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15 min
AMISTAD
Drama |
08.03.12
  • 5
  • 9
  • 2167
Sinopsis

El pasado siempre nos alcanza.

Juan  conducía su flamante Ford Anglia por la carretera del norte. Siempre dejaba Las Lomas para el final de su recorrido de los viernes por la tarde. Se pasaba toda la semana de un lado para otro, de pueblo en pueblo, de bar en bar. Pero su semana de trabajo siempre terminaba allí.

 Se desvió de la carretera principal y enfiló el camino de entrada al pueblo. A ambos lados observó las parcelas de viñedo bañadas por el sol. Bajó la ventanilla. Recibió una vaharada de aire fresco y aspiró el aroma de los pinos y eucaliptos que flanqueaban el camino.  Volvió a admirar las interminables parcelas de viñedo, unas junto a otras,  una sucesión interminable de terrazas encaramadas a  la falda de las montañas que limitaban el pueblo por el norte. Se veía ya alguna casa aquí y allá, rodeada de viñas. Cada una con su bodega, eso no fallaba.

En Las Lomas, cada familia, cada propietario tenía su propia bodega en las que elaboraban esos caldos  caseros, peculiares, con aroma  a mecha de azufre y sabor a barrica vieja. Los vinos embotellados de grandes propiedades habían perdido ese encanto . Ahora, los grandes bodegueros usaban cubas de acero, y  hasta probetas. Por eso le gustaba tanto su trabajo. Comprar buenos vinos a granel de producción casera y venderlos a bares y restaurantes, y hasta hoteles si el producto resultaba de la calidad suficiente. Eso le obligaba a andar de acá para allá, de pueblo en pueblo toda la semana, catando, buscando lo mejor. Pero a pesar de que en Las Lomas había cerrado muchos y buenos tratos, no iba allí por eso. Cada viernes le esperaba una cita ineludible en la bodega de su amigo Rafael . El broche de oro a una  dura semana de trabajo. Una tarde de vasos de buen vino y un abundante "enyesque": papas frías con sardinas en aceite, huevos duros, aceitunas y queso tierno de cabra.  Y conversación, buena conversación. Horas hablando de viñas, de uvas: que si la negramoll es la mejor para el tinto, que si la Pedro Ximénez ..., que si prueba este blanco, que si toma este tinto. De fútbol. De las mujeres. Casi nunca de política, por supuesto, aunque alguna vez, ya bien templados, se habían reído de la voz de vicetiple del Caudillo y de "lo chaparrito que nos salió, el jodío".

 Rafael hacía  un tinto excelente, de lo mejor. Cada año le compraba todo lo que le quisiera vender. Así forjaron su amistad, amistad de hombres, afecto sincero en aquella bodega viernes tras viernes. Alguna vez se había traído a su mujer un domingo, invitados por Rafael y su mujer a comer salmorejo de conejo con papas "arrugás" y leche frita de postre . Y lo mejor era que las mujeres también se habían caído bien y charlaban tomando café en la cocina mientras ellos dos acababan, como no, entre barricas.

Rafael, por su parte, apreciaba sinceramente a aquel hombre franco y amable, y no porque comprara su vino.  Esperaba cada viernes  y preparaba la bodega para la llegada de su amigo apremiando a su mujer para que cortara y  sirviera  las viandas en la mesa de madera rústica. Ella nunca se unía a la reunión. Les dejaba solos. El vino era cosa de hombres.

Aquella tarde, mientras esperaba, vio a aquel  hombre en la entrada de la finca. Estaba allí parado mirando hacia la casa. No le pareció normal, su finca era grande y no había más casas cerca. Iba a pie, tenía que haber caminado un buen trecho. No le pareció normal verlo allí, no señor. En ese momento, echó a andar y se alejó . Bueno, sería un jornalero buscando trabajo o quizá alguien que andaba perdido.

En estas vio el coche de Juan por el camino. Se paró junto al hombre, estaban hablando algo. Se subió al coche de su amigo.

Rafael salió de la casa para recibir a su amigo y a su inesperado acompañante.

-¡Hombre, Rafael! -dijo bajando del coche- Me he encontrado a este paisano que, a lo mejor, viene a proponerte un buen negocio. Este es Pedro, Pedro Gil y cría los mejores cerdos que he visto en la vida. No en vano es de mi pueblo. Pedro, te presento a Rafael Fariña, este hombre hace el mejor vino de todas Las Lomas y alrededores, te lo digo yo, que de esto sé un rato.

El hombre se acercó con la mano tendida.

-Pedro Gil,  para servirle -a Rafael le hizo gracia; " retaquito", sombrero de fieltro negro y chaqueta ajada de pana verde. Carilla regordeta, rubicunda y bigotillo canoso.

-Pues, si tiene intención de ofrecerme cerdos, me interesa, pero para el año que viene, que el de este año ya lo tengo medio criado. La matanza para febrero. Vamos, vamos a la cochinera, verá usted el animal que tengo. Debe pesar, lo menos, cien kilos ya.

Rodearon la casa hasta la parte trasera. Allí tenía Rafael un gallinero, varias conejeras y el "goro" del cochino.

-Buen animal, sí señor. Si es verdad que está bien grande. Buen cochino. Le prometo que los míos no desmerecen. Si usted hace la matanza en febrero, le puedo traer el gorrinillo, como muy tarde, a principios de marzo. Y para el año siguiente le aseguro que tendrá un animal bien grande si se le ceba bien. Claro... que si prefiere yo le crío el gorrino, le hago la matanza, le salo el tocino , le hago los chorizos y las morcillas. Y la carne se la traigo ya hecha, bien guisadita en su propia manteca, para que la use como quiera. Así usted me da un dinero en febrero  y al año siguiente le traigo todo hecho y me da el resto del dinero.

-La verdad es que suena bien pero yo prefiero comprar el gorrino y cebarlo. Mi mujer hace muy buenos chorizos, y unas morcillas dulces...de chuparse los dedos.  

-Bien, pues como usted quiera. Tendrá su gorrino en marzo. Le voy a reservar uno de la mejor cerda que tengo.

-Bueno, pues espero que me toque algo, ya que he hecho de intermediario. Aunque sea un par de filetes cuando celebres la matanza -Juan se alegraba sinceramente de haber servido a su amigo de alguna manera.

-Pero vamos a la bodega.

Entraron y se sentaron a la mesa. La mujer de Rafael había dispuesto todo a las mil maravillas. Comieron y bebieron toda la tarde en animada conversación. Cochinos y vino, la mejor de las pláticas.

A eso de las ocho, de noche ya, Juan hizo el primer intento de marcharse.

-Bueno señores, me despido. Ya va siendo hora, que la mujer me mata. Pedro, si quieres te llevo.

-No, tengo la camionetilla no muy lejos.

A Rafael le sorprendió que tuviese una camioneta y no la hubiera traído con él.

-¿A dónde te vas tan temprano?, las ocho nada más, pronto te recoges.

-Rafael, amigo, que la parienta me mata, te lo digo yo. Cuando llegue... a cenar, aunque sea sin ganas.

-Bueno, si es por la mujer...¡hay que tenerla contenta! Eso es lo primero.

Pedro permaneció sentado y en silencio, no hizo ademán de levantarse y menos de irse. Una vez los dos amigos se despidieron fuera, con promesa firme para la semana siguiente, Rafael volvió dentro. Entonces reparó en  que Pedro seguía allí. No sabía que decirle. Ahora, sin la presencia de Juan, cayó en la cuenta de que era un extraño y no sabía de qué hablar con él.

Pedro sacó una cajetilla de Kruger y encendió un cigarro, utilizando una caja de cerillas que sacó del bolsillo de la chaqueta.

-Ahora que estamos solos, usted y yo tenemos que hablar.

-Por mi parte, el trato del cerdo es en firme.

-No se trata de eso.

Rafael le miró, estaba muy serio, de hecho le pareció alguien totalmente diferente. Ya no le parecía el tipo bonachón de hacía un rato.

-¿De verdad cría usted cerdos?

-Desde luego. De eso vivo. Pero hoy no vine aquí por eso. Esta tarde estaba dudando si hablar con usted. Es un tema peliagudo. Sabía que hoy vendría su amigo y eso me dio la oportunidad de conocerle. Le voy a hacer una pregunta, si quiere me responde y si no, nada.

-Adelante

-¿Es usted del Régimen?

-¡Uuuuuuh! ¡Mal asunto! Todos somos del Régimen o ¿es que no lo sabe?

-No se preocupe, a mí tampoco me gustan. ¿Qué como lo sabía? El vino aviva el recuerdo y suelta la lengua. En este pueblo todos saben todo de todo el mundo. ¿Me entiende?

-Bueno, ¿y todo eso que importa?

-Nada, no importa nada. Yo sólo quería contarle una historia.

-Adelante, si no es muy larga. Es tarde ya. Mi mujer estará en la casa preguntándose qué hago aquí todavía.

-Su amigo sí que es afecto a Franco. En el 36 andaba con la camisa azul y el cangrejo bordado. Andaban como locos. Borrachos por la calle, danto tiros al aire. Nadie estaba a salvo. Todos éramos sospechosos de algo para esos animales. Ya sabe: palizas, aceite de ricino y paseos en burro con la cabeza rapada.

Rafael no daba crédito. ¿Juan un falangista?. Nunca se le había pasado por la cabeza. Aunque...en realidad no sabía mucho de él. Una amistad de viernes por la tarde, risas y alegría delante de un vaso de vino durante un rato no daban para tanto. Él nunca había mencionado que hubiera pertenecido a La Falange.

 Durante la guerra, a él mismo, su madre le había mandado unos días al monte con un tío suyo que era cabrero; porque al estallar la contienda, los falangistas del pueblo anduvieron  pistolas en ristre, y su padre tenía fama de rojo. Lo de "fama de rojo" era algo que decía ella para quitar hierro al asunto. La verdad era que su padre estaba afiliado a la UGT aunque casi nadie lo sabía. Todo aquello pasó y al final la sangre no llegó al río. El carnet de la UGT desapareció convenientemente y "aquí paz y en el cielo gloria".

Pedro continuó con la narración: "Algunos días subía al monte a coger retama y escobón para los animales, o leña para el fuego o lo que se terciara, según el día. Ojalá no hubiera ido aquel día, me habría ahorrado años de mal dormir y pesadillas. El caso es que ese día oí unos ruidos raros, unos pequeños golpes. Me fui acercando al lugar de donde venían los golpes. Lo que vi no se me olvidará nunca, al ver aquella escena me quedé sin sangre en las venas. Me escondí detrás de unos matorrales. Ellos no me vieron, claro está. Vi a Juan y a dos de sus compañeros. No paraban de reír pistolas en mano. Obligaban al maestro del pueblo a cavar un hoyo mientras su mujer y su hija, apenas una niña, tenían que ver aquel horror. No paraban de llorar-se paró y respiró hondo-. Procuré mantenerme muy quieto. Si me llegan a ver ahora estaría muerto. El hombre llevaba ya un rato cavando, pero como no avanzaba lo que ellos querían, uno le quitó la pala y se puso a cavar. El maestro se quedó arrodillado, con la cabeza gacha, sollozaba y le oí suplicar por su mujer y su hija. Pero aquellas malas bestias no se compadecieron. En cuanto el hoyo les pareció lo bastante hondo, Juan apuntó a la nuca del maestro que cayó directamente en la tumba. Su mujer empezó a chillar mientras apretaba la cara de la niña contra su pecho. Juan se acercó a ella y le dijo que se callara, pero la mujer no paraba. Sin pensárselo dos veces le soltó un tiro en la cabeza. La mujer cayó hacia delante dejando debajo a su hija. La chiquilla no sabía lo que pasaba, salió de debajo de su madre y miró el cadáver como alucinada. No le dio tiempo ni a gritar. Juan le descerrajó otro tiro . Los otros dos se quedaron con la boca abierta.

-¡Joder Juan! La niña no hacía falta matarla.

-¿Cómo que no? ¿La dejo por ahí paseándose y largando por la boca? ¡Venga, ayúdenme a meterlas en el hoyo!

Una vez habían metido los tres cadáveres en la tumba, echaron tierra dentro y se fueron.

Estuve allí quieto durante un buen rato, no me respondían las piernas. No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude levantarme y echar a andar. Bajé al pueblo y no le dije nada a nadie. Nunca. Hasta hoy".

A Rafael se le pasaron los efectos del vino, de repente se sentía muy despejado. Por otra parte, estaba perplejo, no sabía que decir. Tampoco sabía que pensar.

-Y...¿cómo sé que todo eso es verdad?

-No lo sabe, pero...¿por qué motivo le iba a mentir?

-No sé, envidia o ¿qué se yo? ¿Qué se yo que pendencia o que ha podido pasar entre Juan y usted?

-Piense a lo que me arriesgo contándole esto. Por favor, le pido que no le vaya a decir nada a su amigo. Si saben lo que vi, me matan. Pero llevo veinticinco años mordiéndome la lengua. Los veo haciendo sus vidas, tan felices y tan...normales. Un día me encontré a Juan aquí, en Las Lomas, y al poco tiempo otra vez. Me llamó la atención y sonsacando a unos y a otros me enteré de que venía a su casa y de su amistad con usted. Me costó más de un año decidirme a decir algo. Pero averigüé que aquí todos saben que usted no es de los que cantan El Cara al Sol. Ya me entiende.

-Le entiendo. ¿Pero nunca se preguntó nadie que fue del maestro y su familia?

-Circularon veinte mil historias. Se dijo que había huido, que los habían matado. Por aquellos años desapareció más de uno. Después los nacionales ganaron la guerra y lo que ellos hicieron se tapó y se olvidó. Aparte de los asesinos, sólo yo he sabido todos estos años lo que pasó con ellos.

Rafael salió al patio donde le diera el aire. Se dio cuenta de que aquella historia había calado en su mente. No,  en su mente no, en su alma. No sabía por qué, pero de repente cayó en la cuenta de que creía a aquel hombre. No estaba seguro de sus intenciones al contarle aquellos horribles sucesos, pero eran ciertos, lo sabía. En apenas media hora su amistad con Juan había muerto. Le recibiría un par de semanas más, mejor un par de meses más, para que no sospechara. Le resultaría difícil, pero debía hacerlo así. Y un día cualquiera, sin darle ninguna explicación le diría que no volviera nunca más, que no volviera a poner los pies en su casa.

-Me voy, es tarde ya. ¿Sigue interesado en el gorrino?

-Sí, pero no quiero volver a verle hasta el año que viene.

Rafael se quedó mirando cómo se alejaba y pensó que, en realidad, no quería verle nunca más.

 

 

FIN

 

 

 

 

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    Muy bueno, me hace recordar a esas peliculas o miniseries tan buenas de TVE. Ojala alguien lo vea y te lo haga pelicula
    Excelente relato. Al leerte he recordado un verso de Borges de su “Soneto del vino”: “ Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia, como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.” A veces hay que remover las cenizas. Gracias por compartirlo y un saludo.
    Me ha gustado. Creo que es un poco parcial, pero me gusta como esta escrito.
    Excepcional relato. Sin palabras me ha dejado, voy a seguir leyendo cosas tuyas.
    Magnífico relato. Me ha erizado el vello. Perfecta introducción y desarrollo. Descripciones cuidadas y justas. Una pincelada de la posguerra, en Canarias, a la que no le falta sus notas de costumbrismo. Toda una escritora, Cimbellina.
    Gracias por leerme, espero no defraudarte con los siguientes capítulos que publique. Me a gustado mucho el relato, continua escribiendo. Un gran saludo, CIMBELLINA.
    Muchos fueron los que llevaron sus odios partidistas a una demencial orgía de crímenes, que luego trataron de justificar con sus enloquecidas coartadas ideológicas. Si para muchos las guerras no han sido más que acontecimientos satánicos, no olvidemos que otros las han proclamado "singularidades excelsas", y umbrales de santidad frente al patriotismo. La guerra vivisecciona así nuestra esencia terrena en desahogos descarnadores, para acabar convirtiéndola en ancestral símbolo de lo demoníaco. Luego se fragua el olvido en el foso del secreto. Y el olvido se convierte de nuevo en la gran farsa de la moral de los hombres. Pero basta una coincidencia.... Vuelves a demostrar que eres una gran narradora, compañera Cimbellina. Tu AMISTAD, texto fluido y enriquecido por un bello naturalismo, acaba convirtiéndose en un “necesario y patético documento de nuestra memoria histórica”... Del descuido de un solo acto criminal se pasaría al desdén por los hechos. Y eso ¡nunca! Magnífico relato, pues, y un placer haberte leído de nuevo. Un cordial abrazo-stavros
    Una buena historia, bien escrita. Sin embargo, se me hace un poco artificial porque decide contarle a Rafael la historia, asi como que en un sitio en que se conocen todos Rafael no sepa que Juan era falangista. Si eleboras un poco mas la motivacion te queda una historia redonda.
  • La presión de la imagen y la necesidad de estar delgada en el mundo que vivimos.

    Más que reflexión, me salió una proclama, pero ahí va.

    Hoy Viernes Santo, 6 de abril de 2012, se cumplen 20 años de la muerte de Isaac Asimov. He escrito este relato a modo de pequeño homenaje. Está basado en uno de sus relatos cortos: "La Última Pregunta". Espero que su espíritu no venga a pedirmen cuentas, perturbando mis sueños.

    PODEROSO CABALLERO...

    El pasado siempre nos alcanza.

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    Una cena..."romántica".

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