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18 min
Alison Holmes
Suspense |
07.09.17
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Sinopsis

Relato sobre la desaparición de un manuscrito inédito de Sherlock Holmes.

—Os he reunido para un gran acontecimiento, el que desencadenará uno de los eventos más relevantes de los últimos años de… no —se detuvo—. Os he reunido aquí —marcó el tono—, para presenciar un gran evento para la literatura…
Recibió el golpe en la nuca. Cuando despertó, el manuscrito ya no estaba.
La detective Alison Glance fue contratada por el gobierno para encontrarlo. Su fama de quince años de casos resueltos era digna del propio Sherlock Holmes, justo la nueva víctima cuando le informaron que fue robado un relato inédito de Conan Doyle. Alison no pudo evitar pensar que no sólo la contrataban por ser una de las mejores del país, sino también por tener una archienemiga al estilo del mítico personaje. Suponía intereses mediáticos que ayudarían en la publicidad del relato.
¿Realmente una narración de esas características requería promoción?
Pensó primero en dicha enemiga, La Camelia Carmesí, una mujer astuta y tópico-romántica que se caracterizaba por dejar flores en los lugares del robo. En el caso del relato inédito no había sido así. En el fondo lo agradeció, tan encasillada que se sentía en los últimos años.
Al salir de casa esa mañana sintió el primer paralelismo cuando la prensa inglesa (diferente y más sensacionalista que la de otros países) fue una avalancha sobre ella. La rodearon con destreza y la hostigaron a preguntas. La detective se limitó a responder un no a todo, sin importar. La respiración se le aceleró conforme lograba avanzar entre el muro de miembros armados con micrófonos. Sentía el peso de las cámaras apuntando, de los cientos de ojos a distancia que analizaban su figura escurridiza y agobiada que tuvo que abrir, entrar y cerrar la puerta del coche con cierta violencia. “Perfecto”, pensó, a ver qué se inventan con respecto a esta acción. El coche se alejó con calma emanando una sensación de premura. Los ojos seguían observando.
A pesar del atasco en carretera, lo sintió más liviano que los periodistas. Volvió a secarse la cara con el pañuelo. El infierno de buena mañana, re-perfecto. Cansada de la lentitud, condujo hasta tomar una salida y se dirigió a una carretera secundaria, donde condujo con fluidez. Ya podía pensar mejor por dónde comenzar a investigar el…
El coche se sacudió. La mujer sintió la forma marcada del cinturón sobre su pecho. Frenó por instinto, aferrada al volante. Con el mundo quieto, analizó y miró por el retrovisor. Le comenzó a doler el cuello.
—La madre que te parió.
En el reflejo apreció como el coche de detrás aceleraba con ímpetu para comenzar a rebasarla. El conductor mostró el dedo del medio.
“A ti te cae una buena, gilipollas”.
Alison pisó el acelerador con calma, y una vez el coche arrancó y comenzó a desplazarse, presionó para iniciar la persecución. El motor rugió como un león mecánico.
El tipo la llevó por otros caminos igual de secundarios. No se esperaría que fuese tan diestra con el volante. Con una paciencia sólo alcanzable si se entrena, Alison logró alcanzar al vehículo, posicionándose en el lateral para fijarse bien en la cara del tipo. Era un chico joven, y hasta juraba que podía ver los granos en su cara. El chaval la miró y supo que era ya tarde cuando la detective le analizó hasta el alma. Su boca quiso alcanzar límites insospechados cuando la mujer le hizo una foto con el móvil para acto seguido devolverle el dedo medio.
El coche aminoró. Alison reaccionó y disminuyó a la par. Aparcaron en el arcén de aquel camino rural, con el coche de la detective arrimado delante. Ésta salió del coche con el mismo arrebato que al abrir la puerta.
Se puso a lanzar improperios al son de amenazas sobre qué no sabía con quién se había topado. El chico se limitó a agachar la cabeza, recibiendo por la ventanilla bajada la descarga moral. Al fin el muchacho se pronunció pidiendo perdón, y que pensaba sacar el papeleo del seguro para zanjar el tema.
—No tienes cabeza, chaval. Nada de cabeza —dijo desahogándose conforme lo observaba rebuscar por la guantera. El muchacho regresó a la posición con una pequeña carpeta en mano.
—¿Y usted, señora? ¿Se ha olvidado de tomar el café del día? —fue diciendo conforme abría la puerta y adelantaba un pie fuera.
—Eh, eh, nada de bromitas y confianzas…
Alison recibió la descarga del táser en el cuello.

Abrió los ojos. Tenía enfrente a tres hombres empañados. La silueta de uno de ellos la reconoció: Sherlock Holmes.
“¿Qué estás deduciendo, Alison? Céntrate”.
Las tres sombras fueron definiéndose. Pudo reconocer a un lado al chico del incidente sentado en una silla. Lucía una sonrisa prepotente. En medio había un hombre con frondoso bigote, de pie apoyando ambas manos en un bastón. Al lado opuesto al chico estaba sentado el agente Leandro Stand, conocido suyo de la policía. Su rostro era de abatimiento, resaltando un moretón verdoso en su pómulo.
La detective intentó moverse, pero estaba totalmente apresada por manos de piedra. Intentó girar el cuello, pero le era imposible. Se relajó, y fue que notó con la lengua que tenía puesta una mordaza. Eso la sobresaltó, sintiendo el dolor recorriendo su carne, con lo que notó las cuerdas apresando su cuerpo tumbado boca abajo, con los pies afirmados en el suelo. Como colofón final, sintió el frió en las piernas, deduciendo que no llevaba los pantalones.
Intentó gritar.
—Se preguntará, detective —inició el hombre de en medio—, por qué está aquí —Calló y se mantuvo. Hizo un amago de tocarse el bigote—. ¿Le ha sonado a frase cliché? Bien.
Alison siguió retorciéndose.
—No espere que sea algún tipo de depravado. ¡Todo lo hago por el arte! —exageró—. Suena a típico de villano, ¿no le parece? —El hombre pareció disfrutar. Se mesó el bigote.
—Está sufriendo.
—Leandro. Amigo Leandro —sobreactuó—. Lo que tenga que pasar, dependerá de ella —dijo y la señaló con el bastón—. ¿Te has fijado? Hasta el gesto del bastón es digno de una ficción clásica.
El chico emitió una risa leve.
—Déjeme que le presente al muchacho. Es Red Rapacious, conocido como el violador de vírgenes de las redes sociales de Londres.
Alison reaccionó mirando al chico.
—Oh, hasta esa reacción es la adecuada. Sublime —dijo y analizó el nuevo intento de forcejeo de la mujer—. Así es, el chico es de los criminales ingleses más buscados. Una auténtica fiera en esto de seducir jovencitas incautas. El doce es su número predilecto, ya me entiende.
En los ojos de Alison asomó un brote lacrimoso. Leandro la observaba y comenzó a imitarla en el lagrimal, apenando las cejas.
—Y aquí tienes a Leandro, tu viejo conocido —comentó mientras apoyaba su mano en el hombro del agente—. Qué fiel, qué altruista él… tu Watson —al decirlo, la expresión del hombre del bastón cambió—. ¿Nunca has pensado el porqué Leandro siempre te ha ayudado?
Tanto presa como policía contuvieron la respiración. Cualquiera diría que sus corazones bombearon al mismo tiempo.
—Bueno, no importa. Verá, mi amiga —continuó—, tengo el manuscrito perdido de Doyle.
Esperó y analizó la reacción de la detective atada.
—Y se lo voy a devolver, vaya que sí —dijo y pausó—. ¿Sabe por qué? Porque es basura —al decirlo posó su mano en la frente—. ¿Qué le parece? ¡Conan Doyle errando! Por eso es inédito, debió de sentir una vergüenza propia que ni él mismo sabría narrar —Bajó la mano—. Sin embargo no lo destruyó, quizá por una estúpida y mínima esperanza. Esa decisión ha desencadenado en otra historia, como suele suceder, concretamente la que nos mantiene aquí.
Alison lo miraba con rabia, impaciente.
—Sí, sí, tranquila. El caso que yo también soy escritor, y admiro al bueno de sir Arthur hasta la médula —Sonrió—. Y es por ello que he escrito un relato sobre el mítico personaje que dejará a la altura del betún a este estúpido manuscrito inédito. Aquí es donde entras en la ecuación, señorita Glance.
La mujer sintió espesarse el aire conforme escuchó pasos detrás de ella.
—Me falta el final, el saber a quién escogería Holmes como amante el resto de su vida. He adaptado la historia a tiempos actuales, donde el amor parece más importante que resolver el caso. De Holmes, le han inventado historias de cama hasta con Lestrade. ¡Aberrante! Pero es lo que hay, y quiero dinero —dijo enalteciendo la cabeza—. Como eres lo más similar a Holmes que tengo a mano, quiero que decidas a quién confesará Holmes su amor.
Alguien se colocó al lado de la cabeza de Alison. La detective sólo pudo apreciar parte de una pierna esbelta.
—Para completar el círculo de tres trazadas, La Camelia Carmesí.
La figura terminó de entrar en escena, mostrándose una mujer de contoneo preciso. Portaba una máscara y una capucha por encima.
—Bien, detective —dijo asumiendo el hombre—. Según pude investigar de usted, a sus casi cuarenta años sigue siendo virgen. No se sienta culpable ni diferente, me atrevo a decir que el propio Sherlock Holmes lo era, que lo de Irene Adler fue por disimular.
Alison se percató que el tipo se mostraba inquieto, comenzando a brillar su frente.
—Usted, la gran Alison, tan centrada en su trabajo, en ser la mejor desde que comenzó a estudiar siendo tan joven. Nunca cambió ese estilo de vida, y la vida social le fue negada. Se forzó a ser asexual. Menos con Leandro —Lo miró. Este seguía absorto con el suelo—. Bien, detective, le pido una única cosa. Deberá escoger entre estos tres personajes para ayudarme a completar mi ficción. Una vez hecho, devolveré el manuscrito y lanzaré a la venta mi obra el mismo día que lo haga la inédita, todo por ganar fama al ser comparado.
El tipo parecía ido, idealizando hasta la última gota de esencia del futuro momento.
—El fan que logró superar al maestro. Miles de ventas serán mi sino. Amiga Alison, amiga mía —alargó, alucinado su rostro—. Siento que tenga que perder la virginidad de esta forma.
El chico emitió un sonido indescriptible.
—Estas amables personas han accedido a entregarse en caso de poder disfrutar de su… compañía involuntaria. De eso se trata, me temo, de que escoja a quién regalará su flor.
Lágrimas recorrieron las mejillas de la detective.
—¿Acaso se la entregará a su amigo profesional? Será lo lógico, pero estos dos delincuentes se marcharán, y ustedes quedaran en el punto de partida charlando de lo ocurrido.
Alison cerró los ojos. Un intento de sollozo la ahogó, tosiendo muda por culpa de la mordaza.
—¿Escogerá a la Adler de su vida? La eterna rival, zanjar el tema y plantearse dar un paso adelante en la relación —Pareció disfrutar por cómo se mesaba el bigote—. Asegura haber traído un juguete especial, ya sabes. Quienes se pelean…
La detective miraba hacia el suelo, asumida. El ambiente se recargó.
—Si la escoge, ella accede a entregarse. No es mal precio a cambio. Al igual que la última cifra en la ecuación, Rapacious —señaló—, el criminal excesivo a lo Moriarty. Con menos clase aunque más palabra ya que, a cambio de que usted se deje hacer, se entregará y de ese modo salvará a las jovencitas de la ciudad —dijo mirándolo. El chico permanecía observando a Alison, tan fijo como una montaña a la espera del terremoto.
—Bien, mi amiga. ¿Qué decide hacer? ¿El mal menor? ¿O corregir de una vez uno de los dos mayores quebraderos de cabeza de Londres? Le dejaré tiempo para pensarlo. Haga una señal y le quitaré la mordaza.
Alison sacudió la cabeza. Dedujo que ya quería que se la quitaran.
El hombre del bastón alzó las cejas y afirmó levemente con la cabeza. Se acercó a la apresada y con cuidado que rayaba en la educación le quitó la mordaza. Alison tosió con fuerza, expulsando gotas de saliva que cayeron con brusquedad.
—Yo… —inició la detective. Su voz era ronca—. Yo soy La Camelia Carmesí. Esa es una impostora.
—¿Qué está diciendo?
—Mi pelo.
El hombre realizó una mueca. Acercó la mano hacia la cabeza de la mujer. Analizó su pelo, buscando por la base. Se detuvo un momento, abriendo los ojos al máximo. Escarbó con los dedos y comenzó a quitar la peluca de la detective.
En el lugar de la apresada quedaba una mujer calva afeitada a conciencia. Leandro hacía rato que se había levantado y observaba la escena hipnotizado.
—¿Qué es esto?
—Así conseguí mi fama, recuperando los objetos que yo misma robaba. Si pregunta cómo, es sencillo cuando estudias criminología. Aprendes truquillos también con tanto reality show en la televisión.
—No tiene sentido.
—Guantes de doble capa —aclaró Alison—, acostumbrarse a afeitarse a menudo, pelucas y depilación láser por todo mi cuerpo. Mucho dinero invertido, pero toda empresa lo requiere para que funcione. Ya ve que yo también soy una impostora, aunque soy la real.
—U-usted —dijo dándose la vuelta para señalar a la otra Camelia—. Es usted, es usted, ¡maravillosa!
Ninguno de los presentes reaccionó.
—Su mentira ha permitido descubrir esta trama digna de la mejor novela de Doyle. ¡Gracias!
La esbelta mujer de cara oculta no dijo nada, tan atenta y congelada como el resto.
—Reconozco que iba a tirar la toalla buscando a La Camelia Carmesí, hasta que imagino se compinchó con mi contacto para intentar sacar tajada entre ambos. Excelente, es usted una oportunista que me ha permitido atrapar a la Fántomas del siglo XXI.
Intentó gesticular, pero de la emoción resultó una parodia.
—¿No leen los libros del mejor detective? ¡Esto confirma la teoría de que Holmes era en verdad tres personas al mismo tiempo! Lo estamos viendo frente a nuestros ojos, ¡es posible! Quedaba saber si Watson y Moriarty era parte de la sobre-imaginación de Holmes, pero con este suceso puedo confirmar que se llegaba a disfrazar de ambos según en qué momentos.
—Era un maestro del disfraz —La voz del chico era grave, muy baja.
—Exacto, muchacho. Holmes, cansado de no obtener un reto a su altura, creó sus propios crímenes. Doyle —dijo para sí mismo—, tantos años después y sigues enseñándome.
Giró hacia Alison. Lo miraba con desprecio, retorciendo los labios.
—¿Qué debería hacer? —Calló. Miraba al suelo, como si allí hubiese un espejo al que hablarse—. Mi libro, venderá sólo porque atrapé a La Camelia Carmesí. No tiene mérito, quiero vender por calidad, y la estrategia de ser comparado con el inédito es legítima…
—Un intento desesperado, capullo —se desahogó la detective.
—Qué ordinaria.
—Estoy atada a punto de ser violada, vete a la mierda un buen rato —dijo y resopló—. Mira, colega, si su relato triunfa más que el hijo deforme no reconocido de Doyle es vergonzoso.
—¿Por qué?
—Por eso mismo, porque se compararán. Sólo será el mejor libro entre dos —dijo y resopló.
—Tú no eres escritora, no lo vas a entender —dijo deprisa el hombre.
—Me da igual. Pronto estaré jodida —asumió y quiso llorar de nuevo—. Escojo a Leandro.
El policía pronunció el nombre de Alison en voz baja.
—¿Está usted segura? Apenas lo ha meditado.
—¿Vender mi dignidad a cambio de atrapar a un delincuente? Tú no te enteras, no tienes principios.
—Claro que los poseo. ¡Soy escritor!
—¿Y por eso ya se justifica cualquier genialidad o idea que se te ocurra? Te crees que cada intuición y pensamiento poco común define al mundo, o que se aplica a tu vida. Miles de personas y todos, menos tú, en el mismo saco —Resopló—. Vaya. Supongo que es eso, de entre tanta gente también hay cabida para alucinados.
El hombre miraba más allá de ella.
—Hacer el mal de gratis —dijo Alison—, eso sí que es una mala idea. Anda, largaos y dejadme con Leandro. Supongo que nos lo debemos.
El hombre continuó en la misma postura. Fue cambiando la mirada de posición del suelo a ella al tiempo que parecía hacerlo con los pensamientos. Movió los labios y con ello su bigote se revolvió de un lado a otro.
—Sherlock escoge a su alma gemela. Típico, pero es lo más eficaz en los tiempos que corren. El detective no es tan malvado como su egoísmo hace creer.
El hombre se movió y se acercó a los presentes. Les habló en voz baja. Leandro lo miraba de reojo.
—Ustedes dos pueden marcharse —comunicó a los delincuentes—. Les pagaré como acordamos. Debo quedarme para comprobar que Alison cumple su palabra. Así devolveré el manuscrito.
—¿Se queda? —dijo el chico depravado de un modo apenas entendible.
El hombre afirmó.
—¿Pero se va a quedar? —insistió el chico al tiempo que comenzaba a incorporarse.
—En fin, reconozco que cada uno tiene sus vicios.
—¡La quiero para mí!
El chico se abalanzó sobre el hombre, que comenzó a defenderse atizando con el bastón.
—¡Ayuda!
—¡Es mía, para mí! —El chico logró aferrarse al cuello del agredido.
Leandro reaccionó y propinó una patada al costado del chico. No consiguió soltarlo, sólo acentuar su rostro ido y arrebatado. Pidió a la mujer que le ayudase.
La falsa Camelia, con premura, agarró la silla donde estaba el agresor y la alzó. Con un gesto la impulsó contra la espalda del criminal.
El chico se sacudió y cerró los ojos con fuerza, ahogando un sonido lastimero. En esas aprovechó Leandro y lo agarró del cuello con el antebrazo. Apretó y comenzó a someterlo, a reducirlo obligando a que se arrodillara. Tras lo que pareció un minuto interminable, el chico tenía la cara morada, cayendo al fin inconsciente.
Leandro soltó. Estaba jadeando, con el cuerpo empapado.
—Ese cabrón ha aprovechado y ha huido —determinó Leandro tras percatarse que el hombre del bastón no estaba—. Ey, quien seas, ayúdame a liberarla y pasaré por alto que alguna vez te vi.
Alison, testigo muda y en tensión de la escena acontecida, comenzó a relajarse. Sintió un hormigueo por todo el cuerpo. Se liberó de peso interior y comenzó a sentir sueño. Dejó caer la cara hacia abajo. Quedó respirando con fuerza.


Días después Leandro y Alison se reunieron en la cafetería de costumbre. Aunque charlaron de forma natural, se notaba el pormenor pendiente en el ambiente. Sin embargo ninguno daba pie a hablarlo. Comentaron sobre lo último acontecido:
—Parece ser —inició Alison— que el relato del loco ese lo ha publicado otro autor a modo de tapadera. Ha pasado sin pena ni gloria —Se detuvo a dar un sorbo—. Debe de ser ese porque salió el mismo día que el relato inédito que recuperamos, que como era de esperar ha vendido bien.
—¿Lo has leído?
—No —Su rostro cambió—. Oye, lo de La Camelia…
—Cada uno se gana la vida como puede —dijo sereno.
—Pero es rastrero.
—¿Y qué? No haces daño a nadie, y te quiero en circulación.
El rostro de Alison reaccionó levemente. Entonces se mantuvo callada.
Siguieron bebiendo el café. Fuera el ambiente era frío, con cierta niebla y condensación.
—Leandro, sobre lo nuestro…
—Lo siento —dijo tajante—. Sigamos actuando como si nada. Si nunca lo hemos hablado es porque sabemos que es lo mejor.
El silencio se hizo tensión. Terminaron los cafés sin hablar. Miraban por la cristalera, centrados como si estuviesen solos en el mundo. Regresaron a hablar y comentaron sobre casos pendientes, añadiendo alguna broma de por medio.
Una hora después, Leandro subía al coche que venía a recogerlo. Era su día libre e iba a disfrutarlo en familia. Dio un beso a su mujer, situada donde el conductor. Se giró y acarició las cabezas de sus hijos, pura actividad.
Alison vio alejarse el coche, y cuando la distancia lo engulló, sus ojos se tornaron brillantes. Pidió otro café. Las lágrimas no aguantaron más.

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