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10 min
Aliento de dragón
Drama |
14.07.17
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Sinopsis

¡Otra historia de pricesas! Uf, ya casi me había muerto y no había tomado mi lápiz, y cuando lo hice, ya no paré, por eso la extensión. Discúlpenme también por eso. Muy ausente estuve, ya les leo.

La Princesa estaba triste, amantaba su espalda con su cabello, echaba una mirada hasta donde le permitían sus ojos y apoyaba su cabeza sobre sus brazos extendidos y juntos en el borde de la ventana. Siempre, cada noche, dejaba caer pétalos de azucena desde la torre más alta, con las manos enfundadas en guantes de seda, tomaba su rostro delineando los caminos en donde podrían pasar las gotas de agua salada. Su voz se apagaba cuando escuchaba las trompetas, a lo lejos en el puente, venían hombres que según su padre, eran de sangre dorada. Ese estrepitoso palpitar de su corazón cuando escuchaba a los caballos a galope, se había convertido en algo muy habitual. Ella, la Dama Real, podía escuchar los golpecitos en su pecho, apretado e incómodo, en un generoso vestido que cubría todo su cuerpo.


Los banderines en las puntas de las torres, decorados con leones y serpientes, ondeaban con un resplandor en los extremos. El sol se asomaba en el horizonte, amarrando al poblado con hebras calientes, mismas que bordaban el prado con flores de diversos colores. Parecía un día como cualquier otro, los perros en el bosque le ladraban a sus sombras, las chimeneas de las chozas escupían humo negro mientras que, con la fuerza bruta de los bueyes, los campesinos araban la tierra lanzando maíces a los surcos para luego echarles tierra con los pies. Las mujeres llevaban canastos llenos de frutas, las intercambiaban por monedas doradas, marcadas por el Emblema Real, cosa que realzaba el prestigio del reino hasta lo divino.


Desde la punta de la montaña, bien se podía ver un reino mostrándose vigoroso, pero lejos estaba esa imagen de la verdad. Pues adentro, el Rey con la espada a mano, discutía un problema consigo mismo, arrugaba la frente y se limpiaba el sudor con un trapo, discutía y discutía, y por más que quería comprender la situación, no podía, por un lado estaba enfadado por la postura que había tomado su hija, y por el otro, por la desesperación que le apresaba el corazón al saber que la Princesa, su única descendiente, no quería unirse en matrimonio. Volvió a pensar.  Con la capa descolgándose desde los hombros, a paso firme, emprendió una caminata por los pasillos del castillo.


Pronto llegó a su destino, dio unos golpecitos en la puerta de madera, aclaró su garganta con un carraspeo y entendió que podía entrar. Su hija, la Princesa, se mantenía sentada en el borde de la cama al mismo tiempo que se desenredaba el cabello con un peine de oro macizo. Su padre la observó por un largo rato hasta que el silencio lo incomodó. Primero, el Rey empezó con su discurso de frustración para después, continuar con un sermón acerca de la responsabilidad. Inquieto, detenía su lengua para elegir  las palabras que debía usar, pues bien sabía, que su hija era difícil de persuadir, y más en esos momentos, que el bienestar de todo el reino pendía de un matrimonio. Al final de todo, se percató que la conversación se había abalanzado de un sólo lado terminado como el día anterior: en una frustración para arranase el cabello con las manos. Midió palabras, y le ordenó a la dama bajar lo antes posible para presentarle a quien de seguro, iba a ser su esposo, y también, el próximo Rey. La princesa, sólo pudo acomodarse un mechón de cabello detrás de su oreja y suspirar después del azotón de puerta. 

 

No tan lejos, en una choza enracimada como todas las otras al gran castillo, una hechicera prestaba atención a su bola de cristal. Hacía ademanes con las manos por encima de la esfera transparente, intentándola acariciar pero sin llegar a tocarla, veía retazos de alma empalmados en grandes lágrimas que se desprendían desde los ojos de una hermosa mujer, quien jugaba con los pliegues de su vestido alisándolos con las manos extendidas mientras desmembraba una hoja de papel de un libro. Aquella dama, tan triste se veía, tenía los ojos aguados y al mismo tiempo, calientes por haberlos usado demasiado para llorar. La hechicera, analizó la situación y de un jalón, se bajó la capucha descubriendo una cabellera tan roja como el mismo infierno, sus ojos, contrastaban fieramente con su rostro, pues eran dos pedazos de carbón, tan oscuros e inquietantes, que no se les podía perder de vista. La evocadora de magia, comprendió que ya era tiempo.


La hechicera tardó un momento para darse cuenta de que debía entrometerse en el asunto de una buena vez. Juntó las manos por las palmas y las frotó repetidas veces, la piel empezaba a chirrear cuando por fin, se las llevó a la boca extendiéndolas hacia arriba, sopló fuerte, y una llama se alzó hasta casi tocar el techo, simulando a primera vista, al aliento de dragón. Una bola de fuego flotaba en lo alto, los ojos de la pelirroja reflejaban en su profundo iris, a dos soles en colisión. «El amor quema y mata cuando falso es, el valiente feroz con la espada entra, pero en huesos humeantes ha de salir, si la fiereza, engañada, le escupe fuego y se quema en vida», fueron, las últimas palabras que dijo la hechicera  antes de que, por su bola de cristal, se apreciara a la princesa tumbada en el suelo, en un profundo sueño.


Por otra parte, dentro del castillo, el rey azotaba la suela de su zapato como muestra de su impaciencia. El hijo del Rey del Sur, había llegado muy temprano con toda la caballería, emocionado por la presentación, hablaba en su cabeza acerca del cómo podría ser su próxima esposa, hasta imaginaba sus labios y la textura de su piel, que de seguro sería tan delicada como la arena que descansa debajo del mar. La mente se le despejó cuando, desesperado, el rey, le ordenó  con el dedo índice a un guardia real, a ir a buscar a su hija lo más pronto posible. Él, con apetito servicial, fue corriendo. Un grito de ayuda se escuchó: « ¡La princesa!», gritando, regresó con el corazón saliéndole por la boca. El Rey y el pretendiente, subieron los escalones de tres en tres, tragaban saliva exasperados por la situación. La vieron tendida en el suelo, parecía muerta.


 Pidieron ayuda con todos. La iglesia llegó a ellos diciéndoles que era obra del demonio, y que, con absoluta seguridad, debían hacerle un exorcismo a la princesa. A lo que la reina, con gran temor, contestó que eso era imposible, aunque, el rey quería que si lo hicieran, ella se negó dirigiendo un dedo índice hacia el cielo y moviéndolo de izquierda a derecha. También, les llegó noticias de un sabio, que según se rumoraba, era el mejor en encontrarle sentido a lo más caótico, pero ni él, con sus años de experiencia cubriéndole la espalda, pudieron ayudar. Fue hasta que a los oídos de la reina, llegó un comunicado de un hechicero que cuentan, había expulsado a mil almas de unas catacumbas en tierras muy lejanas. Lo cual hacía creer a la Suprema Dama que era la solución. Pues de seguro, lo que sufría su hija, era obra de lo sobrenatural.
Y como la reina sospechaba, el hombre de magia, les dijo que su hija era presa del hechizo “aliento de dragón”, el cual hacía que sus víctimas cayeran en un eterno sueño, y que la única solución, era un beso en los labios, pero que esto, conllevaría a un sacrificio, pues si no era el hombre correcto, terminaba en cenizas dejando sólo sus huesos. 
Muchos caballeros llegaban a juntar sus labios con los de la princesa, pero apenas se despegaban de su carne, una llamarada les golpeaba la cara, para después, encenderles de pies a cabeza en un intenso mar de lava. Caían a los pies de la cama y al rato, los guardias llevaban los huesos al sótano, en donde empezaban a rozar el techo, pues hasta el más humilde hombre, había pasado a probar suerte y descubrir si era posible, que la Princesa les amara, aunque la vida les costara.


La hechicera ponía atención desde lo lejos, sumergida en la penumbra, pensaba en la prueba impuesta por ella a los padres de la princesa, lo cual hizo, que de alguna manera se le retorcieran las tripas. Estaba segura que de alguna manera, la dama dormida, había querido tener esta vida, que una fabricada por las manos de su padre. Sólo era cuestión de tiempo, se dijo, pero conforme pasaban los días, no había indicios de su fin. Las calles empedradas estaban cubiertas de ceniza, los pájaros volaban en lo alto sin ganas de cantar, y la luna parecía no querer salir.


Un día, un caballero con armadura plateada, dirigió su caballo al interior del castillo. Las pesuñas golpeaban las piedras duras, lo cual hacía que los pobladores, asomaran la cabeza a ver al valiente, que irremediablemente, pensaban que jamás lo verían entero. Al llegar a la entrada, dos guardias le detuvieron haciendo una equis con sus espadas, pero al ver su intención, lo dejaron pasar sin reclamar. El de armadura de plata, entró vigoroso hasta donde la princesa resguardaba como fiera llameante. 


La vio frágil, su única protección era una manta que protegía su desnudez pura. Echando la cabeza hacia atrás, el caballero suspiró para luego descubrirse la boca con la que le plantó un profundo beso. Los labios se ensamblaban perfectamente que parecían ser sólo uno. Mientras que, desde el interior de la princesa, se encendían llamas de un rojo vivo, pero en vez de apresar al valiente, lo abrazó con la lagua hasta hacerle suspirar. Los alientos chocaban, su saliva se mezclaba haciendo un elixir de pasión y de deseo. La dama dormida despertó, y con los ojos entreabiertos contempló a su salvador.


—Te dije que funcionaría —susurró el caballero— aún tengo algunas.
El caballero le mostró unas hojas secas de azucena.
—Es la única manera para que mi padre me escuche y me entienda —dijo la princesa a la vez que le quitaba la armadura que cubría la cabeza del caballero.


¡Una cabellera roja cayó en sus manos!, eran hilos rojos, casi de fuego.


—Ahora nos amaremos y no importa lo demás—dijo la hechicera, sosteniendo entre manos, una armadura de plata.

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  • Gracias Luis, es cierto que me fui un rato, estuve escribiendo de manera privada y mentalmente, pero seguro se debe a que empieza a Doler la cabeza y como sea se tiene que escribir en papel. Si te he robado diez minutos y los has disfrutado, con eso tengo, así que te lo agradezco. A ti BLUESS, que siempre estas muy pendiente, ya es difícil decir cuanto te lo agradezco. Creo que ya no se puede de manera expresiva, quizá simbólicamente. Gracias a los dos.
    Note tu ausencia en la página Bella, como siempre leer tus textos nos transporta a ese mundo imaginario de tu inspiración y es una agradable experiencia, así que no te disculpes por lo extenso del texto, en tiempo, son 10 minutos maravillosos en los que nos compartes tu historia.
  • ¡Otra historia de pricesas! Uf, ya casi me había muerto y no había tomado mi lápiz, y cuando lo hice, ya no paré, por eso la extensión. Discúlpenme también por eso. Muy ausente estuve, ya les leo.

    "Efecto mariposa"

    https://m.youtube.com/watch?v=rdiLxyGH8Lg

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