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12 min
Amistad vs. Honestidad
Reflexiones |
22.06.20
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Sinopsis

Una amistad comprometida frente a la honestidad

“La honestidad es más que no mentir.

 Es decir, la verdad,

 hablar la verdad, vivir la verdad y amar la verdad.”

(James E. Faust)

 

 

 

La conocí a través de un destacado escritor, poeta y pintor, de reconocida trayectoria y notaria presencia como médico gineco-obstetra, que frecuentaba  los círculos literarios en un muy reducido grupo de amigos, quienes, teníamos en común el amor por las bellas artes y una férrea  predilección por la escritura. En adelante lo menciono como Roberto Santiago, nombre ficticio, el propio lo omito por razones obvias.

 

Recuerdo que pulsó el timbre de mi residencia un domingo, como a las 11:00 am, me sobresalté pensando que era una emergencia. Cuando le abrí la puerta, observé que no venía solo. Lo acompañaba una mujer, como de cuarenta y cinco años aproximadamente, eso le calculé, era hermosa, de piel blanca, pelo negrísimo y ojos grandes del mismo color, delgada y alta. Vestía elegantemente un traje sastre ejecutivo. Pero, lo que más me llamó la atención fue su calzado y cartera, de marca “Chanel”, que  a la vista se observaban, que eran accesorios  de industria original, nada imitación. Por lo que deduje, que mi estimado amigo andaba en compañía de una señorita de las que llaman “adineradas”.

 Los invité a pasar y mientras les preparaba unos cafés exprés, unas preguntas me surgían en mi interior: ¿Quién es esa dama? ¿qué hace Roberto, en mí casa con alguien que no conozco  y  ni siquiera la había visto antes  con él?

Sirviendo el  café, de inmediato, Roberto me dijo: “Sabrina, te presento a la Dra. Gema Duarte, quien ocupaba la gerencia de la Empresa Petroquímica Nacional, y a quien se le sigue un juicio injusto por malversación de fondos , donde ella no tuvo nada que ver y a que deseo la conozcas, para que  se le  dé el derecho a la defensa y  vean la ilegalidad en las actuaciones de los órganos de investigación y hasta del organismo que tú representas, posiblemente acusen a una mujer inocente y proba en el ejercicio de sus funciones”.

 Tenía que disculpar a  Roberto, por dos razones, primero, por haberme ido a visitar con una desconocida a mi domicilio, mujer presuntamente imputada por los órganos de investigación, el deber era por parte de ella, acudir hasta el Despacho Oficial y presentar sus requerimientos ante esa instancia y segundo, Roberto a quien consideraba  mi amigo, y a pesar de tener sus setenta y dos años, de vasta experiencia en el mundo intelectual y el de medicina, no era lo suficientemente ducho en el engranaje jurídico-policial, como tampoco, sus amigos, creíamos  que podía distinguir entre la bondad y la maldad, porque para él, ésta última no existía, todos éramos “buenos” en su óptica. Él era de personalidad apacible, mientras no intentaran contra sus intereses. Yo, en lo personal nunca le vi malicia en la actuación, hasta llegué a pensar que tenía destellos de un temperamento ingenuo, respaldado por una extraordinaria nobleza.

 

Lo escuché pacientemente, la conversación la circunscribió en  elogios hacia el nivel académico de la dama y sobre la procedencia  de una honorable familia. Eso dijo. Ella casi no habló, se limitó a escuchar a Roberto y  en cuando en ves, perdía la mirada, como metida en sus propias cavilaciones. Nunca me miró a los ojos.

Cuando pude interrumpir la plática, que por respeto no lo había hecho antes, le dije que con gusto  la podía atender, el lunes a primera hora en el Despacho. Comprometiéndome a ponerla al habla con la Fiscalía Anticorrupción, dependencia donde cursan las causas de esa índole.

Los conduje hasta el estacionamiento, observando que se alejaban a bordo de un automóvil manejado por la Dra., Duarte, marca Mercedes Benz, año antiquísimo, como de colección, de color blanco. 

Así como habíamos acordado, el lunes, a primera hora, se apersonó en el Despacho, acompañada por Roberto y de forma inmediata fue referida para la Fiscalía competente, ya había girado instrucciones  previas al personal de recepción para que fuera remitida sin demora. Y yo me dispuse a retirarme  a los tribunales  por actividades cotidianas, propias del cargo.

 

Al regreso, la Fiscal Minerva Ramos, quien llevaba la investigación de  Duarte, me estaba esperando. Me abordó por los pasillos y me dijo:” Dra. Sabrina, esa señora está imputada, la voy a acusar, no es ninguna inocente, existen suficientes elementos de convicción para hacer formalmente la acusación por el acometimiento de los delitos de: corrupción propia, malversación de fondos y agavillamiento para delinquir.”. “Haga lo que tenga que hacer” le respondí.

 

En los sucesivos días, no coincidí en ninguna reunión literaria  con Roberto. Fue después de tres meses, cuando nos encontramos en el bautizo de uno de sus tantos libros publicados, evento del cual no fui invitada por él, sino por los organizadores del acto. Lo vi y se  me acercó sigilosamente hacía donde estaba, ya casi rozándome el brazo y con una mirada que mostraba reproche, me dijo: “Sabrina, no hiciste nada por Gemita, siempre acusaron a la pobre”.  Sin inmutarme le respondí”: “Roberto, lo lamento, el compromiso es con la Ley, no con el amigo, en el expediente quedó demostrado fehacientemente que tú Gemita, es responsable, nadie la condujo, ni obligó…debe tener mucho dinero depositado en los bancos de los paraísos fiscales”. “Te recomiendo, muy respetuosamente, apártate de su amistad, pudiera desprestigiar tu imagen.”

“Sabrina, estás prejuiciada, ella es una mujer honesta, tan honorable que es mi amiga, de lo contrario, no me haría acompañar de ella”. No lo respondí, la cordura me hacia pensar, que era inútil hacer cambiar de posición a ese notable intelectual y mejor amigo.

 

Los demás amigos que habían escuchado la recriminación de Roberto, inmediatamente se me acercaron, y casi como un desagravio, al unísono, me comentaron que estaba embelesado por su nueva amiga, y que no dudaban, en que ésta estuviera manejando los tráficos de influencias, tomando en cuenta la posición pública que tenía nuestro amigo, a los efectos de que los tribunales la favorecieran en el juicio que se estaba ventilando.

Después de esa noche, no vi más. Lamenté profundamente, que, por una causa penal, ajena a nosotros, nuestra amistad se fracturara. No parecían cosas de ese hombre de conducta intachable  y de reconocida solvencia moral.

 

La investigación fue escandalosa y de una alta repercusión en la colectividad. Se trataba de una madeja muy entrelazada de prácticas de corrupción, por parte de Directivos de la empresa contra el fisco nacional, quienes malversaron una suma millonaria de dólares por compra fraudulenta de implementos que nunca llegaron hacer parte de los bienes del Estado. Entre las firmas autorizadas de dichas compras, aparecía la de Gema Duarte, suscrita en Puntos de Cuantas, para ser  aprobadas por el Gerente de Tributos de la corporación. De allí surgía su responsabilidad manifiesta, era parte del engranaje administrativo de firmas que conllevaron al fraude contra la república.

 

Entre mi trabajo jurídico, al frente de la institución y las reuniones con los grupos de poesía, transcurrió el tiempo. Pero siempre, entre los participantes se dejaba filtrar, comentarios sobre Roberto: que frecuentaba  los cafés públicos de la ciudad en compañía  de la Dra. Duarte, que posiblemente   lo estaba “usando” para sus beneficios, que simulaba ser de “bajos recursos”, pero en la capital del Estado se negaba esto y entre otras acotaciones, sugerían que su acercamiento con nuestro amigo, iba a durar el tiempo que transcurriera el juicio.

 

El juicio llegó y se efectúo, declarándose la prescripción de la causa, por el tiempo ocurrido en espera del fallo del Juez, un bochorno jurídico. Una justicia tardía, no es justa. Es impunidad. Desde ese afamado caso, el legislador modificó la ley y declaró  la imprescriptibilidad en los delitos contra el erario del Estado. Por lo menos logramos eso.

 

Transcurrieron meses y una mañana recibí una llamada, donde una integrante del grupo literario me comunicaba que Roberto estaba hospitalizado de cuidado, en una clínica de la ciudad. Me dispuse de inmediato a visitarlo. Ya en la sala de espera del centro hospitalario, pude saludar a amigos y conocidos, e inclusive  a sus hijas. Escabullándome de los operadores de prensa, que parte de ellos cubrían alguna noticia por su salud.

Entré a la habitación y allí estaba, extendido en su lecho de enfermo, con las conocidas inyectadoras  en sus brazos y el sonido del monitor encendido.

Me acerqué, “hola”, le dije. Me alcanzó la mano y me dio un apretón con la suya, percibiendo que aún quedaba Roberto para ratos. No me quitaba la mirada de encima y cada vez que le echaba un vistazo, sonreía. Al despedirme, me dijo, quedamente: “mereces de mí una disculpa y deseo me la aceptes, te visito en navidad”. Al momento no entendí sobre la “disculpa”. Dije que “si”, pero salí  de allí, sin entender. No le respondí nada importante, si se trataba del caso, ya había sido  resuelto , y no quedaba más nada de qué hablar…

 

Escasos meses transcurrieron. De vez en cuando me llegaban noticias de la recuperación de su salud y como se publicaba una columna de su autoría en un periódico de importante circulación, estaba segura de que ya estaba plenamente curado y activo en sus actividades, por lo que no me preocupé más.

 

Nunca nos vimos en navidad. Una noche recibí, una llamada de su hija Estela, donde me comunicaba que su papá acababa de fallecer por causa de un infarto. Fueron días tristes y de reuniones en homenaje a ese extraordinario hombre, que nunca le conocimos enfermedad previa y  que, por su producción literaria y demás destacadas obras, subía al podio de los grandes hombres que en el recuerdo se hacen inmortales.

 

Ya me despedía de las exequias, cuando Estela, me dijo:” Dra. Sabrina, tengo algo para Usted”. “Papá me dijo, que en caso de que le sucediera algo, le entregara esto en sus manos.”

Era una carpeta de color marrón, de tamaño grande, tipo oficio.

Lo abrí al llegar a mi casa. En él había una carta dirigida a mí, fotografías y muchas impresiones a colores, extraídas de Facebook, WhatsApp. Además, listado de cuentas bancarias de entidades financiera del extranjero, con nombres desconocidos. Allí estaba la respuesta, esa que  quería saber. En las fotos se identificaba claramente la imagen de Gema Duarte, en flamantes poses en playas veraniegas, en compañía de otras damas y caballeros. Copias de documentos de traspaso de bienes, (muebles e inmuebles) con fecha anterior al juicio, inclusive, fotos de los vehículos antiguos, como de colección, entre otra documentación, que le acreditaban propiedad de empresas de  bienes raíces.

 

 En la carta expresaba, entre otros aspectos personales, que me reservo: “Sabrina, tenías razón. Gema me utilizó, es una farsante, simulaba ante mi carencia y recién he descubierto, que tiene propiedades en Miami, Florida y en otras partes, cuentas bancarias en Panamá y Suiza y que ahora pasea por Costa Rica, además, posee cinco  autos antiguos, adquiridos  en la última subasta de ese rubro y que pagó por una suma considerable en dólares”.Que ingenuo he sido, soy el hazme reír de mis amigos, después de viejo, me seduce una joven y me hace creer que vive desprovista de lo más elemental para su subsistencia. Busqué copia del expediente, y no tengo dudas, de que Gema  colaboró con los demás funcionarios en la apropiación indebida  e ilegal de las cantidades de dinero que describió la Fiscal en el escrito  acusatorio en su contra y que el juez prescribió.  Y tú discúlpame, por  haberte pedido aquella intervención en favor a  ella. Un verdadero amigo no solicita esa clase de ayudas. Allí te dejo eso, por si alguna vez necesiten reabrir el juicio”.

El final de la carta narró su propia censura sobre aquel favor requerido y culminó la misma con una frase de Gibran Jalil:” La amistad siempre es una responsabilidad, nunca una oportunidad.”

 

Definitivamente, él la había investigado. Todo el material era elaborado con magistral cuidado, efectuado, quizás por un especialista del periodismo investigativo. Era en forma, como un “dossier”, encarpetado  y fichado en forma cronológica.

 

Lo que no sabía Roberto, es que existe un principio jurídico llamado “cosa juzgada”, que  impide, en ese caso, reabrir un juicio….

 

Siempre me he preguntado, si ese hecho repercutió en la salud de Roberto y en su final…Fue un hombre con mucha sensibilidad humana y altruista acreditado.

 

Ana Sabrina Pirela Paz

 

 

 

 

 

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