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6 min
Amor primaveral (primera parte)
Amor |
03.02.21
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Sinopsis

Quiero compartirles esta historia de amor de un emperador japones y una vendedora de rosas.

La época de primavera se hacía presente sobre las calles de la ciudad de Kioto. La avenida se encontraba llena cerezos florecidos, el cielo límpido y las aves ofreciéndole sus trinos a los comerciantes y transeúntes. Al otro lado de la metrópoli. Ya era una costumbre ver a la linda joven Katsumi en esta época del año, vendiendo sus rosas en las calles, casas de ricos, en plazas de mercado, templos e incluso en cementerios. Halando su pequeña carreta de madera repleta de ellas. Necesitaba venderlas para darle de comer a su abuelo enfermo. Al llegar la joven a la plaza, decidió acomodar su vehículo en un rincón del mercado, se sentó a un lado de este.

 

Las féminas la miraban con aire de superioridad mientras que los hombres le lanzaban miradas coquetas. Katsumi mantenía su mirada gris en el piso de cemento donde reposaban sus flores. Nadie se acercaba a comprarle nada, al parecer su mercancía no llamaba mucho la atención tanto como ella. De pronto un bello carruaje llego a la plazoleta; se trataba del emperador Haru, quien había llegado hacía cuatro días de Tokio a tomar posesión del palacio real de Kioto, ya que su padre, el viejo emperador había fallecido a causa de una neumonía.

 

Las jovencitas y demás mujeres allí presentes se apresuraron a rodear lo, era un hombre tan hermoso, parecía un ángel que había descendido de los mismos cielos. Su largo cabello negro y lacio estaba recogido en una cola de caballo, su cuerpo lo cubría una fina Yukata blanca, la tela la habían adornado con bellos bordados dorados en su largo cuello y en sus amplios puños, también llevaba un cinturón ancho de color verde manzana. El cual marcaba su esbelto torso. Sus ojos negros como la noche y su piel tan blanca como la nieve. Todos lo saludaban con una reverencia, su pueblo lo respetaba y lo admiraba mucho. Era un hombre muy justo, sabio y noble. Poseía una personalidad arrolladora.

 

Katsumi veía como las personas se conglomeraban alrededor del príncipe. Pero ella ni siquiera se inmuto a ponerse de pie para ofrecerle alguna reverencia a su emperador, permaneció allí, sentada sobre sus rodillas con la cabeza agachada. Un hombre como él nunca se fijaría en una humilde vendedora de rosas como ella pensó. Cuando menos se imaginó el monarca estaba frente a Katsumi, la joven había logrado llamar su atención a lo lejos; él quedó mirándola de arriba abajo, como si estuviese analizando una curiosa criatura jamás vista por sus ojos. La muchacha levantó su rostro lentamente; sus ojos grises reflejaban un bello esplendor. Él se sorprendió al verla, de repente sus ojos negros brillaron como dos estrellas, estuvo algún tiempo inmóvil y maravillado ante la joven de ojos grises. El sentido de su belleza fue para él como una revelación, retrocedió y sus mejillas se sonrojaron de placer por un momento. Pero después dirigió su atención a las rosas.

 

── ¡Qué bonitas son, pero no tan bonitas como tú! Exclamó mientras se inclinaba a tomar una de las rosas en sus manos, luego cerrando sus ojos inhaló su exquisita aroma que impregnaba a los pétalos rojos, sus largas pestañas parecían dos abanicos. Nunca pensó tenerlo tan cerca, sus piernas temblaban y su corazón palpitaba tan fuerte, que temió que el emperador pudiera escuchar sus latidos. Era realmente un hombre muy apuesto, poseedor de una mirada encantadora. Lo mantuvo observando en silencio por unos minutos. De pronto se puso de pie y le dijo emocionado: ── ¡Te las comprare todas, bella dama! Exclamo El príncipe mostrando una amplia sonrisa.

 

Los allí presentes quedaron con la boca abierta mientras las mujeres las invadía el coraje. El soberano le entregó el dinero. Ella lo acepto, ── Muchas gracias emperador, le dijo haciéndole una reverencia.

 

── Y dígame muchacha ¿Siempre sale a vender sus rosas en este lugar? Se lo pregunto porque así tendría la excusa perfecta para venir a la plaza solo para tener el placer de verla y perderme en esa mirada gris que me ciega. Le dice mirándola fijamente a los ojos.

 

Las mejillas de la joven no pudieron evitar sonrojasen ante las palabras de Haru. Ella dio media vuelta, tomo su carreta y se marchó avergonzada en medio de la multitud que la observaba atónito. El príncipe la siguió hasta la salida, pero no logro alcanzarla. Solo quedó mirando mientras esta doblaba la esquina. Cuando Haru llegó a su palacio, ordenó a su jardinero que sembrara las rosas en el jardín que quedaba frente a su balcón. Al verlas a través del ventanal de cristal de su balcón, estas le causaban una extraña sensación; era como si en ellas pudiera ver el bello rostro de Katsumi reflejado.

 

No podía sacarse de la mente aquellos ojos grises de mirada pura e inocente. Que lo habían cautivado en aquel rustico lugar. Al caer el atardecer, Katsumi regreso a su modesta casa junto a su carreta, en ella llevaba algo de pescado, verdura y pan dulce para su abuelito. Pensó que ese día había sido su día de suerte. Tenía la esperanza de volver a ver al emperador, no dejaba de sonreír como una chiquilla al recordar aquel momento que paso en el mercado. El emperador se encontraba visitando en compañía de sus consejeros y de Ryu, su amigo y mensajero real el templo de Kinkaku-ji (Pabellón de oro). Era una de los templos de Kioto más espectaculares. Las dos plantas superiores del edificio estaban forradas en auténtico pan de oro, tenía un hermoso jardín, en su interior conservaba algunas reliquias de buda. Mientras lo recorría no dejaba de pensar en aquella jovencita.

 

Por un momento sintió un irracional impulso de secuestrarla en su corcel blanco para perderse de nuevo en esa mirada gris y hechizante. Aunque siempre estuvo rodeado de las mujeres más bellas y poderosas. Ninguna logro encender ese fuego que hacía que su corazón ardiera dentro en su pecho como lo hizo aquella chica. Las semanas pasaron y él no podía sacarla de su mente, su imagen invadía cada uno de sus pensamientos. Deseaba tanto volverla a ver así fuera por casualidad; quería ir de nuevo al único sitio donde estaba seguro que la encontraría pero sus labores imperiales se lo impedían. Así que decidió escribirle una carta, le pidió a su mensajero real que la buscara y le entregara en sus manos la carta. Él soberano le dio una descripción muy detallada de la joven pues su cara había quedado grabada en su mente.

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