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9 min
Allasta.
Terror |
24.05.17
  • 4
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Sinopsis

Primer relato sobre la alejada ciudad de Allasta.

Allasta.

Desde que sufrí el accidente me veía incapaz de trabajar en la fábrica, sufría ataques de tos y tardaba varios minutos en recuperarme. El sindicato se involucró en el caso y tras las negociaciones conseguimos que me trasladaran a Allasta, una pequeña ciudad al norte del país.
El aire de montaña y el poco esfuerzo que exigía mi nuevo puesto de oficina iba bien para la recuperación. El médico también me recomendó pasear, una costumbre que ya tenía olvidada.
Caminaba temprano por el casco viejo, donde tenía un pequeño piso en alquiler, admirando la robusta y pintoresca arquitectura de la zona . El incipiente sol matutino apenas calentaba y una fina capa de hielo, tan brillante como un espejo, cubría el suelo. Estaba tan pendiente de mis pasos que no me di cuenta de que un hombre se acercaba en dirección contraria. Solo me percaté de su presencia por el ruido de sus pisadas, que me hizo pensar.
Aquella mañana no había visto a nadie. Recordé que al pasar por la Plaza del Mercado no había ninguna tienda abierta, además las enormes puertas de la Catedral estaban cerradas por primera vez desde mi llegada a la ciudad. Una sensación de soledad absoluta me invadió y casi recordé con nostalgia el ajetreo de la capital.
No sé como explicarlo sin que se me tome por un cobarde o un loco. El caso es que cuando volví a la realidad el hombre me había rebasado. Me quede parado y quise darme la vuelta, pero no pude girar el cuello, tan solo seguí escuchando sus pisadas, aun cercanas. Durante unos segundos permanecí parado, reuniendo el valor para mirar, aunque fuera su espalda.
Entonces los pasos se detuvieron. Perdí la respiración y sentí el impulso irracional de salir corriendo. Nunca había sentido algo así, no era como el miedo, físico, de que te peguen en una manifestación o la amenaza constante de una sierra circular. Se parecía mas al terror infantil que me paralizaba y me instaba a correr a por el interruptor cuando las luces se apagaban en mitad del pasillo.
Apenas pude mantener la carrera un par de minutos, lo suficiente para alejarme del individuo y entrar en un callejón estrecho. La humedad del ambiente no le sentaba bien a mis pulmones y tuve que recostarme contra la pared, cuidando de no respirar muy fuerte e intentando oír los sonidos de los pasos, pero solo pude escuchar mi propio corazón. Cuando contuve el ataque de pánico me recriminé por cobarde, y alegrándome de que nadie hubiera visto mi vergonzosa huida.
Esa parte de la ciudad aún me resultaba desconocida, pero la inclinación de la calle sugería que estaba bajando por la colina donde se asentaba la antigua población. El empedrado de adoquines, cada vez mas desordenado, dejó paso al barro cuando porfin salí a un descampado.
Los edificios se apiñaban en torno a una pequeña iglesia, dejando un espacio abierto sin empedrar que hacia las veces de parque y aparcamiento. Dos enormes manzanos, todavía sin hojas, ocultaban parcialmente el río que bordeaba la iglesia y desaparecía entre la ciudad.
Empezaba a encontrarme cansado y mis pulmones sufrían con solo imaginar la vuelta a casa, lo único que me consolaba era el futuro almuerzo que me esperaba. Me dirigía al piso cuando las campanas de la iglesia empezaron a sonar con fuerza.
Me di la vuelta sobresaltado, a tiempo de ver como una multitud salia del lateral de la iglesia en dirección al río. Gritaban y cantaban, algunos se arrastraban por el suelo, varios niños bailaban al rededor de la patética ceremonia mientras la comitiva avanzaba en dirección a un puente cercano.
Continué observando, como hipnotizado, a dos individuos enlutados que salían por la puerta principal del templo, se colocaron detrás de la congregación y dirigieron a la congregación bajo el puente, donde desaparecieron de mi vista sin darse cuenta de mi presencia.
Las campanas, que no habían dejado de tañer hasta ese momento, continuaron en mi cabeza por varias horas. De vuelta a casa, la vida parecía haber vuelto a la ciudad, los negocios estaban abiertos y la gente paseaba alegremente por las calles. Era como si hubiera despertado de un sueño.

Despues de comer, algo menos trastornado, fui a la oficina. El edificio se encontraba en la parte nueva , junto al súper mercado y el pequeño cine. El aparcamiento estaba desierto, salvo por una furgoneta de reparto que ocupaba dos plazas al otro extremo.
Los chicos de la oficina se hicieron los locos cuando les pregunte acerca de los acontecimientos de la iglesia, mostrándose mas distantes y callados durante la jornada.
Necesitaba respuestas, aquella especie de ritual me había dejado intrigado, así que esa noche le pregunté al camarero sobre las tradiciones de la zona. El hombre estuvo encantado de tener conversación mientras su esposa preparaba la cena.
Dijo que eran costumbres antiquísimas, provenientes de los primeros pobladores, la misma gente que había edificado el Ayuntamiento, la Cárcel y varias de las siete iglesias que se diseminaban por la ciudad. Con mirada suspicaz me contó que nadie sabia que usos tenían en su origen, aunque los lugareños contaban sus historias. Siguió indicandome que el museo de la Universidad contenía numerosas piezas de arte y utensilios, así como muestras escritas en su idioma.
Animado por su locuacidad le pregunté sobre la extraña procesión que había visto por la mañana. Al principio se mostró reació, haciendo ademán de retirarse, pero luego se acerco a mi, en actitud confidencial, solo para decirme que no era mi asunto. Cosas de pueblerinos, dijo retirándose.
Tardé varios segundos en darme cuenta que me había perdido, ya no estaba entre los familiares muros del casco viejo. Como cumpliendo un recuerdo inconsciente, había vuelto sobre mis pasos y ante mi se erguía, casi amenazante, aquella maldita iglesia.
Estaba realmente cansado y debería haber vuelto a mi casa, pero me quede fascinado por el resplandor de las farolas sobre las humedas tejas del templo, dándole la apariencia de una joya sobre el terciopelo de una noche sin luna.
Casi sentí su presencia, atrayéndome, mientras me acercaba al edificio. Apenas se veía la fachada principal pero pude admirar el pórtico, desprovisto de adornos, que contenia la enorme puerta.
Me proponía rodear la iglesia, dando un paseo por la rivera del río, cuando escuché ruidos en el interior. Pensé que seria el cura preparando la misa del día siguiente, pero al intentar abrir la puerta para hacerle unas preguntas me la encontré cerrada. Llame varias veces sin éxito. Entonces me dirigí a la entrada lateral y subí cinco escalones antes de darme cuenta del extraño símbolo circular que había pintado en la entrada.
Un ruido sordo y rítmico, casi mecánico, se colaba por el espacio que dejaba la puerta mal cerrada, lo que me puso en alerta. Entré cuidadosamente a una pequeña habitación iluminada con velas. Vacía, salvo por una enorme pila bautismal de granito. En frente había otra puerta y a su lado una ventana de celosía por la que me asomé furtivamente. Varias siluetas bailaban alrededor de un altar o monolito.
Entonces, por desgracia, fui consciente de que había un bulto que se retorcía, levemente, bajo el altar. No podía saberlo con seguridad, pero me lo temía. Así que me acerque a la puerta y la abrí lo suficiente para poder ver, confirmando mis peores sospechas.
Era una persona, encadenada de pies y manos al monolito. Vestía una túnica blanca, empapada y manchada de barro, desprovista de capucha, dejando su cabeza oculta por una especie de mascara de zarzas y espinos. Varios hombres y mujeres, desnudos, canturreaban a su alrededor.
Me estremecí, convencido de que estaba presenciando un crimen y quise llamar a la policía, pero en ese momento aparecieron dos figuras enlutadas en hábitos purpuras, avanzando lentamente hacia la multitud. Parecía que el tiempo se hubiera ralentizado, los danzantes enmudecieron y relajaron su baile, mientras que el encadenado hasta entonces inmóvil, se levantó de un espasmo, haciendo sonar sus metálicas ataduras.
El estruendo fue tan repentino que di un bote, dejando que el móvil se escurriera de mis manos y resonara contra el suelo, lo que provocó que varios danzantes se giraran hacia mi, alarmados. Dejaron de bailar, visiblemente avergonzadas, intentando taparse la cara mientras buscaban su ropa.
El caos fue total. Gritaban que era la policía y se empujaban unos a otros intentando ocultarse mientras huían. Salí corriendo de la iglesia, pero a los pocos metros recordé que había olvidado el teléfono. Un móvil que me había costado cincuenta euros. Un móvil que, al final, ni recuperé.


Decidí volver. Un hombre de unos sesenta años, en calzoncillos, paso rápidamente a mi lado sin dedicarme una mirada. Entré a la habitación que había utilizado de escondite y allí estaba el móvil, cerca de la puerta completamente abierta.
Se veía movimiento al otro lado y los ruidos y gritos eran incesantes, pero un sonido sobresalia por encima de los demás, un sonido agudo y penetrante, similar a metales en fricción. Al asomarme pude ver que lo emitía la figura encadenada al luchar contra sus ataduras. Los dos personajes de purpura permanecían arrodillados a sus pies, temblaban y parecían orar.
Entonces, el cautivo, a través de su mascara de espinas se fijó en mi. No sé como pero lo supe, me sentí desnudo bajo su absoluta atención y casi pude imaginármelo sonriendo. Me quedé clavado, sin poder dejar de devolverle la mirada. Observando incrédulo, como sus musculos se tensaban contra la húmeda túnica hasta que, con un tremendo alarido, uno de sus brazos se desgajó por el codo, salpicando de sangre a sus acólitos. Sin dejar de gritar, se arrancó la mascara que cubría su cabeza con el muñón aun sangrante y pude ver con inmenso horror su rostro biscoso y plano.
Es irónica la manera en que se aferran los recuerdos que quieres olvidar. Irónica y cruel.
No se como llegué al coche. Pero recuerdo ver aliviado las montañas en el retrovisor. Recuerdo una comisaria rural a la luz del amanecer y recuerdo las miradas y sonrisas entre los policias.
Estres, consecuencias del accidente, falta de oxigeno... Los medicos tenían diferentes teorias pero todo parecía indicar que habia sufrido una crisis nerviosa. Mis compañeros de oficina indicaron a la policia que me habia comportado de manera sospechosa los ultimos dias y que, realmente, nunca habia llegado a encajar.
Me dió igual, solo queria alejarme de aquella zona donde, despues de los ultimos acontecimientos, no podia dejar de observar la tez ligeremante brillante y humeda de sus habitantes.

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