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Alexa
Varios |
24.08.13
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Sinopsis

Un hombre solitario, encuentra accidentalmente un santuario abandonado en una de sus expediciones a caballo por entre los pasos de montaña. En la noche, dominado en absoluto por la magia de la naturaleza, se encuentra con el amor de su vida, una bellisima mujer que jamas va a poder olvidar, y vive un extraño suceso que dejara eternizado un nombre en su alma.

La región  de dónde vengo  es  sin duda la más  misteriosa y placentera  de la tierra.  El valle, dotado  de una belleza incomprensible,  es abrazado por  una cadena de montañas que se elevan de manera imponente, con cimas tan amplias e inaccesibles, que  a ningún hombre permitirían llegar. Una  enorme cresta de bordes  suaves y  jaspeados que abre paso al poblado, es rodeada por  ejércitos de cipreses milenarios  y caminos de roca firme que se dejan bañar por las aguas más transparentes  que nacen en las gélidas cumbres de las montañas. 

Parece que  nací y crecí  en un lugar olvidado hace ya mucho tiempo, un lugar  poblado  de historias  que a nadie interesan, hogar de edificios deteriorados y  verdes prados, de abuelos timoratos y perros taciturnos. Ese fue el lugar que me  alejó  de las perversiones  de las grandes ciudades, fue la tierra que me enseñó  a vivir de una manera simple y reflexiva.

Para ese entonces no sabía lo que era amar una mujer, y aunque amaba las nubes, y amaba el olor que adquieren las hojas de los libros cuando con el pasar de los días envejecen sobre los estantes rígidos, jamás me  había entregado en  cuerpo, en alma y en conciencia a la carne de una de ellas.

La mayor parte de mi juventud transcurrió en soledad,  alejado de las ideas mundanas,  de los peligros que vulneran el alma, más  bien,   acompañado por los extensos volúmenes de literatura que me servían de almohada cuando el cansancio me alcanzaba, y también, de la luz de las velas, que  amablemente extendían mis noches con su fuego manso y atractivo.

Jamás necesite de los besos de una criatura esbelta, porque nada me atraía más que el brillo de la luna de junio, y  tampoco anhelé una caricia suave por parte de unas manos delicadas,  porque  el eterno romance que vivía con las estrellas, entusiasmaba mi corazón más que cualquier otra cosa.

Amar es un verbo que no se puede conjugar en  todos los corazones;  para recibir hay que ofrecer, ofrecer mucho,  pocos están dispuestos a darlo todo en nombre de un afecto, y en tal caso, yo no podía darle a una mortal el amor que le debía a las luces del conocimiento,  eso podría calificarse como traición, y a la traición se le paga con sangre.

Aunque algunas señoritas intentaban hacerme conversación, no queriendo yo ahondar en sus temas de índole romántico, lograba evadirles con la excusa de querer ordenarme  como sacerdote. No quería proporcionar interés a parlamentos insípidos, pláticas  que se consumarían en situaciones incomodas y  pasiones fugaces, la mujer  de mis pretensiones parecía no existir en esta dimensión, aquella dama era tan solo una idea que vivía impregnada  en mí como una  quimérica ambición,  prefería por lo tanto, mantenerme alejado de tales vicisitudes.  

Era habitual que cabalgara en mi caballo para dirigirme hacia el monte; allí, en alguna superficie llana, me recostaba en la hierba  y  me refugiaba  en el calor de una hoguera, dejaba que pasaran las horas mientras mis pupilas se perdían en  el  firmamento, que  en posesión de los astros me hipnotizaba,  y cuando me daba cuenta que  era ya muy tarde, trepaba en la silla de la paciente bestia, y regresaba a  mi hogar.

En una de esas excursiones  por entre los pasos de montaña, descubrí por causalidad un portentoso santuario  que se erigía muy cerca de una hilera de sauces. La edificación de arquitectura antigua, se encontraba abandonada en su totalidad, gran parte de los vitrales aun acompañaban los ventanales de hierro, y la puerta de madera maciza permanecía cerrada, asegurada con un par de cadenas oxidadas. Por entre los caminos que conducían a una pequeña capilla,  reconocí un camposanto  tupido de tumbas y figuras de  mármol en representación de ángeles y apóstoles, me aproximé para detallar el lugar,  y noté en algunas lápidas, que las inscripciones eran antiquísimas, y que pertenecían a hombres y mujeres que habían servido  antaño al Señor.  No quise cruzar la reja,  por respeto a los cuerpos que allí reposaban, y más bien,  para saciar mi curiosidad, recorrí minuciosamente  la zona, y al no encontrar algo extraordinario, me tendí boca arriba en un denso pastal.

El día ya se había ido, y aun en tinieblas, podía distinguir la silueta del viejo santuario que se encontraba tras de mí, asaltado por el silencio, sujeto a la quietud absoluta, y aun así, amenazador cual mar agitado.

Esa noche la cúpula celestial me brindaba un espectáculo tan admirable y aplacador, que mientras las nubes iban y venían en rededor de la luna, fui quedándome dormido, al ardor de los leños, y arrullado por el susurro melancólico del viento que caminaba a pasos agigantados por aquel   paraje tan irregular e intimidante, pero igualmente imperado  en absoluto por  la magia de la escena nocturna.

El plácido descanso en el que me encontraba sumido, se vio interrumpido por los relinchos del caballo, al que había dejado atado por una soga en el robusto tronco de un ciprés; el formidable animal era intimidado por una figura humana que a primera vista no pude detallar. Me incorporé sobresaltado, y dando unos pasos adelante,  pude ver como una esbelta  mujer pasaba sus manos por entre la crin de la bestia. Me aproximé lo más que pude y antes de quedar en frente suyo, se giró tranquilamente y se dispuso a caminar cuesta abajo.

Me quedé pasmado, inanimado y aturdido a consecuencia de su  perfección.  En mis días jamás vi un rostro con rasgos tan finos y delicados, de ningún poeta oí mencionar alguna vez, la existencia de unos labios más fascinadores, y sus ojos, sus bellos ojos negros, profundos como un abismo, grandes y brillantes,  dotados de toda magia, parecían dos gemas exóticas,  engarzadas en la más sofisticada  pieza de joyería.  Cuando me dio la espalda, clavé la mirada en sus cabellos negros y rizados, que envolvían sus tentadores  hombros cual las lianas del árbol de la sabiduría, ¡oh sus cabellos!, inhalo el aroma de un incienso desconocido, cuando llega a mi memoria el recuerdo de su lustrosa cabellera.

  Pensé que ella era, igual que yo, un alma solitaria, que buscaba en las tierras apartadas, reconfortar un espíritu insatisfecho.  La seguí sin disimular mis ansias de descubrir todo en ella, y me atreví a poner mi mano sobre su hombro,  volteó la cara, y cuando me deleitó con  sus dientes perlados, blancos y luminosos, cuando frente a mi rostro tuve su sonrisa, esa que  brillaba tanto o más que la esfera celeste  que desde arriba nos espiaba,  sentí un fuego en el vientre, tan intenso e inexplicable, que me indicaba el síntoma de un primer amor, un amor único e incontrolable, desmesurado desde el primer instante.  

Sin decir una sola palabra, me tomó de la mano, haciéndome sentir una especie de   electricidad que se adueñaba  de cada partícula que conformaba mi ser; no bastó más que una mirada, más que un  sollozo, para que yo cayera rendido ante sus encantos. 

 Ahora sabía lo que era amar a una mujer, no había pasado siquiera una hora, y  yo ya la amaba con locura. Sin dejar de sonreír, se recostó en el suelo húmedo, y elevó su mirada hacia la casa de las nubes. Yo no podía hacer más que contemplar su hermosura; la transparencia de su piel vaporosa y cristalina,  me envolvía en un manto de ensoñaciones pasajeras que se inmortalizaron en mi corazón, en mi ebrio corazón.

— ¿Quién eres? — Pregunté casi silenciosamente  mientras me recostaba junto a ella, pero de sus labios carmesí no escuché palabra alguna — ¿De dónde vienes criatura hermosa?—

Volvió a sonreír y otra vez llevó su mirada al firmamento.

— ¡Te amo, Te anhelo con todas las fuerzas que se baten dentro de mí!, déjame saber quién eres, de dónde vienes y a que estirpe pertenece tanta beldad, ¿Acaso es mi destino entregarme  a ti sin medida y sin razón?

Tampoco hubo una respuesta.

De manera delicada se puso de pie, y me invitó a tomar su mano nuevamente, sin  proferir una sola palabra. Casi sintiendo que flotaba por encima del suelo, y dejándome llevar por el éxtasis que me resultaba su compañía, me fui tras ella mientras me conducía hacia la parte más alta del terreno. Esa zona no era desconocida para mí, pues en cuanto nos aproximábamos, yo reconocía la silueta oscura del imponente santuario que horas antes había encontrado.

Antes de que Ella volteara el rostro,  me vi dominado por un entumecimiento inesperado, que me impidió siquiera dar un paso más hacia adelante. Su mano se zafó bruscamente de la mía, y se fue alejando, dirigiéndose  lánguidamente hacia la intersección  que conducía a la pequeña capilla.

La sangre se me congeló al darme cuenta que la silenciosa mujer  que yo amaba, abría la reja  del camposanto y se encaminaba hacia los sepulcros. Transcurrió un eterno instante antes de que mis extremidades recuperaran el movimiento, marché con prisa hacia donde Ella estaba, pero tuve que frenar antes de llegar a la reja, al ver aterrado como  su silueta traslucida y vaporosa, se iba hundiendo pesadamente  en una de las sepulturas.

Espantado, atravesé la rejilla, y me dejé caer bruscamente cuando llegué a la tumba donde mi amada había desaparecido, encendí un cerillo para examinar la inscripción que había en la losa, y esto es lo que decía:

 

“Ni siquiera la frialdad de este sepulcro podrá retener la eterna  sonrisa de Alexa”

 

Abrumado y con la mente inquieta, me puse de pie mientras de mi mano caía un puñado de tierra negra que había tomado  de su sepultura.  Dudando de mi cordura, y confundido por la extraña vivencia, me encaminé hacia el poblado, en tinieblas y hecho un mar de cuestiones, perturbado, con el corazón aun palpitante.

Cuando  suspiro a causa de su recuerdo, y cuando a mis labios viene su nombre, me transporto a esa noche en que me enamoré, jamás la olvidaría, y a ninguna otra podría amar más que a ella.

Constantemente visito su tumba en las noches, con la esperanza de volver a verla, con el deseo vehemente  de tener frente a mí sus misteriosos ojos negros. 

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