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8 min
almas gemelas
Drama |
13.01.22
  • 5
  • 5
  • 181
Sinopsis

las apariencias engañan

 Almas gemelas

 

La lluvia comenzó a caer en forma muy tenue cuando se esfumaba la luz del día. Ese comienzo tan débil  casi siempre presagia copiosas jornadas acuíferas.

 Y así fue, se intensificó durante la noche y a la mañana continuaba cayendo agua en forma fluida y sin intermitencias. Me ubiqué frente a la ventana para mirar cómo se formaban globitos cuando las gotas golpeaban en el piso. La sabiduría popular dice que cuando  se pueden ver esos globos de agua, seguirá lloviendo por largo tiempo. Yo desconocía la validez de esa teoría, aunque tampoco podía refutarla. El espectáculo gris, húmedo y frio, me generaba el deseo de quedarme protegido en la casa tibia y seca; la lluvia me despierta, la necesidad de cobijarme y gozar de ese sonido monótono y permanente.

Desde ese bienestar, observaba a las personas que transitaban por la vereda, cubriéndose como podían del aguacero, los cuellos de los abrigos e impermeables subidos para lograr un poco más de abrigo, paraguas que el viento zarandeaba, sombreros que salían volando.  De pronto me  sentí avergonzado por mi cómodo privilegio, a salvo bajo techo; espiando las dificultades que padecían los transeúntes.

El teléfono sonó, tuve un sobresalto porque el silencio en la casa era tan profundo que el timbre agudo me sorprendió y generó un gran malestar. En ese mismo instante me disponía a calentar agua para tomar unos mates. Abandoné esa idea y fui hasta el teléfono, más para no oír ese sonido horrible, que para atender.

—Todavía no saliste, boludo?— la voz  de Alberto, un compañero de oficina, fue un susurro, pero imponente. Siguió — Acá, “the boss” está muy molesto, no deja de preguntar; venite cagando.

No me dio tiempo a contestar y cortó. Quedé unos segundos en suspenso. Hasta  esos momentos, ni recordaba la oficina, ni a mis compañeros y mucho menos al jefe; a “the boss”, como lo apodábamos despectivamente.

Ahora sí, puse la pava en el fuego dispuesto a tomar unos ricos mates, la lluvia arreciaba, salir era una mala idea; cierto que en el trabajo me esperaban, sin embargo no sentía la urgencia de presentarme prontamente.

Saboreando los mates me abandoné al arrullo de la lluvia en las chapas del techado.

Quince minutos más tarde, llamé a la oficina. Me atendió Alberto.

—Pásame con “the boss”. Le dije imperativo.

—Como quieras pero te va echar a la mierda; sos un pelotudo.

—No jodas  Beto.

—Hola? Dijo el jefe.

—Habla García. Dije cortante.

Hubo uno o dos segundos de silencio. Imaginé que estaba decidiendo cómo reaccionar; mi actitud era impertinente, rozando la falta de respeto. Yo lo hacía adrede para incomodarlo; “the boss”  tenía fama de inflexible, sin embargo conservó la compostura. Me preguntó si estaba enfermo, en forma desfachatada contesté que no, que en realidad estaba perfectamente, disfrutando de la lluvia en mi casa.                                                                                                                                                                                                      Se hizo un silencio tenso, yo estaba dispuesto a sostenerlo desafiante. Por fin “the boss” rompió el silencio.

—Qué piensa hacer?

 Hice una pausa para sonreír;  no sé porque, pero supuse que del otro lado de  la línea podía adivinarse mi sonrisa

 —Voy a quedarme en casa, estoy muy cómodo. Dije aumentando la presión de la conversación.

—Le voy a descontar el día. Contraatacó.

—Es justo; mañana nos vemos.

 Corté súbitamente, mi intención era que se sintiera muy molesto.

Me tiré en la cama; el temporal no cesaba.

Especulé que si bien mi conducta no era la que la empresa pudiera avalar, no llegaba a ser tan grave como para un despido.

Hoy la mañana resplandece, el cielo sin una nube, el sol se entretenía secando las calles, los techos, los árboles. Todo brillaba y comenzaba a sentirse el calor.

Llegué a la oficina a horario, alegre y muy tranquilo.

Algunos minutos después llego “the boss “, saludó de pasada y se encerró en su oficina.

—“ahora me va a llamar”. Pensé

Sin embargo la mañana y el resto de la jornada hasta las 17.00, transcurrió sin que el llamado se produjera. Yo seguía calmado en definitiva si no me llamaba para mí era mucho mejor.

Excepto por “the boss” fui el último en salir de la oficina, él siempre extendía la jornada. Ya en la vereda, me dieron ganas de pasar por el bar a tomar algo; no era algo habitual, pero hoy no deseaba regresar a casa temprano. Pensé pedir una cerveza, pero me arrepentí; pedí un café doble y un especial de jamón y queso.

Mientras comía el especial distraídamente, vi a “the boss” que entraba al bar y sin pausa fue directamente a la barra, no pude escuchar lo que pidió, pero el barman tomó una botella y sirvió prestamente en un vaso, sin duda era whiskey  y lo bebió de un trago y repitió el pedido.

Antes  de que terminara mi sándwich, él tomó tres vasos sin pausa. Lo observé cuidando no ser descubierto. Parecía estar concentrado solo en la bebida.

Cuando iba por la quinta copa, decidí retirarme del lugar, prefería no ser visto, llamé al mozo con una seña, pagué y salí. La conducta de “the boss” me intrigaba; en realidad más allá de su actividad en la oficina, ni mis compañeros ni yo conocíamos alguna otra cosa del hombre; mantenía un hermetismo blindado.

Decidí olvidarme del asunto, su vida era cosa suya; sin embargo la intriga o la curiosidad repicaban en mí

No comenté con mis compañeros el suceso, pero me dispuse a observarlo. Durante el día no tuvo ningún comportamiento diferente; esperé impaciente el final de la jornada y al salir volví al bar, ansioso por comprobar si se repetía lo del día anterior.

Media hora después lo vi entrar y dirigirse directamente a la barra. En menos de una hora consumió varios vasos uno tras otro. Salí del bar, al contabilizar la sexta copa.

Luego de una tercera comprobación, comprendí que ya no era necesario volver por el bar, era evidente que era una conducta habitual en él.

Lo extraordinario era que en la oficina su actitud no dejaba vislumbrar nada de lo que yo sin querer había descubierto. Se comportaba muy correctamente, riguroso  y exigente sin estridencias ni desbordes.

No dejaba de sorprenderme que alguien tan estructurado y severo durante el horario de trabajo, tuviera una conducta más laxa fuera de ese horario. Por supuesto era un prejuicio mío, eso de conducta laxa; posiblemente su hábito de beber fuera también estructurado y severo.

Gradualmente  mi concepto sobre “the boss” fue cambiando, ya no me hacían gracia las bromas   que mis compañeros hacían a sus espaldas. Me aparte de los rumores y chismes crueles también.

Ahora pensaba que alguien tan introvertido tendría una pena que sufría en soledad. Admiré ese comportamiento  que, amparado en mis prejuicios, consideré estoico. Comprendí de golpe que el descubrimiento revelaba algo sobre mí y no tanto sobre “the boss”

Claro que su hermetismo, generaba irritación, sobre todo porque era desconcertante. Nadie en la oficina sabía si estaba casado; si tenía hijos o no; de desconocía  su edad; sus gustos personales; o si le gustaban los animales, o el fútbol; en fin desconocíamos todo. Y posiblemente yo era el único testigo sobre su hábito de concurrencia al bar.  Tal vez por eso también era el único que lo consideraba humano.

Mis especulaciones sobre su existencia cotidiana continuaron; por alguna extraña razón me sentía unilateralmente cercano a él, porque en realidad todo transcurría en mi interior y su desconocimiento de mis tribulaciones era proverbial y por supuesto entendía que le serian totalmente indiferentes, en razón de no ser yo alguien a quien le incumbiera algo se su vida.

 Me fui haciendo muy reservado,  taciturno, casi no compartía momentos con mis compañeros.

“The boss” guardaba un secreto y ahora yo guardaba también otro. Compartíamos algo.

No volví por el bar, a pesar que me sentía tentado; igualmente pude comprobar que su conducta siguió sin variantes, muchas tardes pude verlo desde lejos entrando al local, después de un tiempo dejé de espiarlo ya que empecé a sentirme avergonzado por mi intromisión. Nunca supe si él sabía que yo sabía. A esta altura me consideraba secretamente (nunca mejor usado el término), su amigo.

Una mañana al llegar a la oficina, todos estaban de jolgorio a los gritos, al verme se callaron las voces, pero alcancé escuchar una voz tardía — ¡Cuidado que llegó The Boss” segundo!

 

 

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