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5 min
Alfombra de jacarandá...entre otras cosas
Reales |
07.11.17
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Sinopsis

A veces, la imperfección se extraña....

 

Fue entonces cuando descubrió lo que le faltaba. ¿Improvisación? ¿Efecto sorpresa? ¿Historia? No supo definirlo pero se le reveló en el momento exacto en el que decidió cruzar la calle por la mitad de la cuadra , y lo hizo. En diagonal, encima. Y se dio vuelta para buscar una mirada acusadora y de incredulidad ante semejante desafío a las reglas preestablecidas. Y no la encontró. Todo era normalidad. La "normalidad" a la que él había estado acostumbrado hacía unos años. Un par de chicas con el uniforme del colegio caminaban a las risotadas por la vereda de enfrente y paraban para doblarse con las rodillas juntas mirando el piso mientras decían: "pará, boluda que me meo". La señora de batón rosa que barría la vereda de vainillas las miraba con reprobación, no tanto por lo que decían sino porque cuando se agachaban la tela a cuadros verde y roja no alcanzaba a cubrir lo que tenía que cubrir. Y el batón era como el de su abuela. La abuela de Ernesto. Solo que su abuela Marta nunca había tenido esa mirada, al menos no con él. Tuvo un flash de Lela, que era como él la llamaba. Recordó sus manos suaves de tan gastadas, torcidas y con olor a lavandina que se mezclaba con la colonia "Ambré", sus nudillos ensanchados y sus uñas cortas y se dio cuenta, mientras cruzaba la calle por la mitad de la cuadra y en diagonal sintiéndose un transgresor, que nunca había vuelto a sentir una caricia tan tierna como la de esas manos. Y cuando, se daba vuelta y tenía cuidado de no tropezar con los adoquines desnivelados, con el rabillo del ojo medía a la bicicleta que venía a contramano para evitar que lo chocara. El pibe de la bici estaba enchufado a unos auriculares enormes color naranja y gritaba como un desaforado al ritmo del cuarteto: "Cómo olvidarla, cómo olvidarla..." Y cuando por fin llegó al otro lado de la calle y tocó la vereda con la planta del zapato, Ernesto caminó 4 metros sin poder levantar la mirada: alfombra de jacarandá bajo sus pies. Agradeció, extrañado de sí mismo, que en su país todavía existieran las veredas "sucias". Agradeció que a los dueños de esa casa no les molestaran las huellas que dejan los árboles. Agradeció que la vecina de batón rosa que barría, no viviera en esa propiedad. O que el jacarandá no estuviera en su vereda. Agradeció que el pibe de la bicicleta haya levantado la mirada en el momento justo para no atropellarlo. Y agradeció también ir mirando para abajo para poder esquivar la huella digestiva que algún perro  había dejado estampada sobre el tapiz entre celeste y lila que tan embobado lo tenía. Y en ese momento, en el que sorteó la torta, una flor le rozó el hombro izquierdo y otra el antebrazo derecho y otra la frente y recién ahí pudo sentir en su cuerpo la frase de María Elena Walsh que tantas veces había cantado: "Qué bonito nieva, el jacarandá"... Y siguió tarareando la canción y descubrió que  entre él y María Elena había una diferencia cromática. Sutil, pero diferente. Para Ernesto las flores del jacarandá, definitivamente, no eran celestes. Entre lila y celeste, como mucho. Pero no celestes. Y siguió caminando pero ahora mirando para arriba y agradeció también, de paso, que en su mente pudieran mezclarse pensamientos propios  con pinceladas de María Elena...un lujo. Y mientras iba caminando mirando para arriba y dejaba atrás las flores y la nieve  y la canción, el cielo de bandera apareció , pero distinto del que estaba acostumbrado a ver en Europa. Trazos de crayón negro de diferentes espesores lo recortaban. Líneas sin sentido se entrecruzaban en manojos o pentagrama y entre ellas, el cielo. El cielo en retazos triangulares. Algunos habrían dicho: ¡qué desprolijos que quedan los cables aéreos! pero Ernesto sonrió y descubrió que el contraste  tenía su encanto. Y volvió a mirar hacia adelante y desde el paredón de la otra esquina había un grafiti que le gritaba con letras imprenta negras sobre fondo blanco, parecían letras desesperadas  por hacerse escuchar: NO ME OLVIDÉ DE VOS...ME ACORDÉ DE MI...

Ernesto frenó en seco. El perro que lo acompañaba desde hacía un par de cuadras y que lo había adoptado como su dueño también se detuvo, se sentó a su lado y lo miró como preguntando: ¿Y ahora qué hacemos?

Ese fue el momento....el momento exacto en el que descubrió lo que le faltaba. Fue una sucesión caótica de instantes inconexos que no habrá durado más de un par de minutos pero para Ernesto fue como alumbrar un vacío. Fue la linterna enfocando el agujero. Fue darse cuenta lo mucho o lo tan poco que le hacía falta...

Entonces sacó el celular del bolsillo de su pantalón y marcó un número de España. Del otro lado atendió Paulina, entre desconcertada y asustada porque por la diferencia horaria claramente ese llamado solo podía  anunciar una tragedia:

-¿Qué pasó Ernesto??!!!

-Me quedo en Argentina...

- ¡¡¡¡Ehhhh!!!! ¡¿Qué bicho te picó???!!! ¿Te pasó algo?...

- Sí... Me parece que extraño...

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