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10 min
Amor no correspondido
Amor |
01.09.12
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Sinopsis

Un amor incondicional.

Mi vida, una vida de devoción hacia una mujer para la que nunca conté.

Si uno no es amado, sería mejor ser odiado mas nunca ignorado, que es como el no existir; pero el corazón manda y a veces no entiende e insiste con una ilusión irremediablemente absurda y poco conveniente.

Ella, Laura, mi vecina de toda la vida, mi obsesión, mi razón de vivir; hasta hoy que cerré la puerta de su casa con doble vuelta de llave.

Nos conocemos desde siempre. Desde que tengo uso de memoria ella vivió en la casa lindante a la mía. Desde chiquita hermosa, bandida y radiante como un sol.

Mala en las cuestiones de la escuela, lo cual fue bueno para mi que siendo compañero del mismo grado y alumno brillante, me daba la oportunidad de explicarle, geometría, divisiones, teoremas. Ella lejos de agradecerlo estaba muy lejos de allí, mirando por la ventana a la calle, disipada en sus pensamientos y apurada por irse.

Buena para las artes. Cuando tenia 7 años tomaba clases de ballet en una academia del barrio, y por las tardes, escondido en el tope del árbol lindante a su casa, me encaramaba para observarla bailar. Las puertas del comedor que daban al patio, abiertas de par en par, allí estaba mi Laura en puntas de pie con su tutu celeste danzando como hada etérea.

A los 13 años comenzó a tomar clases de guitarra y canto, pero como sabia que la espiaba cerraba las puertas aunque hiciera calor.

A partir de la adolescencia se inicio mi calvario. Los galanes la cortejaban, y yo no podía competir ni por lejos con aquellos buitres aprendices de Brat Pitt.

Mi aspecto no era lo que se dice de “ ganador” mas bien de “nerd”, empezando por aquellos anteojos gruesos como fondo de vidrio de botella, el acne juvenil, y los aparatos para corregir mis dientes torcidos de conejo, no ayudaban en nada. Para colmo, al verla sufría una especie de ataque incontrolable de tartamudez . Nunca terminaba las frases por que Laurita con su impaciencia se marchaba dejándome con las palabras apretujadas en la garganta.

Estábamos en el tercer año de bachillerato y ella con esas faldita a cuadros que mostraban sus piernas perfectas, su suéter ceñido que insinuaban sus pechos erguidos de adolescente en crecimiento, su pelo largo de color castaño claro que movía graciosamente como si fuera una propaganda perpetua de shampoo. Los expresivos ojos verdes y su sonrisa angelical.

Toda ella, entre ingenua y provocativa creaba en mi un revuelo de hormonas que ebullían como la lava de un volcán en pleno barrio de Almagro.

Fue un viernes que sentí sin lugar a equívocos desde la punta de las uñas del pie hasta el extremo de mi pelo enrulado un masivo ataque de celos.

Un estruendoso motor que rebotó en los vidrios me hizo subir la persiana de la ventana que daba a la calle. Muy oriunda se montó Laurita en la moto de un galán vestido de cuero negro que paró ante la puerta de su casa, no sin antes propinarle un apasionado beso que cerca estuvo de tragarla.

Un violento enojo creció en mi interior sintiéndome como si fuera una olla a presión. Quería triturar a aquel cretino que tan descaradamente se llevaba a mi Laura delante de mis narices. ¿ Pero que podía hacer?, la competencia era despóticamente despareja.

Recuerdo que aquella noche no dormí hasta que Laurita regresó con el roquero energúmeno; proporcionándole otros cuantos desmedidos besos y caricias escondidos tras la sombra del árbol de la vereda. Nadie más que yo era testigo de semejante desmedida escena a aquellas horas de la madrugada.

Aquel fue el inicio de un desfile de tipos. En moto, en taxi, a pie o en auto todos tenían la intención de cortejar a Laura, sin ningún tipo de ingenua mesura.

Pasado el tiempo y ya terminada la secundaria había noches que Laurita no llegaba hasta el otro día.

Cuando comenzó a estudiar modelaje en el centro, era yo en la vida de Laura lo que es un cero a la izquierda en la vida de cualquier número. Me había convertido en el hombre invisible, después de conocernos toda una vida apenas si me saludaba cuando nos cruzábamos en la calle, parecía ser un desconocido cualquiera. En mi desesperación, se me ocurrió una idea, - ¡Dora! la mamá de Laurita…

¡Una señora tan amable y simpática!, toda la indiferencia que recibía por parte de la hija, Dora me la cambiaba por sus atenciones y conversación.

De a poco fui introduciéndome en la casa con la excusa de que estudiaba ingeniería electrónica y como el papá de Laura hacia años que había fallecido, no había un hombre en la casa para arreglar nada desde hacia tiempo atrás. Por supuesto que los galanes nunca podrían competir conmigo en aquel aspecto, allí tenía yo todas las de ganar.

Fue así que de a poco me fui convirtiendo en la mano derecha de Dora, un cable de plancha para emparchar, una bombita en el techo alto para cambiar, y con aquella excusa lograba ver a Laura alguna que otra mañana o tarde. Ella casi no pronunciaba palabra, mas que un “aja” o un “Mm” siempre estaba sumida en sus pensamientos, perdida en sus planes y ambiciones.

Dora me invitaba a comer, a tomar mate, me comentaba la novela de la tarde, después de un tiempo hasta miraba las novelas o el football con ella, por que tanto Dora como yo nos sentíamos solos por que Laura nunca estaba.

Laura cantaba coros y bailaba tango en un café concert de SanTelmo, también filmó un comercial de shampoo, ¡ese pelo de propaganda que tenía! - Siempre lo dije-

Un buen día, entusiasmada y feliz como nunca la había visto, nos anunció que le había salido un contrato en Europa.

Una compañía de tango la contrató para montar un espectáculo en Toledo, España.

Era la oportunidad que hacia tiempo estaba esperando (a mi nunca me lo había dicho, es más, creo que nunca me habló tanto como aquel día)

En tres semanas le llegó el pasaporte y el pasaje. La acompañamos a Ezeiza con Dora en un taxi.

Tanto Dora como yo quedamos desolados y tristes. Si bien antes casi nunca estaba, en algún momento venía, Ahora sabíamos que no vendría más.

Dora vivía pendiente del teléfono o del cartero, mas Laura llamaba poco y escribía menos. Sus llamadas eran esporádicas y sus cartas parecían telegramas solo en tiempos de navidad.

Lo de Toledo duró un tiempo largo, luego se mudó a Madrid, Barcelona, Londres, Berlín.

Dora no entendía bien a que se dedicaba, sus explicaciones eran ambiguas y contradictorias.

Después de mudarse a Berlín, se cortó la escueta comunicación definitivamente .

Por entonces, yo salía con una compañera de trabajo, pero cada vez que hacíamos el amor en su cara la veía a Laura.

Creí volverme loco sin noticias de ella, y Dora se me caía en un abismo de depresión.

hasta que un día leyendo “la salud de los enfermos” de Cortazar tuve una idea.

Todos teníamos computadora. Dora por ser una persona mayor, no.

Entonces le dije que Laura me había escrito un mail desde Hamburgo, que era donde estaba viviendo ahora.

Abrí una cuenta de Yahoo, bajo Lauratango@yahoo.com y  todas las semanas escribía un mail dirigido a Dora.

En mis inventados mails Laura había abierto una academia de tango en Hamburgo junto a un socio con quien se había casado, le estaba yendo muy bien y ahora pensaban abrir un restaurante argentino y… Un lunes que tenía preparado un mail para Dora, no atendió la puerta. Desde el árbol donde me subía para espiar a Laura cuando era chiquita la vi tirada en el patio junto a la ropa tendida. Salté para ayudarla, pero era muy tarde un paro cardiaco la había matado.

Dora no tenia más familia que Laura, de quien no sabia nada desde hacia dos años.

Cerré la casa, con sigilo y esmero como si me perteneciera y quedé a la espera de ella.

Marcelo, un compañero de la escuela que hacia tiempo que no veía y que había ido a Inglaterra a hacer un curso universitario me dijo que la vio.

Estaba cambiada, y sin decírmelo directamente, me dio a entender que era puta y que el alcohol y la heroína la tenían arruinada. Yo no le quise creer, pero en el fondo sabía que era cierto.

Mi Laurita, mi amor, mi niña de cabellos de propaganda de shampoo y sonrisa angelical, ¿ hecha un despojo?

No Dios mío, cualquier cosa pero eso no lo podría aceptar.

Una noche oí el teléfono de la casa de Dora sonar insistentemente. Apurado tomé las llaves y corrí a la casa.

Ya había sonado mas de veinticinco veces y seguía sonando cuando atendí.

Del otro lado del auricular una voz cansada, grave y angustiada, decía - mamá, mamita, soy yo Laura-

-Laura, le dije, soy yo Daniel, tu mamá no está (no me animé a decirle que había fallecido tiempo atrás)

¿Cómo estás? No se te siente bien.

Daniel, amigo. Perdón por no llamar antes, perdón por todo este tiempo de silencio.

No estoy bien , ¿sabes? Dile a mamá que necesito ayuda, que necesito volver a Buenos Aires.

- Laura, Dora no está, pero decime a mi. ¿Cómo puedo ayudarte. ¿Dónde estás?

Al otro día compré un pasaje electrónico de avión de Londres a Buenos Aires.

Ésta madrugada la busqué en Ezeiza.

Me costó reconocerla, Laura es una sombra.

Su pelo rubio, ahora seco y pajoso. Sus ojos verdes, vidriosos y opacos.

Su piel arrugada, gastada y manchada. Flaca y chupada, temblorosa, cansada y enferma.

Nadie la vio llegar. Ya no hay galanes. Nadie sabe que la bañé, la acosté en su cama, y le bese la frente.

-¡En casa otra vez!, gracias amigo, gracias por estar siempre incondicionalmente- dijo y cerró sus ojos. Se quedó acurrucada y tranquila.

Cerré la puerta de calle con doble vuelta de llave.

Adiós amor, adiós para siempre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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