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3 min
ALMA ANÓNIMA
Reales |
30.06.07
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Sinopsis

En aquella plaza octogonal, la noche cayó con brusquedad, sin aviso, sin un cambio armonizado de tonalidades crepusculares.
El niño que, como un patán cualquiera, golpea su pelota regateando entre los paseantes, abandonó su terreno de juego sin reparar en el viejo que sigue tumbado en su lugar habitual.
La señora que alimenta a las palomas con el pan sobrante del día anterior, se envuelve en su toquilla de lana y pasa por su lado, mirando aquellos cartones con un cuidado mal disimulado para que ningún roce, por minúsculo que fuera, acerque sus ropas a aquel paisano dormido en el banco de la plaza.
Durante la hora del ocaso, ejecutivos apresurados entran y salen de aquel escenario urbano, con la misma prisa con la que viven, con un teléfono móvil eternamente disponible y un contestador que nunca hace esperar, con ningún tiempo que dedicar a mirar alrededor, con ninguna palabra dispuesta a contestar una pregunta.
Luego, la quietud llueve sobre el lugar, con la luz de las estrellas amortiguada por la de las farolas, sumergiendo el paisaje en el silencio y en la humedad que se condensa en todo lo que toca.
En la misma posición de todas las noches, intenta parar el castañeteo de sus dientes, la insensibilidad de sus dedos y el agüilla que insistentemente le gotea de la nariz.
A aquella hora su soledad es absoluta.
La ciudad duerme ajena al frío que le golpea los huesos, a los cartones que le aíslan de la realidad de un mundo que no siente suyo, al silencio que le rodea hasta perforarle los tímpanos.
Aquella noche iba a ser distinta. . . aquella sería la última.

Siente cómo su alma se desprende de su cuerpo para ascender hacia la gran bóveda celeste, se despide del frío, de la soledad, del mundo. . . de su último aliento.
A la tarde siguiente, volvió el niño a jugar con su pelota y la señora a compartir su pan con las palomas y los ejecutivos a mirar su reloj con prisa, pero el banco de siempre estaba vacío.
Ya no había cartones que ocultaran a un individuo que molestara a la vista, ya no tendrían que dar rodeos absurdos para evitar que su mirada despierte su culpabilidad interior.
Él había dejado de pasar frío, de sentirse solo y de pertenecer al paisaje de aquella plaza.

Salió de la vida cotidiana del resto de los ciudadanos y su anonimato le acompañó hasta después de su muerte.
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hablar, leer, escribir. . . soy una enamorada de la palabra

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