartamentos de gente de clase media, una zona bastante tranquila.

Mientras caminaba sereno y totalmente embobado por la música algo muy extraño sucedió y es que una chica salió corriendo de uno de los edificios, si mal no recuerdo lloraba mares. Atrás un hombre la siguió a gritos hacia la calle. Yo por su puesto me detuve y quedé mirando la escena. Ellos sin haberse percatado de mi presencia, pues paré súbitamente mi andar, siguieron haciendo señas de una gran discusión exacerbando sus gestos y lanzando los brazos al aire de vez en cuando.

Sin hacer movimientos bruscos detuve la canción que sonaba. Creo que la chica decía algo como “No puedo creer que precisamente hoy estuvieras con ella” y el respondió “No sabía que aún querías estar conmigo”. Luego el hombre me vio, pero dada su expresión juro que hizo como que hubiera visto un perro en la calle pues siguió con sus palabras como si nada.

No recuerdo bien como acabó la conversación pues no duró más de 5 o máximo 6 minutos. Pero la chica le dijo al hombre que subiera y que la dejara tranquila. Yo estaba estupefacto, ya de por si odiaba ver pelear a mis padres, así que fue muy incómodo. Creo que la chica ni siquiera me había visto, solo suspiró un par de veces y comenzó a caminar por la calle. Cómo se dirigía hacia donde iba la seguí.

Fue una de esas decisiones tontas que no sabes ni porque tomas, pero verla caminar me relajaba mucho. Sentía esa extraña sensación de voyerismo puro. El estar observando la vida de una persona sin que ella se hubiera percatado. Para mi mayor satisfacción ella entró a la misma parada de autobús a la que yo iba. Creo que en este punto era evidente la ventaja de que nadie me tomará en cuenta.

Subimos al mismo vehículo. Claro yo me senté, detrás suyo, aunque no tan lejos como para no oírla llorar. Ese día me di cuenta de que en el mundo real a nadie le importa lo que te pasa. Porque a pesar de su llanto ni una sola persona se acercó a ver qué pasaba. Y era muy extraño dado el hecho de que fuera una excepcional y bella mujer, aunque a mi modo de ver vestía pretensiosamente, seguramente debió haber sido para impresionar al hombre que le gritó.

Después de unos 15 minutos de viaje. Unos tipos subieron al autobús, eran dos hombres de muy mala pinta. Inmediatamente me sentí inseguro. Comencé a apreciar de nuevo esa extraña sensación en el estómago, como aquella vez que robaron mi móvil. Lo peor vino cuando uno de los sujetos se sentó junto a la chica y el otro en el asiento posterior.

Le empezaron a decir cosas muy desagradables. Eso me ponía furioso pues había sido una tarde muy interesante y me agrado mucho verla. Como antes, nadie dijo nada, el vehículo permanecía en silencio, aunque veía no menos de 20 personas ahí. Pensé que si yo no hacia algo nadie lo haría, pero justo cuando iba a pararme los sujetos se incorporaron y le dijeron algo al oído. Los tres fueron hacia la puerta de salida y miré a uno de ellos directamente a los ojos. Quizá noto mis intenciones pues casi se detiene, su mirada era bastantea amenazante. Pero de nuevo mi disfraz de insignificante funcionó una vez más.

Giré la cabeza y los vi dispuestos a bajar en esa parada con la chica. Quién sabe por qué miré hacia la calle y un policía estaba en plena esquina unas calles adelante, así que fui directamente hacia la puerta de enfrente. El conductor dijo “Está no es la salida” aunque la verdad no me importaba mucho. Al momento en que paró la unidad fui corriendo donde estaba el oficial. No paré ni siquiera un segundo.

El oficial lucía incrédulo y despreocupado. Aunque al ver mi rostro y cuando terminé mi historia estuvo propenso a ayudarme. Fuimos directo hacia donde había bajado la chica y con un poco de suerte encontramos la escena.

En un callejón con pocos transeúntes. Uno de los sujetos, el que me había visto de manera amenazante, tenía los pantalones abajo. Y el otro sujetaba a la chica de los brazos. Su blusa estaba rasgada y su falda dejaba ver sus piernas por completo. El oficial al ver esto, sacó su arma. Me sentí mal, pero a la vez aliviado, pues pensé que si llegábamos dos segundos después, todo habría sido en vano.

Al ver al policía los sujetos salieron corriendo y el oficial fue tras ellos. Se perdieron unas calles al frente. Yo me quedé un segundo pasmado. Luego fui corriendo para ayudarla, estaba en el suelo y parece que tampoco entendía bien lo que pasó. Ya no lloraba, pero estaba temblando. Se levantó del suelo y no pude hacer nada más que abrazarla y ella me devolvió el abrazo. Luego solo me pregunto “¿Quién eres?” mi vergüenza no me dejó decirle que la había seguido desde hace algún tiempo. Pero luego eso ya no importó.

Pedí un taxi y la llevé a su casa. Fue muy extraño porque resulta que vivía a unos pasos de mi casa. No hablamos en el camino, pero le preste uno de mis auriculares y oímos música todo el trayecto. Hasta se arrimó a mi hombro y a veces me tomaba de la mano.

Cuando yo bajé con ella del taxi. La dejé en el portón de su casa. Me comentó que vivía allí y yo solo le dije que entrará que no se preocupara por mí, yo vivía cerca. Entendí que quería entrar inmediatamente, pero después de todo me dio un beso en la mejilla y la vi ingresar. Me quedé parado viendo su casa, ya había anochecido. Incluso luego vi como una luz se prendía en una de las ventanas del segundo piso. Luego solo hice lo de siempre, tomé mis auriculares los puse en mis oídos y caminé.

Y sí, esta es la historia de cómo mis no sanos deseos de seguir a una persona me llevaron a salvarla de una agresión segura.

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