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4 min
Amor clandestino
Amor |
06.03.20
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Sinopsis

Durante toda la vida, ha existido el amor prohibido ya sea por diferentes razas, estatus social y otros obstáculos, pero en algunas épocas se pagaba con la muerte.

CARCASSONNE 1290

Cada vez que su cuerpo se estremecía de placer y gritaba el nombre de él con éxtasis, después se sentía culpable e impura. Simonette era cátara y amaba clandestinamente a Bernard, un noble católico. El podía conseguir a cualquier mujer, era atractivo, con propiedades y un linaje pero sentía una extraña atracción por aquella mujer que cuidaba a pobres y enfermos, vegetariana y que el pueblo veía como una loca perteneciente a una secta que era perseguida por la implacable iglesia católica. Sus cuerpos vibraban cuando se tocaban, se besaban, eran dos imanes que cuando se tenían que separar, sufrían en soledad y se añoraban terriblemente. Un día Simonette abrazó el cuerpo desnudo y caliente de Bernard y le dijo que era la última vez que se verían.

-No podemos estar juntos amor mío. La persecución a los cátaros se ha vuelto insostenible y si se enteran de lo nuestro, yo acabaré en la hoguera y tú como un proscrito al que confiscarán todas tus propiedades…o quizás te ejecuten y eso no lo soportaría- dijo con ojos de lamento.

-Iremos con cuidado, pero no quiero perderte. Eres mi luz, mi vida, mi ilusión en este mundo hostil, lleno de odio, rencor, injusticia. Verte y tocarte hace que todo sea un poquito mejor.

Aquella última noche cuando se despidieron, ambos observaron que la luna llena tenía un color rojizo casi diabólico. Bernard le dijo que era un eclipse y ella añadió que le daba mala espina, que aquel color sangriento no era un buen augurio. Simonette curaba a enfermos y sus manos tenían una energía casi mágica y para la iglesia, era un sacrilegio. Se sentía observada y su corazón le dolía, y era el presentimiento de que algo doloroso estaba a punto de ocurrir.

Dos días más tarde, unos guardias se presentaron en casa de Bernard y sin darle muchas explicaciones, le dijeron que debían acompañarlo. Lo llevaron ante un tribunal de la inquisición y empezaron a formularle preguntas sobre su presunta relación carnal con una cátara, algo considerado perverso. Bernard lo negó, dijo que todo eso era mentira y decidieron encerrarlo en un calabozo para ver si la amnesia desaparecía. Estuvo una semana entera, casi a oscuras, impregnándose de la humedad del lugar, conviviendo con ratas, pulgas y escuchando los gritos aterradores de los torturados en las mazmorras. No dejaba de pensar en Simonette, rezando para que estuviera bien.  Un día lo sacaron de allí y lo llevaron a la cité de Carcassonne. Todo el pueblo estaba allí, obligado y expectante por lo que le iba a ocurrir al preso noble.  Un dominico explicó el motivo por el cual Bernard estaba allí y se oyó un murmullo primero y varios insultos después. De pronto apareció un verdugo con herramientas de todo tipo. Bernard tenía los brazos atados a la espalda y se sentía débil. Le retorció los dedos con unos alicates y él gritó de dolor y reivindicó su inocencia. Luego le provocó cortes en diferentes partes del cuerpo y la sangre brotó lentamente…Pero fue cuando le quemó con fuego, que vociferó por el tormento con unos gritos atronadores y de pronto se oyó una voz femenina. Era Simonette que se consideraba culpable. El religioso sonrió perversamente mientras Bernard con ojos de angustia murmuraba: No, no…

Todo fue muy rápido. El juicio estaba listo para sentencia antes de empezar. Simonette era hereje por ser cátara y además cometer pecado carnal con un noble y además católico. Se la condenó a morir en la hoguera, pero antes paseó por todo Carcassonne con una gran cruz amarilla en su sayo mientras el pueblo la insultaba, la escupía y le lanzaba restos de verdura. Bernand fue desposeído de todo pero antes fue obligado a ver a su amada, consumirse entre las llamas. Cuando se miraron por última vez, ambos lloraban y sentían mucho dolor en los corazones. El verdugo encendió los troncos pero antes disimuladamente los roció con un aceite. En su bolsillo abultaba una bolsa de monedas que le había entregado Bernard secretamente para que Simonette se asfixiara con el humo antes de que el fuego lamiera sus pies y sintiera un dolor insoportable. Y así fue, ella murió sin sufrir y Bernard sintió que algún día volverían a encontrarse en otra vida y podrían amarse sin secretos y ser felices.

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  • Me encantó!!! los amores prohibidos por las razones que fuere y no solo religiosos, traen siempre sufrimiento porque no son aceptados socialmente. Me puso piel de gallina lo que dices fue tu inspiración. Un aplauso!! bellamente escrito.
    Muchas gracias José Luis por tu comentario y valoración. Saludos
    Muchos están dispuestos a morir por su fé. Otros están dispuestos a morir por su amor. Sin duda nuestras creencias moldean radicalmente el mundo que vivimos y en el que estamos dispuestos a vivir.
    Muchas gracias Pedro por tu comentario y valoración. Me alegro mucho que te haya gustado. Saludos
    Muchas gracias Francesc por tu comentario y valoración. Te confesaré que este relato es una vida pasada que despertó en mí cuando visité Carcassonne. Sentí que había vivido allí pero el momento más fuerte fue cuando visité el museo de la tortura, y al ver un maniquí maniatado y con paja en los pies, empecé a llorar con angustia y quise salir de allí. Regresiones me confirmaron que fui quemada en la hoguera y por eso de niña no soportaba ver Juana de Arco entre otras imágenes. Gracias y saludos
    Siempre han existidos los amores prohibidos y siempre han sido condenados e increíblemente, son los mas hermosos del ser humano. Me ha gustado mucho.
    ¡Un aplauso TASH! Has escrito un magnífico relato, y lo digo sinceramente. ¿Ves, ves a que lleva ser dogmático en las creencias y con los status? Por eso yo siempre critico a cualquier fanatismo. La Iglesia siempre ha tenido una doble moral, y no ha soportado que ninguna otra creencia heterodoxa le hiciese la competencia. Por cierto, a principios del cristianismo habían mujeres de la secta que hacían de enfermeras, curanderas y de videntes. Pero muchos cristianos hicieron grandes barbaridades con las obras artísticas y literarias de los paganos. Sigue así, que vas muy bien. Me encanta tu sunceridad de ánimo.
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