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4 min
Amistad verdadera
Reflexiones |
03.02.16
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Sinopsis

Daba vueltas por la casa. No tenía un rumbo fijo. Simplemente se perdía en la inmensidad de esa mansión de dos pisos de altura. No encontró nada que le interesara en el piso de abajo, por lo que subió al segundo. La casa estaba completamente vacía. Pronto se aburrió de no hacer nada y decidió salir a la calle. Salió por la puerta de atrás, que tenía una gatera, como hacía siempre.

Le costaba avanzar pues le dolía mucho todo el cuerpo. No es que no estuviera acostumbrado; con el tiempo se hacía normal el dolor y se aprendía a convivir con ello. A pesar de todo, ese día estaba particularmente inquieto. Había algo que le decía que escapara y no voviera jamás a esa casa. Pero, por mucho que sufriera, le daban de comer y un lugar donde dormir los días fríos de invierno.

Decidió volver, cojeando, a su "hogar". Al entrar por el mismo sitio por donde había salido, se dio cuenta de que sus dueños habían vuelto ya, pues escuchó la voz que más temía. Esa voz no paraba de gritar por algún asunto que lo mantenía enfadado. Se asustó mucho, pues sus frustaciones siempre las pagaba con él. Efectivamente, el dueño apareció con su bastón dispuesto a descargar tensiones tras haber discutido con su mujer. Le golpeó indiscriminadamente hasta dejarlo sangrando.

Al fin estalló; no podía dejar que eso continuara así. Huyó por la puerta de la gatera para no volver jamás. Nunca entendió por que le hacían eso. No habia conocido otra cosa en sus tres escasos años de vida: golpes y más golpes sin razón alguna. No tenía familia ni tenía nada que no fuera esa pareja de ancianos que lo torturaban. Lo habían comprado siendo muy pequeño en la perrera municipal. Los primeros meses le trataron bien. Algo debió de hacerles perder su cariño hacia él. No comprendía que podía a llevar a una pareja a tratar así a su mascota.

Ando horas y horas sin descanso. Vagó por la calle sin rumbo. Cuando se hizo oscuro trató de buscar un sitio donde dormir. Entonces se topó con un hombre; tenía la barba larga y desgreñada, una chaqueta medio rota que no le protegía bien del frío y una delgadez casi extrema. Al ver el estado en el que se encontraba el perro, murmuró unas maldiciones y se compadeció de él. Le llevó con él, y ambos buscaron un sitio donde dormir aquella noche, pues ninguno de los dos tenía un sitio donde guarecerse del frio de febrero. Finalmente encontraron un sitio y durmieron abrazados para resguardarse mutuamente de la baja temperatura.

El perro y el vagabundo se hicieron amigos. El hombre compartía lo poco que tenía con su nuevo amigo y el perro le hacía compañía cuando al mendigo le entraban una de sus muchas depresiones.

Pasaron los años y los dos se hicieron mayores tras haber vivido miles de historias juntos. Por desgracia, los perros tienen una esperanza de vida muy corta, y más si viven a la intemperie pasando muchos días sin probar bocado. El vagabundo estuvo en los últimos minutos de su vida, resguardandose de una lluvia torrencial como podían debajo de una casa. El perro estaba muy nervioso cuando partió pero la visión de su amigo le tranquilizó en su camino al más allá. Cuando finalmete falleció, el mendigo le cerró los ojos al mejor amigo que había tenido y a pesar de la lluvia lo llevó en brazos hasta un descampado. Allí, usó sus manos como palas para cavar una tumba lo suficientemente profunda para que el perro entrara. Con ese sencillo acto le dijo adiós para siempre con lágrimas que se confundían con la lluvia que le mojaba la cara.

 

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